domingo, 17 de junio de 2018

El wahabismo saudí está al servicio del imperialismo occidental (1)

Andre Vltchek

Cuando el príncipe heredero saudí declaro en una entrevista con el Washington Post que Occidente era de hecho quien impulsaba a su país a difundir el wahabismo por los cuatro rincones del mundo, hubo un largo silencio en casi todos los medios occidentales, pero también en países como Egipto e Indonesia.

Los que leyeron las declaraciones esperaban una severa reprimenda por parte de Ryad, pero ésta no tuvo lugar. El cielo no se hundió. La explosión no tocó ni al príncipe ni al Post. Todo lo que el príncipe heredero declaró no fue reflejado en las páginas del Washington Post, pero lo que allí figura bastaría para hacer caer regímenes enteros como el de Indonesia, el de Malasia o el de Brunei. O al menos seria suficiente en “circunstancias normales”, es decir, si la población de estos países no estuviera ya desesperadamente adoctrinada y programada, si sus dirigentes no aprobaran o toleraran la forma mas agresiva, chauvinista y ritualizada (por oposición a su forma intelectual o espiritual) de la religión.

Leyendo entre líneas, príncipe saudí ha sugerido que efectivamente es Occidente quien, en el curso de su “guerra ideológica” contra la Unión Soviética y otros países socialistas, escogió el Islam y su ala mas ultra-ortodoxa y radical, el wahabismo, como aliado para destruir casi todas las aspiraciones progresistas, antimperialistas e igualitarias en los países de mayoría musulmana. Como informaba RT el 28 de marzo de 2018:

“La difusión del wahabismo financiado por los saudíes comenzó cuando los países occidentales solicitaron a Ryad ayudarlos contra la Unión Soviética durante la guerra fría”, según declaró el príncipe heredero Mohammed bin Salman al Washington Post.

Bin Salman declaró que los aliados occidentales de Arabia saudita exhortaron al país a invertir en mezquitas y madrasas en el extranjero durante la guerra fría, con el fin de impedir la intrusión de la Unión Soviética en los países musulmanes…

La entrevista con el príncipe heredero se desarrolló inicialmente ‘off the record’. La embajada saudí sin embargo aceptó posteriormente que el Washington Post publicara partes específicas de la misma”.


Desde el principio de la propagación del wahabismo, un país tras otro se ha hundido, arruinado por la ignorancia, el celo fanático y el miedo, que ha impedido a la población de Estados como Indonesia después de 1965 o de Irak tras la invasión occidental regresar (a los tiempos anteriores a la invasión) y al mismo tiempo avanzar hacia algo que era tan natural en su cultura en un pasado no tan lejano, hacia el socialismo o al menos hacia una laicidad tolerante.

En realidad, el wahabismo no tiene mucho que ver con el Islam. O, mas exactamente, obstaculiza y desvía el desarrollo natural del Islam, su lucha por una organización igualitaria del mundo y el socialismo. Los británicos están en el origen del movimiento: ellos, y uno de los predicadores mas radicales, fundamentalistas y regresivos de todos los tiempos: Muhammad ibn Abd al-Wahhab.

La esencia de la alianza wahabo-británica y del dogma es extremadamente simple. Los jefes religiosos obligaban a un miedo terrible e irracional, y a la sumisión que de ello se desprende. Ninguna crítica a la religión es admitida; ningún cuestionamiento de su esencia y en particular de la interpretación conservadora y arcaica del Libro. Una vez condicionados de esta forma, la gente deja de poner en cuestión en primer lugar la opresión feudal, y después la opresión capitalista; de la misma forma han aceptado sin pestañear el pillaje de sus recursos naturales por lo s señores locales y extranjeros. Todas las tentativas de construir una sociedad socialista e igualitaria han sido combatidas, con brutalidad, “en nombre del Islam” o “en nombre de Dios”.

Como evidente resultado, los imperialistas occidentales y las “élites” locales serviles se llenan los bolsillos a expensas de millones de personas empobrecidas y engañadas, en los países controlados por los dogmas wahabitas y occidentales. Solamente un pequeño número de personas, en los países coloniales devastados, son conscientes de que el wahabismo no sirve ni a Dios ni al pueblo; apoyan los intereses y la codicia occidental. Es precisamente lo que sucede en Indonesia, pero también en muchos otros países conquistados por Occidente, como Irak y Afganistán. Si Siria cayera, este país históricamente laico y de orientación social se vería forzado a seguir el mismo espantoso camino. El pueblo es consciente, porque tienen preparación cultural, También ven lo que sucedió en Libia y en Irak, y no quieren en absoluto acabar como ellos. Occidente y sus lacayos han lanzado a sus combatientes terroristas contra el Estado sirio y su pueblo.

Pese a su hipócrita retórica laica, fabricada para consumo local pero no para sus colonias, Occidente glorifica o al menos  rechaza criticar abiertamente a sus brutales retoños, una concepción que ha arruinado y consumido tanto el reino de Arabia Saudita como a Indonesia. De hecho, intentan convencer al mundo que estos dos países son “normales” y, en lo que respecta a Indonesia, “democrática” y “tolerante”. Al mismo tiempo han combatido de forma constante a todos los países laicos o relativamente laicos con mayoría musulmanas importantes, como Siria (hasta hora), pero también Afganistán, Irán (antes del golpe de Estado de 1953), Irak y Libia, antes de que fueran cuidadosa y brutalmente destruidos.

El estado en el que actualmente se encuentran Arabia Saudita, Indonesia y Afganistán es el resultado directo de las intervenciones occidentales y del adoctrinamiento. La inyección del dogma wahabita proporciona a este “proyecto” occidental un perfume musulmán, justificando los miles de millones inyectados en los “gastos de defensa” destinados a la “Guerra contra el terrorismo”, un concepto parecido a un estanque de pesca asiático, en donde se introducen los peces que luego serán pescados a cambio de un pago.

La obediencia o mas bien la sumisión es lo que por numerosas razones Occidente quiere de sus Estados “clientes” y de sus neocolonias. El reino saudita es un trofeo importante debido a su petróleo y su posición estratégica en la región. Los dirigentes saudíes hacen todo a fin de complacer s sus mentores en Londres y Washington, ejecutando la mas agresiva política exterior pro-occidental. Afganistán es algo “apreciado” por su situación geográfica que permitiría a Occidente intimidar e incluso invadir Irán y Pakistán, introduciendo a la vez movimientos musulmanes extremistas en China, en Rusia y en las antiguas repúblicas soviéticas de Asia central. Entre 1 y 3 millones de indonesios “tuvieron que ser” masacrados entre 1965 y 1966 a fin de colocar en el poder a una banda turbo-capitalista corrupta que pudiera garantizar que los recursos naturales en principio infinitos (aunque hoy en rápida disminución) pudieran fluir ininterrumpidamente y a menudo sin pagar impuestos hacia lugares como los Estados Unidos, Europa, Japón y Australia.

Francamente, no hay nada de “normal” en países como Indonesia y Arabia Saudita. De hecho harán falta décadas, pero mas seguramente generaciones enteras para que vuelvan al menos a una especie de modesta “normalidad”. Aunque ese proceso debiera empezar pronto, Occidente espera al fin, a que casi todos los recursos naturales de esos países hayan desaparecido.

Pero es proceso aún no ha comenzado. El principal motivo de la parálisis intelectual y la ausencia de resistencia es evidente: la gente en países como Arabia Saudita e Indonesia están condicionadas de tal manera que aún no son capaces de ver la realidad brutal que los rodea. Están adoctrinados y “pacificados”. Se les ha dicho que el socialismo es lo mismo que el ateísmo, y que el ateísmo es el mal, ilegal y “pecado”. Así el Islam se ve modificado por los demagogos occidentales y saudíes, y se le “envía” al combate contra el progreso y contra modificaciones en el mundo que supongan mas justicia e igualdad.

Esta versión de la religión defiende sin reservas el imperialismo occidental, el capitalismo salvaje así como el hundimiento intelectual y creativo de los países en los que ha sido introducido, incluyendo Indonesia. Ahí, a su vez, Occidente admite la corrupción  generalizada, la escandalosa falta de servicios públicos o los genocidios y holocaustos cometidos en primer lugar contra los propios indonesios y luego contra la población de Timor oriental, y hoy contra papúes, hombres y mujeres sin defensa. No es solamente una tolerancia: Occidente participa directamente en estas masacres y en esas campañas de exterminio, porque participa en la difusión de las formas mas viles de terrorismo y de la difusión de los dogmas wahabitas en las cuatro esquinas del mundo. Todo ello mientras decenas de millones de adeptos al wahabismo llenan a diario las mezquitas, practicando rituales mecánicos sin reflexión profunda ni introspección.

El wahabismo funciona bien; pero para las empresas mineras y bancos con sedes en Londres y Nueva York. Funciona de maravilla para los dirigentes y las “élites” locales de los Estados “clientes”.

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