miércoles, 14 de marzo de 2018

Stalin, Churchill y el mundo que se repartieron en Yalta (una fantasía histórica)

El 9 de octubre de 1944 Churchill llegó a Moscú para reunirse con Stalin. A causa de las elecciones presidenciales estadounidenses, la conferencia tripartita con Roosevelt se había aplazado temporalmente y Churchill mostraba mucha prisa. Estuvo pidiendo la entrevista con Stalin desde finales de septiembre.

La delegación soviética estaba “con la mosca detrás de la oreja”. La insistencia de Churchill por viajar a Moscú les desconcertaba. ¿Qué pretendían los británicos?, ¿por qué querían reunirse con ellos sin la presencia de Roosvelt?

De la primera conversación entre ambos conocemos la versión falsaria de Churchill que aparece en sus Memorias. Es el famoso reparto porcentual de influencias en los Balcanes, donde los británicos se quedaban con el 90 por ciento de Grecia y concedían el 75 de Bulgaria y el 90 por ciento de Rumanía a los soviéticos, mientras Yugoslavia y Hungría se las repartían al 50 por ciento.

Como es evidente, los países interesados no pintaban nada, los grandes se reparten el mundo a costa de los pequeños, los soviéticos son igual de imperialistas que los británicos, los soviéticos también se repartieron Polonia en 1939 con los nazis (Pacto Molotov-Von Ribbentrop), después se repartirían el mundo en Yalta con la complicidad de Roosvelt...

No hay cretino que no haya repetido estas gilipolleces una y mil veces. No hay más que recurrir a un buscador para convencerse de ello. Es increíble que alguien pueda dar algún significado al hecho de que dos países se repartan en porcentajes cuantitativos algo tan sutil como la “influencia” sobre un país soberano. Pero tratándose de Stalin o de la URSS cualquier cosa es posible (sobre todo si procede de un farsante como Churchill).

Cuando se celebra la reunión de Moscú, el Ejército Rojo ya llevaba un mes en Rumanía y Bulgaria, por lo que Churchill no podía ceder ni negociar nada. Había quedado completamente fuera de juego, lo mismo que Estados Unidos.

Es cierto que los británicos pataleaban a causa de ello y se quejaban de que la URSS había actuado unilateralmente durante la ocupación militar de ambos países. Pero exactamente eso es lo que ellos habían hecho en Italia, a donde llegaron en el verano de 1943. En la Italia ocupada Estados Unidos y Gran Bretaña hacían y deshacían sin contar con la URSS para nada y dejando en el poder a la mayor parte de los cuadros del régimen fascista de Mussolini.

Aparte de mentir, en sus Memorias Churchill concede a la entrevista de Moscú una importancia que no tiene, en absoluto, porque en Moscú no estaban dispuestos a hablar de nada con él sin que Estados Unidos estuviera delante. Para ellos se trataba de una mera preparación de la reunión de Yalta, en la que Roosevelt sí estaría presente.

Al no estar presente, la URSS se negó a adoptar ningún acuerdo unilateral con Churchill, y mucho menos un reparto del mundo.

Casi todo lo que dice Churchill en sus Memorias sobre aquella reunión es falso. Incluso el orden del día fue muy distinto del que describe. La primera cuestión que trató con Stalin fue la de las futuras fronteras polacas y, en cuanto a los Balcanes, no llegaron a ningún acuerdo.

Al día siguiente las conversaciones no mejoraron, a pesar de los intentos de Anthony Eden, también presente, por regatear con Molotov. Ni siquiera coincidían en las preferencias. A uno (Eden) le interesaba hablar de los Balcanes; al otro (Molotov) de Polonia. En otras palabras: los británicos querían chantajear a Stalin con Polonia para llegar a un acuerdo sobre los Balcanes.

Pero Churchill volvió de Moscú con los bolsillos vacíos. Absolutamente vacíos; no hubo acuerdo, no hubo reparto... Nada de nada.

Ahora bien, el falso relato que hizo Churchill de su entrevista con Stalin tiene varias secuelas históricas. Una de ellas es el Tratado de Yalta, que no sería otra cosa que la formalización del reparto por escrito, según los estafadores.

Es una calumnia idéntica a la anterior: en Yalta nadie se repartió nada porque no había nada que repartir.

La otra secuela es el fracaso de la revolución en Grecia, uno de los tópicos favoritos del trotskismo desde hace 70 años. La explicación es que Stalin debía y podía ayudar a la revolución en Grecia en 1945 y no lo hizo por el reparto del pastel que había llevado a cabo con Churchill previamente.

Más concretamente, a Stalin se le imputa su pasividad ante la masacre cometida contra los antifascistas y comunistas griegos en diciembre de 1944 en Atenas.

Explicar aquel acontecimiento es complejo, como es complejo todo lo que concierne a los Balcanes. A mediados de septiembre, el Ejército Rojo estaba en Bulgaria, en la frontera con Grecia. Las tropas alemanas corrían el riesgo de quedar cercadas. Sólo podían huir a través de Yugoslavia.

Entonces, según otras memorias, las del nazi Albert Speer, el general Alfred Jödl pactó con los británicos. Los alemanes mantendrían el puerto de Salónica frente al Ejército Rojo para dar tiempo a los británicos a desembarcar en el sur de Grecia y ocupar la península. Los británicos se comprometían a no atacar a los alemanes para que pudieran retirarse ordenadamente. Los nazis solo debían preocuparse del Ejército Rojo y de la guerrilla.

Gracias al acuerdo, los británicos pudieron desembarcar sin oposición, relevar a los ocupantes nazis y aplastar a la guerrilla. Para ser más exactos, la matanza de Atenas fue cometida por tropas británicas transportadas en barcos estadounidenses desde Italia, donde los aliados dejaron de combatir a los nazis para atacar a los antifascistas griegos.

La estrategia militar del Ejército Rojo era muy diferente a la del británico. Consistía en aplastar a los nazis. Por eso, desde Bulgaria no se dirigió hacia Grecia sino hacia Yugoslavia, donde unió sus fuerzas a la guerrilla antifascista.

Desde el siglo XIX Grecia era un punto estratégico de gran importancia para el Imperio Británico. Durante toda la guerra Churchill había insistido en desembarcar en el Mediterráneo y, más concretamente, en los Balcanes.

Al fracasar sus planes, desde mayo de 1944 venía realizando enormes esfuerzos diplomáticos para que le dejaran las manos libres en Grecia, lo que dio lugar a un cruce de cartas entre los tres dirigentes (Churchill, Roosverlt, Stalin) durante más de dos meses, de las que no se desprende ningún tipo de acuerdo.

Es posible que Churchill interpretara el silencio de los otros dos (Roosvelt y Stalin) como una aceptación tácita de los planes que perseguía desde setiembre de 1943. Pero, lo mismo en Grecia que en Italia, tras de sí la guerra imponía los hechos consumados: en los territorios ocupados mandaba el primero en llegar.

Sobre Grecia Churchill no alcanzó, pues, ningún acuerdo con Stalin. Con quien pactó fue con el III Reich. Él pensaba en la posguerra más que en la propia guerra. El verdadero enemigo no era el III Reich sino los comunistas griegos. Para implementar su política, en Londres volvían al punto de partida: había que romper la alianza y buscar una paz por separado con los alemanes, sin la presencia de la URSS.

El relato de Churchill ha servido, además, para eximir de responsabilidad al único responsable de la masacre de los antifascstas en Atenas en diciembre de 1944: él mismo, con la complicidad de Roosvelt.

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