sábado, 10 de marzo de 2018

Reprimir bien es lo contrario de reprimir mucho

Juan Manuel Olarieta

La semana pasada se cumplieron 42 años de la matanza de cinco obreros en Gasteiz (Vitoria), uno de los acontecimientos más crudos que retratan lo que fue la llamada “transición política” que -según se dice- fue el cambio del régimen franquista a la democracia.

Masacres como la de Vitoria muestran, sin embargo, el verdadero rostro de aquel cambio, que en diez años costó la vida a casi 600 personas que murieron a causa de disparos de la policía, de crímenes fascistas, de torturas y de la represión política, en definitiva.

Tras la matanza de Vitoria, Fraga Iribarne, ministro encargado entonces de la Gobernación (Interior), acudió a la capital alavesa a pronunciar un discurso, del que el diario ABC resaltó en titulares dos frases muy significativas:

a) “Que este triste ejemplo sirva de lección a todo el país”

b) “La responsabilidad [de los crímenes] le corresponde íntegra a los que siguen echando a la gente a la calle”

En esas palabras está la esencia de lo que es la represión política:

a) Fraga invertía la responsabilidad de la matanza: no era ni de la policía que dispara, ni del ministro que les ordena disparar: la responsabilidad es de quien sale a la calle a protestar

b) Una matanza como aquella era un “ejemplo” y una “lección” dirigida “a todo el país”

Esas declaraciones constituyen lo que técnicamente los expertos llaman “prevención general”, que es un rasgo fundamental de las nuevas políticas punitivas en los países más avanzados: el paso de la represión a la prevención. En términos más corrientes, la “prevención general” es una intimidación masiva, el terror, en definitiva, que es la manera en que Dimitrov definió el fascismo como “la dictadura terrorista del gran capital”.

El miedo es el objetivo central de la represión política

El miedo es el objetivo central de la represión política y es especialmente grave porque significa que los partidos políticos, los sindicatos o los colectivos, no hacen lo que deben sino lo que otros les dejan, o lo que pueden, o lo que les permite la ley.

Es una perversión de la democracia, entendida como participación política, que atraviesa tres fases sucesivas:

1) Los movimientos sociales comienzan a funcionar bajo la amenaza del castigo. La legislación represiva del Estado condiciona la actividad política de los grupos mediante el miedo: a la detención, a una multa, a la cárcel...

2) Los grupos interiorizan y asimilan el castigo como una parte importante de su actividad.

3) En lugar de difundir el manifiesto político de la protesta, lo que hacen es difundir manuales jurídicos de asesoramiento para casos de detención. Como en el 15-M, cada vez que se convoca una huelga o una manifestación, con ayuda de los abogados, los convocantes crean equipos de apoyo y asistencia técnica porque saben que habrá represalias.

En esta tercera fase el propio movimiento se ha convertido en un propagandista del miedo y, por lo tanto, cómplice del Estado. Transmite el miedo a la represión.

El miedo y la libertad

El miedo es la antítesis de la libertad. Donde hay libertad no hay miedo y donde hay miedo no hay libertad. Un país donde la población vive bajo el miedo, no es un país libre.

Si un jubilado no vota aquello en lo que cree, sino por miedo a perder su pensión, no vota libremente. Tampoco vive en un país libre. Tiene miedo. Luego las elecciones no son libres.

Un país y unas personas libres son aquellas que hacen lo que deben hacer, que actúan conforme a su conciencia. La conciencia es aquello que guía los actos de cada cual. No sólo dicta lo que alguien debe hacer sino también lo que debe decir, lo que debe cantar, lo que debe escribir, lo que debe pintar...

La conciencia es una pieza fundamental de las luchas políticas, de las luchas colectivas y de las huelgas, donde incluso algunos como Marx y Engels hablaban de conciencia “de clase”.

Se suele decir que cuando alguien actúa conforme a su conciencia, no se le puede exigir nada más. La conciencia puede llegar a ser incluso una causa de justificación que exime de responsabilidad criminal. Se llama “objeción de conciencia” y pone de manifiesto que la conciencia está por encima de la ley, al menos en determinados casos.

Ha habido importantes ejemplos de este tipo de luchas, como el movimiento de insumisión, de negativa a prestar el servicio militar obligatorio por razones de conciencia, que logró suspenderlo temporalmente.

A la hora de decidir lo que debe hacer, cuando alguien (una persona, un votante, un partido político) no pregunta a su conciencia sino a su abogado, es síntoma de que algo no marcha como debiera, lo cual es harto frecuente y denota miedo, que no hay libertad.

Por ejemplo, hay libertad de expresión cuando uno dice lo que piensa, no lo que otros le permiten decir y, por el contrario, engaña a su auditorio si no transmite libremente su opinión.

La represión invisible

El miedo no es lo que le está ocurriendo a un represaliado, a un preso, a un torturado o a un detenido, sino lo que le puede ocurrir a cualquiera. Así pues en el iceberg de la represión política hay dos tipos de “clientes”:

a) uno es visible, el represaliado, ese que, en términos corrientes, calificamos como chivo expiatorio o cabeza de turco

b) el otro es invisible, como esos 3.000 tuiteros amenazados por la Operación Araña. ¿Quién estára entre ellos?, ¿a quién le tocará esa “lotería”?

La duda puede llegar a ser insorportable para muchas personas. Les cambia su comportamiento sin necesidad de ejercer el castigo. Crea una represión invisible, la “espada de Damocles”.

El mejor ejemplo de represión invisible es la autocensura. No necesita un verdugo que ejerza la represión; no es necesario que nadie te censure; es uno mismo el que se pone la soga al cuello.

Es la represión perfecta, el ideal de represión: sin rastro, sin sangre, sin heridos... Reprimir bien es lo contrario de reprimir mucho. Un parte de la represión política tiene que ser invisible, y para quienes practican la “política del avestruz”, lo invisible no existe y de lo que no existe no se habla ni se discute.

La represión perfecta consigue algo fundamental: guardar las apariencias. Es imprescindible para vestir de democracia a un Estado moderno.

Los que practican la “política del avestruz” afirman que, a diferencia del régimen fascista anterior, que reprimía mucho, España es hoy un país democrático porque reprime poco o reprime menos que antes; si no te fijas bien, casi ni se ve. Apenas hay represión, según ellos.

Es como cualquier otro truco: basta invisibilizar una parte de la represión para hacerla digerible. No siempre necesita adquirir vastas proporciones, sino todo lo contrario. Luego sólo queda que los famosos partidos de “izquierda” nos hagan mirar para otro lado. Visto y no visto. Pura magia.

Para guardar las apariencias la represión tiene que ser, pues, selectiva y discriminatoria. Es el caso de la reciente sentencia del Tribunal Supremo que castiga los retuits, mientras los tuits resultan impunes. Pura magia.

En el derecho penal militar existía el diezmo: ante un levantamiento popular, el ejército fusilaba aleatoriamente a uno de cada diez vecinos. Utilizaba a unos pocos para dar un “escarmiento” a todos los demás.

La política del palo y la zanahoria

La naturaleza discriminatoria de la represión no es más que la vieja “política del palo y la zanahoria”: castiga a unos y deja campo libre a otros.

Al final esos “otros” acaban convirtiéndose en cómplices del Estado y de su represión. Es una ley que se cumple siempre, inexorablemente.

El miedo hace gobernables las sociedades. Permite al Estado condicionar el comportamiento de todas los movimientos políticos y sociales. El castigo de unos condiciona la actuación de los otros, como ha ocurrido durante 40 años en Euskadi.

Crea conductas adaptativas, dóciles, sumisas a “lo que hay”, a lo posible, lo legal, lo pacífico... Reduce la lucha política a eso que llaman “la política”, o sea, elecciones periódicas y relevos en el gobierno. Mientras la lucha política está en la calle, “la política” se desliza por los pasillos. Cada vez hay menos lucha política y más “política”. Ya casi nada se concibe como una lucha o un enfrentamiento. No hay nada que no se pueda negociar, discutir y acordar sentados delante de una mesa.

Esas conductas políticas son previsibles y manejables. Por eso el Estado se rodea de organizaciones cuya oposición es, a lo máximo, literaria, retórica. Este tipo de organizaciones, además, visten con las mejores galas de la democracia a cualquier Estado que las consiente, e incluso las magnifica porque sabe que son inofensivas.

El problema para el Estado son aquellas personas que no tienen miedo o que lo han perdido; quien no tiene miedo es imprevisible: de él podemos esperar cualquier cosa.

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