lunes, 26 de febrero de 2018

Los que persiguen las ‘noticias falsas’ son los inquisidores de siempre

Pasquines en el centro de Jerusalén
En castellano, “pasquín” es una palabra tomada del italiano “pasquino”, que es el nombre de una estatua de Roma en la que se fijaban escritos satíricos anónimos, generalmente de carácter político.

La palabra se comenzó a usar a principios del siglo XVI, que es cuando surgió la costumbre de colocar las críticas en público, dirigidas contra el gobierno o la Iglesia católica.

Con el tiempo pasó a describir el cartel anunciador, un hoja de papel con publicidad, propaganda o cualquier otro mensaje pero, dice la Wikipedia, siempre conservó un significado peyorativo, lo mismo que cualquier otra modalidad de expresión de las opiniones, como el “libelo”.

En una de sus acepciones la Academia de la Lengua no se corta un pelo a la hora de definirlo: “Diario, semanario o revista con artículos e ilustraciones de mala calidad y de carácter sensacionalista y calumnioso”.

Desde hace 500 años todos los gobiernos del mundo han combatido los pasquines, los libelos y demás formas espontáneas de expresión con la misma excusa: porque sus contenidos son falsos, engañosos, fraudulentos, calumniosos, exagerados...

Ya conocen Ustedes el axioma “Tu libertad acaba donde empieza la mía”, al que le falta la parte más importante: “Tu libertad es muy pequeña porque mis derechos llegan muy lejos”.

A los pasquines les ocurría entonces como a las redes sociales hoy. Recurrían a ellos quienes carecían de cualquier otra posibilidad de expresarse. Las dianas también eran las mismas: los monarcas, los aristócratas, los obispos, los militares, los banqueros, las autoridades, los potentados...

Los detentadores del poder siempre fueron “víctimas” de la ironía, el sarcasmo y la sátira del populacho y la chusma, que nunca tuvieron ninguna razón para quejarse porque todo lo que hacían sus protectores era por su propio interés (bien entendido).

Los pasquines, las octavillas y los libelos se quemaban y sus autores siempre dieron con sus huesos en la cárcel, o en el destierro. La mayor parte de los impresos desaparecieron para siempre y la historia lo lamenta. Hoy aquellos papeles despreciados son un tesoro. Todas las bibliotecas del mundo pagan millones por ellos, mientras que nadie se acuerda de las víctimas de sus insultos.

La política, la verdadera política, es así y siempre se ha hecho con ese tipo de materiales, serios y satíricos, falsos y verdaderos, mordaces y misericordiosos.

En China la Revolución Cultural llenó las calles de pasquines (dazibaos) y lo mismo ocurre hoy en Israel a causa de una estricta censura política y religiosa.

La transición también llenó las paredes de pasquines, pintadas y pegatinas porque a los antifascistas nunca los dejaron aparecer en televisión, ni en la radio, ni en los periódicos. Hoy es un delito hacer una pintada en un muro de la calle o en las paradas de autobús porque cada vez que la plebe encuentra una manera de expresar su mala leche, se lo impiden.

Ni siquiera tenemos derecho a disfrutar de nuestra válvula de escape. Las redes sociales, que son los pasquines cinco siglos después, están sometidas a vigilancia. Hay quien vela porque sólo nos enteremos de mensajes que sean ciertos, veraces y auténticos, pero nadie nos ha preguntado si, además, no preferimos los bulos, los rumores o las groserías de nuestro tuitero favorito.

¿Por qué suponen que queremos saber la verdad?, ¿quién les autoriza a privarnos de nuestras mentiras más queridas? Les advertimos desde ahora que siempre nos quedará un último remedio: pintaremos en los retretes de los bares y de las gasolineras.

Retrete de un bar de Brooklyn, en Nueva York


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