miércoles, 7 de febrero de 2018

Los gendarmes del mundo no saben qué hacer con los detenidos

El rasgo diferenciador más significativo de la represión fascista es su militarización. En todo el mundo, la represión se encomienda a cuerpos militares o militarizados que actúan con procedimientos típicamente castrenses. Es una tendencia ancestral que, no obstante, se consolida tras el surgimiento de la “doctrina de la seguridad nacional”, la “guerra contra las drogas” de los tiempos de Nixon, los decretos argentinos de aniquilamiento de 1974 y la “guerra contra el terrorismo” de Bush de 2001.

La represión típicamente fascista convierte a un detenido en un enemigo, lo que ha cambiado el papel de la policía, de los fiscales, los abogados, los jueces, los juicios y las cárceles. Los ejércitos de las grandes potencias se convierten en policías y los policías en militares. La policía se militariza y la represión se encomienda a cuerpos militares, como la Guardia Civil (España), Carabineros (Italia) y la Gendarmería (Francia).

Es una vuelta al III Rech, a los tiempos del juez Roland Freisler y el llamado “derecho penal del enemigo”. La transición está engendrando toda suerte de paradojas que los juristas no siempre son capaces de resolver, justificar y legitimar como se espera de ellos.

El lunes el centro “Programa sobre Extremismo” de la Universidad George Washington publicó un informe sobre sobre los 64 estadounidenses detenidos en Irak y Siria cuando combatían en las filas yihadistas. Desde 2014 en Estados Unidos ha habido 153 personas acusadas por dicho motivo.

Recientemente, en setiembre, saltó otro caso tras la detención en Raqqa de un ciudadano estadounidense que se rindió a las FDS.

Saltaremos por encima del aspecto conspiranoico de la cuestión: dichos detenidos son, al menos en parte, agentes de la CIA, la NSA y el ejército de Estados Unidos que dirigían a las huestes yihadistas sobre el terreno.

Esa sería un posible explicación de que no haya ninguna acusación formal en su contra y de que lo único que se sepa del último de los detenidos es que está encarcelado en una base militar estadounidense en Irak y nada más. Es una situación perfecta. Nadie sabe su nombre. Nadie le acusa de nada. No tiene derechos, ni abogado, ni defensor, ni juicio...

Su estatuto legal es el de “combatientes enemigos”, un tipo de acusación diferente a las de quienes han participado en atentados dentro de Estados Unidos. Se creó en tiempos de Bush en 2001.

En 2004 el Tribunal Supremo de Estados Unidos se pronunció en el caso de otro ciudadano estadounidense, Yaser Hamadi, que fue criado en Arabia saudí, capturado cuando combatía en las filas de los talibanes en Afganistán y trasladado a Guantánamo, detenido indefinidamente sin juicio... ¡Cómo no! El Tribunal Supremo decretó que su situación era perfectamente legal. A pesar de ello el lío judicial se solucionó con un cambalache al más puro estilo gringo: te liberamos y te enviamos a Arabia saudí si renuncias a la nacionalidad estadounidense. Dicho y hecho.

El cuadro legal se puede complicar cuanto sea necesario teniendo en cuenta que también hay estadounidenses detenidos por combatir en las filas yihadistas en países como Turquía, cuya situación real es aún más confusa. O aquellos capturados por fuerzas que ni son estadoundenses ni colaboran con ellas. Hay varios centenares de presos, de los que no se sabe si realmente luchaban contra Estados Unidos o se trata de colaboradores de Estados Unidos. Algunos han sido liberados a petición del Pentágono o en canjes de prisioneros, por lo que se supone que se trataba de peones y espías suyos. Para saber algo más sobre el resto habrá que esperar aún.

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