miércoles, 21 de febrero de 2018

Las gentes de Corea del norte según el cine de Corea del sur

Un país demonizado es aquel del que se puede decir cualquier bobada porque nadie va a levantar para protestar por una idiotez. Por ejemplo, Corea del norte, un muñeco de feria, un país del que se puede colar cualquier desinformación porque, entre otras cosas, queda muy lejos. No sabemos nada, pero tampoco nos interesa saber.

De esa manera se ha creado un patrón de país, de sociedad y, naturalmente, de personas. Cabría esperar que en Corea del sur conocieran un poco más a sus vecinos del norte, que viven tan cerca y hablan el mismo idioma. Muchos de ellos son familiares entre sí. ¿Qué opinan de ellos?

Naturalmente las agencias de prensa tienen que mostrar otro estereotipo. Para eso les pagan. Pero, ¿cuál es la imagen que muestra el cine? El crítico Antoine Coppola ha dedicado a ello un interesante artículo (*), del que cabe deducir que esa imagen ha cambiado con el tiempo, ha seguido una evolución, condicionada por la situación política internacional.

Ahora podríamos ponernos pedantes y constatar que el cine es ideología, una superestructura que refleja la correlación de fuerzas, etc. No es así. Hasta hace bien poco, el cine surcoreano ha sido subvencionado para crear un artificio falso entre sus espectadores, muy aficionados al séptimo arte, un entusiasmo que comparten con los del norte: 200 millones de espectadores anuales.

El cine surcoreano no ha sido otra cosa que otro aparato de desinformación adicional, de manera que, una vez liberado de esas ataduras, la presentación del vecino ha cambiado. Ya no lo pintan tan negro. Los espectadores se han enterado de que en el norte hay personas buenas, incluso muy buenas.

En los noventa, dice Coppola, el cine del sur mostró una imagen politizada, tópica, de los norcoreanos que, entre otras cosas, sirvió para esconder las propias vergüenzas de un sur sometido hasta 1988 por una de las más repugnantes dictaduras fascistas de la posguerra, asociada a Estados Unidos.

En ese cine, el norcoreano era un comunista y el mejor comunista es el comunista muerto. Pero esa tesis es contraproducente porque supone que todos los habitantes del norte están de acuerdo con su Estado, y no es eso lo que se pretende demostrar, sino todo lo contrario: el norte es malo porque hay norcoreanos que no son comunistas y carece de libertad; no les permiten elegir en el supermercado de los partidos políticos.

A partir de los noventa, el cine del sur cambia el centro de gravedad: los norcoreanos son personas como nosotros mismos, hay de todo, no se puede generalizar... Es una imagen más cercana que siempre encaja bien con el vecino de arriba, con el que hay que esforzarse por llevarse bien, por convivir.

Es la “Revolución de las Candelas” de finales de 2016, el acercamiento de las dos Coreas que no está gustando nada en Washington: conversaciones mutuas, sin Estados Unidos como intermediario, y participación conjunta en los Juegos Olímpicos de Pyeongchang. Incluso los coreanos descubren su historia común y su enemigo común, Japón, al que achacan con una única voz la esclavización sexual de las mujeres coreanas durante la Segunda Guerra Mundial.

Es la reconciliación nacional a la coreana. La película “Joint Security Area” de Park Chan-wook relata la amistad de dos coreanos, uno del sur y otro del norte, mantenida en secreto que, por encima de diferencias ideológicas, como debe ser, pone la nacionalidad común. Otras películas imputan la división entre las dos Coreas a los países extranjeros (Estados Unidos, China, URSS, Japón), que han sembrado la discordia en la península, donde no hay diferencias sustanciales entre la población.

En el nuevo cine coreano la política ya queda muy lejos. A uno u otro lado del paralelo los coreanos son una gran familia a la que los avatares de la vida han desperdigado por distintos rincones del mundo y que debe reunirse para celebrar el cumpleaños de una abuela anciana. En el argumento de “Taegucki” aparece un soldado del sur para quien sólo cuenta la familia, lo que no le impide pasar con sus armas al norte. En “Welcome To Dongmakeol” el escenario es una pequeña aldea en la que unos y otros se reencuentran con sus raíces comunes, algo que sólo es posible porque los del norte no son tan malos como habíamos creído hasta ahora.

Pero en Corea del sur los guiones de cine cambian con los cambios de gobierno. Cuando llegan los hijos de MacArthur, “la derechona”, se acaba el diálogo entre unos y otros, vuelve el cine de la Guerra Fría, el anticomunismo primario, la guerra contra la invasión comunista, las torturas, el norcoreano hambriento, fanatizado y sanguinario...

En la película “Berlin File” el guión no escapa a otro tópico que no podía quedar ausente: tanto si viven en el sur como en el norte, los de abajo son personas sencillas manipuladas por los de arriba, cuyas acciones están dirigidas por móviles abyectos. El protagonista es un espía nordista traicionado por sus jefes. La infantería y la tropa de línea no son malos. Corea no tendría ningún problema si los del norte y el sur acabaran con sus respectos Estados Mayores.

Cuando el cine coreano es independiente, como “Jiseul”, una película presentada en el Festival de Sundance, el guión cambia radicalmente. Si el espectador no está atento a los títulos de crédito puede creer que se trata de la repugnante propaganda nordista. La historia es insólita: la matanza de comunistas perpetrada por la ONU y el ejército del sur en la isla de Jeju.

¿Sólo habían oído hablar Ustedes de las masacres cometidas por los feroces comunistas del norte? La película, basada en hechos reales, les mostrará otro rostro de la historia... al estilo coreano de su propia reconciliación nacional. Para que ello sea posible, el argumento necesita despolitizarse porque las verdaderas víctimas sólo son tales si no toman partido. Los inocentes son apolíticos; al resto (que son muy pocos) se los puede matar.

(*) https://asialyst.com/fr/2018/02/12/nouvelle-image-nord-coreens-cinema-seoul/

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