domingo, 11 de febrero de 2018

‘Fue un crimen, la guerra no tiene nada que ver con la población civil’


José Ginés. Huyó con 23 años.

El recorrido: José lucha en el frente que está defendiendo Málaga el mismo día 7 de febrero. A la mañana del día siguiente, cuando ya las tropas nacionales están en la capital, consigue salir de la ciudad. Tras su llegada a Almería, luchará en el frente de Motril hasta el final de la guerra.

Su historia: José Ginés nace en Cuevas de San Marcos en 1913, en una familia con un arraigada ideología de izquierdas. De padre agricultor, en su casa siempre se lee el diario ‘El Socialista’. Por eso, cuando estalla la Guerra Civil, José no duda en ir a defender la causa republicana en el frente de Ardales. En febrero de 1937, está sirviendo en el cuartel de Capuchinos de la capital. El 7, cuando apenas queda un día para que las tropas nacionales ocupen la ciudad, salen a combatir al Monte Coronado . “Estuvimos allí todo el día pegando tiros, pero cuando llegó la noche, el teniente Pérez nos dijo que nos fuéramos, que por la mañana estábamos copados”.

José decide hacer noche en una posada en la capital. Ya en la mañana del día 8, sale a la calle vestido de miliciano ante el estupor de un conocido. “Me dijo: ‘Pero tú que haces aquí, pero coño, si están entrando los fascistas por la calle Cuarteles”. El joven cabo se une a otros dos militares procedentes de Marbella y los tres deciden marchar de la ciudad. “Salimos con mucha dificultad de Málaga, ya huía muy poca gente. Desde las ventanas salían muchos tiros e íbamos pegados a las paredes”.

Una hora después, comienzan los cañoneos de los barcos desde la costa. Un tajo en una cantera les sirve para resguardarse. “Optamos por salir de la carretera durante el día, porque allí no se defendía uno ni de la aviación ni de los barcos”. El pequeño grupo avanza raudo y va adelantando a las familias que encuentra por el camino. Al día siguiente, José y sus compañeros de viaje ya están en Nerja. “Aquello era una lástima. Había niños, había viejos y enfermos, embarazadas, había de todo... en esa situación, corriendo, pero corriendo sin tranquilidad por el miedo a los aviones y a los barcos”.

A la altura de una fábrica de papel en los acantilados de Maro, José no soporta la sed y baja al río de la Miel a beber agua. En ese momento, aparece la aviación. “El arroyo estaba muy profundo. Se presentaron bombardeando, uno, otro... hasta cinco aviones. Cuando salí al puentecito a lo alto de la carretera... no hay palabras para describirlo. Eso no se puede describir más que viéndolo... de muertos... de heridos”. No volverá a ver a sus compañeros de viaje, ni siquiera en el cuartel cuando llega a Almería.

José continúa, solo, hasta Salobreña. Algunos refugiados empiezan a gritar que las tropas nacionales están justo detrás y cunde el nerviosismo. En ese momento, escuchan una gran explosión. “Habían volado el puente que pasa por el río Guadalfeo para impedir el paso momentáneo de los franquistas”. La lluvia de los últimos días o la apertura de una pequeña presa hace que el caudal vaya muy subido. José no se atreve a tirarse al agua. “Allí quedaron muchas personas y lo último que uno hace es suicidarse”. Más arriba encuentra un camino para pasar a la otra margen.

La sola visión de los camiones de las Brigadas Internacionales en la recta de Adra le llena de tranquilidad. “Me dije, ya estamos salvados, éstos vienen a retenerlos”. José entra en Almería desarmado, como todos los milicianos que van llegando. Es una ciudad caótica, que ha duplicado su población en apenas unos días. “No se podía andar por la calle. Había camiones repartiendo pan. Recuerdo que esa noche en el cuartel me pusieron lentejas.Por más que comía, quería más, no me hartaba”.

Él es uno de los milicianos que relevan a las Brigadas Internacionales en el frente de Lújar, en Motril, donde lucha hasta el final de la guerra civil. “Cuando acabó todo, yo ya era suboficial; escondí la pistola en el monte y me quité los galones”. Una orden de un requeté amigo suyo, Paco Gutiérrez, consigue sacarlo de un campo de concentración en Caparacena (Granada), bajo la condición de que se presente en el cuartel de Capuchinos para que comprueben su ficha y decidan si han de encarcelarlo. José prefiere marchar para el cuartel de su pueblo, donde le obligan a presentarse a diario. Él consigue eludir la prisión, pero no su madre. “A ella la pelaron y la encarcelaron un año tras un enfrentamiento con un familiar. La culparon de leer ‘El Socialista’”.

http://www.diariosur.es/malaga/desbanda-testimonios-huida-20180206145526-nt.html

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