miércoles, 31 de enero de 2018

Imperialismo, bloqueo y guerra naval en el Ártico

En la época del imperialismo las potencias hegemónicas sustentan su dominio en la marina, la mercante y la de guerra. La importación y exportación de mercancías se lleva a cabo en buques que, además de surcar los grandes océanos, deben atravesar estrechos cuellos de botella que, en la jerga naval actual, completan los SLOC (Sea Lines of Communication, Rutas Martítimas de Comunicación).

Un bloqueo económico, como el trabado contra Cuba, Rusia o Corea del norte, que es una declaración formal de guerra, por más que se califiquen como “sanciones”, exige tener capacidad para imponer en el mar una A2/AD (AntiAcces/Area Denial) o, dicho en lenguaje corriente, prohibir el paso a los buques que enarbolan el pabellón del país sancionado. Los manuales de guerra naval indican que los A2/AD se impongan en los SLOC: estrechos maritímos y canales como el del Sinaí o el de Panamá.

En un contexo de guerra, como el actual, una potencia tiene que ser capaz de bloquear y evitar ser bloqueada. Para mantener abiertos los SLOC o bien la marina mercante debe ir escoltada por buques de guerra, o bien hay que apostarlos en los cuellos de botella para cerrarlos o abrirlos como si fueran un grifo. Hoy sólo hay un país en el mundo capaz de hacerlo, Estados Unidos, que desde 1945 ha cimentado su hegemonía en varios factores, de los cuales el control de los SLOC es el menos conocido. No existe ningún otro país en el mundo capaz de hacer sombra a la “Navy” estadounidense.

Pero la guerra naval no es una foto fija sino un vídeo que depende de la evolución del comercio internacional. En ese escenario, de 1945 a hoy se ha producido un cambio. Si antes el comercio internacional estaba dominado por Estados Unidos, hoy ese lugar le corresponde a China.

De ahí que desde 1949 la estrategia militar de China haya cambiado, pasando de la preeminencia que el Ejercito Popular le otorgó inicialmente a la defensa de las fronteras en tierra, al reciente despliegue en el mar. Hoy China depende más que nadie de la importación de materias primas y la exportación de mercancías manufacturadas, donde se enfrenta a las amenazas de bloqueo comercial abiertamente emitidas por Trump.

Por más que todos los índices expresen que China es la primera potencia económica del mundo, desde el punto de vista estratégico su marina de guerra no tiene capacidad para bloquear ni para impedir un bloqueo. De ahi que haya iniciado una carrera desenfrenada para desarrollar una potente fuerza naval de portaviones, submarinos, destructores y acorazados, algo que no va a ser posible ni siquiera un plazo mediano de tiempo. Aunque hay planes para ello, China ni siquiera dispone de la tecnología necesaria.

A China le amenazan dos SLOC, uno al este (Pacífico) y otro al sur (Índico), por lo que se ha visto obligada a forjar una alianza cada vez más estrecha con Rusia, donde Putin ha hablado de los chinos como “hermanos” más que aliados, además de iniciar una carrera hacia el oeste, la llamada Ruta de la Seda.

Eso es lo que explica el intento de abrirse camino hacia el Océano Índico a través de Pakistán a Indonesia, y la apertura de su primera base militar en el extranjero, en Yibuti.

Si bien este tipo de planes estratégicos son conocidos, hay no obstante un tercer aspecto al que tampoco se le presta la atención debida: los faraónicos proyectos rusos de cruzar el Ártico, el único lugar del planeta donde Rusia tiene capacidad militar A2/AD. Es la única vía de escape para Rusia y, por lo tanto, también para China.

Desde los tiempos de la URSS, Moscú domina el Ártico tecnológica y militarmente, una situación que el imperialismo trata de anular por medio de repetidas campañas seudoecologistas. A través de la ONU los ecologistas lograrían lo que la “Navy” nunca pudo: convertir el Ártico en un cuello de botella, una de esas “reservas naturales de la biosfera” con una regulación estricta de desmilitarización y desnuclearización, cerrada incluso al tráfico marítimo comercial.

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