martes, 30 de enero de 2018

Igualdad: ‘Díme de qué presumes y te diré de qué careces’

Juan Manuel Olarieta

Pocos principios como la igualdad han tenido un mayor apoyo en toda clase de papeles, como las declaraciones internacionales de derechos humanos, constituciones, leyes, reglamentos...

Es una palabra que está en boca de todos. A veces lo llaman “igualdad de oportunidades”. La sociedad debería ser igualitaria o, por lo menos, mucho más igualitaria que ahora.

Desde su primer artículo la Constitución establece la igualdad como “un valor superior del ordenamiento jurídico”. El artículo 9.2 obliga a todas las instituciones públicas a promoverla para que sea “real y efectiva”. El artículo 14 dice que todos somos iguales “ante la ley” o, dicho de otra manera, “la ley es igual para todos”.

Sin embargo, el año pasado el Tribunal Supremo criminalizó los retuits, de tal manera que alguien introduce un determinado contenido en la red social que nadie considera como un delito, pero otro lo reproduce y le condenan a una pena de prisión. Exactamente el mismo contenido, el mismo vídeo, es delito para uno pero no para otro.

Así es la igualdad: las mismas palabras no siempre son delito; depende de quién las pronuncie.

Antes la igualdad se refería a los ricos y pobres, pero ahora el “género” lo ha fagocitado todo. En 2007 el gobierno de Zapatero aprobó una ley “para la igualdad efectiva de mujeres y hombres”. No se conforma con cualquier clase de igualdad, sino quiere que sea “efectiva”, es decir, que la igualdad es (debe ser) una política.

Aquí no puede faltar de nada. No ahorramos en leyes y más leyes. Hace unos días 26 colectivos del movimiento LGTBI y sindicatos han exigido al Congreso la aprobación de otra ley más de igualdad, esta vez para el colectivo LGTBI.

La igualdad es uniformidad; contradice la diversidad. Queremos que el mundo sea como nosotros porque eso es lo mejor (para nosotros y, por lo tanto, para todos). Nosotros somos los mejores, pero queremos que ellos (los “desfavorecidos”) también mejoren. En fin, nos gustaría que los demás fuesen un espejo de nosotros mismos.

La igualdad se convierte entonces en uniformidad, aunque suele surgir una duda: si se debe uniformar por arriba o por abajo. Normalmente no son los amos los que quieren igualarse a los esclavos, sino al revés.

Por ejemplo, cuando se trata de igualdad de género, el feminismo burgués pretende que las mujeres ocupen cargos de responsabilidad en condiciones paritarias con los hombres, es decir, mandar, estar arriba. En una palabra, ejercer la misma clase de dominación que ahora ejercen los hombres.

Ocurre algo parecido con el Tercer Mundo. No sólo las personas: todos los países son (deben ser) iguales. Los habitantes del Tercer Mundo deben tener lo mismo que nosotros tenemos. Las mismas cosas y los mismos derechos.

Hay muchas personas y muchas ONG en el mundo que viven gracias a que las normas sobre igualdad son papel mojado, lo mismo que hay infinidad de asociaciones religiosas a pesar de que dios no existe. Ambas funcionan de la misma manera: siembran la ilusión de que, a pesar de los pesares, todos somos hijos de dios y, por lo tanto, hermanos. Luego la igualdad es posible y, además, necesaria.

Las ONG están dopadas con subvenciones para fomentar el fetiche de la igualdad. Algunas lo llevan incluso en su nombre: Igualdad Animal, Acción para el Desarrollo y la Igualdad, Accion Social por la Igualdad, Confederación Nacional de Mujeres en Igualdad, Asociación de Hombres por la Igualdad de Género (Ahije), Asociación por la integración e igualdad del minsuvalido (Aspimip)...

En 2014 se unieron 50 de ellas para denunciar a la ONU el desmantelamiento de las políticas de igualdad en España. El escrito se refería, sobre todo al dinero, que no debe faltar nunca y que, como es natural, no va destinado a los desfavorecidos sino a los profesionales que se dedican a la igualdad en cuerpo y alma.

Entre las ONG lo más significativo no son las que ya hay, sino las que faltan. Por ejemplo, no conozco ninguna ONG que promocione que los patronos sean iguales a los obreros, o al revés, que los obreros sean iguales a los patronos.

Tampoco se han creado ONG para que los emigrantes sean iguales a los españoles, o al revés: para que los españoles sean como los emigrantes.

Con la igualdad ocurre lo mismo que con la corrupción: no hay quien se oponga a ella. No hay ningún partido que defienda la desigualdad como no hay ningún partido que defienda la corrupción.

La pregunta es inevitable: ¿cómo es posible que con tantos esfuerzos, tanta dedicación política y social y tanto dinero, siga sin haber igualdad y ninguna perspectiva de reducirla?

Las políticas, las normas y las ONG que promueven la igualdad no se han redactado para que la haya, ni siquiera para que haya más igualdad, sino que son un fetiche, un cartel para poner en un escaparate a la vista de todos y llenar de esa manera la boca de los charlatanes, los abogados, los programas de los partidos políticos, las tertulias, los cursos académicos, las facultades de derecho...

De la igualdad y las leyes sobre la igualdad se podría decir aquello de “Díme de qué presumes y te diré de qué careces”. A medida que el mundo predica más la igualdad es más desigual.

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