martes, 23 de enero de 2018

El Caso Carney y el exterminio de la guerrillera hondureña en 1983

El jesuita Guadalupe Carney
“Ser cristiano es ser revolucionario. Si un hondureño no es revolucionario no es cristiano”, son las palabras finales que escribió el sacerdote estadounidense James Carney en su libro “Metamorfosis de un revolucionario”.

Carney llegó a Honduras en 1962 como misionero y tras convivir con los explotados, se transformó, se cambió el nombre por el de Guadalupe y se convirtió en capellán de la guerrilla. Fue detenido, torturado y asesinado por la CIA en 1983.

El sacerdote es sólo uno de los nombres de los más de 180 desaparecidos que hubo en Honduras durante los años ochenta. Para acabar con las organizaciones revolucionarias asesinaron a estudiantes, profesores, sindicalistas y campesinos.

Carney nació en Chicago el 28 de octubre de 1924 y fue bautizado con el nombre de James Francis Carney Hanley. Después de varios años de estudio de ingeniería civil, al estallar la Segunda Guerra Mundial se incorporó al ejercito de Estados Unidos en el que permanecerá durante tres años (1943-1946).

En 1948 ingresó a la Compañía de Jesús y siendo seminarista conoció la misión de los jesuitas en Honduras.

En 1955 hace el magisterio durante tres años en Belice. Después comenzó sus estudios de teología durante cuatro años en Estados Unidos, y el 15 de junio de 1961 se ordenó sacerdote en Kansas, graduándose en teología en 1962.

Sus superiores le destinaron a Honduras, donde trabajó con las organizaciones campesinas y sufrió lo que él calificó como su “metamorfosis”. Cambió su nombre por el de Guadalupe y el 27 de septiembre de 1973 obtuvo la nacionalidad hondureña: “Quiero identificarme con el Tercer Mundo, y no ser más identificado con el imperialismo norteamericano. Por eso he renunciado a ser ciudadano de Estados Unidos”.

En 1978 fundó el Movimiento de Cristianos por la Justicia y al año siguiente fue detenido y expulsado de Honduras, al privarle el gobierno de la nacionalidad.

Se traslada a apoyar la revolución sandinista en Nicaragua, donde escribe su libro “Así es la Iglesia”.

En 1983 se convirtió en capellán de una columna de 96 guerrilleros hondureños del Partido Revolucionario de los Trabajadores de América Central que se entrenaba en Nicaragua.

En julio la columna ingresó en Honduras para desarrollar la lucha armada y fue rápidamente derrotada por las tropas hondureñas, dirigidas y adiestradas por la CIA.

Fueron capturados 70 guerrilleros, que fueron implacablemente asesinados, entre ellos José María Reyes Mata, Osvaldo Castro, José Alfredo Duarte, José Armando Padilla y José Ferrufino. Carney fue detenido, torturado y asesinado al mismo tiempo que ellos.

El operativo lo llevó a cabo el gobierno de Roberto Suazo Córdova y estaba a cargo del general Gustavo Álvarez Martínez, oficial al mando del Batallón 3-16, la unidad hondureña de élite encargada de la guerra sucia.

Tras la matanza comenzó la intoxicación y las cortinas de humo. El gobierno hondureño alegó que Carney murió de hambre en las montañas de la frontera con Nicaragua.

En septiembre de 1983 los militares dieron una rueda de prensa para informar oficialmente de la desaparición de Carney. Mostraron su ropa de religioso, su cáliz y su Biblia, alegando que las habían encontrado en un depósito oculto de armas de la guerrilla.

Por el contrario, los testigos presenciales dijeron que fue capturado por el ejército, torturado y ejecutado. Una fuente de información de primera mano fue Florencio Caballero Bonilla, antiguo oficial del Batallón 3-16, que desertó en 1986 y consiguió asilo político en Canadá.

Caballero dijo que Carney fue detenido y trasladado a Aguacate, una base militar dirigida por la CIA en territorio hondureño para apoyar a la “contra” nicaragüense.

También dijo que el comandante de las Fuerzas Armadas hondureñas, el general Álvarez Martínez, ordenó su ejecución en presencia de un oficial de la CIA, y que Carney fue posteriormente torturado y arrojado vivo desde un helicóptero a la selva Hondureña.

Desde entonces se han realizado varias búsquedas infructuosas para averiguar el paradero de sus restos. Han descubierto fosas comunes con restos humanos de crímenes que datan de los años ochenta.

En enero del 2003 se hallaron restos que se supusieron los de Carney, pero después se comprobó que no lo eran. El descubrimiento de los restos del sacerdote permitiría que el caso se pudiera denunciar ante los tribunales hondureños.

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