lunes, 11 de diciembre de 2017

El Tribunal de la OTAN: un muerto más, un problema menos

Praljak toma un sorbo de cicuta
Es posible que los lectores se hayan dado cuenta de lo mal informados que están cuando los monitores de su televisor les mostraron que un general croata, Slobodan Praljak, se suicidaba delante de sus verdugos, ridículamente disfrados con una toga: “Praljak no es un criminal. Rechazo con desprecio su veredicto”, dijo antes de caer fulminado después de beber un vasito de cicuta.

¿Hay un Tribunal Internacional en La Haya?, ¿siguen los juicios por los crímenes de la Guerra de los Balcanes?, ¿por qué nadie nos informa? Hay que esperar que se produzcan acontecimientos espectaculares como éste que nos sacan de nuestro estupor, pero después del relámpago, la noche vuelve a quedar tan oscura como antes. ¿Se ha acabado el juicio con la cicuta?, ¿a quién juzgan?, ¿a quién condenan?, ¿con qué pruebas?, ¿cuáles son los veredictos?

El lector puede pasarse el resto del día haciéndose preguntas a las que no encontrará respuesta. En los Balcanes se cometieron crímenes contra la humanidad, pero a la humanidad no nos informan de nada.

Es evidente que la Guerra de los Balcanes aún no se ha acabado. Sus protagonistas siguen muriendo, aunque ahora el campo de batalla se ha trasladado a la ciudad holandesa de La Haya. Luego algún payaso dirá ante los micrófonos que en Europa no hay presos políticos, algo que es propio sólo de países difíciles de poner sobre el mapa, como Tanzania o Sri Lanka.

“Los detenidos son acusados que esperan juicio y a quienes, por lo tanto, hay que presumir inocentes, lo que no siempre se comprende bien en el exterior: poseen derechos que no tendrán una vez condenados”, dijo a la prensa Marc Dubuisson, director de los servicios de apoyo judicial del Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoeslavia.

Dubuisson es el responsable de la cárcel de máxima seguridad del barrio residencial Scheveningen en la que encierran a los chivos expiatorios de la guerra. Como todo lo que hacemos en Europa, es una “cárcel modelo”, a diferencia de las de Tanzania o Sri Lanka, que dejan mucho que desear en materia de derechos humanos.

Señores africanos y demás termundistas: fíjense bien cómo somos los europeos en estos asuntos. Hemos tenido encerrados a los yugoeslavos durante 15 años en espera de juicio, pero es posible que eso no se lo hayan contado. A uno de los presos (serbio) le tuvieron un año encarcelado con un tumor cerebral antes de enviarle a un hospital de su país, donde murió nada más llegar. ¿Les han contado a Ustedes cuántos altos dirigentes serbios han muerto o se han suicidado en la “cárcel modelo”? Nada menos que seis: ahorcamientos, paros cardiacos, falta de atención médica... ¿Les han dicho sus nombres? Se trata de “presuntos inocentes” como Slavko Dokmanovic (1998), Milan Babic (2006)...

Uno de los acusados, el denostado general Mladic, tuvo varios infartos a lo largo del largo proceso judicial. En una de las sesiones se sintió indispuesto y así se lo hizo saber a esos farsantes togados que componen el Tribunal, que se negaron a interrumpir el juicio por tan pequeña nimiedad para que fuera atendido por un médico. “The show must go on” (el espectáculo debe continuar). “Todo esto no es más una red de mentiras, es un tribunal de la OTAN”, pudo decir Mladic antes de que le cortaran el acceso al micrófono.

El “modelo europeo” ha alcanzado un nivel muy sofisticado de barbarie, que hubiera sido imposible sin el apoyo de los juristas y las cadenas de intoxicación, cuyo papel queda en evidencia una y otra vez. En el banquillo sólo están los figurantes, no los criminales; no está Javier Solana, no se puede mencionar el gran tabú, la OTAN, tampoco a Alemania, ni a la Unión Europea...

En La Haya los jueces están construyendo lo que los jesuitas califican como “una verdad formal” que debe culminar la destrucción de Yugoeslavia, la guerra y los asesinatos con algo que luego los políticos de pacotilla se puedan llevar a la boca durante otros tres decenios, un relato oficial de los hechos al que puedan recurrir como “prueba” diciendo: “Como dijo el Tribunal Penal Internacional en su sentencia...”

Cuando un tribunal dicta una sentencia, ya no hay nada más que hablar.

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