sábado, 2 de septiembre de 2017

La dirigente comunista sudanesa Fatima Ahmed Ibrahim ha muerto

El 12 de agosto falleció Fatima Ahmed Ibrahim, dirigente comunista sudanesa, una de las más importantes luchadoras feministas del mundo musulmán, la primera mujer que fue elegida diputada para un parlamento africano... una revolucionaria de vanguardia hasta el último aliento.

En Gran Bretaña incluso la prensa reaccionaria (The Guardian, Times) tuvo que publicar elogiosas necrológicas de una figura que entró en la historia por derecho propio.

Es posible que Fátima naciera en 1934, pero lo más seguro es que fue algo antes, en 1929, y que desde que entró en la escuela, comenzó a luchar protestar y organizar, primero con pintadas murales en las paredes, luego con huelgas, después con una publicación cuyo título en árabe lo decía todo: “La Pionera”. No trataba sobre la mujer sino sobre la lucha de la mujer en el mundo musulmán y africano, cuando en Europa aún (casi) nadie hablaba de ese tipo de asuntos.

A causa de la pobreza de su familia, no pudo acudir a la universidad, por lo que se dedicó a la enseñanza, mientras escribía incendiarios artículos en la prensa sudanesa con seudónimo.

En 1952 fundó la primera organización de mujeres sudanesas y dos años después se incorporó al Partido Comunista, la única organización política en la que tenían cabida las mujeres, donde dirigió el periódico “La Voz de la Mujer” con el fin de incorporarlas a la lucha revolucionaria.

Tras la revolución de 1964 fue elegida diputada al parlamento sudanés y al año siguiente se incorporó al Comité Central del Partido Comunista, lo que le puso en primera línea de la represión política. A su marido lo asesinaron en 1969 y ella ingresó en la cárcel. A partir de ese momento, la vigilancia y la persecusión política son una constante en su vida.

En 1985 comenzó su lucha contra el Frente Islámico de Omar El-Bechir, por lo que volvió a la cárcel, de la que se libró gracias a una fuerte movilización internacional. En 1990 tuvo que exiliarse en Gran Bretaña.

Lo mismo que la Unión de Mujeres Sudanesas, a Fátima le concedieron el Premio de los Derechos Humanos de la ONU en 1993 y en 2005 pudo regresar a su país, donde volvió a ser elegida diputada.

Sus escritos ponen de manifiesto una concepción de la mujer muy alejada de los tópicos que imperan en los países occidentales, propios de una pequeña burguesía radicalizada, unos tópicos que, además de la mujer (por encima de las clases sociales), comprenden al islam, a la noción de “identidad” e incluso de “tradición”, tan repudiados aquí por las ideologías “de género” al uso.

El feminismo de Fátima es militante, clasista: está con la mujer del Tercer Mundo oprimida en muchos aspectos pero, sobre todo, por el imperialismo. En esa lucha por la liberación, las ideologías “de género” -que no han dedicado ni una línea a glosar la importancia histórica de Fátima- quedarían muy sorprendidas -posiblemente de manera desagradable- por el papel que la sudanesa reserva al islam.

El feminismo de Fátima es tan revolucionario que -a diferencia del occidental- no se opone a las tradiciones populares sino empieza con ellas, las recupera para no hacer de la mujer africana, negra y musulmana una mala copia de la europea, blanca (colonial y colonialista a la vez). Cuando Fátima habla de “la mujer” no se refiere a un cliché abstracto, a eso que las universidades estadounidenses han calificado como “género” para articular toda una ideología disolvente.

Para Fátima, como para el movimiento obrero, la emancipación de la mujer es la emancipación de la mujer trabajadora, oprimida por el imperialismo y por el colonialismo. Por lo tanto, es indisociable de la lucha por la revolución socialista.

Comunismo, feminismo, islamismo... un menú sin duda indigesto, impropio de esos paladares que campan por aquí a sus anchas y que creen haber descubierto algo de lo que una revolucionaria como Fátima ya hablaba cuando ni siquiera habíamos nacido.

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