lunes, 14 de agosto de 2017

Las contradicciones interimperialistas: la crisis del Canal de Suez (1)

Egipto es un país estratégico como pocos. No sólo es la bisagra entre dos continentes, África y Asia, sino entre dos mares, el Mar Mediterráneo y el Rojo, que abre un camino mucho más rápido para los colonialistas europeos al Océano Índico.

En 1854 el francés Ferdinand de Lesseps plantea la posibilidad de abrir un canal a través de la Península del Sinaí para conectar ambos mares, de manera que en sus viajes a Asia los buques europeos no tuvieran que atravesar toda África. Para ello inventa lo que ahora llaman “globalización”: una empresa multinacional que no es ni francesa ni egipcia sino “universal” y que obtiene la concesión de las obras a cambio de su explotación durante 99 años.

Francia logra asentarse en un punto estratégico del comercio mundial y la potencia colonial más importante de la época, Gran Bretaña, queda al margen que, en un principio, se opuso a la construcción del Canal. La corona inglesa veía en el Canal impulsado por Francia una amenaza a sus intereses coloniales en África, Asia y Oriente Medio. Pero en 1875 los egipcios tuvieron que ceder sus acciones a la Corona Británica. En una brillante maniobra de despojo colonial, Gran Bretaña se hizo con el 44 por ciento de las acciones y en la práctica se transformó en su verdadera dueña, administrando y recaudando los cuantiosos pagos en concepto de derechos de paso por sus aguas, dejando de lado a franceses y particularmente a egipcios. Los británicos se apoderan así de una de las más importantes vías de comunicación con la “joya de la Corona”, la India.

Egipto aportó casi la mitad del capital necesario para realizar las obras del Canal y cuatro de cada cinco trabajadores que durante diez años estuvieron construyéndolo, eran de origen egipcio. Los campesinos (“falajin”) reclutados para las obras eran los peores pagados y debían realizar las obras más duras. Miles de ellos pagaron con sus vidas la excavación del Canal. En los años setenta del siglo XIX se utilizaron esclavos en diversas actividades, incluso portuarias. Durante decenas de años británicos y franceses negaron a los egipcios cualquier posibilidad de llegar a puestos de responsabilidad en la gestión del Canal.
En 1869 el Canal acoge la llegada de los primeros barcos. En 1888 la Convención de Constantinopla obliga a que, cualquiera que fuera su pabellón, los barcos puedan atravesar el Canal, tanto en tiempo de paz como de guerra.

En 1936 el imperialismo británico estrecha el control sobre el Canal: un tratado impuesto a Egipto permite que sus tropas ocupen las orillas, que es el inicio de su militarización unilateral. Junto con el Canal, el ejército británico planta sus cuarteles en Egipto.

En 1948 el imperialismo crea el Estado de Israel y comienza la limpieza étnica de los palestinos de sus tierras. Los egipcios cierran el Golfo de Aqaba (1949) y el Estrecho de Tiran (1950), impidiendo que los buques israelíes accedan a la única salida que tienen al Mar Rojo.

Aquí hay que hacer una pausa para explicar que, frente a las posiciones consolidadas por Francia y Gran Bretaña en Oriente Medio, Estados Unidos tenía otros intereses en la zona, opuestos a los anteriores, especialmente el de quebrar el monopolio de las empresas europeas sobre el petróleo, significado último del Pacto del Quincy (1945) y del derrocamiento de Mossadegh en Irán (1953).

Para ello Estados Unidos aprovecha el proceso de descolonización que se iniciaba entonces. Esas contradicciones entre potencias imperialistas favorecen el golpe de Estado que lleva al coronel Gamar Abdel Nasser al poder en Egipto.

En marzo de 1952 Kermit Roosvelt, el jefe de CIA en Oriente Medio, se reúne con Nasser para preparar el golpe de Estado con el apoyo de la Hermandad Musulmana y explotando los sentimientos anticoloniales ampliamente extendidos entre las masas que, en realidad, no era tal; sólo se centraban en las viejas potencias: Gran Bretaña y Francia.

Estados Unidos abandona el plan porque no es necesario. Pocos meses después, el 23 de julio de 1952, Nasser lleva a cabo el golpe sin su ayuda. No obstante, la CIA aporta su experiencia para que los militares del nuevo régimen organicen su propio servicio de inteligencia e incluso redacta los programas de radio que difunden propaganda del gobierno contra Estados Unidos. Nunca la intoxicación fue tan sibilina.

Como es habitual, en Egipto los oportunistas tampoco entienden el verdadero alcance de la situación. Consideran a Nasser un peón de Estados Unidos y se burlan de él llamándole  “coronel Jimmy”.

En 1952 a los británicos les quedaba un plazo de nueve años para evacuar sus tropas. A partir de entonces sólo quedaría una empresa extranjera explotando una riqueza egipcia.

Faltos de experiencia, la información de la CIA sobre Oriente Medio no era tan buena entonces como ahora, sino más bien absurda, lo que encadena los errores, uno detrás de otro. La CIA creía que el apoyo de la URSS en Egipto era la Hermandad Musulmana. Por eso con su ayuda, en 1954 Nasser organiza un atentado contra sí mismo para aplastar a la Hermandad Musulmana.

Sin embargo, la CIA comete su tercer error: se precipita al suministrar armas a Nasser esperando que, a cambio, el coronel egipcio firme un acuerdo reconociendo al Estado de Israel.

Pero el error más importante de los que cometió la CIA fue descubrir que Nasser no es el hombre de paja que ellos creían. Algunos le comparan con el turco Mustafá Kemal. El asunto es aún más serio: en medio de la Guerra Fría, Nasser se declara neutral e inicia el movimiento de los países no alineados.

Además, Nasser no admite la creación del Estado de Israel. Finalmente, no es la CIA quien ha manipulado a Nasser sino al revés. La CIA aún no era entonces lo que conocemos ahora.

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