lunes, 29 de mayo de 2017

La historia del atentado de Manchester comenzó en la Guerra contra Libia iniciada en 2011

Abedi, autor de la matanza de Manchester
En 2011, cuando desató la agresión contra Libia, el gobierno británico tenía la opción de impedir que los exiliados libios en el Reino Unido se trasladaran a su país a combatir, en especial los relacionados con grupos islamistas o yihadistas. Apostó por hacer lo contrario. Incluso aquellos que estaban sometidos a arresto domiciliario recibieron de vuelta sus pasaportes. Algunos habían fracasado en su intento de derrocar a Gadafi en los años 90. Ahora contaban con la oportunidad que antes se les había negado.

La guerra civil libia y lo que ocurrió después allí tienen una influencia poderosa en el atentado de Manchester, lo que no quiere decir que haya una relación causa-efecto directa. El dirigente laborista, Jeremy Corbyn, pronunció un discurso este viernes en el que estableció una conexión entre el atentado y las guerras fracasadas en Oriente Medio y Asia Central desde 2001.

Las declaraciones de David Cameron cuando en diciembre de 2006 dirigía la oposición, no eran muy diferentes al mensaje de Corbyn. Cameron dijo que la amenaza terrorista era mayor después de la invasión de Irak y apoyó un documento difundido por el Partido Conservador que decía: “Tenemos que reconocer que un elemento central de la política exterior, la intervención en Irak, ha fracasado de una forma tan clara que la amenaza a este país es en realidad mayor que lo que era antes”.

El mismo día en que Corbyn pronunció su discurso, el Financial Times publicó un reportaje con el titular: “La guerra de Libia vuelve a casa en Manchester”. Daba por hecho que Salmán Abedi, el autor del atentado, había estado en esa guerra con 16 años. Puede que con esa edad su papel fuera muy secundario, no así en el caso de su padre que también estaba allí, pero fue sin duda un momento decisivo en su vida, en la suya y en la numerosa comunidad libia de Manchester.

“Manchester se convirtió en un centro de financiación de la guerra. Los imanes viajaban entre los dos países, animando a la gente a luchar, definiendo el conflicto como una yihad”, decía el artículo del Financial Times.

Gadafi fue derrocado y asesinado con la ayuda de países como Gran Bretaña. Los vencedores de la guerra fueron incapaces de construir un nuevo Estado. Hoy hay dos gobiernos en Libia, y ninguno es capaz de garantizar el orden, y los yihadistas han encontrado un terreno fértil.

El imperialismo británico dio vía libre para luchar contra Gadafi

En 2011, todo eso quedaba aún muy lejos y Londres tenía claras las prioridades. Varios exiliados libios en Reino Unido han contado que en ese momento el gobierno facilitó el viaje de todos aquellos libios que querían luchar contra Gadafi, incluidos los más peligrosos, los que eran considerados una amenaza para la seguridad.

Uno de estos últimos cuenta sin dar su nombre que quedó perplejo cuando supo que podía volver a Libia. Sus movimientos estaban restringidos por una orden del gobierno que en la práctica suponía el arresto domiciliario y la prohibición de salir del país. La justificación es que las fuerzas de seguridad sospechaban que podía unirse a un grupo insurgente y viajar a Irak para combatir. “Me dejaron ir. Sin hacer preguntas”, ha dicho.

Otras personas en su misma situación tuvieron la misma oportunidad, para ellos completamente inesperada. “No tenían sus pasaportes. Estaban buscando cómo conseguir pasaportes falsos o una forma de salir de forma clandestina”. Muy poco tiempo después, les levantaron las restricciones y les devolvieron los pasaportes.

Los más veteranos eran miembros del LIFG (siglas en inglés del Grupo Islámico Combatiente). Sus fundadores habían combatido en Afganistán contra los soviéticos. El grupo lo crearon los imperialistas creó en 1990 para llevar la yihad a Libia, donde terminaron siendo derrotados en 1996. En 2005 pasaron a ser considerados un grupo terrorista por el gobierno británico– y antes por el Consejo de Seguridad de la ONU–, tanto por sus relaciones con Al Qaeda como para cumplir el acuerdo al que se había llegado con Gadafi, que a finales de 2003 había renunciado a su programa de investigación de armas nucleares.

A partir de 2001 el MI6, colaboró en el secuestro de varios miembros libios de LIFG, por su relación con Al Qaeda, y en su entrega al gobierno libio. Uno de ellos, Abdelhakim Belhadj, emir del LIFG, fue capturado en Kuala Lumpur con información conseguida por el MI6 y enviado por la CIA a Libia, donde pasó siete años en prisión. Tras la caída de Gadafi, Belhaj dirigió el Consejo Militar de Trípoli con la ayuda económica del gobierno de Qatar. Hoy es dirigente de un partido islamista libio.

En 2011, el MI5 decidió dar vía libre a todas esas personas cuya presencia estaba controlada. Uno de ellos hizo una visita a Reino Unido y fue detenido en el aeropuerto. Dice que un agente del MI5 le preguntó. “¿Estás dispuesto a ir a la guerra?”. “Mientras me tomaba tiempo para responder, se giró y me dijo que el gobierno británico no ponía ningún inconveniente a que la gente luchara contra Gadafi”, dice. “La inmensa mayoría de los tipos de Reino Unido que iban tenían algo menos de 30 años. Había algunos de 18 ó 19. La mayoría de los que vinieron [a Libia] eran de Manchester.

Abedi tenía entonces unos 16 años. Demasiado joven para tener un papel relevante en la guerra. Sin duda, si estuvo allí, esa experiencia formó parte de su educación política. Había crecido en un hogar de exiliados para los que luchar en Libia por sus ideas islamistas era la mayor oportunidad de sus vidas. Fuentes de su familia han contado a medios británicos que el padre de Abedi formó parte del LIFG, aunque no lo consideraban un yihadista. Antes de ser detenido la semana pasada en Trípoli, trabajaba en el Ministerio de Interior en una función aún desconocida.

La colaboración británica no se limitaba a propiciar la llegada de combatientes de ideas yihadistas. Otro de los libios que se unió en su país a la lucha contra Gadafi cuenta que se ocupaba de montar vídeos de propaganda durante la guerra en los que mercenarios británicos e irlandeses, que habían sido de las fuerzas especiales, impartían adiestramiento militar a los insurgentes en Bengasi, el baluarte de la rebelión contra Gadafi. No hubo sólo mercenarios. Militares británicos y norteamericanos entrenaron también a esas fuerzas.

La ayuda directa más efectiva fue la zona de exclusión aérea impuesta por la OTAN y los ataques aéreos de norteamericanos, británicos y franceses contra los blindados del Ejército.

La mayoría de los miembros de grupos radicales procedía del exterior. La presencia significativa de gente procedente de Gran Bretaña, y en concreto de Manchester. Los discursos de los predicadores en favor de la sharia y en contra del laicismo.

Uno de esos libios –hoy vive en Canadá– recuerda que algunos se quejaron al embajador británico de la extensión del mensaje radical entre los que venían de suelo británico. No les hicieron caso. “El Reino Unido, dice, quería apoyarles porque veía a los grupos islamistas como una alternativa más viable contra Gadafi que los grupos laicos locales”.

La guerra en Libia estaba dejando una huella inquietante. “Manchester tiene la mayor comunidad de libios en Gran Bretaña y su gente sabe exactamente lo que está pasando. Hay una política de reclutamiento. Hemos estado avisando desde hace años”, dijo a The Guardian  Salah Suhbi, un diputado libio que creció en Sheffield. “La gente lleva hablando de esto desde hace tres o cuatro años, hablan de que los que reclutan son implacables. Buscan a la segunda o tercera generación de británicos libios u otros árabes británicos”.

Tras el derrocamiento de Gadafi, Cameron y Sarkozy viajaron a Libia para saborear su momento de victoria. Hicieron promesas que no cumplieron. De inmediato, supieron detectar las oportunidades de negocio para sus empresas. “Espero que las empresas británicas, e incluso los directores de ventas británicos, estén ahora haciendo las maletas para ir a Libia cuanto antes y tomar parte en la reconstrucción”, dijo el ministro británico de Defensa. El ministro italiano de Exteriores presumió de que la petrolera Eni sería “la número 1 en el futuro” de Libia. Meses antes, en abril, el principal grupo de la oposición libia se había comprometido a garantizar a Francia el 35 por ciento de la explotación del petróleo.

Sin duda, era tiempo de euforia y en algún caso hasta de orgullo imperial reprimido. Bernard-Henri Levy, siempre dispuesto a apoyar la última guerra que esté disponible, dijo que “Libia es la primera guerra que Francia ha ganado desde 1918”.

El dividendo económico de la guerra de Libia nunca se produjo. El país se hundió en un caos sin gobierno y con un numeroso grupo de milicias que sólo responden ante su jefe. Egipto, Qatar y los Emiratos financiaron a sus socios internos favoritos. Estados Unidos y Europa apoyaron sin grandes alardes a uno de los dos gobiernos, que durante mucho tiempo sólo controló el hotel de Tobruk donde tenía su sede. Ese vacío de poder fue aprovechado por el Califato Islámico que creó un baluarte en Sirte, del que fue expulsado con gran pérdida de vidas.

Lo que no desapareció fue la influencia de las ideas yihadistas en muchos de esos libios que habían hecho la guerra en su país.

http://www.eldiario.es/internacional/Libia-Reino-Unido-terrorismo_0_648485555.html

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