miércoles, 26 de abril de 2017

‘Sole’: una guerrillera antifranquista de la posguerra

Sole en la cárcel de Alcalá de Henares
Quizá doblada entre los archivos de la Guardia Civil, quizá raída en alguna sierra conquense, descansa una bandera republicana con un mensaje bordado: “¡Salud a los valientes guerrilleros de Levante y Aragón! ¡Viva la República!”. Pronto las manos que la bordaron pasarían de zurcir una aguja y lavar las ropas de los guerrilleros a empuñar un nueve corto en esas mismas sierras junto a ellos. Eran ‘Sole’ y ‘Celia’, alias de Esperanza Martínez y Remedios Montero, que, tras más de dos años ayudando a la guerrilla en la retaguardia, se echaron al monte, siendo así, junto a las hermanas de Esperanza, las únicas mujeres de la Agrupación Guerrillera Levante y Aragón.

La guerrilla, lucha desarrollada casi exclusivamente en el medio rural y foco de la represión franquista, estaba compuesta casi al completo por hombres si nos centramos en los grupos armados ocultos en las montañas. Era la prolongación de un ejército republicano que se resistía a abandonar la lucha. Mas en las filas de la retaguardia, las mujeres formaron un pilar fundamental para la supervivencia de este movimiento, mujeres que, en su mayor parte, se limitaban a ejercer el papel que les había sido asignado tradicionalmente por la sociedad patriarcal: alimentar, vestir, curar y cuidar de los suyos.

Pero, como afirma la Catedrática de Historia Contemporánea de España Mercedes Yusta, del apoyo material se pasa fácilmente al apoyo logístico. “Ya no se trataba sólo de proporcionar sustento y vestido, sino también de ocultar propaganda, informar de los movimientos de la Guardia Civil, transmitir mensajes. De este modo, mujeres del medio rural que jamás habían pertenecido a una organización política se encontraron ejerciendo una tarea de resistencia política, siendo resistentes antifranquistas”.

Esperanza Martínez (1927) comenzó a apoyar a la guerrilla a los 19 años, cuando ella y sus hermanas descubrieron a un guerrillero con los pies hinchados de las caminatas por el monte alojado temporalmente en el pajar de su casa de Atalaya de Villar del Saz de Arcas, aldea conquense en la que vivían en tierras arrendadas a un terrateniente. Su madre había muerto de parto años antes de cumplir los 40 y su padre, que ya en la Guerra Civil siempre quiso ir de voluntario al ejército republicano, ayudaba desde casa a la guerrilla sin implicar a sus cinco hijas para no ponerlas en peligro. “Fue entonces cuando le dijimos a mi padre que estábamos dispuestas a colaborar y a formar parte de este movimiento de lucha en lo que fuera posible”, recuerda Esperanza.

El guerrillero del pajar resultó ser el hermano de Reme, la que luego fuera compañera de Esperanza en el apoyo a la guerrilla. Juntas pasaron casi tres años recorriendo en burra los 15 kilómetros que separaban su aldea de la capital para traer de vuelta los víveres que necesitaban los guerrilleros, ya que no podían comprarlos en los pueblos cercanos para no ser reconocidas. Mientras, las hermanas de Esperanza vigilaban las entradas y salidas de la aldea para no ser interceptadas por la Guardia Civil. Si lo eran, cantaban o inventaban algún juego ingenuo para disimular y siempre salían airosas. “Además, los guerrilleros venían a casa y les lavábamos y arreglábamos las cosas que necesitaban, les hacíamos jerséis, calcetines, etc.”, relata Esperanza. Su casa era lo que se conocía como “punto de apoyo”. “La guerrilla no habría sobrevivido sin las mujeres de los puntos de apoyo”, afirma.

Ellas, junto a otras muchas mujeres republicanas, fueron las protagonistas de la denominada “guerrilla de llano”, la que no estaba en el monte. “Las mujeres fueron el alma de la retaguardia, de los puntos de apoyo, de las labores de enlace y colaboración [...] Se jugaron la vida en el abastecimiento, en la vigilancia, en la ocultación de los guerrilleros, en el socorro a los mismos, en su protección y en sus múltiples labores de información”, explica Francisco Moreno Gómez, doctor, catedrático de Instituto e historiador, en el prólogo del libro que recoge las memorias de Esperanza: “Guerrilleras. La ilusión de una esperanza” (Latorre Literaria, 2010).

Así pasaron unos años hasta que la vigilancia del régimen comenzó a ser cada vez mayor. “Los guardias civiles venían a casa disfrazados de gente que se había escapado de la cárcel para ver si les acogíamos para ponerles en contacto con la guerrilla. Pero estábamos muy aleccionadas y siempre fuimos muy discretas; sabíamos lo que nos jugábamos”, dice Esperanza, que jamás confundió a ninguno de ellos. Cuenta que su perro sólo ladraba a los traidores, nunca a los guerrilleros.

Refugiarse en las montañas

En 1949 la guerrilla se empezó a descomponer, los asaltos a los diferentes campamentos eran continuados y las muertes y detenciones aumentaban tanto en el monte como en los puntos de apoyo. Las contrapartidas también azotaban duramente al movimiento guerrillero. Algunos de esos detenidos fueron unos amigos del padre de Esperanza, residentes en un pueblo cercano. “Cuando nos llegó esta noticia también supimos que en los centros policiales figuraban nuestros nombres”, recuerda. “Fue entonces cuando consultamos con los guerrilleros nuestra adhesión, dispuestos a echarnos al monte. Aunque era el final de la guerrilla preferimos escapar antes de que nos cogieran”. Y así fue, ocho personas de dos familias se unieron a la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón —AGLA—: Esperanza, su padre Nicolás, su cuñado, dos de sus hermanas, su amiga Reme y dos hombres de la familia de esta.

Así, Esperanza, sus hermanas Angelina y Amadora y Reme dieron un paso más allá de los roles tradicionalmente asignados a las mujeres de los puntos de apoyo de la guerrilla y, aunque nunca llegaron a disparar sus armas contra la Guardia Civil, se integraron en el grupo clandestino de la sierra conquense. “En 1950, unos meses después de nuestra incorporación a guerrillas, mi hermana Angelina y Reme fueron sacadas del monte hacia sitios seguros”. A su hermana la colocaron en el punto de apoyo de Cofrentes con Adelina Delgado —conocida como ‘La Madre’, respetada figura en la guerrilla—, donde hacía labores del hogar y de tráfico de información. A Reme la destinaron al pueblo valenciano de Villaronga para organizar un grupo de trabajo guerrillero, aunque en alguna ocasión tuvo que volver al monte por las amenazas represivas. “De las cuatro mujeres, Amadora y yo estuvimos en el monte el mayor tiempo, prácticamente  hasta la evacuación total de la lucha guerrillera, casi dos años”, recuerda Esperanza. El padre de Esperanza —cuyo enclave donde fue enterrado tardaron 50 años en hallar—, su cuñado y los familiares de Reme habían muerto en varios asaltos poco tiempo después de unirse a la guerrilla.

“Me siento orgullosa de los camaradas que nos rodearon en la guerrilla”, afirma Esperanza al hablar de su vivencia como mujer en este movimiento. “Allí la vida es dura, sobre todo para las mujeres, pero la convivencia con los compañeros fue de respeto total. Cada persona atendía sus necesidades, lavar la ropa, coser, etc. Tampoco hicimos nunca de cocineras, se ocupaba un compañero. Aunque los turnos de vigilancia y los suministros los hacían los hombres”, comenta. “Allí conocí muchas cosas que no conocía antes de salir de casa: leí mucho, gané mucha cultura y conocimiento. Hasta hacía mis propios guiones para intervenir en las reuniones y llegué a dar charlas a otros compañeros tras documentarme leyendo”, recuerda sonriendo. También allí, en 1950, se afilió al PCE.

En la guerrilla comenzó la formación intelectual para una Esperanza proveniente de familia obrera y campesina que poco había conocido los libros. De pequeña iba a una escuela a 5 kilómetros de su casa para aprender a leer y escribir, primero con un maestro que les instruía a golpes de vara en las palmas de las manos y después con otro mejor al que al terminar la guerra hicieron preso de conciencia. Fue años después, en el monte entre los guerrilleros, donde se inició en esa formación cultural y política. Algunos compañeros aprendieron allí a leer y a escribir. Entre los temas abordados, “se comentaba la importancia de la lucha de las mujeres, su valor y su gran colaboración a lo largo del tiempo y de la Historia”, explica. Allí conoció la vida y obra de mujeres como Victoria Kent, Clara Campoamor, Dolores Ibárruri, Federica Montseny, Manuela Sánchez, Lina Odena, Matilde Landa o las ’13 rosas’, entre otras. Había lecturas, reuniones, escuchaban ‘La Pirenaica’, debatían...  “Si no había peligro, se aprovechaba el tiempo”, dice ‘Sole’.

Y esa formación no cesó ni en la cárcel, donde realizó un curso de cultura general y comenzó otro de francés. “Entre puntada y puntada en las horas de trabajo frente a la máquina de coser, miraba el vocabulario”, cuenta.

Esperanza se topó con la prisión el 25 de marzo de 1952, en el mismo año que su hermana Angelina y su amiga Reme. Angelina fue detenida junto a ‘La Madre’ en el punto de apoyo en el que se encontraban. Reme y Esperanza cayeron en las garras del franquismo casi a la par; la mala suerte hizo que se toparan la primera con varios gendarmes y la segunda con un traidor integrado en el partido cuando ambas se dedicaban a pasar guerrilleros de España a Francia por los Pirineos al disolverse la guerrilla. Esperanza había cruzado por primera vez las montañas pirenaicas el verano de 1951, pero esta segunda vez no pudo culminar su misión de guía, empezando así en el 52 sus 15 largos años de cárcel.

“Propusieron nuestra ayuda para la evacuación de los guerrilleros que quedaban en el interior del país [...] Con documentación falsa y todo bien estudiado, emprendí aquel camino hacia España clandestinamente en febrero de 1952. Tenía que ir a Pamplona donde encontraría a los compañeros del monte. Todo salió estupendamente, sin ningún problema”, relata Esperanza. Pero a Reme no le fue tan bien en su partida y desde el partido propusieron a ‘Sole’ para ir a Salamanca a avisar a su amiga de que cambiara de ruta para no toparse de nuevo con los gendarmes con los que había tenido problemas en la frontera. “Para este viaje se me facilitó un guía, que desde el principio me hizo sospechar por su conducta. Me habían dicho que era un camarada del partido, pero nunca me gustó su comportamiento”, afirma Esperanza aún con recelo.

Pero la guerrillera no tenía las suficientes pruebas para delatarle y, aunque ella quería volver a toda costa, una constante duda aparecía en su mente: “¿Y qué le digo yo al partido?”. El mismo dilema que aparecía en sus pensamientos cuando el guía fue a esconder un macuto junto al Bidasoa y dejó su metralleta a Esperanza, que barajó utilizarla para acabar con todo aquello. “Pero claro, cómo iba a justificar aquello al partido, al que el guía también pertenecía...  Y también tenía que seguir en busca de Reme”.

Ahora ninguna muerte pesa sobre su conciencia. Quizá si hubiera accionado el arma, nunca hubiera conocido las paredes frías y desconchadas de una celda. O quizá sí. Sea como fuere, siguió su expedición con el sospechoso cogiendo ambos un tren hacia Salamanca que para ellos nunca llegó a su destino, ya que fueron detenidos a la altura de Miranda de Ebro. “Mientras iban al vagón en el que estaba él, aproveché para esconder en la rendija de la ventanilla del tren el dinero del partido que llevaba encima”, cuenta Esperanza, que por nada del mundo quería que aquello contribuyera a enriquecer aún más al régimen, aunque fuera mínimamente.

El largo tránsito carcelario

Y allí empezó su vida entre prisiones, cuya primera parada sería el departamento preventivo de mujeres de la cárcel de hombres de Burgos. Aquí, una funcionaria confirmó sus sospechas al reprocharle que no había entregado todo el dinero que llevaba en el viaje, una cifra que sólo ella y el guía conocían. “Sabía que no era un hombre bueno”, recalca Esperanza.

Tras una semana allí y los pertinentes interrogatorios en comisaría, fue trasladada a los sótanos de Gobernación de Madrid, donde calcula que estuvo un mes. Allí también fue llevada Reme. “Pasé ahí el uno de abril, día de la victoria del franquismo, mareada y ensordecida por la radio con cánticos de victoria”, recuerda. “Allí lo pasé muy mal, me maltrataron, hubiera querido morir. No quería seguir en esas circunstancias, si hubiera tenido la posibilidad habría querido morir pero no la tuve”. Uno de sus compañeros guerrilleros también detenido con ellas ‘Vías’ fue asesinado en aquellos sótanos a golpes de tortura.

“Desde Madrid nos llevaron a Valencia, donde se repitió el mismo trato”. Allí estuvieron incomunicadas en una celda hasta que las sacaron para llevarlas a la Prisión Provincial, donde el juez instructor les repetía constantemente que iban a ser fusiladas. “Una noche vinieron a buscarnos a la celda. Ya teníamos las palabras previas, el mensaje que diríamos en el paredón. Nos montaron en el furgón y nos dijeron: ‘Ya sabéis a donde vamos, ¿no?’. Íbamos al piquete”, narra Esperanza. Pero cuando bajaron no había fusiles preparados sino sus expedientes listos para ser cerrados en el cuartel de la Guardia Civil. Tras este trámite, las llevaron de vuelta a la celda, de nuevo incomunicadas. “Y un buen día nos abrieron la celda y nos dijeron que salíamos en libertad”, dice aún con la sorpresa del momento.

Pero las cosas no eran tan sencillas. “La libertad era una trampa, una libertad vigilada, como habían hecho con mi hermana Amadora. Pretendían incluso facilitarnos trabajo, cosa que rechazamos tajantemente, entonces eso era frecuente. Sabíamos lo que pretendían: ver si teníamos algún contacto o conexión con el partido, o si alguien de la organización nos visitaba”. Así, tras cuatro o cinco meses sin conseguir estos objetivos, volvieron a detenerlas y encarcelarlas a ambas y también a Amadora. “El régimen penitenciario era más represivo de lo que se percibía en la calle, nos hacían la vida imposible, tanto el director como algunas funcionarias. Les molestaba sobre todo nuestro ateísmo”, cuenta Esperanza sobre su estancia en la prisión de Valencia. Un día, en 1953 quisieron obligarles a besar el pie de una figura del niño Jesús. La funcionaria forzó la cabeza de Reme hasta la talla y la presa le dio un bocado en vez de un beso. La escritora Dulce Chacón alude a este suceso en su libro La voz dormida.

“Para la dictadura se trataba del espécimen más peligroso de oponente política: la mujer que no sólo va en contra de la ideología impuesta, sino que transgrede las mismísimas fronteras marcadas para su sexo”, apunta Mercedes Yusta. “El franquismo no puede concebir el compromiso político femenino, en especial si es un compromiso contrario a la ideología oficial, porque supone la transgresión total del modelo de feminidad construido desde el nacional-catolicismo: la mujer sumisa, reina del hogar, obediente en todo a las normas del patriarcado”, añade la historiadora.

Tras dos años en Valencia, llamaron a Esperanza de Burgos para hacerle un consejo de guerra allí, lugar con el que nada tenía que ver ella ni su actividad militante. “Espionaje y comunismo”, esa fue la acusación. Piden 10 años de cárcel para ella y finalmente se los dejan en 6, que junto a los 8 en los que se había quedado la de Valencia –que originalmente era de 20 años y un día— tras redimir pena, sumarían los 15 años que la guerrillera pasó privada de libertad. En junio de 1954 había sido trasladada a la prisión provincial de Ventas de Madrid y un año después a la de Burgos, en la que era la única presa política. Allí, el 10 de marzo de 1956 se celebra el citado consejo de guerra y al mes siguiente vuelve a mudarse de nuevo a Valencia. “En el camino te van dejando en espera en otras prisiones haciéndose el viaje eterno.  Siempre  en tren, esposada y con hambre”.

Aún habría una parada más ese mismo año: el penal de mujeres de Alcalá de Henares, al que llega en noviembre de 1956, esta vez con Reme y Amadora. Allí redimían pena en los talleres de trabajo, “la industria mejor montada por la dictadura y más rentable a costa de la explotación esclavista de aquel tiempo”, en palabras de Isaías Lafuente en su libro Los esclavos de Franco. “Yo he cosido de todo: sábanas, trajes para los grises, capotes para la Guardia Civil, pijamas para presos... Si tenía que hacer 4 hacía 3, siempre intentaba sabotearlo sin llamar la atención, me esforzaba lo menos posible, aunque cobrara menos”.

“Los últimos meses todavía intentaron amargarme con la retención de mi libertad condicional. Excusa: la falta de arrepentimiento político”. Finalmente, Esperanza salió en libertad condicional el 25 de febrero de 1967. “Me encontré en un mundo nuevo que no conocía, con una sociedad diferente a la que había dejado cuando me encarcelaron. No tenía seguridad en mis movimientos, flotaba. Me aterraba el teléfono, el cruce de semáforos, comprar, etc. Había perdido la noción del dinero porque en la prisión utilizábamos unos cartones con valores diferentes”, relata en sus vivencias escritas.

Una vida en lucha antifascista

Tras salir en libertad pasó unos años en Manresa con su hermana Amancia y su familia, visitando también Barcelona, donde tuvo contacto con el Movimiento Democrático de Mujeres, cuyo grupo zaragozano había sido un gran apoyo para ella estando en el penal de Alcalá a través de su correspondencia. Así pues, cuando tuvo oportunidad viajó a Zaragoza a conocer a sus integrantes y a la vez conoció a Manuel Gil, el que después se convertiría en su marido, luchador contra la dictadura y conocedor también de la falta de libertad en una celda.

Esperanza se mudó definitivamente a Zaragoza —de la que ahora es hija adoptiva desde 2016— en 1968, poco después de que encarcelaran a Manolo por tercera vez, y en la capital aragonesa terminó la condicional. Una vez instalada, y pese a la oposición del clero, comenzaron a preparar su boda, el primer matrimonio civil en Zaragoza desde el fin de la guerra, celebrado el 7 de junio de 1969. Se casaron en la cárcel de Torrero, donde Manolo seguía preso. “Le dimos mucho la lata a la curia y al final se nos concedió”, ríe Esperanza. “Fueron cinco minutos. Los funcionarios de la cárcel nos dijeron que habían arreglado coquetamente una celda para nosotros, pero nos negamos. Mi marido lo celebró con sus amigos presos y yo me fui a comer con el Movimiento Democrático de Mujeres. Tuvieron que invitarme entre todas, yo no tenía un duro. La desilusión de los empleados del restaurante, que esperaban a una novia, fue grande: yo llevaba un traje sencillo de chaqueta, el único que pude comprarme”.

En 1970 tuvo a su hijo Wladimiro, con Manolo aún en la cárcel —no saldría hasta 1973—, que, siguiendo el camino de sus padres, se declara primero objetor de conciencia y después insumiso, acabando también en prisión. “Hoy, el servicio militar no es obligatorio. Cuestión de lucha, está claro”, afirma con orgullo su madre, que formó junto a otras madres y familiares una asociación de apoyo a los insumisos con la que gritaban “libertad” al otro lado de los muros de la cárcel. Hasta una vez colgaron una pancarta de una torre de la Basílica del Pilar en la que se leía “Libertad, Justicia, Insumisión”.

Y precisamente “cuestión de lucha” ha sido la vida entera de Esperanza, una lucha que no se queda en la Agrupación Guerrillera Levante y Aragón sino que se extiende en el tiempo con el Partido Comunista —al que hoy sigue perteneciendo—, el Movimiento Democrático de Mujeres —ya disuelto—, la Asociación de Familiares de Insumisos y el Archivo de Guerra y Exilio, en el que hoy supervivientes y afines  se esfuerzan por dar reconocimiento a lo que la ley española de Memoria Histórica aún no le da. “Los supervivientes seguimos siendo la voz de los ausentes, manteniendo la demanda de un reconocimiento justo como corresponde a un Estado de derecho que esta democracia no se atreve a otorgar”, afirma en sus memorias.

“Recuperar la memoria histórica sigue siendo un acto de justicia. Los guerrilleros, tratados como bandoleros y terroristas, exigen reconocimiento jurídico. Fue un ejército armado contra la dictadura por la defensa de la República y la libertad, pero fue una lucha desigual e injusta. Éramos los herederos de un gobierno legal, derrotado pero no vencido”, defiende.

“La represión y la cárcel nos golpeó, pero he salido con ganas de seguir luchando. Como se suele decir: que me rompan, pero no me doblen. Y no me han doblado”, concluye Esperanza, que ni ahora, a sus 90 años y pese a apoyarse en su bastón, se dobla.

http://www.zgrados.com/esperanza-martinez-sole-guerrillera-antifranquista/

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