viernes, 16 de diciembre de 2016

La islamización de un país empieza cuando te comes tu primer kebab (y acabas en la guerra santa)

En primavera el Primer Ministro eslovaco, Robert Fico, expresó muy bien ese sentir cavernícola que se ha extendido por toda Europa: “El Islam no tiene cabida en nuestro país”, declaró. Como tantas otras parecidas, aquellas palabras pasaron inadvertidas. No nos imaginamos lo que hubieran gritado los medios internacionales si un ayatollah hubiese dicho en una homilía en Teherán: “El cristianismo no tiene cabida en nuestro país”.

Porque se trata de eso, de que los países son de alguien, son su cortijo y cada uno lleva a su cortijo a quien le da la gana, mientras que prohíbe la entrada a otros. “No quiero que haya aquí decenas de miles de musulmanes. Cambian el carácter de los países a los que van”, añadió el tarado eslovaco.

El ideal es que los países no cambien nunca, que sigan siempre como hasta ahora. No sabemos si sus palabras se pueden interpretar en el sentido de que no quieren a los musulmanes ni siquiera como turistas, es decir, con una tarjeta de crédito en la chilaba, o se trata sólo de quienes buscan un trabajo.

El Primer Ministro eslovaco está entre los que se opuso al sistema de cuotas que pretendía repartir a los refugiados por la Unión Europea y el 30 del mes pasado el Parlamento dio un paso más para demostrar que el fascismo y la estupidez están bien repartidos entre los diputados eslovacos: los musulmanes jamás podrán inscribir su religión entre los cultos oficiales que se practican en “su” país.

No les vamos a explicar ahora a los diputados eslovacos, ni siquiera a los del Parlamento europeo, que hay algo que se llama libertad y que es suficiente con que haya un único musulmán que practique el culto en Eslovaquia para que deban inscribirlo, si así lo pide.

El proyecto de ley lo presentó el partido nacional eslovaco, que forma parte de la coalición de gobierno y confunde a las religiones con las coaliciones electorales. Exige que una religión reúna al menos 50.000 fieles para poder inscribirla, acceder a las subvenciones públicas y abrir escuelas.

La ley se aprobó con una mayoría de dos tercios porque la oposición no ejerció como tal y votó a favor del fascismo.

Los últimos censos realizados en Eslovaquia indican que hay 2.000 personas que se confiesan musulmanas, en una población de 5,4 millones de habitantes en la que el 62 por ciento se declara católico. No existe ninguna mezquita reconocida.

Tras la aprobación de la ley, el máximo dirigente del partido nacional, Andrej Danko, declaró a la agencia Reuters que “la islamización comienza con un kebab”, que el gobierno debe hacer todo lo que pueda para impedir la construcción de mezquitas y bla, bla, bla, bla.

Lo dicho: parece que en Europa estamos en manos de gilipollas, pero no es así. Son los mismos fascistas de toda la vida.

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