jueves, 22 de diciembre de 2016

En Alepo los sirios han vencido pero no han convencido

René Descartes (1596-1650)
En todas las culturas una larga tradición oral ha transmitido que son los vencedores los que cuentan la verdad de una guerra porque, en definitiva, la verdad o la mentira no son nada por sí mismas; dependen de la fuerza física de quien la cuente.

Es algo muy arraigado en las conciencias o, mejor dicho, en el subconsciente, que se ha cumplido siempre hasta ahora, hasta la batalla de Alepo, en la que los vencedores sólo se han impuesto en el campo de batalla, pero no en los discursos.

“Venceréis pero convenceréis”, le han dicho al gobierno de Siria y, como cabía esperar, sólo ha sido una victoria parcial lograda, además, en un terreno que para la guerra moderna es irrelevante, porque las auténticas armas de destrucción masiva son las televisiones, las radios, las redes sociales y no las municiones, los misiles y los tanques.

Las nuevas armas de destrucción masiva crean sujetos pasivos, planos y dóciles. Su intelecto ha sido cultivado durante años por un sistema “educativo”, además de familiar y mediático, que tiene la tarea de amaestrar y domesticar a los espíritus indóciles, propios de la juventud rebelde, crítica y espontánea.

La escuela y los medios de comunicación forjan a otro prototipo de persona, alguien aborregado que, como describiera Agustín de Hipona hace más de mil años, es “fuerte con el débil y débil con fuerte” o, dicho con otras palabras, al que sólo tiene coraje para enfrentarse con los de abajo, que siempre pide explicaciones a los humillados de los motivos de su protesta, el que no sólo te exige que tengas razón sino, además, que se la demuestres.

Más de cinco siglos después, el gran Descartes escribió una obra maestra del pensamiento, “El discurso del método”, del que pocos se acuerdan, y mucho menos los que se dedican a la “enseñanza” o al “periodismo”. El francés no sólo escribió un panfleto inigualable contra la autoridad y contra los poderosos, sino contra los “argumentos de autoridad”, es decir, contra la suposición -muy extendida- de que una afirmación es más verosímil si procede de alguien revestido de “prestigio”, como un ministro, un periódico, un universitario o alguien que muestra algún tipo de título.

En el discurso dominante, que es el que impone la clase dominante, los que se dedican al trabajo intelectual siempre tienen más y mejores argumentos que los que se dedican al trabajo manual, los peones, los jornaleros, los albañiles, los mineros... Con la batalla (ideológica) de Alepo nos han venido a la cabeza las sabias palabras de nuestro admirado Jean Paul Pougala, vendedor de mangos silvestres en un mercadillo de Dakar: “Hasta ahora, todo lo que se ha escrito sobre África es mentira” porque no lo han escrito los africanos, ni lo han escrito siquiera desde África. Nosotros decimos lo mismo de Alepo, de Siria, de Oriente Medio, del islam...

Una afirmación cualquiera no es verdad ni mentira porque haya muchos o pocos que crean en ella, como dijo también Descartes. No es cuestión de números. Sin embargo, para muchos lo más verosímil es lo que está más extendido, lo que se repite una y otra vez, en fin, lo que “todos” creen que es cierto, como si algo así se sometiera a votación y la verdad pudiera ganar por mayoría. “¿Dónde va Vicente? Donde va la gente”.

En este punto hay algunas reglas que nuestros lectores deberían tener en consideración siempre. La primera es que con el tiempo, la historia va poniendo las cosas en su lugar correspondiente. Si perseveran en la defensa de la verdad, las minorías se acaban convirtiendo en su contrario, en mayorías, y al revés.

Otra regla: en todos los avances que ha experimentado la humanidad en materia de conocimiento, ha sido siempre una minoría la que se ha visto obligada a luchar (porque se trata de eso, de una lucha) en contra de la mayoría, que sostenía criterios falsos o erróneos. Lo que triunfa en la historia no es sólo la fuerza ni la mayoría, sino la verdad, es decir, sólo triunfan aquellos que están defendiendo la verdad.

Una última regla: se trata de una lucha desigual, contra un enemigo muy superior en medios. Muchas veces es una lucha contra la persona más cercana a tí mismo, que se ha dejado arrastrar por la corriente porque eso es lo más fácil. La mentira te la venden en cualquier esquina envuelta en papel de celofán; la verdad te la tienes que buscar tú mismo y ya te decimos desde ahora que te costará trabajo encontrarla.

Tendrás que luchar contra tí mismo y serás despreciado e insultado. Si te empeñas en defender la verdad, es posible que acabes muriendo en el exilio, como Descartes.

Si estás convencido de algo que te ha sido muy fácil deducir, ten mucho cuidado; lo más probable es que no sea cierto. El método -decía Aristóteles- es una camino. Hay que recorrerlo, hay que caminar, esforzarse: nadie puede hacerlo por tí. Los demás sólo somos comadronas, decía Sócrates, podemos ayudar, echar una mano, hacerte pensar. El parto es cosa tuya y te va a doler.

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