domingo, 11 de diciembre de 2016

Católicos y fascistas

Desde 1941 el régimen fascista de Franco y el Vaticano pactaron la santificación de los curas-guerreros más significados en la historia española del crimen. En su mayoría esos curas-guerreros eran fascistas destacados en su defensa del nacional-catolicismo y de la Cruzada anti-roja.

A pesar de la “democracia”, después las cosas siguieron igual. Juan Pablo II, por ejemplo, celebró varias canonizaciones y santificó a los personajes más reaccionarios y fascistas de la historia española.

Uno de de los 498 sacerdotes fascistas elevados a la santidad eterna por el Vaticano hace diez años fue el beato Gabino Olaso Zabala, un asesino, torturador y chivato reconocido por su propias víctimas. El cura filipino Mariano Dacay, fue una de las personas brutalmente torturadas por dicho criminal. En su libro autobiográfico dice Dacay: “El padre Gabino Olaso Zabala contemplaba mi martirio en las torturas con signos visibles de placer. Llegó a pedir a los guardias que me tratasen con más clueldad. Me propinó una brutal patada en la cabeza, que me dejó sin sentido”.

Lo mismo cabe decir del golpe de Estado de Pinochet en Chile en 1973. Como quedó demostrado en la investigación que realizó el Senado norteamericano 30 años después, el plan golpista fue organizado conjuntamente con agentes de la CIA. Según la documentación desclasificada, Nixon decidió que el régimen de Allende no era aceptable para Estados Unidos y pidió a la CIA que evitara la llegada de Allende al gobierno o que lo derrocara, autorizando la entrega de 10 millones de dólares para este objetivo. La CIA debía llevar a cabo su misión sin el conocimiento de los Departamentos de Estado o Defensa. Edward Korry, embajador estadounidense en Santiago de Chile entre 1967 y 1970, reveló que además Frei, el candidato opositor a Allende, democristiano, consiguió sumas enormes del Vaticano, de los partidos democristianos alemán e italiano y de las casas reales de Holanda y Bélgica.

El papa Pío XII bendijo al franquismo como obra de dios, elevó la Guerra Civil a la categoría de Cruzada y condecoró al general Franco con la Orden Suprema de Cristo, la más alta institución vaticana, condecoración que le impuso el nuncio apostólico Antonicetti, delegado en la zona franquista durante el alzamiento militar. El Vaticano y la Iglesia española participaron directamente en las atrocidades cometidas por el régimen español, del cual la Iglesia española formó parte esencial. La Iglesia católica siempre mantuvo excelentes relaciones con la España del criminal Franco, con la que firmó otro Concordato en 1951.

El cardenal Isidro Gomá desde el primer momento de estallar la Guerra Civil se colocó al lado de los sublevados, reorganizando la Iglesia en la zona franquista para la lucha contra la República y la democracia. Su apasionada defensa del franquismo en las pastorales y en la Carta colectiva del episcopado español, tuvieron gran repercusión internacional. Cuando terminó la guerra, dando un nuevo reconocimiento al franquismo, publicó “El Catolicismo y la Patria”, verdadera apología del terrorismo de Estado.

Cuando estalló la Guerra Civil, el obispo de Salamanca Enrique Pla y Daniel, como todos los jefes católicos, se colocó también en el bando de los sublevados. En septiembre de 1936 apoyó al bando franquista con su pastoral “Las dos ciudades”. En colaboración con la propaganda franquista, en 1939 publicó el documento El triunfo de la ciudad de Dios y la resurrección de España. En 1940, sustituyendo al cardenal Gomá, fue nombrado Arzobispo de Toledo y Primado de España. En 1946 fue nombrado Cardenal. Gobernó la Iglesia española durante más de veinte años, dejando claro su total colaboración con todas y cada una de las brutalidades del régimen franquista contra los demócratas que luchaban contra el fascismo.

Cuando Himmler viajó a España en octubre de 1940 para crear la policía española a imitación de la Gestapo alemana que él dirigía, visitó el monasterio de Montserrat, donde fue recibido por el abad y toda la comunidad monástica en pleno. Durante décadas, cada domingo, en las misas los curas rogaban por su Caudillo; la defensa del franquismo estuvo en cada plegaria, en cada rezo, en cada discurso y en cada púlpito. La Iglesia española controlaba casi la mitad de la prensa de la época y jamás emitieron ni una sola voz crítica hacia los desmanes del régimen.

A raíz de la ocupación alemana de Bohemia y Moravia -la actual República Checa-, Eslovaquia se independizó, convirtiéndose en un satélite de la Alemania nazi. Gobernaba el país -de mayoría católica- un partido nazi cuya cabeza era el primer ministro, Bela Tuka, pero el presidente de la República era un sacerdote católico, Josef Tiso, un reaccionario antisemita. En 1942 empezaron las deportaciones de los 80.000 judíos que había en Eslovaquia. En el verano de 1944 hubo una sublevación popular y, para sofocarla, entraron las tropas alemanas en el país. El Vaticano envió al sacerdote Tiso un telegrama en nombre de Pío XII en la que pedía que ajustara sus sentimientos y sus decisiones a las exigencias de su dignidad y de su condición sacerdotal. En su contestación Tiso minimizó la gravedad de lo que sucedía, dando a entender que las deportaciones tenían como destino las fábricas alemanas, e incluso se deslizaba alguna expresión antisemita. En 1947 el cura Tiso fue capturado por el Ejército Rojo y fusilado.

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