jueves, 13 de octubre de 2016

¿Por qué la historia de la URSS es imposible? (y 3)

Nikita Jrushov, dirigente renegado del PCUS
En los tiempos de Kronstadt y Majno, los anarquistas ya pusieron en circulación el discurso ultrarrevolucionario, que también les conduce a los paraísos del idealismo histórico. Lo que ellos dicen es que en el repertorio de víctimas y perseguidos de la URSS, no sólo están los burgueses sino también ellos, los anarquistas, que son proletarios, por lo que la represión bolchevique no tuvo nada que ver con las clases sociales sino con la ideología. En la URSS encarcelaban a las personas por sus ideas políticas.

Es siempre el mismo argumento circular: sean capitalistas o socialistas, los Estados son todos iguales. Como los anarquistas son los revolucionarios de verdad, siempre van a ser las víctimas, perseguidos y encarcelados por sus ideas políticas.

Los anarquistas lo quieren todo y lo quieren ya, como los niños pequeños. En 1917 ellos hubieran empezado las cosas por el final, por la abolición del Estado mismo, que es el prototipo de la instantaneidad, de que las cosas se pueden cambiar de la noche a la mañana, el borrón y cuenta nueva de la historia.

Donde hay un Estado, cualquiera que sea, no hay nada bueno. No importa que se erradique el hambre o el paro, que se alfabetice, que se organice un servicio de salud... Lo único realmente importante es que hay un Estado, un poder y una coerción.

En los años treinta al acervo de renegados se le unen los trotskistas, que recurren a otras palabras para sostener los ataques de la burguesía mundial: la URSS fue pero ya no es, cambió en un momento determinado de su evolución.

Lo mismo que los anarquistas, también ellos relatan una serie de cambios históricos fulminantes que convierten en negro lo que hasta entonces era blanco. A partir de los años veinte la URSS es un Estado obrero degenerado, burocrático, capitalismo de Estado...

Nadie como los trotskistas aprovecha el mito de la pureza, que ellos convierten en el lema infantil “clase contra clase”. Todo lo que no sea poner a los obreros contra los  burgueses en campos nítidamente separados por una trinchera, es un error, el mayor de los cuales es el Pacto Molotov-Von Ribbentrop de 1939, una alianza antinatural donde las haya.

Jrushov es la estrella de los renegados. Su Informe de 1956 fue el sostén más importante que tuvo nunca la propaganda imperialista porque era la URSS contada desde dentro por sus propios protagonistas. Si comunistas como él decían tales cosas, tenían que ser ciertas; es más, posiblemente Jrushov se quedó corto.

Al repertorio imperialista de críticas Jrushov le añade un matiz, el personalismo, que es imprescindible para una propaganda de masas porque le da un aire concreto. Las personas son identificables, tienen rostro. Lo que se critica no son abstracciones como la URSS o el socialismo, sino algo tan concreto y eficaz como Stalin, el culto a la personalidad, la dictadura, el ejercicio del poder político como manifestación de la voluntad omnímoda de una única persona.

Hasta 1956 Stalin fue el dirigente político mejor valorado de la primera mitad del siglo. No sólo era un héroe para los soviéticos sino para el mundo. A partir de entonces se convirtió en lo contrario, un Calígula de la historia contemporánea, capaz de engendrar por sí mismo un subgénero propio, el más importante dentro de la literatura antisoviética: atacar a Stalin es atacar a la URSS y al socialismo.

El momento histórico permite, además, poner en marcha otra simetría eficaz: la equiparación entre Hitler y Stalin. Ambos quedan asimilados, son iguales: dictadores que persiguen intereses propios, descabellados.

Jrushov lleva la simetría hasta las últimas consecuencias, embarcando a la URSS en una especie de competición deportiva que sólo tiene sentido si los competidores son equiparables. “Vamos por detrás, pero pronto adelantaremos a los grandes países capitalistas”, fue la consigna de Jrushov.

La Guerra Fría quiso parecer una sucesión de carreras: carrera espacial, carrera armamentística... Se trataba de llegar al mismo sitio, pero un poco antes.

Las equiparaciones son piruetas inagotables del intelecto. Dan mucho juego a un escritor medianamente hábil y son extraordinariamente impactantes. Estados Unidos tiene bombas nucleares, pero la URSS también las tenía; no es posible diferenciar a unas de otras. Saltando por encima de cualquier aspecto concreto y de la historia, se pueden hacer comparaciones sincrónicas, del tipo Stalin y Hitler, pero también diacrónicas, como la de Stalin con Iván El Terrible.

Con los ataques a Stalin se abre camino otra forma de idealismo histórico típicamente utópico: el socialismo a la carta, que tiene múltiples variantes. Hay quienes defienden a la URSS, pero en ningún caso a Stalin; hay quienes defienden el socialismo, pero en ningún caso el soviético, y así sucesivamente es posible que una revolución se adapte a nuestros gustos, a nuestros sueños y a nuestros más nobles ideales de perfección y pureza.

En el capitalismo los seres humanos somos libres, podemos elegir. La alternativa al ideal que imaginamos es lo real que padecemos, o sea, el propio capitalismo. Lo que la URSS demuestra es que las cosas no se deben cambiar porque cuando lo intentamos, lo empeoramos. Hay un largo listado de clichés que llevan agua al molino de la burguesía: “es peor el remedio que la enfermedad”, “todas las teorías son buenas, pero las prácticas son muy malas”... El renegado oculta lo principal: ¿cómo es posible que una buena teoría ocasione tan malas prácticas? O la teoría no es tan buena, o la práctica no es tan mala.

En todas las apuestas la banca, o sea, el capitalismo, siempre gana porque es el “mal menor”, “lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Es la excusa perfecta de los renegados para ponerse del lado de la burguesía contra la revolución.

Las teorías y las utopías no ganan ni pierden. Ninguna de ellas le interesa lo más mínimo a la burguesía. Lo que le preocupa son las prácticas, las revoluciones. La URSS le preocupa porque teme que la experiencia se reproduzca y que el proletariado vuelva ser capaz de desafiarla de la única manera que eso se puede hacer: por la fuerza de los hechos.

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