miércoles, 5 de octubre de 2016

Los cultivadores del cretinismo parlamentario

Juan Manuel Olarieta

El cretinismo parlamentario, decía Marx, es una enfermedad incurable (*). Desde que apareció a mediados del siglo XIX aún no ha se ha inventado ninguna vacuna que la remedie. Es más, hay medios e intelectuales que cultivan y propagan esa enfermedad meticulosamente, como si acabaran de descubrirla.

Se trata de una dolencia típica de la pequeña burguesía, que no va más allá en sus concepciones políticas que en su sistema de vida material. Ambos son muy limitados, dice Marx, porque la pequeña burguesía no da más de sí. Por eso lleva ese nombre: todo en ella es tamaño pequeño.

Los cretinos se expresan en medios repletos de expresiones cretinas, empezando por “la izquierda” y “la derecha”, un tipo de expresiones introducidas en España por los carrillistas en la transición y que procede de la Revolución Francesa, es decir, de la burguesía.

Leo que en Europa hay un auge de la “extrema derecha” porque han sacado muchos votos. Los cretinos no tienen en cuenta más que ese tipo de datos. Si hay muchos votos, es un éxito y si hay pocos es un fracaso o una crisis.

El termómetro mide la temperatura y los votos la fuerza o la debilidad de un partido político, y ambos son evanescentes: van y vienen. Si al mediodía hace calor, por la madrugada hace frío. Un partido es fuerte en unas elecciones y en las siguientes se ha convertido en flojo.

Los partidos políticos no son nada por sí mismos; lo que son o dejan de ser ni siquiera lo dicen sus votos, sino algo peor: su número de votos. No son otra cosa. Van bien si hay votos y en caso contrario empiezan los problemas internos.

Los cretinos creen que si tienes muchos votos es porque tu actividad institucional ha sido buena y si bajan es porque no lo ha sido. Todo se mueve en torno a esas actividades, no al trabajo sindical, vecinal, juvenil, cultural... Se trata de actividades que no dan votos y, por lo tanto, tampoco los quitan.

El cretinismo parlamentario es como el vudú o cualquier otra concepción mágica. No tiene en cuenta más que unas elecciones que se celebran de vez en cuando, no la realidad cotidiana.

Por ejemplo, antes de tener votos, la “extrema derecha” ha apaleado trabajadores inmigrantes o quemado albergues de refugiados, que son delitos penados con la cárcel, a pesar de lo cual nadie tomó nunca medidas contra los responsables. Es como si a un perro rabioso el Estado no le pusiera un bozal, ni lo sujetara con una correa. A la menor oportunidad el perro fascista va a salir corriendo a morder al primer moreno que encuentre, y eso -a la larga- merece una recompensa electoral.

El cutrerío no ve más que votos que, como decía Marx, son las trompetas de Jericó que van a derribar todas las murallas que se pongan por delante: “Los demócratas creen en las trompetas, cuyos toques habían derribado las murallas de Jericó. Y cuantas veces se enfrentan con las murallas del despotismo intentan repetir el milagro”.

La izquierda está en crisis porque tiene muy pocos votos. Cuando en 1975 los revisionistas tenían la mitad de los votos en Italia, todo iba muy bien; la izquierda no estaba en crisis, sino todo lo contrario: lo consideran como una etapa de apogeo.

Lo mismo que los cretinos, los místicos y los creyentes creen que las palabras son mágicas. “El verbo se hizo carne”, dice el Evangelio. Las palabras altisonantes (radicales, revolucionarias) alejan a “la gente”, mientras que los eufemismos parece que ayudan a acercarla. Lo mismo ocurre con los programas y las consignas.

Todos los partidos políticos, pero especialmente los de la clase obrera, son como el pescado: se empiezan a pudrir por la cabeza. Su fuerza no sólo son los votos sino -principalmente- su dirección ideológica y política, su estrategia. Por el contrario, los grupos pequeño burgueses alardean de lo contrario: de su falta de dirección, de su horizontalidad. Por eso no se pudren nunca y reaparecen una y otra vez con distintos formatos. No tienen rumbo, no saben lo que quieren. Van a donde los lleva el viento.

(*) Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Barcelona, 1971, pg.133.

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