lunes, 3 de octubre de 2016

La crisis política sólo se puede superar con un cambio de Estado, no sólo de gobierno

Ha sido necesario que el PSOE se desplome para empezar a leer artículos como el que escribe Juan Antonio Molina en “Nueva Tribuna” (*), cuyo título resume muy bien algo que muchos aún no tienen claro y sobre lo que conviene insistir una y otra vez: “No es una crisis de partido, es una crisis de Estado”.

Algunos comparan la actual crisis del PSOE con la de 1979, cuando Felipe González dimitió para eliminar al “marxismo” de los estatutos del partido, algo que no hacía falta porque el PSOE nunca fue marxista, una ciencia que cuando se fundó en el siglo XIX nadie conocía en España.

No es, pues, una crisis ideológica, escribe Molina acertadamente: “Las crisis que ha sufrido el Partido Socialista en los años de la llamada Transición no han sido crisis ideológicas u organizativas, aunque pudieran parecerlo, sino de acomodo a la nueva función que desde Suresnes se le dio como partido de Estado, como elemento orgánico del régimen del 78. No otra cosa fue la crisis del marxismo o de la OTAN”.

El PSOE, añade Molina, nació del “posfranquismo” de lo que entonces se llamaba “poderes fácticos” y su crisis encarna -mejor que nada- lo que ahora llaman “régimen del 78”. Pero la alternativa a un “partido de Estado” no es un “partido de los ciudadanos”. En el moderno Estado monopolista tales partidos han dejado de existir.

En un “Estado de partidos”, los partidos son “partidos de Estado”. El Estado tiene que asegurar que funcionen aquellos partidos que necesita para sí mismo, mientras que los demás juegan el papel de floreros para aparentar que hay pluralismo político.

Verdaderos cómplices del “régimen (fascista) del 78”, los reformistas alzan la voz con la gastada cantinela de “derrotar al PP” como si estuvieran en guerra con alguien. Su tremendismo lingüístico es típico de los movimientos inofensivos que todo lo resuelven con elecciones, en espera de recaudar más votos, aunque el truco para lograrlo sea todo lo contrario: consiste precisamente en moderar el lenguaje.

La crisis del Estado fascista no es sólo una crisis institucional, de la monarquía, del sistema electoral, del Senado o de las autonomías sino también una crisis de los medios de comunicación, de los partidos y de credibilidad. Los nuevos fenómenos políticos que han aparecido recientemente, como Podemos o los escándalos de corrupción, son las consecuencias más superficiales de la crisis y no se solucionan con cambios de gobierno sino con cambios de Estado.

(*) http://www.nuevatribuna.es/opinion/juan-antonio-molina/no-crisis-partido-crisis-estado/20161002145726132281.html

Más información:

- La refundacion fascista del PSOE
- La bancarrota del PSOE es la del propio Estado fascista
- Ha sido el servicio secreto quien ha desencadenado la crisis del PSOE
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada