sábado, 1 de octubre de 2016

La bancarrota del PSOE es la del propio Estado fascista

Hace ya varios años que, ante la imposibilidad de disimular por más tiempo, se empezó a hablar de crisis del bipartidismo, quizá con la pretensión de aparentar que la competencia por los votos pasaba de dos a cuatro partidos.

Luego se habló de una crisis de gobierno cuando, en realidad, se trata de la ineptitud de los cuatro partidos más votados para formar un gobierno. Pero en España es casi imposible ir un poco más allá porque no se trata ni de una cosa (bipartidismo) ni de la otra (gobierno), que no son causa de nada sino consecuencia de algo.

Ese algo, el verdadero núcleo de la crisis, es la fragilidad política del Estado fascista remozado en la transición, que se ha desplomado en cuanto la crisis económica hizo su aparición porque todos y cada uno de los fundamentos sobre los que se ha edificado ya estaban caducos en 1978 y ahora hace aguas por todas partes.

Para su funcionamiento los modernos Estados monopolistas necesitan un cierto tipo de partidos políticos, que en España no los hay. Los que llevan tal nombre son artificios; han sido creados y mantenidos por el mismo Estado. Son un espejo suyo y se ven arrastrados por la propia crisis política del Estado.

Es posible que España sea el único Estado del mundo en el que nadie está de acuerdo con sus elementos fundamentales. En ciertos sitios repugna hasta el propio nombre de “España” porque se asocia al fascismo criminal, lo mismo que la bandera bicolor o la monarquía, y todas y cada una de las medidas que se adoptan desde el gobierno son siempre represivas: alimentan cada día la repugnancia hacia cualquier cosa que venga de “España”, es decir, del Estado o de Madrid.

Ese resentimiento impera desde 1939, es plenamente legítimo y, además, está tapado por la represión fascista. Si hubiera la más mínima libertad de expresión caeríamos en la cuenta de que la aversión hacia “España”, que en realidad es un odio al fascismo, está muchísimo más extendida de lo que cabe imaginar.

El PSOE es una criatura de esta situación. Es el típico partido socialfascista, víctima de sí mismo. Después de la transición, nadie, ni siquiera la UCD o el PP, hicieron hecho tanto por mantener a flote al Estado fascista como ellos, desde los Pactos de la Moncloa hasta la creación de los GAL y, aunque sobreviva a esta crisis, lo cual no es seguro, siempre va a llevar consigo ese lastre criminal. No van a poder acallar siempre a todo el mundo, y siempre habrá alguien que les recuerde los enterramientos en cal viva.

La asimilación del PSOE con el Estado fascista es de tal calibre que ha llegado a ser su columna vertebral. Es quien introdujo a España en la Unión Europea y en la OTAN. Hasta hace bien poco era la única organización con implantación en todo el Estado pero, especialmente, en dos zonas tan decisivas como Catalunya y Euskadi, en donde su papel ahora ha pasado a ser marginal.

Se trata, pues, de una pieza insustituible, al menos por ahora, del Estado. Su crisis no procede sólo de la incapacidad para formar un gobierno, como dicen, sino del veto que arrastra el propio Estado desde su origen, en el que los llamados “independentistas” no tienen ninguna cabida porque su papel es gestionar el Estado en sus territorios de origen y de ninguna forma en Madrid.

Lo mismo le sucede al puré Podemos, que forma parte de ese mismo veto de manera que, con su forma actual, jamás podrá relevar al PSOE ni formar parte de ningún gobierno central, ni siquiera como convidado de piedra, por su heterogénea asociación con esas mareas que hablan de independencia. En Madrid no gusta ni siquiera que se hable de ese tipo de cosas.

El Estado de las Autonomías fue el peaje pagado por los fascistas durante la transición para sostener el viejo y carcomido Estado de 1939 unos cuantos años más. Lo hicieron tan a regañadientes que el actual PP (antes AP) no votó la Constitución de 1978, mientras que ahora se aferran a las autonomías como a un clavo ardiendo.

Los fascistas no razonan jamás; no entienden otro lenguaje que el de la fuerza y cuando hablamos de fuerza hablamos de la de verdad, no de contar papeletas electorales. En 1978 cedieron un poco por el imponente despliegue del movimiento de masas, un problema que ahora no tienen. Por lo tanto, no se sienten en la necesidad de ceder ni un ápice. De ahí su chulería y su soberbia cotidiana, tanto en las instituciones, como en los juzgados, como en los medios o en la calle.

Si no se ven obligados a ceder, jamás cederán, hasta el extremo de que se pudrirán en sus ministerios y en sus poltronas mientras los antidisturbios imponen la ley -su ley- en la calle. Aquí el que quiera algún cambio, por insignificante que sea, tiene que empezar a pensar en dejarse de contar votos y bajar a la calle a pegar voces, a organizar y a dar brochazos a las paredes.

Más información:

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