lunes, 17 de octubre de 2016

Esos dos millones de europeos a los que les niegan hasta los papeles

La presidenta letona Viķe-Freiberga
El 13 de abril del año pasado el presidente estonio, Toomas Hendrick Ilves, pretextando la anexión de Crimea por Rusia, puso el grito en el cielo de que su país también estaba amenazado y pidió la presencia de tropas de la OTAN en su país.

Habitualmente, para lavar a la cara a este tipo de personajes, como el presidente estonio, se les califica como “nacionalistas”. Pero la presencia de tropas extranjeras en el propio país no parece muy propio de “nacionalistas”.

Cuando los dirigentes actuales de los países bálticos recuerdan su antigua incorporación de la URSS, utilizan el término “ocupación”, que para ellos es sinónimo de sufrimiento. No tendríamos ningún inconveniente en creerles a pies juntillas si nos explicaran la diferencia entre una ocupación (la de la URSS) y otra (la de la OTAN).

Pero como no lo explican, seguramente porque para ellos la OTAN no es un ejército extranjero sino algo de su misma sangre, tenemos la sospecha de que su punto de vista no es nacional sino de clase.

No pueden tener ningún punto de vista nacional ni nacionalista porque los dirigentes bálticos tienen muy poco de bálticos, ya que vivieron toda su vida fuera de su país. Eran refugiados que incluso nacieron en Estados Unidos o Canadá, que es donde se han formado. Su pasaporte es gringo y su cultura es gringa. Puestos a elegir, prefirieron Estados Unidos a la URSS, lo cual no parece una opción de tipo nacionalista, sino más bien de clase.

No entraremos ahora a divagar sobre nuestras habituales suspicacias derivadas de que Estados Unidos no le concede a cualquiera un permiso de residencia, y mucho menos un pasaporte. Pregunten a los millones de espaldas mojadas por el trato que reciben de la policía de inmigración estadounidense y los motivos de dicha discriminación.

Los dirigentes políticos bálticos y los del este de Europa, en general, son unos zipayos a la inversa. Cuando tras la caída del Muro de Berlín en 1990 los países bálticos recuperaron su independencia, todos esos exiliados desembarcaron en su país como una legión extranjera. Si ellos desembarcaron en masa en 1990, ¿por qué no pueden hacerlo ahora las tropas de la OTAN?

Si de Estonia pasamos a Lituania, su presidenta, Dalia Grybauskaitė, es doctora honoris causa en la Universidad de Georgetowon, como Aznar, y tampoco vivió nunca en su país, lo mismo que el citado Ilves. La letona Vaira Viķe-Freiberga que metió a su país con calzador en la OTAN y en la Unión Europea, fue profesora de sicología en la Universidad de Montreal entre 1965 y 1998. Se la puede ver posando para una revista de la OTAN.

En el este de Europa, la burguesía no es como en Londres; siempre fue mucho más allá de su clase social. Por ejemplo, el padre del dirigente polaco Donald Tusk, que presidió el Consejo de Europa, luchó en la Wehrmacht contra su propio país (y contra la URSS, por supuesto). ¿Les parece un nacionalista o más bien un fascista?

Si en lugar de poner encima de la mesa todos esos nombres bálticos que nos suenen más bien poco, ponemos los de Brzezinski o Soros, tendremos una imagen un poco más aproximada del personal político que tiene la burguesía en el este de Europa. El gobierno de este tipo de elementos, forjados a imagen y semejanza del III Reich, es lo que explica que en los países bálticos haya dos millones de apátridas: rusos a los que no les reconocen ninguna nacionalidad.

Como los países bálticos pertenecen a la Unión Europea ese tipo de situaciones aberrantes hay que explicarlas con otras palabras: hay dos millones de europeos indocumentados por el hecho de ser rusos y en el mundo actual no tener un documento de identidad es como no tener ninguna clase de derechos.

Son las cosas que tiene la Unión Europea, los campeones de la libertad y los derechos humanos. Pero no se descuiden: la culpa de eso seguro que también la tiene Rusia.

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