lunes, 19 de septiembre de 2016

Cuando los imperialistas pagaban el precio de la carne de cañón construyendo mezquitas

Mezquita de Wilmersdorf, en Berlín
En los primeros años del pasado siglo los dominios coloniales de los imperialistas eran tan remotos que nunca se habían preocupado por saber nada sobre ellos ni sobre sus habitantes. La Primera Gran Guerra imperialista cambió aquello.

Los países imperialistas necesitaban lanzar a la batalla a su carne de cañón: los millones de personas que poblaban sus dominios coloniales, muchos de los cuales eran musulmanes.

Se produjo un fenómeno aún más preocupante: los musulmanes hablaban de liberación, e incluso de revolución algunos de ellos, como Shakib Arslan, el abuelo del actual dirigente druso libanés Walid Jumblatt, un conocido agitador panislamista de Ginebra.

El islam atrajo la atención de los imperialistas. Si el saber es poder, hace 100 años el imperialismo no sabía nada. Si querían sostener sus dominios necesitaban poner la oreja, obtener información y, además, ser capaces de digerirla, de entenderla.

En el islam las mezquitas han desempañado en papel de las universidades. La del barrio berlinés de Wilmersdorf la construyeron en 1920 los misioneros de Ahmadiyya de la región de Penjab, entonces bajo el Imperio Británico, para convertirse en un lugar en el que se pudieran celebrar discusiones políticas, religiosas y filosóficas.

La Guerra imperialista había decepcionado a muchos alemanes, que culpaban de ella a la civilización cristiana y buscaban otras alternativas.

Hoy algo así resultaría extraño en cualquier país de Europa, que quiere prohibirlo todo en nombre de la lucha contra el islam, una lucha fantasmal como pocas veces se ha visto en Europa y, desde luego, cínica.

En la época de Weimar la capital alemana tenía una intelectualidad musulmana muy apreciada, que no sólo se componía de emigrantes sino también de autóctonos interesados por las culturas orientales. Entonces aún había quien quería saber, quien buscaba y quien hacía preguntas.

La situación no era muy diferente en otros países de Europa, como Inglaterra u Holanda. Pocos recuerdan ya aquel florecimiento intelectual, que les gustaría olvidar para siempre, lo mismo que a exponentes suyos tan cualificados como Hugo Marcus, un erudito judío y homosexual que estudió la influencia histórica del islam sobre la cultura europea.

Marcus era uno de los administradores de la mezquita de Wilmersdorf. Se convirtió al islam en 1925, cambió su nombre por el de Hamid y dirigió la revista de la mezquita, donde publicó artículos sobre Spinoza, Kant, Goethe, Nietzche, entre otros.

Los mismos que construyeron esa mezquita, construyeron la de Shah Jahan en Woking, Inglaterra, que también atrajo a numerosos intelectuales. Fue encargada en 1889 por Gottlieb Wilhem Leitner, un orientalista políglota anglo-húngaro que trabajó como intérprete durante la Guerra de Crimea y realizó numerosos viajes por los países musulmanes..

Tras la muerte de Leitner, la mezquita quedó abandonada y la compró un abogado hindú, Khwaja Kamaluddin, miembro de la cofradía Ahmadiyya, antes de estallar la Primera Guerra Mundial.

Entre los habituales de aquella mezquita se encontraba Harry St. John Philby, el padre del famoso Philby, el espía soviético, que también era espía y vivió muchos años en Arabia saudí.

En 1905 Francia había aprobado la hoy famosa ley declarando la laicidad del Estado, pero la guerra imperialista necesitaba hacer una distinción con los musulmanes: en 1925 la República financió la construcción de la Gran Mezquita de París y diez años después también les construyó un hospital en Bobigy.

El dispendio desató las iras de los católicos, que se sintieron discriminados. No entendían que tanto el hospital como la mezquita eran el precio que pagaba el colonialismo francés por la carne de cañón musulmana que había sacrificado su vida para salvar a la metrópoli y como dijo el alcalde de París “para defender la civilización”.

Entonces la civilización colonial francesa aún no tenía, como ahora, apellidos, es decir, no era “cristiana” exclusivamente.

Lo mismo ocurrió en la Segunda Guerra Mundial, cuando los nazis se presentaron en los Balcanes, el Cáucaso y Crimea como los más ardientes defensores del islam. Para contrarrestar la campaña nazi (y seguir utilizando a los musulmanes como carne de cañón), Inglaterra financió la construcción de dos mezquitas en Londres.

Fuente: http://foreignpolicy.com/2016/05/05/when-europe-loved-islam-interwar-weimar-republic-wilmersdorf-mosque/

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