domingo, 14 de agosto de 2016

La unión no hace la fuerza (Lección de Geoestrategia Europea número 80)

Hace tiempo que no les hablamos de nuestro admirado Jean Paul Pougala, catedrático de Geoestrategia de la Universidad de Dakar, en Senegal. Durante este tiempo ya no firma sus diatribas como tal universitario sino con una titulación mucho más poderosa: como antiguo vendedor furtivo de mangos, lo cual le convierte en una pluma aún más corrosiva, si cabe.

Nuestro silencio no les ha permitido conocer a Ustedes otra de sus furibundas diatribas, con la que encabezamos esta entrada: “La unión no siempre hace la fuerza”. Es lo que él llama Lección de Geoestrategia Africana número 80 (*), que nosotros nos vamos a permitir importar a Europa y que repartimos gratuitamente a quien quiera quedársela.

También nos apoderamos del ejemplo que pone, que es muy africano: Usted puede juntar todo el número de corderos que desee, diez, cien, mil... Por numerosos que sean, siempre bastará un único perro para conducirlos a todos ellos al redil mansamente. Centenares de corderos no son capaces de hacer frente a un solo perro, dice Pougala, por lo que siempre acabarán sobre el mantel de algún restaurante.

Los corderos siempre son corderos: sumisos, obedientes, silenciosos... El perro los lleva de un lado para otro. Hace lo que quiere con ellos, que jamás levantan la voz y mucho menos se les ocurre desobedecerle, por numerosos que sean. Es evidente, dice Pougala, que si los corderos no fueran corderos, bastarían unos pocos de ellos para enfrentarse al perro y seguir su propio camino. Pero entonces ya no serían lo que son: corderos, entrenados como tales a lo largo de miles de años de evolución biológica para crear una especie así de obediente, silenciosa y sumisa.

¿Qué es lo que hace que un cordero pueda enfrentarse a un perro? La reflexión, dice Pougala, la toma de conciencia de aquello que necesitan. El vendedor furtivo de mangos lo aplica a los africanos (corderos) frente a los europeos (perro), pero lo mismo se puede decir de culquier explotado.

Los corderos son muy mumerosos y están muy unidos, dice Pougala, pero es la unidad en la debilidad, desprovista de sentido crítico y de libertad.

Pero nuestro vendedor furtivo de mangos es tan agudo que también pone su atención en el perro. ¿Cómo domina el perro a los corderos? Los mira desde lejos, pero no fija su atención en la manada que permanece agrupada sino en los que se alejan del grupo. Lo que hace es llevarlos al grupo, mantener unida la manada.

Por lo tanto, es al perro al que le interesa la unidad, no a los corderos. De ahí que lo primero que trata de impedir es que nadie se aleje de ella. De ahí que los perros siempre hablen de unidad, de que la unidad hace la fuerza, de que el pueblo unido jamás será vencido y cosas parecidas.

Los corderos no es que estemos en contra de la unidad sino que queremos saber a dónde conduce el perro la manada que, finalmente, es siempre el mismo lugar: el matadero. Entonces protestamos contra esa unidad y decimos que si no queremos acabar guisados en una cazuela tenemos que enfrentarnos a los perros que tanto nos hablan de unidad pero muy poco de a dónde nos conducen con ella.

(*) http://pougala.org/lunion-ne-fait-pas-toujours-la-force/

1 comentario:

  1. Ta buena la cosa, mano.
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    De haberlo sabido "El Cabrero" −adónde iba el rebaño-, no hubiese cantado "Como el viento de poniente" tal y como lo hizo: https://www.youtube.com/watch?v=n_Y7288c8CE. Con toda seguridad hubiese modificado en algo la letra, hablándonos, como oveja negra, también él del matadero.
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    "El silencio de los corderos", no es tal. Tened en cuenta que también ellos tiran piedras: si mal no interpreto a "El Cabrero" y concluyo también yo desde mi experiencia o porque vea distorsionado debido a mi misantropía: "no nata", sino que adquirida a lo largo de malas experiencias y años de estudios sobre la negra noche de la historia: el trasfondo de "El Guernica" de Picasso. (Dicho sea al margen de considerar en ello la tendencia humana a la adopción de los roles socio-laborales más relevantes, al modo de los trepas, en cualquier nivel al que se mire; y no precisamente por méritos, sino por saberse ganar el dedo de los designios −tantas veces nombrado como "el dedo del líder"- con prebendas u otros medios. Hecho éste que se podría considerar como tráfico de influencias por parte del donante y como lucha por el poder, a la luz de las ideas, al modo de los monos trepadores, por parte de los beneficiados: dicho sea en evidente ausencia de revolucionarios de peso, debido a esa realidad que es "El fin de la Historia y el último hombre".)

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