jueves, 21 de julio de 2016

Un punto de vista viciado sobre el golpe de Estado en Turquía

Juan Manuel Olarieta

Las reflexiones que se van publicando sobre el golpe de Estado en Turquía se centran en la personalidad de Erdogan al que, naturalmente, presentan como un dictador, una especie de nuevo sultán que quiere reeditar las glorias perdidas del Imperio Otomano. A partir de ahora, la figura de Erdogan va a pasar a la primera plana de los portavoces del imperialismo.

La impresión que quieren transmitir es que el golpe de Estado lo ha dado el propio Erdogan, que no es la víctima sino el victimario de la asonada.

A ello va unida la equidistancia de moda, “ni Erdogan ni los golpistas”, lo que oculta la importancia del antagonismo mutuo entre unos y otros, es decir, infravalora la trascendencia del golpe de Estado que, según dan a entender, no va a cambiar nada.

Este tipo de conclusiones pasa por encima de los hechos que tratan de explicar y sobre todo de las causas que ha conducido a ellos, es decir, el grado de antagonismo al que han llegado las contradicciones en Oriente Medio y cuáles son esas contradicciones (internas e internacionales).

Poner en primer plano a Erdogan es una muestra de idealismo histórico que conduce a eliminar uno de los términos de la ecuación en la que está inmersa Turquía y todo Oriente Medio, el imperialismo, todo ello después de cinco años de una salvaje guerra en las mismas fronteras del país.

Al mismo punto conducen todos esos artículos en los que parece que la población de Turquía se compone sólo de kurdos y que a partir de ahora a los kurdos les espera algo distinto a lo que ya han padecido desde hace muchos años.

Lo mismo que los golpistas, el AKP, los islamistas turcos y Erdogan no sólo son los mismos que antes del golpe de Estado sino que son los mismos que antes de llegar al gobierno en 2002. Exactamente los mismos. “Sólo” ha cambiado la situación interna e internacional.

Las depuraciones tampoco son una novedad. El gobierno de Erdogan no ha iniciado ahora una purga a gran escala de los aparatos del Estado (y de la prensa) sino que la viene implementado desde 2002, lo cual debe tener un significado preciso, a saber, que quiere -siempre ha querido- cambiar la dirección del Estado y que para ello había que cambiar el Estado mismo.

En una tradición viciada que procede de hace 60 años, es decir, de la liquidación del movimiento comunista internacional, ese tipo problemas ni se plantean siquiera porque el revisionismo cree que llegar al gobierno es llegar al poder, lo cual es un error que conduce a otro: analizar la situación política desde el punto de vista de un gobierno, una parte, y no desde el del Estado, el todo.

A partir de ahí los errores se encadenan. Los votos, por más que aúpen a un movimiento al gobierno, no son suficientes para cambiar una correlación de fuerzas; no son la causa sino la consecuencia del cambio en la correlación de fuerzas.

Para entenderlo bastará poner un ejemplo. Los imperialistas (como Obama, el Pantágono o el Fondo Monetario Internacional) no votan pero son parte del poder en un Estado burgués cualquiera. Se trata de componentes muy importantes que, como digo, no se cambian sólo con elecciones.

Como consecuencia de la crisis, en todo el mundo ese tipo de componentes, a los que antes se llamaba “poderes fácticos”, son cada vez más influyentes, lo mismo que los militares de los que, en las épocas recientes, nadie habla siquiera.

Por una serie de motivos, en Turquía esos “poderes fácticos” también tienen un protagonismo creciente y se concentran en el ejército que, a pesar del nacionalismo kemalista, es un apéndice de la OTAN. Asegurar que el reciente golpe de Estado contra Erdogan ha sido instigado por la OTAN no es ninguna novedad: todos los que se han producido desde 1960 han tenido ese mismo origen en el imperialismo, lo cual también debería desatar algunas preguntas porque si en Turquía el Estado y el poder son el ejército, y no el gobierno, ¿de dónde viene la necesidad de tantos golpes de Estado? Evidentemente de la existencia de antagonismos entre Turquía y el imperialismo, de la imposibilidad de resolverlos, ni acabar siquiera con ellos, así como de su desarrollo e intensificación.

El hecho de que en 2002 unos proscritos dentro de los aparatos del Estado de Turquía, los islamistas, ganaran las elecciones invirtió la situación, poniendo a los militares a la defensiva y, tras ellos, a la OTAN  y a los imperialistas.

La Primavera Árabe y la guerra de Siria han velado estas contradicciones que, por lo demás, no son diferentes de las que se han puesto de manifiesto en otros países, como por ejemplo en Latinoamérica, sin ir más lejos, lo cual es una constatación de que Lenin tenía razón cuando previno que bajo el imperialismo se agudizaban todas las contradicciones.

De la misma manera que las contradicciones, el golpe de Estado en Turquía no es ninguna ficción, ni es un autogolpe. No habría más que preguntárselo a los miles detenidos que están en la cárcel y a los que van a entrar en ella en un futuro inmediato, entre los cuales habrá numerosos revolucionarios e independentistas.

Lo mismo que otros países a los que el imperialismo ha conducido a un callejón sin salida, los islamistas turcos también han puesto sus ojos en Rusia, lo que ha empezado a desatar la típica campaña en los medios imperialistas que, en lo sucesivo, también se intensificará. Se ha iniciado con las críticas al plan de restauración de la pena de muerte y seguirá con la represión contra los kurdos.

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