jueves, 30 de junio de 2016

Brexit: el análisis del análisis más analítico

Con el Brexit ocurre como con las más recientes elecciones: lo más interesante de analizar no son las elecciones en sí mismas, sino las conclusiones a las que llegan los analistas, es decir, convertir a los sujetos analizadores en objetos del análisis para hacer una síntesis.

Se puede analizar cualquier análisis porque casi todos dicen las mismas vaciedades. Si se analiza, por ejemplo, el análisis que Rodas Vargas publica en La Haine (1), sacamos la impresión de que no sólo expresa un punto de vista de clase erróneo, sino un punto de vista nacional que es el propio de un español, es decir, un país marginal dentro de Europa y dentro del mundo.

El artículo empieza explicando los antecedentes de la situación, lo cual es correcto. Sin embargo, esos antecedentes ni son todos los antecedentes ni son suficientemente antecedentes, ya que no van más allá de las promesas electorales de Cameron de celebrar el referéndum.

Esa explicación es superficial: da por explicado lo que hay que explicar, que son -al menos- dos premisas. La primera es por qué Cameron convoca un referéndum y la segunda es por qué lo hace ahora.

En realidad deberíamos hacer muchas más preguntas y poner muchos más antecedentes encima de la mesa. Como en el caso de Grecia, habría que preguntar por qué entró Reino Unido en 1973 en lo que entonces se conocía como “Mercado Común Europeo”.

¿Por que Reino Unido pidió su incorporación a la Unión Europea en 1963?, ¿por qué la Francia de De Gaulle impuso su veto por dos veces, paralizando la integración durante 10 años?

Para contestar esas preguntas hay que llegar a saber qué es la Unión Europea, por qué surge, cuál ha sido su trayectoria y por qué lo que hasta la fecha era una “vaca sagrada” de los medios de comunicación se ha convertido en el saco de todos los golpes.

Sería bueno que los analistas fueran a las hemerotecas y leyeran lo que los medios de comunicación de toda Europa escribían en 1999, hace sólo 17 años, cuando se creó el euro como un símbolo de una era de prosperidad que nos prometieron que sería eterna. ¿Por qué entonces todos querían entrar y ahora todos quieren salir?

A falta de un análisis de clase, las explicaciones hacen recaer las decisiones en ese “factotum” llamado “la gente” que ha votado esto o lo otro. No sólo da la impresión de que son las votaciones las que resuelven (o empeoran) los problemas sino, además, que lo hace esa “gente”, los votantes.

A partir de entonces el análisis se vuelve sicológico, una especie de catarsis o trance típico de santería que se disimula con aderezos de que si la extrema derecha crece, de que si la xenofobia, el “miedo” a la inmigración, el auge del racismo, del nacionalismo...

Otros le dan la vuelta a esa sicología de pacotilla y pasan la antorcha a “la izquierda”, el descontento por la política de recortes, el neoliberalismo, la era thatcherista y todo el estúpido discurso que venimos leyendo desde hace más de 20 años sobre la troika y demás entelequias.

Los analistas son más bien “analistos”; nos desprecian. La culpa la tenemos “la gente” porque votamos esto o lo otro. “La gente vota a los delincuentes”, ha dicho Mónica Oltra en referencia al triunfo del PP en España. No somos capaces de votar la opción correcta, que es la de votar a Mónica Oltra y gente parecida, que no son delincuentes.

El verdadero voto de castigo es el de los analistos: “tenéis lo que os merecéis”, nos han vuelto a repetir otra vez. En fin, el análisis nunca va más allá de las votaciones y de contar votos. Analizan un partido, un grupo o un grupúsculo para pasar luego a otro, hablando de todo un poco, excepto de lo que se debe poner encima de la mesa, es decir, callando u ocultando siempre lo esencial.

Hay otro aspecto que los analistos añaden al repaso de grupos, grupillos y grupúsculos, que es el análisis de las políticas, de las que exigen que deben ser “viables” (nada de utopías) y que Alejandro Nadal resume en eso que llama “neoliberalismo”(2), tanto el de la Thatcher en Londres, como el de la Merkel en Bruselas.

Pero Londres, Berlín o Bruselas ¿pueden implementar otras políticas diferentes a las que han implementado hasta hoy?, ¿keynesianas quizás?, ¿de aumento del gasto social?

Sobre todo: si la política económica de Londres, la de Berlín y la de Bruselas son idénticas, ¿por qué el Reino Unido abandona la Unión Europea? La explicación tiene que estar en otra parte.

Los “progres” y los analistos no son capaces de ir más allá de la banalidad, repitiendo que a partir de ahora el mapa de Europa va a cambiar, que los escoceses serán convocados a otro referéndum para salir del Reino Unido y entrar en el Reino Europeo... Veamos señores: saquen del cajón un mapa de Europa de 1990. ¿No empezó a cambiar a partir de entonces?, ¿ya no se acuerdan de la guerra de los Balcanes ni de la desaparición de Yugoeslavia?, ¿no es el Brexit una continuación de aquello mismo?

Si eso es así, como parece, ¿por qué no mencionan ni una sola vez la palabra “imperialismo”?, ¿acaso no saben lo que es?, ¿no saben de qué se trata?

(1) http://www.lahaine.org/mm_ss_mundo.php/reino-unido-sale-de-la
(2) http://www.lahaine.org/mundo.php/brexit-el-naufragio-del-neoliberalismo

No hay comentarios:

Publicar un comentario