miércoles, 20 de abril de 2016

La pobreza en el país más rico de la tierra

John Pilger

Hace unos días me llamó Rosalie Kinoth-Monks. Rosalie es una anciana del pueblo Arrernte-Alyawarre, que vive en Utopía, una vasta y remota región en el “corazón rojo” de Australia. La ciudad más cercana es Alice Springs, separada por más de 200 millas de un antiguo paisaje de spinifex y remolinos de polvo rojo. Los primeros europeos que llegaron, tal vez enloquecidos por el calor, imaginaron una utopía blanca que no les tocaba imaginar, porque éste es un lugar sagrado, el hogar de la presencia en la tierra más antigua y más continuada.

Rosalie estaba angustiada, elocuente y desafiante. Su reputación de no tener miedo a hablar, en una sociedad tan a menudo sorda a los gritos y a la angustia de sus primeros pobladores, su especial singularidad, está bien ganada. Tuvo un papel en mi película “Utopia”, con una desgarradora descripción de la gente desechable: “No nos quieren en nuestro propio país”. Describió el legado de un genocidio: palabra que Australia odia y teme.

Hace una semana, Rosalie y su hija Ngarla lanzaron la alerta de que la gente se estaba muriendo de hambre en Utopia. Dijeron que los ancianos indígenas en las reservas no habían recibido comida de un veterano programa de asistencia financiado por el gobierno australiano, y administrado por el Consejo regional. “Un anciano con un Parkinson muy avanzado recibió dos pequeños paquetes de carne picada y pan blanco”, dijo Ngarla. “Las ancianas de las cercanías no recibieron nada”. Pidiendo envíos de comida, Rosalie dijo que “toda la comunidad, incluyendo niños y anciano están sin comida, a menudo diariamente”. Ella, su hija Ngarla y la comunidad han cocinado y distribuido comida en la medida en que han podido.

Esto no es  inusitado. Hace cuatro años, viajé en coche hasta el “corazón rojo”, y me entrevisté con la doctora Janelle Trees, una médico generalista, cuyos pacientes viven a pocas millas de los resorts para turistas de a 1.000 dólares la noche, en las cercanías de Ayers Rock. “La malnutrición es común. Quise dar a un paciente un antiinflamatorio para una infección evitable si las condiciones de vida fueran mejores, pero no pude tratarla, porque no disponía de suficiente comida, y no podía ingerir las pastillas. A veces me siento como si estuviera tratando en condiciones similares a la clase obrera a principios de la revolución industrial”.

“Hay asbestos en muchos hogares aborígenes, y cuando alguien tiene fibra en sus pulmones y desarrolla mesotelioma, el gobierno no se preocupa. Cuando los niños tienen infecciones crónicas y acaban engrosando esas increíbles estadísticas de indígenas víctimas de enfermedad renal, y vulnerables hasta el punto de batir récords mundiales de reumatismo cardíaco, no se hace nada. Y me pregunto por qué”.

En la llamada telefónica, Rosalie me decía: “No es tanto el hambre física como el trauma de mi pueblo, de comunidades enteras. Nos engañan continuamente. La Australia blanca monta organismos y estructuras que dan la impresión de ayudarnos, pero es solo una impresión, nada más. Si nos oponemos, es un delito. La simple asociación es delito. Los suicidios suceden en todas partes. [Me dio detalles del sufrimiento en su propia familia]. Matan nuestros valores, rompen nuestra vida tradicional hasta que no queda nada”.

El consejo regional de Barkly dice que su programa de asistencia a mayores funciona y protesta de que el consejo es “el mas pobre de las tres áreas de gobierno, y muy dependiente del Territorio Norte y de los fondos del Gobierno federal para proporcionar esos servicios”. Barbara Shaw, presidenta del consejo, está de acuerdo en que es “totalmente inaceptable que la gente muera de hambre en un país rico y desarrollado como Australia”, y que “es desagradable y erróneo que los pueblos indígenas sufran una pobreza como ésa”.

El hambre y la pobreza, y la división a menudo extendida en los pueblos indígenas cuando intentan identificar a los responsables surgen, en gran medida, de un extraordinario episodio conocido como “La Intervención”. El secreto inconfesable de Australia.

En 2007, el entonces primer ministro John Howard envió al ejército a las comunidades indígenas en el Territorio Norte, para “rescatar a niños” que, según aducía su ministro de Asuntos Aborígenes, Mal Brough, estaban siendo abusados por pedófilos en “cantidades inimaginables”.

“La Intervención” fue mas tarde expuesta como un fraude por la Comisión de Delitos Australiana, la policía del Territorio Norte y un informe irrecusable de especialistas en medicina infantil. Sin embargo, “La Intervención” permitió al gobierno la destrucción de los vestigios de autodeterminación en el Territorio Norte, la única parte de Australia en donde los pueblos aborígenes gozaban de derechos sobre la tierra legislados a nivel federal. Aquí han administrado sus tierras con la dignidad de la autodeterminación y conexión entre la tierra y la cultura, y, como informaba Amnistía, una tasa de mortalidad un 40% más baja. La distribución de los alimentos nunca fue un problema.

Es este estilo de “vida tradicional” lo que supone un anatema para el parasitario sector de funcionarios, contratistas, abogados y consultores que controlan y a menudo se benefician de la Australia aborigen, si bien en forma indirecta, a través de estructuras corporativas impuestas a las organizaciones indígenas. Las reservas remotas se ven como una amenaza ideológica, porque expresan un comunalismo que no casa con el neoconservadurismo que dirige Australia, y que demanda “asimilación”.

Es como si la resistente existencia de un pueblo que ha sobrevivido y resistido más de dos siglos de colonialismo, masacre y robo siguiera siendo un espectro en la Australia blanca: un recuerdo de quien es esta tierra realmente.

Conozco a estas comunidades y a su pueblo, que me han enseñado las condiciones impuestas. Algunas son la falta de agua corriente, de sanidad y de energía. El sostenimiento básico debiera unirse a esta lista. Según el Informe sobre Riqueza Global del Credit Suisse, Australia es el lugar más rico de la tierra. Los políticos en Canberra están entre los ciudadanos más ricos; les gusta colgar arte indígena en las blancas paredes de sus oficinas en el inhóspito y moderno y nuevo Parlamento. Su autoindulgencia es legendaria. La última ministra para Asuntos Indígenas del Partido Laborista, reamuebló su oficina con un coste para el contribuyente de 331.144 dólares. Durante su mandato, el número de aborígenes viviendo en chabolas aumentó casi un tercio.

Cuando el profesor James Anaya, el respetado consultor para los derechos de los pueblos indígenas de la ONU, describió “La Intervención” como racista, el portavoz de la oposición en asuntos indígenas, Tony Abbott, dijo a Anaya que “se buscara la vida”, y no “escuchara solo a la pandilla de los humillados”. Abbott llegó a primer ministro de Australia; fue destituido el año pasado.

Cuando comencé a filmar a los indígenas australianos hace unos treinta años estaba en marcha una campaña internacional para acabar con el apartheid en Sudáfrica. Habiendo estado trabajando en Sudáfrica, quedé sorprendido por las similitudes entre la supremacía blanca y la conformidad, la actitud a la defensiva y la indiferencia de gente que se veía a si misma como liberal. Por ejemplo, la población encarcelada negra en Australia es mayor que la de Sudáfrica durante el apartheid. Los indígenas van a prisión, les golpean en la detención y mueren estando bajo detención como si fuera una rutina. En comunidades desesperadas, niños de incluso diez años se suicidan.

Y ningún oprobio internacional, ningún boicot ha molestado la superficie de la “afortunada” Australia, Como la llamada de Rosalie nos recuerda, esa superficie debería ser rota cuanto antes.

Fuente: http://johnpilger.com/articles/starvation-in-australia-utopia-s-dirty-secret

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