martes, 5 de abril de 2016

El feminismo según una negra... musulmana

Ndella Paye
Ndella Paye

Hace algunos días, una compañera en clase de inglés, en Londres, respondía a la pregunta: “Si tuvieras una varita mágica, ¿qué te gustaría ser?” Respuesta: “Un hombre”. Porque, nos ha dicho, los hombres tienen una vida mucho más fácil...

Me he preguntado mucho por qué no está orgullosa de ser mujer. He terminado por comprender que no era cuestión de orgullo, sino solamente un deseo de tener una vida más apacible, un poco de descanso en un mundo sin reposo para las mujeres que somos. Hace años que lucho por la igualdad hombre/mujer, a todos los niveles de lo que me caracteriza; lo primero, en tanto que mujer en un mundo patriarcal, dominado por los hombres. Siempre he estado orgullosa de ser mujer, y nunca he querido ser un hombre por nada del mundo, ni siquiera por un poco de reposo, pero si que comprendo que una mujer pueda estar tan fatigada de su vida y de su condición de mujer que pueda llegar a desear ser un hombre.

Yo me definía en 2003 como feminista a secas, sin adjetivo: estamos dominadas por todos los hombres sin distinción, cualesquiera que sean las creencias o el color de piel. Pero rápidamente me di cuenta de que ser feminista a secas podía fácilmente llegar a fundamentarse en el “universalismo” del feminismo blanco. Como mucho, se daba garantía a sus aberraciones negativas de nuestras especificidades, y puestos en lo peor, nos alienábamos. De todas maneras, desde 2004, basta ser visiblemente musulmana para quedar excluida de oficio del feminismo “tout court”. Para estas feministas a secas, o “feministas universales”, ser visiblemente musulmana significa ser sumisa a un hombre por lo menos, y cuando una mujer que lleva el velo está sometida a un hombre, no tiene el derecho de participar en la lucha por la liberación. Hay que dar la vuelta a su sumisión y librarse de ella a lo grande: ninguna solidaridad con las que se definen como sumisas, solamente desprecio, condescendencia, rechazo.

Por lo tanto tuve que añadir un adjetivo a mi feminismo, definiéndome ahora como feminista islámica. Porque me he dado cuenta de que en el interior del Islam los hombres musulmanes dominan a las mujeres justificando su dominación en el Corán. Ha sido necesario emplear otra estrategia; seleccionar textos de las escrituras se convertía en algo esencial para reivindicar la igualdad hombre/mujer. Era urgente armarse teológicamente para usar las mismas armas y poder al menos debatir, ser escuchada. Me oía a mí misma decir que más que iguales éramos complementarias. Era la misma complementariedad esgrimida en otros lugares, entre ellos otros lugares sexistas, no musulmanes, y que consistía en asignar bizarramente a las mujeres los mismos papeles inmutables y exclusivos de esposas y de madres. Claro, no estamos en la misma categoría deportiva en los Juegos Olímpicos. Si quieres igualdad, me decían, corre como los hombres.

Déjenme recordar de pasada que los hombres que me salían con esto no corrían como los atletas de los JO.OO. Comprendí rápidamente que el que quiere dominar encuentra siempre un texto en algún sitio, en la religión o en otra temática (ciencias naturales, textos legales) para justificar su necesidad de estar por encima, de ser venerado, porque está detrás de dios, o casi a su nivel. Lo cual, desde mi punto de vista de feminista islámica, vuelve a ofrecer al dios verdadero su status de Ser único digno de adorar, cayendo en el pecado del asociacionismo (consistente en asociar el hombre a dios), el más grave de los pecados, el único que dios no perdona. En resumen, como escribía Simone de Beauvoir en otro contexto (también sexista), las mujeres deben construirse y evolucionarían lastradas por estos “dioses con rostro humano” que son... ¡los hombres!

En fin, tras algunos años, me he definido más bien como afro-feminista, porque siendo negra y marchando junto a mujeres negras como yo, he comprendido que me situaba en el cruce de muchas dominaciones, sin por ello abandonar mi feminismo islámico. Ahora, las dominaciones y las discriminaciones que he sufrido a causa del color de mi piel se contemplan teniendo en cuenta mi análisis del sistema patriarcal. En mi comunidad musulmana se me repetía sin cesar que el color de piel no era importante, porque el día del juicio final, dios solamente mirará los corazones. Salvo que aquí abajo, los hombres y las mujeres ven los colores muy claramente, y actúan en función de ellos. Por lo tanto, tuve que resistir y no negar lo que yo era: una mujer negra musulmana.

Estructurar no es simple ni cuando no hay más que dos cosas que cuadrar. Pero ¿cómo llegar a ello cuando hay multitud de conexiones que hacer? Tengo que combatir el sexismo de los hombres blancos y la islamofobia de los hombres y mujeres blancos y blancas. ¡También tengo que luchar contra el sexismo de los hombres musulmanes, y contra la “negrofobia” de los hombres y mujeres árabe-musulmanes y de los blancos! Al mismo tiempo, lucho contra la jerarquía de colores, el colorismo, en el interior de mi comunidad negra porque yo soy oscura, y contra la “misoginegra”, misoginia que sufrimos en tanto que mujeres negras por parte de los hombres blancos, pero también de los hombres negros. En resumen, nuestras vidas de mujeres comprometidas son políticas y no tienen descanso. No se nos evita nada, y comprobarán que no he tocado la violencia de clase, la pobreza material, que puede hacer de nuestras vidas realmente un infierno.

Lo mejor para el final. Siendo los musulmanes los chivos expiatorios del momento, y especialmente las mujeres musulmanas en particular, puede añadirse a la “misoginegra” y a otras agresiones, lo que yo llamaría la “misoginoislamofobia”. La palabra aún no existe pero nada me impide inventarla para definir el desprecio y el odio hacia las mujeres musulmanas en general, especialmente cuando lo son de manera ostensible, como se dice.

Es cierto que el desprecio por las mujeres musulmanas que llevan el velo no es un dominio reservado solo a los hombres. Este odio puede incluso ser más virulento cuando procede de las feministas a secas, y se sufre mucho más dolorosamente, créanme, porque se espera una solidaridad de género. Cuando la misoginia es reforzada y apoyada por mujeres (mejor dicho, por feministas), es mucho más violento.

Tengo, pues, la impresión de que el 8 de marzo no consigue aflorar toda esta complejidad de mi vida de mujer negra visiblemente musulmana. Tengo la impresión que hace falta que me divida en 1000 pedazos para conseguir luchar contra todas estas violencias, discriminaciones, dominaciones, fragilidades. Peor aún, no consigo encontrar un lugar adecuado en donde llevar todas estas luchas, todas igual de importantes para mí. Me queda la pluma para expresar lo que padezco, mi sufrimiento. Tendrá el mérito de permitirme vaciar mi carga y también dejar pistas, y, quien sabe, hacer reflexionar y al mismo tiempo reconfortar a todas aquellas que se reconozcan en estas palabras.

No os equivoquéis: esto no es un abandono de la lucha, ni siquiera una queja, aunque tenga todo derecho a ello. Christine Delphy lo decía un día: “Nunca he creído que el feminismo fuera a cambiar mi vida, me ha permitido darle un sentido”. Estas palabras de Christine me han ayudado a superar las pretensiones y esperanzas un poco desmesuradas de que mi vida, o incluso la de mis hijas, se vea revolucionada por mis combates, y a comprender que estos combates tienen por sí mismos el mérito de dar sentido a mi vida. Lo que, a la vista del violento sistema al que debo enfrentarme, no está tan mal.

No podría acabar sin aportar todo mi apoyo a mis compañeras y hermanas de lucha Rokhaya Diallo, Sylvie Tissot (de Les Mots Sont Importants) y Sarah Benichou (por el Colectivo 8 mars pour toutes), atacadas judicialmente por la actual alcaldesa del distrito XX de París, ¡que quiso “apagar” el 8 de marzo anterior desprogramando debates organizados en torno a la película “Je ne suis pas feministe, mais...”, de los hermanos Tissot, debates en los que yo debía participar! La señora Calandra (nombre de la alcaldesa) formó parte de los que colgaron el “Je suis Charlie” en la fachada de la alcaldía, invocando a pleno pulmón la “libertad de expresión” frente a los “extremistas”, pero no ha dudado en censurar un debate feminista sobre el 8 de marzo. Ah si, parece incluso que los gastos judiciales pueden ser pagados por los contribuyentes, si Su Alteza Calandra tiene la impudicia de hacer votar su acusación en el consejo de París... Pero la movilización comienza a dar frutos, y los electos parisinos se han comprometido a oponerse.

¡Feliz 8 de marzo, y viva la libertad de expresión en el país de Charlie!

Fuente: http://lmsi.net/misogynislamophobie

1 comentario:

  1. Ndella Paye, al leerte escucho la voz de muchas mujeres que como tu (y yo), nos hemos encontradas paradas muchas veces en la misma paradoja de cómo asumir el feminismo. Entender esa paradoja me ha enseñado primero, que ni es un feminismo universal -con tendencias a formar parte de una sección hegemónica del feminismo "blanco- y que la complejidad que encierra es diversamente proporcional a los contextos en que se sitúa cada mujer. Por lo tanto, nos vemos encaradas a una realidad que se ajusta a volver a dimensionar nuestro "quehacer" como feminista según nuestras necesidades y particularidades sociales. (Re)encontrarme con tantos feminismos también ha sido una apuesta de luchas que nos han heredado, algunas impropias otras propias pero todas conducen a una lucha ancestral. Este hecho lo comento porque desde América Latina el feminismo a estado a contrapelo con el proceso que se vivió en Europa y que muchas posturas quisieron ser implantadas (o desde nuestra perspectiva "colonizadas") dejando a un lado nuestro saber y olvidando nuestras propias resistencias. Nombrarnos feministas siempre tiene una carga ideológica que disputar, y no es que busquemos crear un emblema de "feminista verdadera" pero sí que hay una presión dentro del movimiento por la congruencia política, por las formas no patriarcales de vivir o por la disidencia políticamente correcta. Cabe mucho y falta mucho feminismo, por los menos desde México , que apenas comienza a despertar después de la ausencia y la omisión de casi 100 años. Los retos a nivel personal, es esta misma encrucijada que siento en tu artículo pero que finalizas al saberte en manada, en el compartir y en asumir que hay tiempos personales y sociales que forman parte de un mismo proceso. Espero que pronto podamos festejar un 8 de marcho combativo y lejos de pretensiones, cada mujer se sienta feminista de acuerdo a su propia experiencia de vida. Abrazos

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