viernes, 15 de abril de 2016

La corrupción nos cuesta un ojo de la cara

Lo peor de la corrupción no es que los grandes capitalistas, los pequeños y los políticos (que son todos pequeños) se lleven un dinero que no es suyo. Tampoco consiste en que, además, se lo lleven fuera, a un paraíso fiscal.

No. Lo peor de la corrupción son los periodistas que nos la restriegan por delante de las narices cada día.

Una noticia mucho más importante que la corrupción es que los Mossos d’Esquadra hayan arrancado un ojo a una persona al dispararle una pelota de goma. Perder un ojo es peor que perder el dinero. De hecho, cuando queremos referirnos a algo que para nosotros tiene mucho valor, decimos que nos costó “un ojo de la cara”.

Sin embargo, la intoxicación informativa sólo entiende como corrupción lo que tiene que ver con el dinero. Se aprovecha del espíritu burgués, lo alimenta y lo refuerza cuidadosamente. Por eso el ministro Soria no dimitirá por su gestión pública como ministro sino por su gestión privada como capitalista.

Tras las “informaciones” sobre la corrupción, además del oportunismo, está Proudhon y un capitalismo cuya verdadera naturaleza sólo se pone de manifiesto cuando, como a los Mossos d’Esquadra, se les va mucho la mano, cuando roban y no cuando explotan.

En ausencia de una verdadera oposición, de una verdadera lucha de clases, la voracidad capitalista desborda cualquier clase de límites y necesitamos que eso ocurra para poner el grito en el cielo y exigir: se han pasado de rosca; todo tiene que volver a la normalidad. Los capitalistas tienen que volver a pagar un “salario justo”, a pagar los impuestos que les correspondan, etc.

En los noticiarios lo de menos es la información que, a su vez, es otra mercancía más que se compra y se vende. Los periodistas no están al servicio de la información sino de una empresa capitalista que les paga, a la cual tampoco le importa la información, sino los índices de audiencia, que es de donde viene el dinero.

La profunda distorsión informativa, típica desde la caída de las Torres Gemelas en 2001, muestra la decadencia del periodismo burgués, para el que no hay en el diccionario insultos suficientemente contundentes.

El mismo planteamiento de la corrupción desnuda el alma rácana y cutre de los medios, que sólo muestran la mitad de la historia: nadie habla del origen del dinero (que es lícito) sino de su destino (que no lo es). Nadie se pregunta lo siguiente: mientras el PIB de España apenas supera el billón de euros, en los paraísos fiscales hay 40 billones. ¿De dónde ha salido tanto dinero?

Los medios reflejan lo que la burguesía quiere trasladar a la sociedad, afirmando que es la propia sociedad, la “opinión pública”, la que justifica su basura al subir los índices de audiencia. Cuanta más basura y más morbo, más audiencia, más publicidad, más beneficios y más sueldos.

Lo peor es que, incluso cuando en los medios no hay tales intereses comerciales, cuando se trata de simples páginas web de noticias, incluso cuando sus autores se califican de “progresistas”, el contenido es exactamente igual de rácano y miserable. Para ellos el colmo de la protesta es tener una ventana abierta para denunciar... la corrupción del ministro Soria. Penoso.

Por eso en la corrupción capitalista no hay trigo limpio; todos se revuelcan en ella, aunque sea por motivos distintos. Los “progresistas” no tienen un temario propio, no tienen nada distinto que decir de lo que ya dice la prensa comercial. ¿Para eso los necesitamos?

Desde su nacimiento en el siglo XIX, el verdadero periodismo es otra cosa. Es un instrumento de lucha, de denuncia, de protesta y sirve para que todo eso se organice y se fortalezca cada vez más.

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