martes, 22 de marzo de 2016

La yihad en Rusia

La violencia en la región rusa del Cáucaso Norte, que ha vivido conflictos armados desde hace dos décadas, ha disminuido de forma sustancial en los dos últimos años, en parte porque la mayoría de los radicales de la zona se han unido a los combatientes extranjeros en Siria e Irak. En junio de 2015, casi todos los grupos insurgentes locales habían jurado fidelidad a Daesh, quien posteriormente designó a la región como nueva “provincia”, Vilayat Kavkaz. Algunos grupos pequeños en Daguestán y Kabardia-Balkaria todavía siguen siendo leales al Emirato del Cáucaso (EC), la violenta organización yihadista de la zona, pero sus apoyos y su capacidad son mínimos.

Rusia y Daesh están directamente enfrentados: los responsables de seguridad han anunciado que el pasado año evitaron varios atentados terroristas inspirados por el autoproclamado Estado Islámico, que ha prometido hacer daño a Rusia y ha reivindicado, además del derribo en octubre del avión en el que murieron sobre el desierto del Sinaí 224 rusos que volvían de Egipto, dos atentados en Daguestán. Además de proteger su seguridad nacional, el Kremlin debería hacer un esfuerzo mayor de desradicalización, prestar atención con la máxima urgencia a las reclamaciones legítimas en el Cáucaso Norte y abordar sistemáticamente las causas fundamentales de la violencia.

Las circunstancias de los seguidores de la yihad en el Cáucaso Norte cambiaron radicalmente en vísperas de los Juegos Olímpicos de 2014 en Sochi. Los servicios rusos de seguridad derrotaron y paralizaron al EC, que vio imposibilitadas sus operaciones y comunicaciones justo cuando lo que Daesh denomina su “yihad de cinco estrellas” adquiría cada vez más popularidad. Varios miles de habitantes de la zona se unieron a la lucha, desde su país y desde los lugares en los que está establecida su diáspora, en Europa y Oriente Medio. La exportación de la yihad a esta última zona le ha creado a Rusia nuevos enemigos y ha hecho que el problema deje de ser local para internacionalizarse.

Desde la represión del salafismo antes de los Juegos Olímpicos en Rusia, Turquía se ha convertido en uno de los destinos favoritos tanto de los yihadistas rusos que se dirigen a Siria como de los musulmanes conservadores y pacíficos que, con sus familias, han establecido allí su nuevo hogar. Los nuevos “muhajirun” (inmigrantes) procedentes de Rusia han formado comunidades cerradas, casi autosuficientes, sobre todo en torno a Estambul. Hasta los atentados inspirados por Daesh que golpearon suelo turco en 2015, las autoridades no se habían mostrado muy preocupadas por ninguno de estos grupos. Los enlaces del autoproclamado Estado Islámico que hablaban ruso y ayudaban a los recién llegados a cruzar la frontera con Siria trabajaban con gran eficacia. Se ha dicho que había varios agentes e ideólogos destacados del EC en el país, dedicados a facilitar el paso a grupos distintos de Daesh. Además, desde 2003 han muerto asesinados en Turquía ocho personajes vinculados a la insurgencia chechena, el más reciente en 2015, aparentemente por personas a sueldo de los servicios federales rusos de seguridad. Las autoridades turcas dicen que muchas veces les faltan pruebas suficientes para actuar con más decisión, pero dentro de la ley. No obstante, en los últimos tiempos han reforzado considerablemente la seguridad.

Los combatientes procedentes del Cáucaso Norte luchan en Siria e Irak no sólo con Daesh, sino también con Jabhat al Nusra, además de grupos rebeldes no afiliados. En general lo hacen bajo el mando de jefes chechenos, que tienen fama de ser combatientes intrépidos, por lo que es frecuente que se les encargue el mando de grupos pequeños o que enseguida asciendan a puestos de segunda y tercera categoría dentro de Daesh. Según las informaciones, Abu Omar (Umar) Shishani, el combatiente del Cáucaso Norte que ocupaba uno de los puestos más alto entre los yihadistas, resultó herido o muerto en un ataque reciente de Estados Unidos. Parece que sus logros militares, en especial al frente de operaciones para capturar la provincia de Anbar en Irak y varias partes del este de Siria, contribuyeron a que Abu Bakr al Baghdadi proclamara su califato y colocaron a Rusia en la mira de Daesh. En 2014, para tratar de reforzar su poder en la organización, Shishani y su ambicioso confidente y propagandista de Karacháyevo-Cherkesia, Abu Jihad, decidieron captar a los rebeldes del Cáucaso Norte. El resultado fue la deserción más numerosa de combatientes de la zona a Daesh.

Los servicios de seguridad rusos, al parecer, abrieron las fronteras para que los radicales locales se fueran de la zona antes de los Juegos Olímpicos, a pesar de que Rusia considera delito la participación en grupos armados en el extranjero que vayan en contra de “los intereses de la Federación Rusa”. Sin embargo, desde la segunda mitad de 2014, las autoridades han recortado las salidas y persiguen de forma sistemática a los encargados de reclutar gente y recaudar fondos y a los posibles combatientes, al tiempo que han intensificado la presión sobre los salafistas no violentos, especialmente en Daguestán. En Chechenia, el tratamiento de los salafistas ha sido siempre más duro. El Ministerio del Interior checheno lleva a cabo campañas periódicas contra ellos; se habla de numerosas detenciones en 2015 e incluso de desaparecidos en la última parte del año. El líder ingusetio, Yunus-Bek Yevkurov, ejerce una política de no enfrentamiento; evitó que el clero oficial se quedara con la mezquita salafista más importante en Nasyr-Kort y trata de consolidar la base de fieles en la república. En Kabardia-Balkaria, los fundamentalistas tampoco se quejan de acoso sistemático por parte de los servicios de seguridad.

Los salafistas de la región subrayan que la religión es un motivo fundamental para que los rebeldes del Cáucaso Norte se unan a la yihad en Siria. Al contexto religioso inmediato hay que sumar unos agravios más de fondo que impulsan la radicalización: los conflictos no resueltos, gobiernos que no suelen rendir cuentas ni ser transparentes, malas circunstancias socioeconómicas y un profundo sentimiento de injusticia y privación de derechos. La oportunidad que les ofrece Daesh da a los violentos una alternativa a emprender una aventura suicida en su propio país, y hace aún más atractiva la idea de marcharse a cumplir sus compromisos religiosos.

Los radicales convencen a los jóvenes de que hacer la hijjra (emigración) o luchar por Daesh es la obligación individual (fardh ‘ajn) de cada musulmán, y quienes no lo hacen incumplen su deber para con Alá. Además, Daesh se presenta como un proyecto político factible, con un gobierno islámico eficaz. Asegura que es un Estado igualitario en materia de bienestar y proporciona pisos y subsidios a las familias de los combatientes. También da la oportunidad de ascender por méritos y de ejercer una venganza muy pública por la supuesta humillación mundial de los musulmanes.

Para impedir que el Cáucaso Norte siga proporcionando refuerzos a Daesh, Rusia debe desarrollar una estrategia de desradicalización que aproveche los recursos intelectuales de varios ámbitos y varias disciplinas, con expertos en la región, responsables de seguridad, educadores y dirigentes religiosos moderados. Los líderes fundamentalistas respetuosos con la ley pueden desempeñar un papel crucial entre la gente joven. También es importante la creación de cauces controlados y seguros para el regreso y programas para prevenir la radicalización en las prisiones. Los relatos de quienes vuelven desilusionados de Siria e Irak son tal vez el arma más poderosa para evitar nuevos reclutamientos.

Fuente: http://www.esglobal.org/la-insurgencia-en-el-caucaso-norte-y-siria-una-exportacion-de-la-yihad/

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