miércoles, 2 de marzo de 2016

La huelga general en Amsterdam en 1941 contra el fascismo

En su página web, los hinchas del Ajax de Amsterdam Club de Fútbol cuentan la historia de la huelga general que desencadenaron los obreros cuando la localidad holandesa fue ocupada por los nazis para protestar contra las deportaciones de judíos.

Ésta es la traducción íntegra:

En señal de protesta contra los primeros grandes registros y las detenciones de 427 judíos el 23 de febrero de 1941, una masiva huelga estalla dos días después en Ámsterdam. Constituyó un éxito. Los tranvías se paralizaron, y los habitantes de Ámsterdam se dan cuestan de que algo está sucediendo. El segundo día la huelga se ve rota por la policía alemana, produciéndose muertos y heridos, junto a numerosas detenciones. Aquella huelga se celebra cada 25 de febrero, el denominado “Februaristaking”, junto a la estatua dedicada al obrero portuario.

Desde 1918, el antisemitismo es el programa común de la extrema derecha apoyada por la derecha, frente a todo movimiento que cuestione el capitalismo. ¿Por qué? Para esconder las cuestiones sociales detrás de los chivos expiatorios. Ese uso táctico del antisemitismo por parte de la derecha y la extrema derecha también está presente en Austria, en Hungría, en Rusia, en Polonia...

Desde 1921 el partido nazi multiplica las declaraciones, las gesticulaciones y las agresiones antisemitas. Dejando a un lado a la URSS y a los partidos de izquierda (comunistas y socialistas) las reacciones son inexistentes. A partir de 1933 la Alemania nazi es un inmenso campo de concentración, en el cual elementos embrutecidos se divierten a costa de los judíos, incluso hasta la muerte. No solamente los grandes Estados capitalistas no dijeron nada, sino que siguieron evitando todo choque con Hitler, en una situación en que hubiera podido fácilmente ser detenido, desestabilizado y derribado. De esa forma sigue prosperando el fascismo, hasta que en 1941 casi toda Europa sufre su dominación. Y también los Países Bajos conocen una oleada de extrema derecha ligada al nazismo. Fueron el escenario de la invasión de ejércitos con la cruz gamada, de la capitulación (10 de mayo de 1940), de la “colaboración” por parte de la extrema derecha, y del apoyo de la inmensa mayoría de la derecha a los nazis respecto a las medidas antisemitas.

En julio de 1940, los judíos tuvieron que abandonar cualquier puesto que ocuparan en la defensa aérea. Dos meses después, los altos funcionarios tienen que admitir la prohibición de nombrar a judíos para los puestos de la función pública. Poco después los funcionarios tienen que declarar si son “arios” o no. Posteriormente, los funcionarios judíos son despedidos.

En diciembre de 1940 quedan prohibidos para los judíos los cafés y los cines. Es una máquina implacable, que impresiona por su barbarie. Algunos altos funcionarios protestan por escrito y dimiten. En las universidades, las protestas son más valientes: en noviembre de 1940 tendrán lugar las huelgas estudiantiles de Delft y de Leiden, en solidaridad con los compañeros y profesores judíos. Pero los nazis hacen dominar su orden de plomo.

Durante los meses de enero y febrero de 1941 se desencadena la agresión antisemita. Los miembros de la milicia, colaboracionistas holandeses vestidos con camisas negras, atacan a las tiendas judías y a los cafés que rechazan colocar el cartel prohibiendo la entrada a los judíos. Se producen heridos, la tensión aumenta y los habitantes de Ámsterdam se defienden. En una tarde de luchas callejeras, un colaboracionista queda herido en el suelo, y muere tres días más tarde en el hospital. La respuesta es firme y se realizarán las primeras grandes redadas en la ciudad, los días 22 y el 23 de febrero. En el barrio judío centenares de hombres son detenidos por los alemanes, con una extraordinaria violencia. Serán trasladados al campo de concentración de Mauthausen, en donde morirán todos. Esto aún no lo sabe Ámsterdam; pero con lo que han visto sus habitantes basta.

La organización de la huelga es, en gran parte, obra de los comunistas. Ya se habían dado huelgas en Ámsterdam: los obreros de la siderurgia habían rechazado trabajar en Alemania. El ocupante había cedido. Los parados contratados temporalmente por el Estado habían reclamado primas de invierno, con éxito. Pero esta vez la cuestión ya no era material. Para los huelguistas de los días 25 y 26 de febrero de 1941 se trataba de la vida de sus conciudadanos.

Habiendo sido testigos de la violencia de los nazis y sus colaboradores hacia los judíos, los trabajadores de Ámsterdam con mayor nivel de conciencia de clase y de seguras convicciones políticas (para evitar que los ocupantes y sus aliados holandeses se pusieran al corriente) se reúnen el 24 de febrero de 1941 por la tarde, en una asamblea en la plaza de Noordermarkt. De forma muy valiente se decide la huelga y sus reivindicaciones; esencialmente, el rechazo a las deportaciones y a las persecuciones de los judíos, pero también en contra del trabajo forzado en Alemania, y a favor de la soberanía de los Países Bajos ocupados.

“Aquella huelga cambió mi vida”, dice pausadamente Harry Verhey. En 1941 tenía 23 años, y era conductor de tranvía. “Todos sabíamos que habían efectuado redadas el 22 y 23 de febrero. Los viajeros hablaban de ello en el tranvía, prudentemente. Estaban muy impresionados. Todos teníamos el sentimiento de que había que hacer algo, que no se podía dejarles así. La población judía estaba muy bien integrada, y había concejales judíos. Yo tenía amigos judíos, y habíamos crecido juntos. Al final de la jornada se reunió el grupo del Partido Comunista y allí se habló de una huelga contra las redadas. Se organizó muy rápidamente, los alemanes no llegaron a enterarse por sus soplones. Se discutió sobre la organización concreta de la huelga; era necesario comenzar por los tranvías. Si no salían, la gente comprendería rápidamente que algo estaba pasando. Entonces, hacia las 4 de la mañana, fuimos a hablar a los compañeros, en las rutas que llevaban el personal hacia las cocheras”.

“La cosa no era fácil, y había que ir despacio. Lo primero era decir que ‘había que hacer algo’. Después de tantear y preparar el terreno, se iba más allá. Se les decía que todas las fábricas harían una huelga de una jornada y que era necesario participar en ella. La dirección de los tranvías nos amenazaba, y cuando llegábamos a las cocheras, a veces había que tirarse en los raíles para impedir salir a las líneas. Tras estos principios, todo fue mejor. Los funcionarios, los portuarios, las oficinas, los institutos… Todo el mundo salía a la calle. Los ojos brillaban y se estaba menos triste porque por lo menos estábamos haciendo algo. Yo nunca tuve miedo. Estaba dominado por la cólera […] Tras estos dos días de huelga fuimos castigados. La dirección retuvo una parte de nuestros salarios. Los viajeros lo sabían, y nos daban todos un poco de dinero. Pero no se pudo organizar una segunda huelga. Los alemanes fusilaron a algunos huelguistas. En aquel tiempo, en nuestro país ya no existía la pena de muerte. Aquellas ejecuciones sembraron el miedo”.

En esta ilustrativa huelga de febrero de 1941 nos encontramos con el habitual problema de las luchas obreras, y también estudiantiles. Estos dos medios sociales siempre han representado los puntos de apoyo del combate democrático en la sociedad capitalista bajo formas liberales., autoritarias o fascistas. Pero la ausencia de armamento lleva casi siempre a un aplastamiento sangriento, cuando el poder lo decide. Por el contrario, el ejército y la policía, armados para proteger el Estado de derecho, nunca han desempeñado ese papel cuando han tenido que elegir entre democracia y fascismo (aparte de algunos casos discutibles, como en Francia en 1934). En esa tónica, la represión de la huelga de febrero de 1941 no fue una excepción. Rápidamente, soldados y milicianos de extrema derecha dispararon indiscriminadamente: nueve muertos y numerosos heridos.

“Pero la huelga de febrero tuvo su efecto. Sirvió para clarificar nuestra relación con los ocupantes. No había compromiso posible. Estaba claro el límite entre el bien y el mal. A partir de entonces comenzó la resistencia en nuestro país.

Al día siguiente de la huelga, Harry Verhey, que estaba siendo buscado, se unió al maquis. Formó parte de la Resistencia hasta la Liberación, en el seno del Partido Comunista. Más tarde, desde 1968 a 1978, fue primer adjunto al alcalde de Ámsterdam. Hoy tiene 80 años.

Los alemanes se vieron totalmente sorprendidos por la huelga. La mañana del 25 de febrero de 1940 algunos de ellos se encontraron frente a una masa compacta de huelguistas, y se dieron asustados rápidamente la vuelta. Hacia el mediodía se organiza más o menos la represión, pero no pudo impedir la continuidad de la huelga, que aumenta. Al día siguiente se extiende a las poblaciones alrededor de Ámsterdam. Pero las SS, que llegaron a toda prisa desde La Haya, lanzaron granadas y dispararon sobre la multitud. Hubo muertos y heridos graves. Se decidió limitarse a estos dos días de acción. Para el ocupante, el balance de la huelga fue catastrófico. Significó el fracaso del intento de ganarse al pueblo holandés para el nacional-socialismo. Los alemanes decidieron suspender las redadas de forma provisional, a fin de calmar los ánimos. A pesar de ello, aún en marzo de 1941 fueron fusilados 18 resistentes y huelguistas.

Hoy, una estatua desafía el viento y la lluvia en una plaza en pleno centro de Ámsterdam, en donde antes de la Segunda Guerra mundial estaba el barrio judío de la ciudad. Es una representación en bronce de un hombre fuerte y musculoso. Un portuario, que se dirige con las manos desnudas a combatir a puñetazos a un enemigo que se pensaba invencible. La estatua, del escultor holandés Mari Andriessen, representa al obrero honrado e indomable de Ámsterdam.

Desde la guerra, y cada año, aquí viene la población en una larga manifestación que conmemora los sucesos del 25 y 26 de febrero de 1941: la huelga general contra las persecuciones contra los judíos, que paralizó Ámsterdam. Fue la única gran huelga en Europa contra el antisemitismo de los nazis. Aquella “Februaristaking” está grabada en la memoria de Ámsterdam, que le debe su divisa: “heroica, decidida, generosa”.

Constituyó una formidable lección de solidaridad, que desde 1945 se ha transformado en una manifestación contra el racismo y la discriminación.

Fuente: http://www.ajaxfr.com/25_et_26_fevrier_1941.html

1 comentario:

  1. Acabo de visitar Ámsterdam y me contaron esta misma historia. Agradecimiento a los héroes anónimos que vencieron el miedo por una causa justa. Nos contagia

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