lunes, 21 de marzo de 2016

El hundimiento del Kurdistán irakí

Andre Vltchek

Se presentaba como ejemplo de un enorme éxito. Se nos decía que, en medio de un Oriente Medio devastado, rodeado de desesperación, muerte y dolor, una tierra en donde corría la leche y la miel brillaba como una antorcha de esperanza.

¿O era más bien un pastel delicioso rodeado de putrefacción? Este lugar excepcional se denominaba Kurdistán irakí, y oficialmente la “Región de Kurdistán”.

Era allí en donde el capitalismo victorioso inyectaba “masivas inversiones” en tanto que Occidente “garantizaba la seguridad y la paz”, las empresas turcas construían y financiaban innumerables proyectos, mientras que sus camiones cisterna y luego un oleoducto transferían cantidades pasmosas de petróleo hacia el Occidente. En el moderno aeropuerto internacional de Erbil, hombres de negocios europeos, soldados y expertos en seguridad se mezclaban con expertos en desarrollo de la ONU. Lufthansa, Austrian Airlines, Turkish Airlines, MEA y otro compañías aéreas importantes, se dedicaban a inaugurar vuelos hacia este nuevo centro neurálgico “chic” de Oriente Medio.

No hay que inquietarse si el gobierno de la Región de Kurdistán sigue chocando con la capital, Bagdad, respecto a las reservas de petróleo, la extensión de su autonomía y muchas otras cuestiones esenciales. No hay que preocuparse si (como a menudo se produce en las sociedades capitalistas extremas) los indicadores macroeconómicos revelan bruscamente un contraste aterrador con la creciente miseria de la población local.

En tanto que el petróleo corría, esta región autogobernada juraba su fidelidad eterna a Occidente. Después la economía comenzó a disminuir la velocidad; después llegó a detenerse por completo, y todos los indicadores sociales han caído en picado. La felicidad de los inversores occidentales y turcos, especialmente la de los manipuladores políticos, se hacia cada vez más molesta e insultante para aquellos que trabajaban duro en unir los dos extremos.

Y el día de mi partida, el 9 de febrero de 2016, en el “Kurdistán irakí” estallaron repentinamente una serie de violentas protestas a propósito de las “medidas de austeridad para evitar un hundimiento económico”.

Reuters informaba así: “Las protestas se han intensificado el martes en la Región de Kurdistán irakí. El boom económico de diez años en la región autónoma se ha detenido repentinamente en 2014, cuando Bagdad redujo drásticamente los subsidios tras la construcción por la Región kurda de su propio oleoducto hacia Turquía, y comenzó a exportar el petróleo de forma independiente. La consecuencia para el gobierno regional kurdo (GRK) fue que tuvo que emplearse a fondo para pagar los salarios de los funcionarios que se elevaban a 875.000 millones de dinares ir es, unos 721 millones de euros al mes. El KRG intentó equilibrar el déficit elevando las ventas independientes de petróleo a unos 600.000 barriles por día, pero, con los precios actuales, la región sigue con un déficit mensual de 380-400.000 millones de dinares, unos 646 millones de euros”.

Pero el conflicto con Bagdad y el déficit financiero no son las únicas cuestiones que han llevado a la actual situación, Las políticas sociales de la Región kurda eran grotescamente insuficientes desde hace mucho tiempo, y la ayuda social a la población local no fue nunca considerada como una prioridad.

Una noche me encontré con una especialista en educación de la ONU, Eszter Szucs, residente en Erbil. Tuvimos una entrevista corta e intensa: “El Kurdistán ir  no es desde luego un Estado social. La gente está descontenta con la situación. Protestan mucho, pero no consiguen nada. Los recursos naturales son privados. Los servicios sociales son en su mayoría muy caros, y aquellos que se lo pueden permitir viajan para su tratamiento médico a Turquía. La Región turca es un lugar muy complejo”.

“¿No es un paraíso en medio de un Oriente Medio carbonizado?”, pregunté, irónicamente. “Ciertamente, no” me respondió. “Hay, naturalmente, inversiones verdaderamente importantes procedentes del extranjero; principalmente de Occidente y de Turquía. Pero se orientan hacia un crecimiento macroeconómico. A la industria petrolífera. Poco llega a los bolsillos de la gente normal”.

Esto ya lo sé. He visto a la “gente normal” arrancar raíces sucias para cenar en medio de pueblos situados justo al lado de las refinerías de la KAR, la compañía petrolífera kurda.

El 9 de febrero, los manifestantes han estado en las calles de Suleimaniya, de Koya, de Hlabja y de Chemchemal. Era evidente que el “éxito” del Kurdistán ir  era un castillo de naipes. La situación ha llegado a ser insostenible, y todo ha empezado a hundirse gradualmente.

Mientras recorremos la carretera nº 2, que une Erbil con Mosul, he preguntado a mi intérprete: “¿Por que cree que no hay fondos para pagar los salarios, las pensiones, incluso los salarios de las fuerzas armadas locales, los peshmerga?”

“No hay dinero porque el precio del petróleo se ha desplomado, y debido a la guerra con el Califato Islámico”, dice el intérprete. “Antes, Bagdad cubría el 75 por ciento de los costes de los servicios sociales para nuestra gente... Ahora no envían nada”.

Planteo otra pregunta: ”Pero ¿por qué debieran ustedes recibir dinero de Bagdad si están mucho más cercanos a Washington? Ustedes continúan jurando fidelidad a Occidente, y se enfrentan al resto de Irak, amenazando con declarar la independencia. Incluso han construido ustedes un oleoducto directo a Turquía”.

“Pero Bagdad es aún nuestra capital”.

“Pero ustedes han roto sus relaciones con Irak y Medio Oriente”.

Silencio.

“¿Obtienen ustedes algún dinero, alguna ayuda sustancias de los Estados Unidos?”, le pregunto.

“No”.

“¿Está decepcionado el pueblo kurdo porque no recibe ningún apoyo de Occidente?”

“Si, muy decepcionado”, responde mi intérprete. “Nos sentimos poco seguros en nuestro propio país, especialmente en los últimos tiempos. Podría hundirse en cualquier momento. La gente de está deseando irse, ir a Estados Unidos o al Reino Unido”.

La carretera está rodeada de vertederos, y las líneas eléctricas y altas alambradas dividen la tierra. Y la tierra queda abandonada. Casi no existe agricultura. Todo es petróleo, bases militares, inactividad y apatía.

Nuestro vehículo se ve detenido en numerosos puntos de control. Mi colega se ve un poco agobiada, porque tiene un visado sirio en su pasaporte. Yo tengo otro iraní en el mío... Mientras se examinan nuestros documentos, camiones y camiones cisterna turcos nos pasan sin problemas, libremente, gozando de privilegios no explicados, pero evidentes.

Al sur de Erbil, en los pueblos cerca de Qustapha, la carretera está seriamente dañada por los camiones turcos y kurdos. En esta ruta que une Irak, Turquía e Irán, parece haber más camiones y camiones cisterna que coches o autobuses ordinarios. Todo ello tiene que ver con los negocios, el “comercio”. Las personas apenas viajan.

Hace unos días, furiosos ciudadanos bloquearon la carretera, exigiendo un cambio en las políticas sociales, y exigiendo que el gobierno actúe. Llego al pueblo de Degala. Allí, los guardias y la población local me miran con desconfianza. “¿Por qué protestaban ustedes?”, les pregunto. Intentan primero evitar las auténticas cuestiones: “Queremos que se repare la carretera”.

Vuelvo a insistir. “¿Por qué, realmente?”

Tras cierto tiempo se rompe el hielo y uno de los aldeanos comienza a hablar de sus quejas: “No hemos cobrado durante seis meses. En esta carretera lo vemos claramente: hay comercio, hay dinero, pero no obtenemos absolutamente nada. Estamos realmente enfadados. Los camiones transportan alimentos y petróleo, pero no se paran. Estamos abandonados”.

Durante el viaje a Erbil, compruebo el total abandono: los campos están sin cultivar. No hay diversificación de la economía. Le pregunto a mi conductor: “¿Era antes como ahora? ¿Producía alimentos el Kurdistán con Saddam Hussein?, ¿Había agricultura?”

“Si”, contesta, levantando los hombros. “Era... un país diferente”.

“¿Mejor?”, pregunto.

“Naturalmente, mucho mejor”.

Después, silencio.

Y ahora, hay una guerra.

Hace un año conseguí llegar a la línea del frente, a sólo 7 kilómetros de Mosul. Me enseñaron las colinas en poder del Califato Islámico, el puente destruido que cruzaba el río Khazir, y después Sharkan, Hassan Shami y otros pueblos bombardeados y arruinados por las fuerzas estadounidenses.

El comandante de batallón, coronel Shaukat, de la policía militarizada de Zeravani (una parte de las fuerzas armadas de los peshmerga) me llevó a dar una vuelta en su 4 x 4 blindado. Metralletas, humo y bravatas.

Le pregunté por el número de civiles muertos en aquellos pueblos.

“Ninguno”, me respondió. “Lo juro. Hemos proporcionado muy buenas informaciones para que las fuerzas de Estados Unidos supieran lo que había que bombardear”.

Me trataba como si fuera un novato en mi primera zona de guerra. Han muerto centenares, Era algo evidente y los parientes de las víctimas me lo confirmaron más tarde. Apenas alguna cosa quedaba en los pueblos. Más verosímilmente, la mayoría de las poblaciones han desaparecido durante el ataque. El coronel Shaukat se formó principalmente en el Reino Unido. Sabía cómo hablar.

Esta vez hablo con Omar Hamdy, el director de un hotel de cinco estrellas, el Rotana, en Erbil. “Yo soy irakí, de Mosul. Perdí a mi hermano y a mi tío en ese pueblo cuando la tomó el Califato Islámico. Desde luego que el Califato Islámico ha sido creado y sus fuerzas adiestradas por Occidente y por Turquía. Pero yo culpo igualmente al ejército irakí: 54.000 de sus efectivos han abandonado sus armas y han huido”.

“Pero”, le digo, “estaban muy probablemente acobardados, sabiendo que detrás del Califato Islámico se encontraban los países de la OTAN”.

“Si, efectivamente”, me responde.

“¿Y que diría usted de Rusia?”

“Me interesa mucho Rusia, mucho, y lo que ahora ha hecho en Medio Oriente. Rusia lucha de verdad contra el Califato Islámico. Estados Unidos llega, bombardea las poblaciones tomadas por el Califato Islámico, mata sobre todo a civiles y arroja armas ‘por error’ sobre los sectores a los que el Califato Islámico puede acceder... Tengo muchos amigos que luchan verdaderamente contra el Califato Islámico, en Mosul. Por ello estoy bien informado”.

Las familias están a los dos lados de la línea del frente, y los móviles funcionan. Es posible estar al corriente de la situación en Mosul llamando a los parientes y amigos.

Luego, Omar continúa: “Incluso aunque Mosul se liberara del Califato Islámico, habría muchas facciones y los conflictos serían perpetuos”.

“¿Nada diferente del escenario libio?”, le interrumpo.

“Exactamente. Nada diferente del escenario libio. Y además lo que me inquieta es lo que llega a los niños de Mosul, El Califato Islámico les adoctrina intensamente”.

“Esto sucede en muchos de los países que Occidente ha desestabilizado”, añadí.

El no lo sabía. Sabía solamente que esto se produce en su ciudad y en su país. A mi regreso al hotel, un británico hablaba de política con un recepcionista. Hablar de asuntos militares, a propósito del entrenamiento de los militares locales, y luego de producción petrolífera, está de moda o al menos es aceptable como interacción social entre la gente “distinguida” y los extranjeros varones.

Hay expertos de seguridad privada, militares, instructores, agentes de inteligencia y consejeros. Es una mezcla pasmosa de bravuconada militar, claramente condimentada con dogmas turbo capitalistas.

He estudiado las fuentes locales, y, cuanto más lo hago, más se hace evidente que las cosas van de mal en peor.

El director de estadísticas de Suleimaniya, Mahmud Osman, declaró recientemente a BasNews: “En comparación con 2014, los gastos de cada familia en 2015 han disminuido en un 30 por ciento. Esto incluye la compra de bienes básicos, para la casa, los transportes...la tasa de paro en la región [de Kurdistán] era del 7 por ciento en 2013, y ahora alcanza el 25 por ciento”.

También crece dramáticamente la pobreza. La región tiene formas muy laxas de calcularla: si una familia gasta menos de 105.000 dinares (78 euros) al mes, la familia se considera pobre. Esto corresponde a 20 euros por persona y mes, menos de 0,90 euros al día. Es necesario tener en cuenta que las familias kurdas tienen de media más de cuatro miembros.

Pregunto a mi conductor cuánto necesita una familia de cinco personas para sobrevivir dentro y fuera de Erbil.

“Como mínimo, 900 euros al mes en la ciudad, y 540 euros en el campo”.

“¿Cuántas familias ganan eso?”

“Ni la mitad... Mucho menos que la mitad”, dice.

Estoy desconcertado. Quiero saber, oír de la gente de la “Región” si su nivel de vida realmente se ha hundido.

En el pueblo de Kawergosk, un hombre de edad, Muhamad Ahmad Hasen, responde franca y fríamente sobre el tema. “Ellos [el gobierno, el sistema] no nos ayudan en nada. Ahora no tenemos nada absolutamente. ¿Ves tú allí aquella enorme refinería de petróleo? Son los únicos, y estamos abandonados. No hay nuevos empleos y subsistimos día a día”.

En otro pueblo hablo con una de las muchas familias que han conseguido escapar del territorio ocupado por el Califato Islámico. Vienen de la ciudad de Hammam al-Alil, cerca de Mosul. Están todos de acuerdo en que las cosas estaban mejor antes de la invasión estadounidense: “Cuando Saddam Hussein estaba en el poder, Irak era un país orgulloso y decente. La seguridad era buena. Ahora no sabemos ni quienes son nuestros enemigos, y quien está tras de ellos”.

En la puerta de al lado, una mujer me confía su difícil situación. Según la conservadora cultura de Mosul, no le está permitido hablarnos, pero tiene muchos hijos, todos al borde del hambre. Está desesperada y nos dice que “nuestros hombres están en los peshmergas. Combaten al Califato Islámico. Tengo siete hijos. Mi vecina tiene siete hijos. Ahora nadie trabaja. No existe ninguna ayuda. Ni los peshmergas cobran. ¡Todo es dificilísimo, y no se como vamos a sobrevivir!”
Los camiones y las cisternas turcas van y vienen por las carreteras, noche y día.

Hace poco tiempo, durante nuestra reunión en Estambul, el profesor E. Ahmet Tonak recapituló la situación entre Turquía y el Kurdistán irakí: “Turquía apoya mucho al régimen de Erbil: si no para grandes asuntos, si al menos por motivos económicos. Al que va allí, (al norte de Irak), a lo que nosotros llamamos el Kurdistán del Sur, notará que las sociedades turcas dominan casi totalmente esta región kurda...Hay petróleo, evidentemente, pero igualmente hay otro factor político: el régimen kurdo ir  es la única fuerza kurda en toda la zona que mantiene amistad con Ankara”.

Pero los aliados de la Región de Kurdistán no parecen demasiado interesados por la difícil situación de la población local. Mientras que el sistema social se hunde, Erbil se transforma en uno de los lugares más divididos de la tierra: con carreteras de doce carriles, las comunidades fragmentadas, ningún transporte público, casi ni un establecimiento cultural, pero si una abundancia de centros comerciales para los ricos, y hoteles de lujo para los extranjeros.

En un sector en el que la mayoría de personas viven con menos de 1 dólar al día, una habitación de hotel adecuada cuesta más de 315 euros, y el alquiler de un coche para un día de hotel es de alrededor de 360 euros. Una gran incertidumbre se siente en la Región de Kurdistán. Y esa incertidumbre engendra la cólera. Y la cólera puede llevar a la violencia contra el corrupto régimen pro-occidental.

¿Y cuál es la “solución” de Erbil?

Así informaba Reuters el 11 de febrero de 2016: “Massud Barzani, presidente de facto de la región de Kurdistán en Irak, admitió a principios de febrero que ‘ha llegado la hora de que los kurdos del país celebran un referéndum sobre la independencia’”.

Bagdad observa y advierte: “No lo hagan. No pueden vivir sin nosotros”.

Pero el régimen de la Región de Kurdistán parece muy testarudo. Como en todas las colonias de Occidente, siempre son los negocios: “El beneficio está por encima de la población”.

Vista de la ciudad kurda de Erbil

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