jueves, 25 de febrero de 2016

Un tesoro religioso bajo las zarpas del bolchevismo

Jossef Schneersohn fue un rabino ruso que creó una variedad del judaísmo. Acumuló una biblioteca fastuosa que, tras la revolución de 1917, fue expropiada y cuidada por el gobierno soviético, que la puso a disposición del público lector e investigador.

No obstante, los seguidores del rabino huyeron a Estados Unidos y, como todos los demás burgueses, siempre consideraron que la biblioteca no era algo público sino privado. Diríamos más: para los creyentes esos libros son tan sagrados que no pueden quedar en manos de “cualquiera”, y menos de un gobierno ateo que, si no los destruía, nunca sería capaz de hacer un buen uso de ellos.

Tras el colapso de la URSS en 1990 los judíos litigaron en un juzgado de Nueva York para apoderarse del fondo bibliográfico y documental. Como estaba previsto, el juez les dio la razón y sólo quedaba ir a Rusia para traerse los libros en un contenedor... si podían.

La respuesta del gobierno ruso al juez de Nueva York le informaba de lo más elemental: que la Biblioteca Schneersohn es una parte inalienable de la herencia cultural rusa que se había salvado gracias a la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial.

A partir de esa declaración, el enredo histórico y cultural se puede llenar de reflexiones, a cada cual más interesante, no sólo sobre la Biblioteca, sino sobre toda la historia de Rusia, pasando por los tiempos soviéticos.

No deja de ser curioso que un gobierno nacionalista, como el ruso, califique a un archivo judío como parte integrante de su cultura. España es un ejemplo de que no todos los países lo han declarado así porque los judíos siempre han sido considerados como un “cuerpo extraño” en cualquier sitio.

Una declaración de ese alcance era más lógica en la época soviética, cuando las decisiones se tomaban por otro tipo de motivos, que no eran predominantemente de tipo nacional. Sin embargo, Putin le buscó tres pies al gato. Trató de dar una explicación singular a algo que era más lógico en la extinta URSS que en la Rusia actual.

El hecho es que desde el primer minuto el gobierno soviético asumió la plena responsabilidad sobre la Biblioteca como sobre cualquier otro legado cultural, cualquiera que fuera su naturaleza, y Putin se vio en la necesidad de explicar eso de una manera rocambolesca, de tal manera que cuadrara con sus propias necesidades argumentativas.

Los gobiernos soviéticos de Lenin no sólo eran ateos, dijo Putin, sino que, además, reprimieron todas las religiones, tanto el cristianismo, como el islamismo, como el judaísmo a causa de lo que calificó como “anteojeras” y “falsas convicciones ideológicas” por parte de los bolcheviques.

Como es corriente en la mayor parte de las personas, en lugar de atenerse a los hechos, a la historia, Putin se enredó en una nebulosa, viendo una “ideología” en aquel primer gobierno soviético que, un siglo después, sólo estaba en su propia cabeza.

Si los bolcheviques reprimieron las religiones, con la Biblioteca Schneersohn tuvieron una oportunidad de prenderle fuego, cerrarla, silenciarla o meter los libros en un desván para que nadie los leyera nunca. ¿No es esa acaso la mejor manera de promover el ateísmo?

Es el cuento infantil que los cretinos repiten sobre la URSS una y otra vez: como era un gobierno materialista, censuraron los libros idealistas; como no les gustaba el arte abstracto, lo prohibieron; como el marxismo se opone a la genética, encarcelaron a los científicos... La cabeza de los cretinos no da para más.

¿Por qué los bolcheviques no acabaron con la Bibioteca Schneersohn? La explicación de Putin es fantástica: porque entre un 80 y un 85 por ciento de los miembros del primer gobierno bolchevique eran judíos.

Lo de “ser” judío es como la maldición del pecado original, una mancha que no se limpia nunca. Nadie deja de “ser” judío, ni siquiera aunque sea ateo. Spinoza nunca dejará de “ser” judío y Marx tampoco. Del mismo modo, el gobierno de Lenin no era en realidad tan ateo como parecía, sino judío, al menos en buena parte. Así los cretinos pueden manejarse a su gusto. Cuando les interesa pueden decir que los bolcheviques eran ateos; en caso contrario, siempre se puede decir que eran judíos.

En la explicación de Putin la impostura refuerza la falsedad de la tesis de partida que, sin embargo, es necesaria para nutrir a los cretinos en su universo de censuras, prohibiciones y persecuciones, siempre motivadas por el mismo punto de partida: por razones ideológicas, porque los bolcheviques no aceptaban la religión ni ninguna otra clase de ideas que no fueran las suyas.

Las explicaciones ideológicas de la historia son siempre así. Hablan de las ideas de unos y otros, de lo que pensaban o dejaban de pensar, de lo que creían o no creían, de lo que suponían, de lo que soñaban, de lo que se imaginaban...

Los idealistas no quieren que nadie les saque de su universo de ideas y de explicaciones ideológicas, creencias y convicciones de todo tipo. Para ellos la realidad es siempre lo menos importante.

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