lunes, 1 de febrero de 2016

El pueblo, ¡qué gran invento!

Bianchi

Recuerdo que cuando ocurrió el descarrilamiento del tren cerca de Compostela hace un par de años, o por ahí, los medios de comunicación (?) convencionales y ordenancistas, generalistas que se dice, o de propaganda, que también se dice, convinieron en destacar el comportamiento solidario y la reacción espontánea del pueblo prestando ayuda y socorro inmediato a los malhadados siniestrados del tren Alvia Madrid-Ferrol (porque se dice "Ferrol" y no "El Ferrol" que viene de la época del Generalísimo y encorajina asaz a los ferrolanos). Se le lisonjea al pueblo, qué bien, espléndido. Ahora es "pueblo" y no "público". Es tal el énfasis y desgañitamiento que destilan en sobar, masajear y enjabonar al "pueblo" -esas buenas gentes sencillas que te prestan el botijo o la llave inglesa- que tal pareciera que lo acaban de descubrir.

Como si no terminaran de creerse que el "pueblo" es capaz de prestar sin interés ayuda a quien lo necesita y sin que se lo pidan. Acostumbrados como están a engañar, alienar, manipular al "pueblo", al personal, a la gente como dirían los "podemitas", fingen sorprenderse de este antidarwinismo social y ayuda mutua a lo Kropotkin ajena a la lucha por la vida spenceriana -y no darwinista- en la jungla de asfalto que es la antropología capitalista a la que contribuyen a mantener y reproducir vendiéndose peor que las rameras.

Vuelven a mentir. Jamás han creído en el "pueblo" (o lo dibujan lleno de tics costumbristas como en "Crónicas de un pueblo", una serie de televisión española de los años setenta) ni en la "ciudadanía" salvo cada cuatro años para que les legitimen en las urnas y dar carta blanca a nuevos latrocinios y corruptelas. Siempre que dicen, simulando adularlo, como quien mastica agua, algo imposible, que "el pueblo no es tonto" es que piensan justo lo contrario, pues, si no lo fuera, sobra el comentario. La burguesía, que ya no tiene más aspiración que mantenerse en el machito y conservar sus propiedades amén de colocar a sus hijos, no tiene, empero, más objetivo que la contrarrevolución permanente: impedir que la desalojen, que la derroten. Y para ello aliena, embrutece y cloroforma al colectivo. Y, si hace falta, a sí misma. Y atomiza al individuo haciéndole creer que es "alguien" -un "ciudadano"-, sumiéndolo, también y de paso, en "su" problema, es "tu" problema, el individuo deslocalizado, desahuciado en lo psíquico (aparte la vivienda). Él se lo buscó. Sálvese el sistema y perezca el individuo: todos calvinistas, pietistas.

Es como subir en un autobús -la metáfora no es mía, lo leí por ahí-. Hay dos momentos: primero, cuando todo el mundo puede sentarse sin compañía y así lo hacen, y, después, cuando no hay más remedio que sentarse con otra persona (que, por supuesto, no tenga pintas "raras"). Si te sientas al lado de alguien pudiendo hacerlo solo, eres sospechoso de no se sabe bien qué. Quizá, potencialmente, de dar la vara y la brasa. Esto, hoy, se evita con los auriculares, ¿vieron?

Estas cosas -dar conversación, que se decía antes, en tiempos complejos, como todos, pero más descomplicados- no pasaban ayer, en tiempos más sociables, o que se le figuran, ¿no es cierto? Si alguien hablaba alto -no tenía que medir dos metros para hacerlo, es broma-, casi todos pegan la hebra. Se impone lo social, lo aristotélico, pero nos quieren burbujas inyectables con la aguja hipodérmica del discurso dominante que es el de la ideología dominante y predominante. Pero, aprovechando una tragedia -la del tren siniestrado-, cuyas causas son estructurales pero lo fácil es culpar al maquinista, como se hizo después, a una persona, han decidido pasar la mano por el lomo del "pueblo". Y estos idiotas, que toman sus miserias espirituales por condición universal, les preguntan por qué hacen lo que hacen -como quien pregunta a un extraterrestre-  y les responden que cualquiera en su lugar también lo hubiera hecho. Menos ellos, pero tocaba agasajar a quien paga y no manda.

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