miércoles, 20 de enero de 2016

La niebla de la inteligencia

En octubre Tom Engelhardt escribió en The Nation un magnífico artículo, “The fog of intelligence”, en el que analizaba (1) los fallos de los 17 servicios de información diferentes que hay en Estados Unidos, sin duda los más poderosos del mundo.

Los políticos y los militares no dejan de manifestar su “sorpresa” por determinados acontecimientos, como la caída de Kunduz en manos de los talibanes, de los que parecían no tener ni la más remota idea.

Ello es debido a que todo el inmenso cúmulo de información que reciben los dirigentes en Washington no es más que una espesa niebla. No sólo no les ilumina sino que les nubla la visión de los acontecimientos. De ahí el título del artículo. Es algo que se sabe desde los tiempos de Clausewitz, que extendió el uso de la palabra “niebla” en la teoría militar:

“Una gran parte de la información que se obtiene en la guerra resulta contradictoria, otra parte más grande es falsa, y la parte mayor es, con mucho, un tanto dudosa”, escribió (2).

En Estados Unidos las instituciones dedicadas al espionaje consumen 70.000 millones de dólares anuales. Pero además de instituciones públicas, hay numerosas agencias privadas de información, de las que medio millón trabajan como contratistas del sistema público.

El número de personas con acceso a las informaciones “top secret” asciende a 1,4 millones y hay, además, otras 5,1 millones de personas con autorización para acceder a informaciones confidenciales y secretas.

A pesar del derroche de medios, los espías al servicio de Estados Unidos son fabricantes de niebla. Recopilan tanta información que es imposible de manejar, porque la información no sólo es algo cuantitativo, de más o menos, sino cualitativo. La información no sólo se tiene o se carece sino que, además, hay que saber analizarla.

Una parte muy importante de los espías no se dedican a obtener información sino a analizar la que ya está sobre la mesa. El New York Times dice que el Centcom, el mando militar estadounidense en Oriente Medio, tenía 1.500 analistas a su disposición para cubrir la región del mundo comprendida entre Pakistán y Egipto.

Esos 1.500 analistas deben estudiar miles de informaciones procedentes de fuentes humanas, satelitales, periodísticas, digitales, radiofónicas, drones...

El ejército de Estados Unidos tiene mucha inteligencia pero carece de intelecto y, como ejemplo, Engelhardt pone la caída de Kunduz en manos de los talibanes en setiembre del año pasado.

Los talibanes estuvieron durante meses preparando el ataque, apoderándose de las aldeas próximas a Kunduz y probando las defensas de la ciudad sin que ninguno de los servicios de inteligencia de Estados Unidos se enteraran de nada.

Es más, Engelhardt relata una serie de declaraciones públicas de altos oficiales del ejército asegurando que Kunduz no corría ningún peligro.

Los 7.000 soldados afganos, entrenados y armados por Estados Unidos, no fueron capaces de defender la ciudad frente al asalto de unos pocos cientos de talibanes.

El año anterior ocurrió lo mismo en Mosul, en la zona kurda del norte de Irak, que cayó en manos del Califato Islámico ante la sorpresa de los militares estadounidenses, que no se esperaban nada parecido.

Un tercer ejemplo que pone Engelhardt de la ineptitud de los servicios de inteligencia de Estados Unidos es el programa de entrenamiento militar de la oposición “moderada” de Siria, que costó 500 millones de dólares, y con el que formaron la División 30.

Nada más llegar al frente, el Frente Al-Nosra capturó a sus dos dirigentes y el posterior ataque hizo que toda la unidad huyera despavorida al sonar los primeros disparos. De todos los soldados “moderados” entrenados por Estaados Unidos, sobre el terreno sólo quedaron cuatro o cinco, reconoció un general estadounidense.

La explicación que dieron a la prensa fue el mismo de siempre: el ataque del Frente Al-Nosra les había pillado desprevenidos, lo cual era un grave fallo del servicio de inteligencia militar porque los soldados “moderados” creían que el Frente Al-Nosra se acercaba a la unidad como “aliados” y no como enemigos.

En este caso no fue sólo un fallo de información sino de formación: a los soldados “moderados” sus entrenadores del Pentágono no les aclararon quiénes son en Siria los amigos y quiénes los enemigos.

En otras palabras: esos soldados creían que el enemigo a combatir era el gobierno de Damasco y no el Frente Al-Nosra.

Los que sí estaban bien informados eran los del Frente Al-Nosra, que fueron advertidos por el espionaje turco, mucho más eficaz, de que Estados Unidos había desplegado en su zona a la División 30.

Pero los espías del Pentágono tampoco sabían que los otros sí lo sabían y que se lo habían chivado a los yihadistas.

Engelhardt relata varias sorpresas parecidas que dejan en muy mal lugar a la todopoderosa inteligencia estadounidense, que son los últimos en enterarse de lo que ocurre en el mundo.

(1) http://www.thenation.com/article/fog-of-intelligence-how-the-most-expensive-national-security-operation-in-the-world-was-caught-off-guard-in-kunduz/
(2) Clausewitz, De la guerra. Táctica y estrategia, Barcelona, 2006, pg.92.

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