lunes, 11 de enero de 2016

Armas financieras de destrucción masiva

En Estados Unidos hay cinco bancos de tamaño tan gigantesco a los que se les califica como “demasiado grandes para quebrar”, lo cual significa que si padecieran algún tipo de apuro, el Estado debería acudir en su rescate.

A ese tipo de bancos, el respaldo del Estado les lleva a actuar con una alegría que no tienen los bancos pequeños, al menos en Estados Unidos, donde se les dejaría quebrar, a diferencia de otros países, como España, que hasta ahora han rescatado a todos los bancos en dificultades.

El problema es que los bancos grandes son tan grandes y tienen tantos activos basura que nadie en su sano juicio cree que se les pueda rescatar. Los grandes bancos parecen grandes porque se apoyan sobre una pirámide de naipes. Por ejemplo, sólo en derivados bursátiles los bancos de Estados Unidos tienen 247 billones de dólares. Para hacerse una idea, es 13 veces superior a toda la deuda pública en Estados Unidos, que es de 19 billones de dólares.

Hay cinco grandes bancos que tienen más de 30 billones en derivados, es decir, en activos especulativos.

En todo el mundo el valor de los derivados está por encima de los 550 billones: una bomba de relojería. En una carta a los accionistas de Berkshire Hathaway, en 2003 Warren Buffett los calificó como “armas financieras de destrucción masiva”. Se sabe que estallarán, pero no se sabe cuándo. Su desplome no sólo es absolutamente seguro sino que está muy cercano.

Pero lo peor no es eso. Lo peor es que no hay rescate posible. No hay ningún Estado en el mundo que pueda pagar ni siquiera una parte mínima de esas cantidades tan gigantescas.

Los portavoces del capital financiero internacional dicen que han repartido el riesgo. Saben que la bomba va a estallar pero esperan salir del apuro porque va a salpicar a otros muchos capitales. Es la única manera que se les ha ocurrido de salvar al sistema. “Mal de muchos consuelo de tontos”. En lugar de matar a unos pocos grandes, la bomba va a dejar malheridos a muchos pequeños. Lo de siempre.

Queda la duda de quién va a pagar la factura. La ley Dodd-Frank aprobada por el Congreso de Estados Unidos advierte: “No vamos a pagar” y vende la moto de una manera alambicada, al más puro estilo americano, diciendo que dicha ley, aprobada por Obama en 2010, es una ley de “protección al consumidor”, pero ¡ojo! cuando hablan de “consumidores” se refieren a los “consumidores de productos financieros y bursátiles”, o sea, a los especuladores.

En pocas palabras, lo que la ley advierte es que los contribuyentes no van a pagar de su bolsillo lo que califican como “malas prácticas bancarias”.

¿Malas prácticas bancarias?, ¿acaso hay otras que son diferentes a las anteriores, o sea, buenas?, ¿por qué no las conocemos?

Pero no le quepan dudas: a alguien le van a robar la cartera. Para averiguarlo hay que leerse la letra pequeña de la ley Dodd-Frank, con lo que llegamos a una conclusión que ya sospechábamos: primero van a pagar los que tienen sus ahorros guardados en los bancos y luego los pequeños accionistas, del tipo de los que fueron sorprendidos por el “corralito” en Argentina o los preferentistas de Bankia, ingenuos que creen que viven en el mejor de los mundos posibles y no imaginan ningún otro.

No será porque no se lo han advertido hasta la saciedad los propios truhanes, que tienen las espaldas bien guardadas. Si hubieran leído leyes, como la referida Dodd-Frank, sabrían que ellos van a pagar los platos rotos, mientras que las reclamaciones sobre derivados bursátiles tendrán prioridad de cobro sobre cualquier otra deuda. Si hubiera algo que cobrar, los tiburones cobrarían seguro y los demás a hacer cola, a sacar la pancarta a la calle y a unirse a la protesta.

Bienvenidos a la puta calle.

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