domingo, 1 de noviembre de 2015

‘La línea política lo decide todo’

Lyle J. Goldstein es un experto de la Marina de Guerra y profesor de la Escuela de Guerra Naval de Newport, especializado en China, pero destaca por la lucidez de sus escritos, que no abunda en los estudios estratégicos de los países occidentales.

Recientemente ha publicado una crítica (*) de las concepciones estratégicas que prevalecen, sobre todo en Estados Unidos, acerca de las estrechas relaciones tejidas entre Rusia y China que son, sin duda, el elemento que prevalece de la diplomacia actual.

La impresión es que la estrategia del imperialismo estadounidense se quedó donde la dejó Kissinger en 1970, cuando viajó con Nixon a visitar a Mao Zedong, y se caracteriza por situar a la URSS (o Rusia) como principal enemigo y a su alianza con China como un componente puramente temporal. Al final ellos creen que se impondrán las divergencias entre ambos países.

Es obvio constatar que los estrategas del imperialismo no tienen en cuenta factores políticos e ideológicos, es decir, que para ellos los vínculos entre Estados están por encima de ese tipo de consideraciones, por lo que la naturaleza socialista o capitalista de la URSS (Rusia) o China es irrelevante.

El artículo de Goldstein toma buena nota de los progresos navales de China y su creciente presencia en regiones estratégicas tan insospechadas para un país asiático como el Mar Negro o Yemen. Los océanos son la asignatura pendiente del ejército chino y a ellos destinan buena parte de sus preocupaciones.

No obstante, lo que hace de China un “coloso” es su alianza continental con Rusia, en la que están involucrados los países de las Ruta de la Seda, es decir, Asia central, de donde Estados Unidos ha ido saliendo progresivamente para trasladar el peso de sus energías al Extremo Oriente, el “pivot to Asia” de Obama.

El vacío dejado por Estados Unidos en Asia central está haciendo que cada uno de los países experimente el mismo impulso característico, que es el de sumarse a la alianza continental entre Rusia y China.

El ejemplo más importante es Irán, uno de los países característicos del “Eje del Mal” desde hace 35 años, con el que Estados Unidos ha tenido finalmente que capitular. Pero Irán siempre estuvo del lado del “Mal” y, por lo tanto, cercano a Rusia y China.

Por eso es mucho más característico el caso de Pakistán, que hasta el día de hoy era una marioneta de Estados Unidos y, sin embargo, ha iniciado el proceso de incorporación a la Organización de Cooperación de Shanghai con Rusia y China, y lo que es más importante aún: con India.

Este viraje demuestra hasta qué punto el imperialismo estimula esos rencores históricos entre países vecinos que, cuando se abandonan a sus propias fuerzas, encuentran intereses comunes y, por lo tanto, colaboración mutua.

A diferencia de las corrientes estratégicas que prevalecen entre los imperialistas, Goldstein considera que la colaboración chino-rusa tiene un carácter estratégico, por lo que es perdurable y temible para Estados Unidos, algo que cualquier observador ha sido capaz de admitir.

Pero para demostrar su tesis Goldstein va más allá y se apoya en otro artículo de la revista china de ciencia militar que menciona un acontecimiento histórico al que no se le ha prestado la atención que merece: el apoyo de la URSS a China durante la guerra contra la ocupación japonesa, es decir, entre 1934 y 1945.

La celebración este año del 70 aniversario de la victoria antifascista en la Segunda Guerra Mundial ha puesto otra vez de manifiesto el peso de las tradiciones sobre los Estados a lo largo de generaciones.

A pesar de que ni Rusia ni China son ya países socialistas, siguen analizando la historia y, más en concreto, algo tan relevante para ellos (y para todos) como la Segunda Guerra Mundial, de la misma manera, un punto de vista que los países capitalistas no admiten. Sobra decir que el punto de vista soviético (y ruso) y chino era correcto entonces y sigue siéndolo ahora.

Hoy en Rusia y China la Segunda Guerra Mundial se sigue estudiando, incluso en las academias militares, como una guerra contra el fascismo y un ejemplo de colaboración de dos países de naturaleza política diferente (URSS socialista, China capitalista) para lograr un objetivo común: la derrota del fascismo y, en el caso, de Asia, la del militarismo japonés.

Los militares chinos se remontan a la invasión japonesa de China y a su salvaje ataque contra Nanjín, la capital nacionalista, en diciembre de 1937, poco antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial en Europa.

Además, recuerdan la ayuda que los soviéticos prestaron entonces a los nacionalistas chinos, como también la prestaron a los republicanos españoles en aquel mismo momento. La califican como “impresionante” ya que comprendía el envío de 1.000 aviones y sus correspondientes pilotos, que acudieron en auxilio de China de manera voluntaria. Sobra recordar que muchos de ellos cayeron en el combate.

“De bien nacidos es ser agradecidos”, dice el refrán y, por su parte, Goldstein reafirma la generosidad soviética: “El Ejército Rojo podría haber utilizado esas mismas aeronaves como una fuerza de reserva vital”, escribe. Pero no lo hizo.

Hay más todavía: la ayuda prestada por la URSS a los nacionalistas chinos en su guerra contra Japón, dice Goldstein, fue superior a la que prestaron a los comunistas en esa misma guerra en un momento -hay que recordarlo- en el que la Internacional Comunista seguía en pie.

No es de extrañar que tanto los estrategas chinos como Goldstein recuerden ahora el apoyo de la URSS a la China nacionalista porque está preñado de lecciones militares, por supuesto, pero también políticas. Vale para explicar acontecimientos históricos, como la ayuda paralela de la URSS a la Segunda República española a los cretinos que se niegan a reconocerla, pero también acontecimientos de actualidad, como la ayuda rusa a Siria.

En 1945 lo mismo que en 2015, una estrategia correcta (política y militar) es invencible porque acaba conquistando apoyos y aliados en todo el mundo. Por su naturaleza de clase la burguesía no puede entender que quien presta apoyo recibe lo mismo: apoyo. El internacionalismo no le cabe en la cabeza. Con el apoyo no se trafica, ni se vende, ni se compra. Eso es algo que Rusia y China han aprendido de su pasado y de otra clase social: el proletariado.

En una revolución lo mismo que en una guerra, lo único que permite acumular fuerzas, eso que ahora llaman las “mareas”, es una estrategia adecuada. Como decía Mao, “la línea política lo decide todo“. Es algo que sólo el proletariado conoce.

(*) http://nationalinterest.org/feature/russia-china-beware-the-budding-eurasian-colossus-14163


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