miércoles, 11 de noviembre de 2015

España fue el refugio de los criminales de guerra nazis

Otto Skorzeny
La ficha de Franz Liesau Zacharias, un alemán que residía en el número 52 de la madrileña calle de Alcalá, es espeluznante. Fue escrita en 1945 y retrata en pocas líneas las atrocidades del nazismo. “Este hombre se hace llamar doctor. En realidad fue agente del servicio de contraespionaje [la Abwehr, de dependencia militar] involucrado en la compra de animales del Marruecos español y de la Guinea española para fines experimentales en Alemania, entre ellos la propagación de horribles enfermedades, como la peste, en los campos de concentración”. Liesau murió de viejo en Madrid, a finales de 1992. Tenía 84 años y estaba acompañado de su esposa, una alemana 24 años más joven. Nadie, salvo su familia y amigos, se interesó por su muerte. Era uno de los numerosos agentes de la Abwehr, las SS o la Gestapo (policías políticas de Hitler) que residían en España y cuya repatriación y entrega a Alemania fue solicitada a Franco por los Aliados al terminar la II Guerra Mundial. Su nombre y el de otros 103 alemanes aparecen en un documento fechado en 1945 que lo reproduce en su integridad en el Archivo General del Ministerio de Asuntos Exteriores. Es una de las célebres listas negras. Tiene 11 folios, está escrita a máquina y en inglés. Su título, Lista de repatriación. Fue redactada por los servicios de espionaje de los Aliados (principalmente Francia, Reino Unido y Estados Unidos) y remitida al dictador para exigirle la expulsión de todos ellos y su entrega a la nueva Alemania. ¿Qué ocurrió con estos presuntos colaboradores del nazismo? ¿Fueron entregados finalmente? ¿Queda alguno de ellos con vida? El destino del agente de la Abwehr Franz Liesau fue similar al del resto de sus compañeros. La gran mayoría consiguió el amparo del régimen franquista, y los más influyentes hasta lograron la nacionalidad española. Casi todos ellos han muerto. Muchos, en territorio español. Este periódico sólo ha podido localizar con vida a Hans Jurestschke, un profesor emérito de literatura alemana que impartió clases hasta 1979 en la Universidad Complutense de Madrid. Tiene más de ochenta años.

La viuda de Liesau descuelga el teléfono con naturalidad. Vive en Pozuelo (60.000 habitantes), una localidad próxima a Madrid, y no pone objeciones a las preguntas del periodista. Unas preguntas delicadas sobre algo que ocurrió hace 52 años. La lectura de la ficha negra de su esposo no parece sorprenderle demasiado. Y dice con acento aparentemente alemán: “Es cierto que trabajó para la Abwehr en España. Pero lo hizo porque le obligaron. De esa forma salvó su vida, porque querían enviarle a combatir a Rusia. Mi marido era doctor en Ciencias Naturales. Me contó que le pidieron que consiguiera monos. No sé si los obtuvo. Tampoco me dijo para qué clase de experimentos eran esos animales. Yo vine a España en el año 1955, hasta ese año no le conocí”.

La esposa del agente alemán, colaborador del almirante Canaris, fundador de la Abwehr, asegura que su marido no era nazi. “Vino muy joven a España, consiguió un trabajo en Tabacalera y pasó la guerra civil en Sevilla. Después se trasladó a Madrid, y al estallar la guerra sus compatriotas en España lo denunciaron para que se incorporara al Ejercito alemán. Al final, como hablaba castellano y era biólogo, le ordenaron que regresara a España y les consiguiera monos de África para experimentos”. Franz Liesau consiguió finalmente la nacionalidad española y se dedicó a negocios de maquinaria.

Quien sí se ha llevado una formidable sorpresa con la llamada de este periódico ha sido Federico Lipperheide, consejero del Banco Bilbao Vizcaya e hijo de Friedrich Lipperheide Henke, el conocido empresario vasco de origen alemán fallecido en 1993, a los 95 años. Su padre es el número 58 de los 104 presuntos agentes de Hitler en España. Los Aliados sólo le dedican en su ficha cuatro líneas. Pero son muy comprometedoras: “Miembro de las SS y de la Organización de Espionaje de la Marina en Bilbao. Utiliza una tapadera comercial. Domicilio: calle de San Agustín (Bilbao)”.

Su hijo, que entonces tenía 17 años, lo niega con rotundidad: “Eso es falso. Mi padre les tenía hasta odio. Es cierto que tuvo amigos del Ejército alemán y recuerdo haberlos visto alguna vez en mi casa. Pero nada más. Incluso le acusaron de alta traición en 1942 [en plena guerra] y tuvo que ir a Alemania porque Hisma (una organización industrial germana) le acusó de vender mineral para los Aliados. Al final se aclaró y se levantó la acusación contra él”.

Los dos hermanos Lipperheide, Friedrich y José, tuvieron graves problemas con los Aliados nada más concluir la II Guerra Mundial. José -que muchos años más tarde, en 1982, sería secuestrado por ETA y después liberado tras pagar rescate- consiguió rápidamente la nacionalidad española gracias al parentesco de su esposa con Esteban Bilbao, entonces presidente de las Cortes franquistas. Friedrich no tuvo tanta suerte y permaneció huido durante algún tiempo. “A mi padre le prestaron ayuda de tipo político en España. Estaba en las listas negras de los Aliados y pedían su repatriación a Alemania. Pero nunca le encontraban. Le informaban de cuándo iba a aparecer la policía para que se escondiera”, relata su hijo. El consejero del BBV, banco tradicionalmente ligado a las empresas de su padre, asegura que éste “sufrió muchísimo anímicamente” durante aquellos años posteriores a la guerra. “Los fondos que los alemanes podían manejar en España se limitaron a 10.000 pesetas mensuales, y hubo denuncias contra mi padre porque decían que gastaba más”.

Cuando se le informa de que las acusaciones de muchas otras fichas de la lista han sido reconocidas como ciertas por las familias de los implicados, Federico Lipperheide señala: “Si hubiera tenido algo que ver con las SS, no me le habría dicho... Habría que preguntar a personas de su edad que le conocieron. Seguro que dicen que era falso”. Los Lipperheide nacieron en Neheim (Alemania) y llegaron a España con 17 años, en el momento en que Vizcaya vivía su apogeo en los sectores minero e industrial. Crearon la empresa Lipperheide y Guzmán, SA, luego denominada Minerales Electrolíticos, SA; y luego, Industrias Reunidas Minero-Metalúrgicas. Frederich se orientó más tarde hacia el sector químico y del plástico.

La desconfianza y recelo de los Aliados hacia esta familia de emprendedores quedó patente en las reuniones celebradas a partir de 1945 para el bloqueo de los bienes alemanes en España. Emilio de Navasqüés y Ruiz de Velasco, subsecretario de Economía Exterior, señala, en un documento sobre adjudicación de bienes alemanes en España, fechado el 3 de enero de 1948: “Para las químicas se ha constituido un pool [grupo] económico en el que entra el 75% de la industria química española. Los Aliados no quieren que Unquinesa participe en este pool, dada la personalidad del señor Lipperheide”.

El número 7 de la lista negra lo ocupó todo un general, un general de las SS llamado Johannes E. F. Bernhardt, que presidía Sofindus, un grupo estatal de 16 empresas alemanas en España creado con fondos de Hisma (grupo empresarial alemán) “recaudados” en la Península durante la guerra civil. Lo componían empresas químicas, navieras (Ibérica, Bachi, Comercial Marítima de Transportes), mineras (Mauritania, Sierra de Gredos), agrícolas (Agro), eléctricas (Siemens, AEG, Osram), bancos (Trasatlántico y Germánico) y seguros (Plus Ultra): un grupo muy poderoso que servía a los intereses de Hitler y tenía un capital social de 85 millones de pesetas de la época. La ficha de Bernhardt dice así: “Responsable de los envíos clandestinos de provisiones para las fuerzas alemanas cercadas en la costa occidental de Francia durante y después de la liberación de ese país”. El general de las SS mantuvo después de la guerra numerosas reuniones con Navasqüés para entregar al Gobierno de Franco y a los aliados el enorme grupo empresarial que Hitler había creado en España. Este periódico no ha podido localizar a ninguno de sus familiares.

Los Lipperheide no fueron los únicos alemanes domiciliados en el País Vasco que atrajeron la atención de los Aliados. Otros 14 presuntos agentes aparecen en la lista negra de futuros repatriados como residentes en esa zona. Llegaron a España antes de la II Guerra Mundial, atraídos por el desarrollo (de la siderurgia vasca. La mayoría montó talleres de maquinaria o empresas de importación y exportación. No eran agentes enviados durante la contienda, o refugiados como León Degrelle, el famoso nazi belga cuya avioneta se estrelló en 1945 en la playa de San Sebastián y al que Franco otorgó refugio y una nueva identidad. Pero algunos tuvieron significadas actividades políticas. Wilhelm Beisel Heuss, “jefe del partido nazi en San Sebastián y delegado de propaganda en el norte de España”, ha sido uno de los últimos supervivientes. Él podría haber testificado ahora sobre la protección de que gozó la red española de colaboradores de Hitler. Pero falleció el pasado mes de mayo [de 1996] en la capital guipuzcoana, a los 93 años. “Íbamos a ir a Benidorm cuando enfermó. Todavía conducía. Estaba muy bien de salud”, manifiesta su viuda. El representante del nazismo en Guipúzcoa llegó a España en 1926, trabajaba en una fábrica de cuchillos en Bilbao y, según los aliados, fue un activo propagandista en el País Vasco de las ideas de Hitler. Su esposa no niega la militancia y liderazgo que le atribuye la lista negra. “Querían repatriar a todos. Pero a él no se lo llevaron. Todo el mundo tuvo problemas por las actividades políticas de entonces. Mire, nosotros ya somos españoles. Tengo una hija, un nieto y un yerno vasco. ¿Qué le parece?”, dice con orgullo.

Otto Hinrichsen, fallecido en España hace 15 años, fue uno de los agentes más activos en el Norte. Según los aliados, se trataba de un cualificado miembro de la Abwehr en Bilbao y se dedicó durante toda la guerra a enviar agentes a Suramérica. Vivía en el número 18 de la calle de Ledesma. Llegó al País Vasco en 1914 y se había casado con una española. Durante la guerra civil trabajó como intérprete en la plana mayor de la Legión Cóndor (la que después bombardearía Gernika para el bando franquista). Una actividad que le sirvió más tarde de escudo protector. Su hijo Rodolfo no niega las actividades de espionaje de su padre. “No es ningún secreto que colaboró con los alemanes. Tenía contacto con tripulantes de los barcos españoles que iban a Nueva York y a Buenos Aires. Les pagaba dinero y conseguía informaciones para el contraespionaje del almirante Canaris. Fue detenido y confinado un tiempo en el hotel Balneario, en Caldes de Malavella (Girona). Franco se negó a repatriarlo porque tuvo en cuenta sus servicios en la Legión Cóndor”, asegura.

Josef Boogen, otro presunto agente alemán, vecino del número 1 de la calle del General Concha, en Bilbao, tuvo una experiencia similar. Vino a España en 1929, montó una empresa de maquinaria que todavía existe y después de la guerra fue detenido y desterrado a un hotel de Vitoria durante un año. Murió en Bilbao hace 12 años. Su ficha negra dice así: “Agente alemán y miembro del partido nazi. Representó empresas de maquinaria alemanas en Bilbao, trabajo que utilizó como tapadera para actividades de espionaje dirigidas contra el hemisferio occidental”. Su hijo, propietario ahora del negocio familiar, no recuerda en la. imagen de su padre a un agente secreto. ¿Usted sabía que su padre fue miembro del partido nazi? “Les obligaban a afiliarse”, responde. “Eran circunstancias muy complicadas. Mi padre vivía en España mucho antes de la II Guerra Mundial. Vino, como otros muchos alemanes, atraído por la industrialización del País Vasco. Los más comprometidos con el nazismo fueron los que vinieron durante la contienda”.

La familia Boogen reconoce abiertamente que Franco se opuso a la entrega de muchos alemanes acusados. “Cuando terminó la guerra y comenzó el bloqueo de bienes alemanes, el Gobierno español avisó a mi padre. Gracias a esa advertencia tuvo tiempo de poner sus propiedades a nombre de varios testaferros. Varios años más tarde, una vez pasado el peligro, los recuperó”, asegura su hijo.

Todos los presuntos colaboradores de Hitler en Bilbao reclamados en 1945 por los aliados han muerto en el País Vasco. Es el caso de Friedhelm Burbach y Eduard Bunge, ex cónsules en esa ciudad, fallecidos hace más de 20 años. O el de Eugene Erhardt, que tenía una empresa consignataria de barcos y al que los aliados acusaron de trabajar para una organización que enviaba agentes secretos a Estados Unidos o de abastecer de minerales a la Francia ocupada. Igual suerte corrieron los hermanos Karl y Wihelm Pasch, cuya oficina Pasch Hermanos en Bilbao “era uno de los principales centros de operaciones del servicio de espionaje alemán”. Los dos agentes fallecieron en España. Dos hijos de Wihelm viven en Madrid. Karl, representante de los motores Man, no dejó descendencia. Wilhelm Plohr, vecino del número 21 de la Alameda de Recalde, en Bilbao, y jefe del partido nazi en esa ciudad, se trasladó a Marbella, donde murió hace 20 años. Su hija, sexagenaria, vive en Madrid.

Wilhelm Spreter, otro agente alemán, jefe de propaganda en Bilbao, y organizador, según los aliados, de una red de contraespionaje en el País Vasco, también ha fallecido en suelo español. En Santander, el Gobierno de Hitler contó también con la ayuda de otro valioso colaborador. Se llamaba Kurt Bormann y residía en el número 30 de la calle de Perines. Falleció en la capital cántabra hace diez años. Es el número 11º de la lista negra y su ficha lo define de esta forma: “Miembro destacado de la Gestapo y del partido nazi. Utilizó su empresa aseguradora como tapadera para actividades del espionaje. Participó activamente en el suministro de pasaportes falsos a alemanes perseguidos”.

Pero los presuntos colaboradores del nazismo no se encontraban sólo en el País Vasco y Cantabria, se extendían también por el sur de España. Los hermanos Clauss, Adolf y Ludwig J. R., hijos del cónsul alemán en Sevilla y nacidos en España, se ganaron a pulso el calificativo de agentes alemanes. Según los aliados, fueron muy activos en el sabotaje de envíos de los aliados que pasaban por Huelva y Sevilla. Sus familiares no esconden aquellas actividades a favor de Hitler. Sigrif, la hija de Ludwig, le define así: “No fue nazi, pero colaboró un poquito en plan patriota. Su hermano Adolf fue mucho más activo. Al terminar la guerra detuvieron a mi padre y lo deportaron a Caldes de Malavella, donde vivían en libertad. Pero al final no le entregaron Franco se opuso”. ¿Qué pasó con Adolf? “A mi tío tampoco lo entregaron. Murió en Sevilla”. En el balneario de Caldes de Malavella, Ludwig Clauss coincidió con Gustav Draeger, cónsul alemán en Sevilla y “jefe del Servicio de Espionaje Militar en el suroeste de España, especialmente activo contra los envíos aliados”, según lo define la lista negra. Llegó a Sevilla en 1920 y fue también miembro de la Legión Cóndor. Falleció en España a los 62 años, a causa de un infarto. Su hija Margarita, de 70 años, vecina de Sevilla, relata los problemas que le causaron a su padre las acusaciones de los aliados. “Perdió su trabajo en Vaquera Kusche y Martin, una empresa de importación y exportación. Querían deportarle a Alemania, pero su amigo, [el general] Queipo de Llano intercedió por él y no le entregaron. Luego le dejaron volver a la finca, y la Guardia Civil se presentaba cada semana para ver si estaba”. ¿Su padre era un espía de Hitler? “Iba a Cádiz, y en la bahía subía a los submarinos alemanes y les proporcionaba alimentos. Después de la guerra coincidimos en una boda con el señor Evans, cónsul inglés en Sevilla, y me dijo: yo sabía muy bien lo que hacía su padre, y cuando no nos veía nadie, los dos nos saludábamos”. Tener amistades en los círculos de Franco era clave para eludir la repatriación que exigían los aliados (de esta lista formada por 104 nombres nadie fue entregado, según los datos disponibles; pero otros no tuvieron igual suerte).

El barón Hans J. Kindler von Knobloch, un aristócrata que desempeñó el puesto de cónsul alemán en Alicante, logró librarse de su entrega gracias a esas influencias. Era el número 48 de la lista, residía en el 81 de la madrileña calle de Serrano y estaba casado con una española. Su ficha se resumía en cuatro palabras: “Famoso nazi y agente”. Fue capitán de la Legión Cóndor. Su hijo Joaquín niega las acusaciones de los aliados. “Mi padre nunca fue nazi. Todo lo contrario. Lo de agente sí es posible porque era cónsul, pero lo de nazi no. En Alicante, durante la guerra civil salvó la vida a muchos nacionales. 'Sacó de la ciudad a más de 5.000 personas. Hasta intentó librar a José Antonio Primo de Rivera de la cárcel. Cuando terminó la guerra querían repatriarlo, pero mi madre habló con Carmen Polo [la esposa de Franco] y ella ordenó que no se le entregara”. Knobloch fue a Rusia como soldado con sólo 17 años. Entró en Moscú a caballo. Cuando regresó a Alemania, el país estaba ya “en manos de los comunistas”. A los 24 años se trasladó a España y trabajó en una empresa consignataria de buques. Luego, se dedicó a la decoración. Ha fallecido en España.

Entre los 104 presuntos colaboradores de la Alemania nazi figuran personajes como Karl Albrecht, amigo personal de Hitler y jefe de la Cámara de Comercio alemana en Madrid; o Rudolf von Merode, “responsable de la muerte de numerosos ciudadanos franceses y de la tortura de otros en su tristemente famoso baño de hielo en San Juan de Luz”, al que se sitúa en Figueres; o Hans Heineman, vecino de Barcelona, “uno de los más peligrosos agentes en España”, al que se atribuye la muerte de un aviador canadiense que intentaba huir a España. ¿Qué fue de ellos? Este periódico no ha encontrado ningún rastro de sus familias. Pero otra lista negra, fechada el 22 de noviembre de 1949, redactada en francés y en la que aparecen 231 alemanes repatriados, acredita que ellos fueron objeto de un arresto de expulsión que jamás se ejecutó. Al igual que los otros 104, gozaron de un poderoso escudo protector llamado Francisco Franco, el dictador español.

Fuente: http://elpais.com/diario/1997/03/30/espana/859676418_850215.html

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