martes, 24 de noviembre de 2015

Donde no gobierna el imperialismo, no gobierna nadie

La caída del halcón negro (2)

Somalia conquistó su independencia en 1959 por la fusión de las colonias del sur, bajo dominación italiana, y norte, bajo dominación británica.

Pero el problema de Somalia, como el de otros países de África, son unas fronteras artificiosas. Numerosos somalíes viven en las regiones vecinas de Kenia y Etiopía. Si todas las fronteras africanas que trazaron los imperialistas son inicuas, las de Somalia lo son especialmente, lo que ha conducido a la imposibilidad de mantener unas relaciones diplomáticas fluidas con ellos.

Durante la Guerra Fría Somalia viró hacia la URSS por dos razones distintas. La primera es que los vecinos cayeron en las garras del imperialismo y Somalia se decantó del lado contrario por puro impulso reactivo. La segunda es el dilatado contacto de los somalíes que vivían en Adén (Yemen) con los refugiados y represaliados políticos originarios de India, viejos y experimentados luchadores marxistas que combatían al imperialismo británico.

La influencia revolucionaria en Somalia tuvo su máxima expresión en el golpe de Estado de 1969 que llevó al poder a Siad Barré. Fue una etapa de esplendor, como tantas otras experiencias progresistas y revolucionarias del Tercer Mundo.

Cuando en 1974 Etiopía se unió a aquel proceso revolucionario, la situación en el cuerno de África empeoró notablemente para el imperialismo. Además, se abrió la posibilidad de que ambos países, Somalia y Etiopía, resolvieron sus problemas fronterizos amistosamente. Incluso Fidel Castro viajó a las capitales de ambos países para abrir una negociación.

Un acontecimiento significativo rompió aquel principio de acuerdo entre Etiopía y Somalia: la visita de Kissinger, secretario de Estado del gobierno de Nixon, a Mogadiscio. Kissinger no sólo representaba al imperialismo estadounidense sino al denominado Club Safari, un grupo de países (el Irán del Sha, el Congo de Mobutu, Arabia saudí, Marruecos, Pakistán, Francia) que se habían coaligado para frenar la penetración soviética en el Cuerno de África y en otras zonas, como Angola, Mozambique y las colonias portuguesas en las que desataron feroces guerras civiles contra el movimiento de liberación nacional.

En 1974 el gobierno de Siad Barré traicionó los principios en los que hasta entonces había creído. Se vendió al imperialismo, atacó a Etiopía, provocando la guerra de Ogadén para anexionarse aquella provincia por la fuerza.

Cuando alguien (una persona, un partido, un país) se traiciona a sí mismo, cava su propia tumba. La guerra de Ogadén fue el inicio de la agonía del gobierno de Siad Barré y de la propia Somalia.

El funeral fue en 1990, coincidiendo con la caída del bloque de países socialistas. Desde entonces Somalia no tiene gobierno pero tiene hambre. Tampoco tiene paz. Es un territorio devastado por luchas intestinas entre varias bandas de forajidos que responden al modelo perfecto del imperialismo: cada una de las cuales tiene su padrino y sobre ellas planea el halcón negro en forma de marines, US Navy, humvees, F-15, M-16...

En medio del desastre, en 1992, Estados Unidos puso en marcha una operación militar cínicamente llamada “Restablecimiento de la Esperanza” (Restore Hope) que supuso uno de sus más estrepitosos fracasos, ejemplificado por la película “La caída del halcón negro”.

Era la primera vez que los marines invadían una país africano para apoderarse de él. Eran los tiempos de las “invasiones militares humanitarias”, un precedente de lo que ocurriría luego en los Balcanes. Fue un fracaso porque la población somalí opuso una tenaz resistencia que los imperialistas no esperaban.

Los somalíes demostraron, una vez más, que es posible hacer frente al imperialismo, incluso en el terreno militar, y vencer. El imperialismo se tuvo que conformar con hacer lo mismo que en los Balcanes: balcanizar, es decir, dividir y enfrentar a los somalíes entre sí.

Desde la caída del Telón de Acero en 1990, donde no gobierna el imperialismo, no gobierna nadie. En estos últimos 25 años, casi la mitad de su historia, las crónicas Somalia sólo hablan de destrucción, sobre todo de destrucción de un Estado y de un gobierno, a fin de entregar el país al imperialismo, a sus ONG y a una multitud de grupos mutuamente enfrentados.

Para garantizar “la paz”, o sea, para garantizar la permanencia de la guerra, detrás de Estados Unidos han enviado tropas a Somalia sus vecinos y rivales: Kenia y Etiopía.

En 1974 el imperialismo empujó a Somalia contra Etiopía y ahora empuja a Etiopía contra Somalia. Las tropas etíopes ocuparon Somalia, con el beneplácito de la ONU, de la Unidad Africana y, sobre todo, del Pentágono.

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