domingo, 13 de septiembre de 2015

Un país por encima de cualquier sospecha

Con una extensión de 42.295 kilómetros cuadrados, poco más que Extremadura, Suiza es el segundo país más rico del mundo. Su capital es el dinero, pero un dinero ajeno. ¿Cómo es posible que alguien sea rico con un dinero que no es suyo sino de otro? El truco se llama “banco” y Suiza tiene muchos.

En Ginebra las calles están llenas de bancos, como en España están llenas de bares. Los bancos son edificios señoriales de cuatro o cinco alturas, pero lo importante no es lo que se ve: bajo el subsuelo, los bancos suizos tiene diez o doce pisos de sótanos. Lo importante de Suiza y de los bancos suizos es lo que no se ve.

Los bancos suizos no son como los demás. Por ejemplo, en las cuentas no pone el nombre del cliente sino un número. Es para que nadie sepa quién es el dueño del dinero. Los millonarios se avergüenzan de la fortuna que han amasado y de la miseria de los demás.

Cuando se averigua el titular de la cuenta, lo más probable es que se trate de una sociedad anónima, radicada en Suiza, o de un testaferro. El verdadero dueño es otro. A medida en que alguien se adentra en ese mundo, el laberinto se hace impenetrable y se llena de abogados, gestores y contables. Si los ves por la calle parecen gente respetable, educada, bien vestida. Pero son amorales; carecen cualquier clase de escrúpulos. Son ladrones de guante blanco, el primer escalón del crimen mejor organizado, que es el crimen con IVA.

Desde hace muchos años Suiza es la cueva de Alí Babá y los 40 ladrones. Pero Suiza no roba. Suiza es el lugar donde los chorizos se reparten el botín y borran las huellas de sus delitos.

No es nada nuevo. El III Reich también ingresó en Suiza los miles de millones que expolió en sus dominios. Además, no dejó entrar a los judíos que huían de los nazis, e incluso los entregó a la Gestapo para que los enviara a los campos de exterminio.

Pero nadie ha acusado nunca a Suiza de participar en la Segunda Guerra Mundial, de tomar partido por unos u otros. Suiza es un país neutral, aunque tiene tropas en el extranjero: los guardaespaldas del Papa son suizos. Miren la bandera de Suiza: es la verdadera bandera de la cristiandad, no la del Vaticano. Por eso la Cruz Roja, el prototipo de las ONG de toda la vida, es típicamente suiza.

Suiza no es un país controvertido, como Corea del norte. No es fascista ni antifascista. No está en la OTAN ni está contra la OTAN. No está en la Unión Europea pero está muy cerca de ella. Es un país incoloro, inodoro e insípido. En un mundo agitado, Suiza es aburrido. No genera noticias, siempre pasa desapercibido, como sus abogados y contables anodinos, oscuros y puntuales como un reloj suizo. Si no fuera por sus cuentas numeradas, no sabríamos que en el centro de Europa existe un país montañoso que se llama Suiza.

Es un país ideal porque nos transmite una gran sensación de seguridad. Allá no sólo está seguro nuestro dinero (si lo tuviéramos); también nosotros podemos vivir seguros porque nunca pasa nada. Nadie nos va a atracar en plena calle. ¿Verdad que sí?

Pues no. En Suiza hay muchos robos, muchos más de los que la gente se cree. Por ejemplo, se roban gran cantidad de obras de arte por valor de miles de millones de euros. Periódicamente desaparecen grandes cuadros de los museos, instituciones y centros culturales y pasan al mercado negro. Por lo tanto, Suiza no sólo lava más blanco sino que también tiene el mecanismo inverso.

La explicación es la siguiente: la gente que tiene mucho dinero, pero mucho, lo atesora en obras de arte que deposita en las cajas fuerte de los bancos. Las obras de arte juegan el mismo papel que el oro y, además, están aseguradas. Aunque se roben es como si no se robaran...

Todas estas cosas ocurren en el corazón de la Europa limpia y “democrática”. Pero como nadie habla de ellas es como si no existieran. En Europa tampoco existen países como Andorra, Mónaco, San Marino, Liechtenstein o Luxemburgo.

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