lunes, 28 de septiembre de 2015

¿Quién llevó a Hitler al poder en Alemania?

Hitler en 1919, cuando era cabo
Desde 1945 muchos se han preguntado los motivos por los cuales Hitler, un oscuro cabo del ejército, pudo hacerse con las riendas de un país como Alemania. Para la historiografía burguesa Hitler es un personaje desconectado de la situación política y social en Alemania, de la crisis del capitalismo y de la clase social de la fue un fiel servidor.

Hurgan en la biografía para eludir la historia, pero ni siquiera así llegan a las claves del fascismo y la transición de la República de Weimar al III Reich. En mayo de 1919, Alemania había perdido la Primera Guerra Mundial y entre las filas de los derrotados estaba el capitán Karl Mayr, que dirigía la sección de inteligencia del ejército bávaro.

La derrota alemana coincidió con la Revolución de Octubre y el desarrollo incontenible del movimiento obrero, que obtuvo una victoria efímera en Munich emulando a los soviets durante algunas semanas. No es ninguna casualidad que Munich sea el centro del movimiento obrero y, al mismo tiempo, el lugar de nacimiento del partido nazi. En la lucha de clases, la revolución y la contrarrevolución ocupan el mismo lugar.

En medio de aquella refriega el capitán Mayr reclutaba agentes fiables para luchar contra el bolchevismo, es decir, tanto contra el poder soviético como contra la clase obrera local. Uno de sus primeros agentes fue Hitler, entonces un cabo del ejército de 30 años de edad.

Por lo tanto, desde el principio de la biografía de Hitler aparecen varias de las claves de lo que ocurriría después: Hitler formaba parte del aparato del Estado; era un militar reclutado para trabajar clandestinamente contra el movimiento revolucionario.

Había sido elegido representante adjunto de su Regimiento, por lo que era conocido dentro de los cuarteles y trabajaba en el contraespionaje. Investigaba la actuación de las tropas durante la etapa del gobierno revolucionario de 1919 a fin de proceder a una depuración de las tropas de elementos proclives al movimiento obrero. El Estado alemán trataba de impedir que se produjera una confluencia de los trabajadores con las tropas, como había ocurrido en Rusia en 1917.

Como decía Mayr, era un perro fiel, donde tan importante como lo de perro era lo de fiel. Sabía servir a sus jefes en el cuartel, que le enviaron durante una semana a la Universidad de Munich para hacer un cursillo de “instrucción antibolchevique”. Allí le dio clases un oscuro economista, Gottfried Feder, cuyos conocimientos no iban más allá de criticar al capital improductivo de los negocios judíos. Luego Feder siguió los pasos de su antiguo alumno y se convirtió en uno de los economistas del partido nazi.

Tras el cursillo, el capitán Mayr le envía al cabo Hitler para que espiara a los antiguos prisioneros de guerra, considerados como poco fiables. La operación se lleva a cabo en forma de un curso de instrucción política del ejército. Hitler convierte las lecciones en otras tantas arengas patrioteras y demagógicas que luego le hicieron famoso.

El cabo se convierte en un perrito faldero del capitán Mayr, que en setiembre de 1919 le envía a vigilar a uno de tantos partidos ultrapatrioteros que tanto abundaban entonces en Alemania: el Partido Obrero Alemán. Pero, como siempre en el mundillo del espionaje, tras el encargo había una segunda intención bajo cuerda. Se trataba de financiar secretamente con fondos del gobierno a dicho partido para desconcertar al movimiento obrero con una organización que se presentaba como “proletaria”, convirtiéndola en una fuerza de choque dirigida en contra de los propios trabajadores.

Hitler llevó a cabo tan puntualmente su tarea que, posteriormente, pasó a dirigir dicho Partido, convirtiéndolo en el embrión del NSDAP, el partido nazi. Por lo tanto, las organizaciones nazis no son nada diferentes de los aparatos del estado y, en particular, de sus más sucias cloacas, como el espionaje militar. Luego no se puede luchar contra un perro, los grupos fascistas, sin lugar al mismo tiempo contra el amo que sujeta las riendas, el Estado burgués.

Dentro de un partido “obrero” Hitler comienza como infiltrado del servicio de inteligencia del ejército, permaneciendo durante seis meses, hasta marzo de 1920. Entonces comienza a ser conocido en las tabernas de Munich, donde lanza sus fantasmales discursos antibolcheviques.

Pero a Hitler le faltaban más apoyos para llegar a la cumbre. Sin ellos se hubiera quedado relegado a la condición de espía cuartelero. El primero de ellos es el de la burguesía monopolista, que es muy selectiva y nunca hubiera admitido la presencia de un cabo mediocre sin la intervención de influyentes padrinos. Uno de los primeros padrinos fue el poeta reaccionario y antisemita Dietrich Eckart que, además de escribir, era un monopolista con un periódico a su disposición. No fue el único.

En aquellos primeros años de la carrera de Hitler desempeñó un papel fundamental Ernst Röhm, el jefe de los escuadrones SA del partido nazi. Röhm era un antiguo oficial del ejército que hacía de matón para la patronal en las manifestaciones obreras de Munich. Dirigía y pagaba a la escoria de mamporreros que boicoteaba las movilizaciones revolucionarias.

Lo mismo que Hitler y todas las bandas fascistas, Röhm no trabajaba por su cuenta. También tenía una doble condición: era un agente del ejército alemán que es quien pone el dinero para que Hitler compre su primer periódico. Con tan sólidos apoyos en la burguesía y el ejército, en 1923 el partido nazi llega a los 50.000 militantes, la mayor parte de ellos en Baviera.

Toda va viento en popa para aquellos primeros nazis y la euforia les hace cometer un error de cálculo: el intento de golpe de Estado de 9 de noviembre de 1923, del que aún no se ha relatado la parte fundamental, a saber, que dicho golpe no era responsabilidad de los nazis sino del ejército. Los primeros no eran otra cosa que la tapadera de los segundos. Los hilos fascistas se mueven siempre entre bastidores.

En el intento de golpe murieron 20 personas, entre ellos 4 policías. En cualesquiera otras circunstancias, un delito de esa naturaleza les hubiera costado a los autores una condena de por vida, pero lo mismo que el espionaje, la justicia burguesa tiene una doble vara de medir y el juicio se convirtió en una farsa. Hitler tenía el apoyo de una parte del Tribunal Supremo de Bavaria, que estaban de acuerdo con el golpe de Estado y trataron de ocultar a los verdaderos responsables en el ejército.

En tales circunstancias, la sentencia fue la que cabía esperar: sólo cinco años de cárcel para 20 muertos más un intento de golpe de Estado. Más allá de los papeles judiciales, la realidad fue aún más cruda: Hitler sólo estuvo 13 meses en la cárcel.

En tiempos de crisis el tiempo pasa tan rápido que el salir a la calle, nadie se acordaba ya de Hitler y nadie le necesitaba. En 1928 del partido nazi era marginal; sólo obtuvo el 2,6 por ciento de los votos.

La crisis del año siguiente les puso otra vez en la primera línea. La burguesía volvía a necesitar a su punta de lanza: los nazis. En 1930 los votos suben al 18,3 por ciento y dos años más tarde es el primer partido parlamentario con el 37,4 por ciento de los sufragios. Pero Hindenburg no quiere nombrar a Hitler al frente de la cancillería y a partir de ahí el partido nazi empieza a declinar. En 1932 pierde dos millones de votos.

El Führer todavía necesita de un último empujón por parte de la gran burguesía. En aquel delicado momento su padrino será el aristócrata Franz von Papen, que convence a Hindenburg para que entregue a Hitler las riendas del gobierno. No hay que tenerle miedo, le dice Von Papen a Hindenburg: “Lo tenemos bajo nuestro control”.

También para la gran burguesía, Hitler no era más que eso: otro perro fiel.

1 comentario:

  1. "no se puede luchar contra un perro, los grupos fascistas, sin lugar al mismo tiempo contra el amo que sujeta las riendas, el Estado burgués."
    Corrige luchar por lugar.

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