jueves, 24 de septiembre de 2015

La ley del desarrollo desigual

Juan Manuel Olarieta

Desde el inicio de la última recaída económica, a pesar del pinchazo de las bolsas asiáticas, tanto el gobierno de Modi como los grandes capitalistas y la prensa hindúes se muestran eufóricos. Para ellos la crisis les ha eliminado un competidor, China, abriéndoles nuevas e insospechadas oportunidades. No parecen afectados por el hecho de que ambos países formen parte de una misma alianza internacional, los Brics.

Se podría decir que los capitalistas hindúes hablan leninismo. Su entusiasmo ilustra la ley del desarrollo desigual que Lenin expuso. Al tratarse de una ley dialéctica, choca con las concepciones más arraigadas, según las cuales todos “navegamos en el mismo barco”. Quieren decir, que tanto el crecimiento como las crisis del capitalismo afectan un poco a “todos”, o afectan de la misma manera.

La ley del desarrollo desigual es consecuencia de la anarquía de la producción y la circulación de capitales y mercancías, por lo que es inherente al capitalismo en su conjunto. No obstante, es característica de su fase imperialista y en la medida en que el imperialismo es el capitalismo en crisis, se entendería mejor si se la llamara “ley de la crisis desigual”. El capitalismo no cambia de una manera uniforme sino a saltos. Unos capitales se desarrollan o se hunden, mientras otros padecen el fenómeno inverso. Lo mismo ocurre con los sectores económicos enteros o con países, como es el caso de India y China.

La crisis del capitalismo no es desigual porque afecte sólo a la clase obrera, sino también porque a los capitalistas les afecta de manera desigual: unos están en bancarrota y otros obtienen más beneficios que nunca. Lo mismo ocurre con los países: unos se hunden y otros, como la India ahora, se encuentran en la cresta de una ola de prosperidad insospechada. “Esta crisis es nuestra gran oportunidad”, escribía un diario económico hindú.

Las estadísticas son el gran enemigo de la ley del desarrollo desigual porque convierten lo diferente en uniforme, en promedios. En la medida en que una parte muy importante del conocimiento se fundamenta en estadísticas, especialmente en economía política, transmite una perspectiva errónea del capitalismo porque la información cuantitativa no va acompañada de la cualitativa.

Ocurre lo mismo que con el índice de inflación, que da la impresión equivocada de que todos los precios han subido y de que han subido en la misma medida. Sin embargo, cuando decimos que en un país la inflación ha alcanzado de un determinado porcentaje es porque muchos precios han bajado. El capitalismo se desarrolla siempre de una manera desproporcionada. Del mismo modo, que en los países más avanzados existen regiones, ciudades y barrios deprimidos, en los más pobres existen núcleos de opulencia, villas residenciales y lujo desenfrenado.

Una crisis mundial, como la actual, es tanto más profunda en cuanto que hay países, como la India, que no sólo no la padecen sino que viven un momento de auge. Lo realmente específico de las crisis capitalistas es su carácter desigual, no el descenso de la producción, ni de la bolsa, ni del empleo, ni de la inversión, ni del comercio exterior.

Es un error entender la “economía mundial” como si todos los países atravesaran una situación uniforme. La correlación de fuerzas entre los países, que es el eje sobre el que se mueve el imperialismo, no es siempre la misma sino que cambia y lo hace de manera muy rápida. De ahí las falacias socorridas y esquemáticas de la división internacional del trabajo, los países agrarios y los industriales, el centro y la periferia, la contradicción norte-sur, el desarrollo del subdesarrollo y otras parecidas.

Esas falacias conducen a convicciones erróneas, como que “el pez grande se come al chico” o que “los países ricos son cada vez más ricos, mientras que los pobres son cada vez más pobres”. En la época del imperialismo es corriente que el pez pequeño se coma al grande. Ocurre en cualquier sector económico, donde las empresas de cabecera tratan de mantener su privilegiada posición frente a las más pequeñas, empresas emergentes, más pequeñas, más rentables y más dinámicas. Por ejemplo, en la concentración del sector bancario español no acabaron imponiéndose los bancos más grandes, como el Central, el Español de Crédito o el Hispano-Americano, sino todo lo contrario: ellos fueron los absorbidos por otros de tamaño más pequeño.

Ese fenómeno no se produce, dice Lenin, a pesar del monopolismo sino como consecuencia precisamente del monopolismo: “Como todo monopolio, el monopolio capitalista engendra inevitablemente una tendencia al estancamiento y la descomposición”(1). Esa tendencia es más acusada entre empresas grandes, por la propia posición dominante que tienen en el mercado, mientras las pequeñas son más activas porque pugnan por ocupar el lugar de las anteriores.

Lo mismo ocurre en la esfera internacional. Todo el esfuerzo que despliega hoy una potencia hegemónica como Estados Unidos es para preservar su hegemonía y mantener a raya a sus competidores, reales o potenciales. No es, pues, suficiente comprobar que el estancamiento de unos es la vitalidad de otros. ¿Quiénes desempeñan un papel y quiénes el otro? La tendencia al parasitismo y la descomposición es típica de los países más fuertes. Por el contrario, los países emergentes muestran una vitalidad de la que carecen los hegemónicos.

Las teorías economicistas lineales, como las del subdesarrollo y el extractivismo, ocultan que el crecimiento (y su opuesto, la crisis) del capitalismo se produce por saltos, de manera que el tiempo necesario para que un país alcance el nivel de otro se reduce. Es más, el desarrollo de las fuerzas productivas hace que hoy sea mucho más fácil reducir e incluso eliminar, la brecha entre los países más fuertes y los más débiles por una razón elemental: cuando un país crece, aunque sea muy poco, mientras los demás se hunden, en términos relativos su crecimiento es acelerado. Las potencias imperialistas no rivalizan sólo por crecer a costa de las otras, sino por sacudirse la crisis arrojándola sobre los hombros de las rivales.

En la época del imperialismo las variables económicas, como el crecimiento, no se pueden analizar en términos absolutos, porque son relaciones de fuerza, de poder, de hegemonía o de competencia. Un país es más fuerte cuando sus enemigos se debilitan, cuando la crisis no le afecta o le afecta en menor medida.

Además, el imperialismo hay que analizarlo históricamente, decía Lenin, no sólo desde el punto de vista económico, y una dilatada experiencia muestra la exactitud de las previsiones que Lenin apuntó: el capitalismo se desarrolla mucho más rápidamente en los países emergentes que en las grandes potencias industrializadas (2). Pero siempre de manera desigual, es decir, que no todos los países dependientes se desarrollan en la misma medida (o no se desarrollan en absoluto).

Tampoco es cierto que los países dependientes sean cada vez más dependientes necesariamente. Los saltos hacen que la correlación de fuerzas entre los países cambie rápidamente, poniendo a la orden del día la redistribución de un mundo ya repartido, los mercados, las fuentes de materias primas, las zonas de inversión de capital, de los territorios, de los países dependientes e incluso de los países más fuertes. El imperialismo no dificulta sino que favorece que entre los países coloniales aparezcan nuevas potencias imperialistas y, por lo tanto, que la situación relativa de unos países con otros se invierta.

Estados Unidos fue una colonia del Reino Unido, mientras que ahora la relación entre ambos países es más bien la inversa. “El reparto de China no ha hecho más que empezar”, escribió Lenin hace 100 años. Ahora no podría decir nada parecido. Hasta hace apenas medio siglo India era una colonia del Reino Unido. Hoy nadie podría afirmarlo. Más bien al contrario: sectores estratégicos de la industria británica, como el siderúrgico, están bajo el control de los capitalistas hindúes.

La desigualdad del desarrollo (y de la crisis) del capitalismo, además de acentuar las contradicciones, como decía Lenin, cambia su naturaleza. Las contradicciones entre Reino Unido e India ya no derivan de la dependencia de un país colonial (India) respecto de una gran potencia (Reino Unido) sino que se trata de una contradicción entre dos grandes potencias. Los desafíos que hoy India es capaz de plantear a su antigua potencia colonizadora son mucho mayores y más importantes que antes, cuando sólo era una colonia.

De ahí que sea otro error muy extendido centrar el análisis (y la lucha) contra el imperialismo en los países dependientes. Los antiguos países coloniales tienen hoy un enorme protagonismo internacional... en la medida en que han dejado de ser lo que eran, es decir, colonias. Como consecuencia de ello, las contradicciones alcanzan un grado de enconamiento mucho mayor.

(1) El imperialismo fase superior del capitalismo, Obras Escogidas, tomo I, pg.763.
(2) ‘Donde el capitalismo crece con mayor rapidez es en las colonias’ (Lenin, ídem, tomo I, pg.761).

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