lunes, 24 de noviembre de 2014

Banderita tu eres roja...

Nicolás Bianchi

... banderita tu eres gualda, que cantaban las folklóricas en el franquismo junto al recio y viril ¡Gibraltar español! Hoy sigue ondeando la misma bandera, pero sin letra aunque con himno para impotencia de nuestros bravos jugadores de "La Roja" (cuyo copyright, por decirlo así, pertenece enteramente a Chile, a todo esto) ávidos por entonar aunque sea el castizo "Porompompón".

Da cuenta Isidoro L. Lapuya -un perfecto desconocido- en su libro finisecular del XIX "La bohemia española en París", que él mismo vivió, de cómo se lo montaban notorios pero también anónimos artistas, bohemios y exiliados de la I República española en Montmartre y Montparnasse. Luego de referir Lapuya cómo eran las vidas y andanzas -nada glamourosas- de esta  tropa (por allí andaba, por ejemplo, el violinista navarro Sarasate admirado por el mismísimo Sherlock Holmes, al decir del personaje de ficción Sir Arthur Conan Doyle o Alejandro Sawa que inspirara el Max Estrella de Valle-Inclán en la genial "Luces de Bohemia" o Ferrer i Guardia), se detiene en otro perfecto desconocido (no tanto en su época) como Emilio  Prieto, comandante de Caballería y estudioso de la cosa militar. Escribiendo sobre el origen y "saludo a la bandera" (española, se sobreentiende), nos dice que no siempre fue roja y amarilla. Algo que ya sospechábamos pues nos daba el pálpito de que Pelayo, Indíbil y Mandonio o el mismísimo Cid no la ondeaban... pues que no parecesnos trapo milenarista y de por siempre jamás.

Dice Prieto, que fuera húsar, que la bandera (nacional) sólo data del año 1843 en que la impuso un Decreto firmado por Isabel II. Hasta entonces la bandera roja y amarilla era exclusiva de la Marina de Guerra en virtud de un Decreto de Carlos III dado en Aranjuez en 1785. Las Cortes de 1820 (el Trienio Liberal) dieron a la bandera de Carlos III el carácter de pabellón español: es lo que Isabel II reprodujo en su mencionado Decreto. La revolución de 1868, La Gloriosa, inspirada por un espíritu iconoclasta, se imaginó que la bandera rojigualda era "símbolo de la dinastía destronada" (borbónica, cuya bandera o, mejor dicho, "guión real", es blanca con la cruz de Borgoña en el centro) y así, el Ayuntamiento de Madrid propuso al gobierno la adopción de una bandera tricolor, de tres bandas iguales, morada, amarilla y roja. Con Amadeo I, que trajera el general Prim porque no había otro percal mejor en las dinastías europea, la proposición matritense no prosperó pero sí con la República de 1873 y así ondeó la tricolor en el Congreso de los Diputados (aunque ni la Marina ni el Ejército la usó en absoluto) hasta que llegó a caballo el general Pavía y restableció el pabellón rojo y amarillo hasta hoy salvo el paréntesis de la II República.

La bandera republicana, la tricolor, es, en realidad, la bandera del Ayuntamiento de Madrid (su color municipal es morado como la cintilla del escudo del Real Madrid en respeto, dicen, a la República) al igual que pueda serlo la bandera de París, tricolor también, es la de la República francesa. Fernando de Aragón trajo el estandarte amarillo e Isabel de Castilla el carmesí. Lope de Aguirre, por ejemplo, Elcano u Oquendo (marinos vascos) o Colón llevaban estos lábaros (y no banderazas como la actual de la madrileña Plaza de Colón que más parece reflejar complejos freudianos) de Castilla y Aragón. Una bandera imperial. Como la que se puso, ante la mirada atónita de una cabra, en la "estratégica" isla de Perejil, tomada en plan Iwo Jima.

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