domingo, 27 de octubre de 2013

El asesinato de Kennedy 50 años después (1)

El club de los hijos de puta

Juan Manuel Olarieta


Ha transcurrido medio siglo del asesinato de Kennedy. El 22 de noviembre de 1963 el presidente promocionaba la renovación de su candidatura con un paseo en coche por las calles de Dallas, en Texas. Eran las 12,30 del mediodía cuando alguien ataviado con una camisa se subió a un banco frente a la caravana de vehículos y levantó un letrero escrito con esmalte negro: "Señor Kennedy, lo desprecio a usted por sus ideas socialistas".


Inmediatamente después sonó un primer disparo, apenas audible entre el ruido de la caravana de coches. Acto seguido se escuchó otro disparo que hirió a Kennedy en la garganta. Un tercer disparo hizo blanco en la cabeza del presidente, pero aún hubo más disparos, en los que fueron heridas otras personas, como el gobernador de Texas, Connally, sentado delante de Kennedy.


- "¡Oh! ¡Dios mío! ¡Ellos han matado a mi marido! ¡Jack! ¡Jack!", gritó Jacqueline, que desde el primer momento demostró conocer la identidad de los asesinos. Pero, ¿quiénes eran "ellos"? Sin duda se trataba de lo que Kennedy había llamado pocas semanas antes el "SOB Club" (Son of a Bitch Club), el Club de los Hijos de Puta. Pero, ¿de quién se trataba?


La versión oficial dijo entonces que el autor de los disparos fue Lee Harvey Oswald, quien actuó en solitario. No había, pues, ningún club. Pero a día de hoy lo único que se sabe con certeza es que la vesión oficial es falsa. Lo normal en estos casos. No hay más que recordar el recorrido histórico que va del hundimiento del Maine en 1898 al 11 de setiembre de 2001. Estados Unidos es un país agobiado por las mentiras oficiales como pocos.


Pero lo de menos es que el informe oficial sea mentira, 26 tomos de mentiras exactamente. Lo realmente serio es que la verdad del caso está tan enmarañada con un cúmulo de medias verdades, intoxicaciones e hipótesis que es imposible orientarse entre tan enorme volumen de información.


Cuando Oswald, el supuesto asesino, fue asesinado por Jack Ruby dos días después, cundió la sospecha de que el crimen estaba muy lejos de ser la obra de un hombre solitario, sino que había sido orquestado por los "señores de la guerra", el "big bussines", los grandes monopolios que contrataban con el Pentágono, la CIA, los gusanos cubanos y la Mafia, entre otros. Eran ellos los que integraban el SOB Club.


Para acallar los rumores, el vicepresidente Johnson creó la Comisión Warren. Fue como poner al zorro a cuidar de las gallinas.


Entre los integrantes de dicha Comisión estaba Allen Dulles, antiguo director de la CIA, al que Kennedy destituyó en 1961 por el fracaso del desembarco en Playa Girón. Pero cambiar al director no es cambiar a la CIA, máxima responsable del crimen. Allen Dulles no estaba en la Comisión Warren para investigar nada sino para impedir cualquier investigación.


Otro miembro de aquella farsa fue Gerald Ford, entonces diputado y luego presidente en sustitución de Nixon. Fue incluido en la Comisión porque era el soplón de Hoover. Una vez en la presidencia, Ford tomó dos decisiones que resultan otras tantas claves del enredo: puso a Bush al frente de la CIA e indultó a su antecesor Nixon por el escándalo Watergate.


Hay que hacer un inciso con Nixon. Es posible que sea uno de los hijos de puta más reconocidos del pasado siglo, pero quizá no sepamos hasta qué extremos. Uno de sus vínculos inmediatos con Kennedy fue la competencia mutua en las elecciones presidenciales de 1960.


Otro fue John J. McCloy, asesor financiero del gobierno de Mussolini y, junto con Allen Dulles, directivo del banco de Prescott Bush que estaba financiando a Hitler. En 1936 a McCloy se le solía ver en Berlín reunido con Rudolf Hess o Hermann Goering. Las fotos le muestran también sentado en el palco de Hitler viendo las Olimpiadas. Fue abogado del monopolio alemán IG Farben que fabricaba el gas utilizado en los campos de concentración para masacrar a los antifascistas presos. Al terminar la guerra, como comisario en la Alemania ocupada, McCloy protegió a los criminales de guerra, entre ellos a Klaus Barbie, el Carnicero de Lyon. Formaba parte de la Operación Paperclip, un plan para integrar a los agentes nazis en la CIA.


El presidente de la Comisión que daba nombre a la misma era Earl Warren, también presidente del Tribunal Supremo. En 1942 Warren fue elegi­do gobernador de California gracias a la financiación de los monopolios petroleros. Hablar de Dallas, el escenario del crimen, y de petróleo es una redundancia.


Al año siguiente del asesinato, la Comisión emitió un informe inverosímil que encubría hasta las evidencias más estridentes. Si al matar a Oswald se cerraron las puertas, el informe de la Comisión le echó el cerrojo. Es como si Kennedy hubiera sido asesinado dos veces.


Basta repasar las biografías de estos -y otros- zorros de la Comisión Warren para darse cuenta de quiénes eran los hijos de puta a los que se refería Kennedy, empezando por el vicepresidente Lyndon B.Johnson, un tejano que había competido con Kennedy por la nominación del partido demócrata para las elecciones de 1960.



El club de los hijos de puta no estaría completo sin mencionar que en el asesinato de Dallas aparecen implicados los cuatro presidentes de Estados Unidos que sucedieron a Kennedy: Johnson, Nixon, Ford y Bush. Los presidentes eran "todos los hombres del Presidente".

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lunes, 21 de octubre de 2013

Publican en Londres los manuscritos de Marx sobre geología

Juan Manuel Olarieta


Dentro de la historia del pensamiento humano, la figura de Marx sobresale y se agiganta a cada momento. La lenta y laboriosa recopilación de las Obras Completas de Marx y Engels sigue siendo un filón inagotable de muchas cosas, pero sobre todo de sorpresas. Marx es un iceberg. No le conocemos, y los marxistas -con poquísimas excepciones- menos que nadie.


A Marx le está ocurriendo como a Aristóteles, a quien llegamos a través de Tomás de Aquino y la Escolástica. También Marx tiene a sus propios escolásticos empañados en falsificar cada línea de su pensamiento. Con su insustancial retahíla de citas literales creen que ya está todo dicho, cuando en realidad todo está por decir y -sobre todo- por hacer.


Así lo prueba la publicación, por vez primera, de los apuntes de Marx sobre geología, que datan de 1878, con anterioridad a sus investigaciones etnológicas sobre las sociedades primitivas no occidentales.


Lo más sorprendente es que el interés de Marx por la geología no fue nada episódico ya que los manuscritos ocupan más de 650 páginas en letra impresa.


Al morir Marx los papeles pasaron a manos de Engels y de ahí fueron a los archivos de la socialdemocracia alemana, que a mediados de los años veinte entregó una parte al Partido Bolchevique, previo pago de una cantidad importante de dinero. Pero se quedaron con otra parte y en 1933 los nazis se apoderaron de ella, yendo a parar a Copenhague y luego de vuelta a Londres. Se intentaron editar en 1980, pero el proyecto se paralizó ocho años después, volviéndose a reanudar la recopilación en 2003.


Los editores han tardado una década en llevar los manuscritos a la imprenta y esperemos que no transcurra otro tanto para leer la traducción.


También hay que esperar que la estupidez característica de la intelectualidad burguesa no vuelva al tópico falaz de que la burocracia stalinista escondió estos manuscritos en un cajón, como hicieron con los de economía y filosofía o con los de matemáticas...


¿Por qué le interesaba a Marx la geología? En principio para asentar su tesis sobre la renta de la tierra, que formaba parte del último tomo de El Capital. Es característico del estilo marxista exhaustivo, que sus discípulos -con poquísimas excepciones- no han seguido. En la exhaución marxista destaca la unión entre la naturaleza y la sociedad que ya aparecía en los manuscritos sobre filosofía y economía, que echa por tierra la separación entre ciencias naturales y ciencias sociales, y entre ellas y la filosofía, que es tanto como decir entre la teoría y la práctica: "Algún día habrá una sola ciencia", pronosticó Marx (1) y lo que hizo fue ponerse a la tarea, lo mismo que Engels, cuyos manuscritos sobre la Dialéctica de la naturaleza (2) son otra de las joyas del pensamiento científico de todos los tiempos.


Pero hay un aspecto en los apuntes sobre geología de Marx que Martin Hundt pone acertadamente de manifiesto: la metodología científica (3), uno de los más tergiversados por su discípulos. Un tópico de la intelectualidad burguesa acostumbra a comparar (por no decir equiparar) al marxismo con el evolucionismo, pero se olvidan de la geología. En 1852 en la Contribución a la crítica de la Economía Política Marx el propio Marx ya había comparado a la geología con la historia. Las reflexiones de Marx sobre la metodología científica en la misma obra, ("El método de la economía política") tampoco se publicaron en su momento, y el ponerlas por escrito no ha cambiado la situación: siguen siendo ignoradas, quizá porque el método aparece al final como un apéndice, y no al principio, a diferencia del pensamiento burgués. Quizá el lector llega al final ya muy fatigado por la lectura. O quizá porque...


... porque una parte de esa metodología son los geniales añadidos de Engels, que fue uno de esos poquísimos que no sólo entendió a Marx sino que fue él quien le llevó de la mano desde que se conocieron. Poco antes de morir, en su carta inconclusa a Vera Zasulich Marx volvía de nuevo sobre esa sorprendente comparación entre la geología y la historia (4).


A lo largo del tiempo los modos de producción se suceden en una forma análoga a los estratos del suelo (ley de Steno). Pero lo mismo que el geólogo cuando perfora la tierra, el historiador no investiga los hechos cronológicamente sino que empieza por el final. En la superficie de la tierra las capas más superficiales son las más recientes. Excavar es remontar en el tiempo. En la historia, escribió Marx, "la última forma considera a las formas pasadas como grados que conducen a ella" (5).


Otro aspecto importante que Hundt apunta también con agudeza: la geología está en el origen de la teoría de la evolución, porque no sólo las especies vivas cambian, sino también la geografía, la atmósfera, el suelo y los océanos. Lo que hasta entonces se consideraban objetos "inanimados" no lo eran tanto. Nada permanece, todo está en continuo desarrollo, hasta las piedras.


Pero eso no es todo. En geología el tiempo, los cambios y las diferentes etapas se miden en eones, una unidad indefinida del orden de miles de millones de años. Dios no pudo crear el mundo en seis días, ni su duración podía ser de sólo 4.000 años, como decía la Biblia. En fin, la geología descubrió el tiempo, que es la quintaesencia de la dialéctica, y aún más: que ese tiempo no era reciente sino de auténtico vértigo.


Referencias:


(1) Marx, Manuscritos, economía y filosofía, Alianza, Madrid, pgs.152 y 153.
(2) Engels, Dialéctica de la naturaleza, Akal, Madrid,
(3) The Connection of Mind and Nature: Marx’s 1878 Notebooks on Geology (http://marxismocritico.com/2013/10/18/the-connection-of-mind-and-nature-marxs/)
(4) Marx y Engels: Obras Escogidas, Progreso, Moscú, 1978, tomo III, pg.163.
(5) Marx y Engels: Contribución a la crítica de la economía política, pg.275.

Para descargar el artículo:
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jueves, 17 de octubre de 2013

El comunista que ponía las bombas en Argel

Juan Manuel Olarieta


Foto policial de Fernand Iveton
En 1956 Fernand Iveton trabajaba en la fábrica de gas Hamma de Argel, donde era el delegado sindical de la CGT. Su madre, Encarnación, era española y su padre había nacido en una inclusa.


Lo mismo que Yahia Briki y Abdelkader Guerroudj, Iveton era militante del Partido Comunista argelino en la clandestinidad. Los tres formaban parte de la organizacion militar del Partido que operaba en la capital argelina integrada dentro del Frente de Liberación Nacional. Su responsable era Benaceur Toufik, que dirigía el comando.


Para sabotear la empresa de gas, Iveton trató de detonar una bomba, pero fue detenido y torturado en la comisaría central de Argel durante tres largos días. En noviembre de 1956 un tribunal militar le condenó a muerte. Al pronunciar su veredicto, el público asistente irrumplió en aplauasos. Los colonialistas querían sangre. Eran los tiempos de la guerra fría; los comunistas estaban detrás de todo, incluso de las luchas anticoloniales.


A pesar de la farsa de juicio, el recurso de Iveton fue rechazado por el entonces Ministro de Justicia, el fascista y socialista François Mitterrand. Fue guillotinado en febrero del año siguiente. Otros dos militantes del FLN, Mohamed Lakhneche et Mohamed Ouennouri, padecieron la misma suerte. Los tres se abrazaron inmediatamente antes de morir. Fue el encuentro de dos continentes. Demostraba que el proletariado no tiene patria.


Pero la memoria es frágil. En 1965, cuando sólo habían transcurrido ocho años del asesinato, Mitterrand se presentó como candidato unitario de la izquierda (socialistas y "comunistas") en las elecciones presidenciales. Más de uno ya no se quería acordar de Iveton. En Argel los comunistas habían sido terroristas, pero luego en París estaban enfangados en el legalismo más estúpido.


Las cosas empezaban a oler a podrido. "Los asesinos somos todos", escribió Sartre para definir aquel crimen y a la red de complicidades y silencios.


Iveton fue un moudjahidine, un ejemplo de la activa participación de los comunistas (los de verdad) en los movimientos de liberación nacional de la época. Fue el único europeo entre los 198 presos políticos guillotinados durante la guerra de Argelia. Dos días después de la ejecución también detuvieron al abogado de oficio que le defendió, junto con otros 14 abogados más. Permaneciendo preso dos años sin juicio.


Hace un par de años la Universidad de Bouzareah rendía un emocionado homenaje en el que participó aquel abogado, junto con Félix Colozzi, un camarada de Iveton, que volvió a recordar entre lágrimas a quienes, como Iveton, habían dado su vida por la independencia de Argelia.


En el barrio obrero de El Madania, en Argel, donde vivía Iveton, una calle honra su memoria.

Se puede descargar el artículo en pdf aquí: 
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