jueves, 31 de enero de 2013

Biografía de Marx (Parte 12)


Los años de la reacción

Después del aplastamiento de las revoluciones de 1848 y 1849 se estableció en Europa la más negra reacción. Las organizaciones revolucionarias fueron destruidas, y muchos de los mejores representantes de la clase obrera se vieron encarcelados a constreñidos a emigrar. Fue aquél un período muy duro para Marx, pues tuvo que hacer frente a las innumerables calumnias de sus enemigos y a grandes privaciones económicas. Los periódicos y las revistas, las editoriales y las cátedras universitarias, todo quedó cerrado para el genial pensador y revolucionario. Sin embargo, su profundísima fe en la justeza de la causa que defendía, su invencible optimismo, basado en la comprensión científica de las leyes objetivas del desarrollo social, y su firmeza y jovialidad no abandonaron a Marx en ningún momento.

En aquellos difíciles años, Marx contó con la gran ayuda y apoyo de Engels, su abnegado camarada. En 1850 Engels se trasladó a Manchester y se colocó en una oficina, sufragando parte considerable de los gastos de Marx y su familia. Los dos amigos se quejaban ahora a menudo de su suerte, que no les permitía vivir y luchar juntos, como en los buenos tiempos de la Nueva Gaceta del RinMe da rabia -escribía Marx a Engels- que ahora no podamos vivir juntos, trabajar juntos, reírnos juntos.

El principal medio de comunicación entre Marx y Engels y la forma de su colaboración creadora pasó a ser en aquel período la correspondencia que mantenían casi a diario y que constituía un verdadero laboratorio del pensamiento científico y político. Señalando el gran valor científico de sus cartas, Lenin definió su contenido fundamental del siguiente modo: Si intentáramos definir con una sola palabra lo que podríamos llamar el foco de toda su correspondencia, es decir, el punto donde se reúnen todas las ideas expresadas y discutidas, esa palabra sería el vocablo dialéctica. La aplicación de la dialéctica materialista a la revisión de toda la economía política desde su nacimiento mismo, así como a la historia, las ciencias naturales, la filosofía y la política y la táctica de la clase obrera, es lo que más interesa a Marx y Engels; y ésa es su aportación más original e importante; en eso consiste su genial paso adelante en la historia del pensamiento revolucionario.

A pesar del marasmo político reinante, Marx no cejaba en su labor de educar a los cuadros revolucionarios del proletariado y seguía manteniendo contacto con sus partidarios residentes en Inglaterra, Alemania, Francia, Estados Unidos y otros países.

Ahora, empero, podía centrar principalmente su atención en la elaboración de su doctrina. Un infatigable trabajo intelectual le permitió sintetizar las experiencias históricas de su época, seguir de cerca los progresos de todas las ramas del saber y asimilar de manera crítica cada nuevo logro del pensamiento científico. Marx valoró con perspicacia la importancia de toda una serie de grandes descubrimientos en las ciencias naturales, y, particularmente, la obra de Darwin sobre el Origen de las especies por vía de selección natural. Este libro -escribía Marx a Engels- da la base histórico-naturalista para nuestras concepciones. Marx seguía interesándose mucho por la historia de épocas y pueblos diversos, y analizó y resolvió toda una serie de importantes problemas teóricos de las ciencias históricas.

Pero el objeto principal de las investigaciones científicas de Marx en los años 50 y 60 fue la economía política. Del mismo modo que en el período anterior a 1848 lo habían sido los problemas de la concepción del mundo -los principios filosóficos del comunismo científico- y en 1848-1852 el desarrollo de las ideas políticas y la estrategia y la táctica del proletariado, ahora pasaba a ocupar el primer plano la parte menos elaborada del marxismo: la ciencia económica.

A pesar de las duras condiciones de vida de Marx en la emigración, Inglaterra, el país capitalista más desarrollado en aquel entonces, era el sitio más conveniente para el estudio de la economía del capitalismo. En la biblioteca del Museo Británico, donde trabajaba casi diariamente desde las 9 de la mañana hasta las 7 de la tarde, encontró Marx una cantidad de material enorme para sus investigaciones. Su extremada honradez científica y su implacable espíritu autocrítico obligaron a Marx a reunir todo un Mont Blanc de hecho y volver a examinar una u otra cuestión cuando la vida le proporcionaba hechos y materiales nuevos. Para efectuar sus investigaciones económicas, estudió la historia de la técnica, química agrícola, geología, matemáticas y otras ciencias.

Marx pensaba terminar ya para 1851 la obra en tres tomos en que exponía su doctrina económica, pero las circunstancias le impidieron ver cumplido su deseo. La causa de ello no sólo fue la meticulosidad que se imponía en su trabajo, sino también la penosa miseria crónica en que vivía su familia.

Mientras Engels estuvo ganando un modesto sueldo de oficinista, su ayuda a la familia de Marx no pudo ser muy grande. En ocasiones, Marx tenía que empeñar su última levita y condenarse a arresto domiciliario. A veces el pan y las patatas eran, durante semanas enteras, el único alimento de su familia.

La constante lucha contra la miseria costó mucho a Marx y a su esposa: en los primeros años de su vida en Londres perdieron tres hijos. Un golpe particularmente terrible fue para Marx la muerte de su hijo, de ocho años, Edgar Musch, el gorrioncillo, como le llamaban sus familiares. Después de enterrar a su hijo, Marx escribió a Engels: He sufrido muchas desdichas, pero sólo ahora sé lo que es el verdadero dolor... En medio de los sufrimientos horribles que he tenido estos días siempre me ha confortado tu recuerdo, el de tu amistad, y la esperanza de que tú y yo aún hemos de hacer algo razonable en este mundo.

Pero en la vida privada de Marx, no todo eran penas y sufrimientos. Su familia fue feliz como pocas. Un profundo amor le unía a Jenny, la cual no solamente compartía la suerte, el trabajo y la lucha de su marido, sino que, además, tomaba en ellos parte activa con un espíritu altamente consciente y un apasionado entusiasmo. El amor y la amistad unían a todos los miembros de la familia. Era el mejor amigo de sus hijas. Sus parientes y amigos le llamaban El Moro por su pelo, negro como el alquitrán. A medida que crecían Jenny, Laura y Eleonora (nacidas en 1844, 1845 y 1851) Marx les iba dando a conocer toda la riqueza de la cultura humana. Gran conocedor de la literatura mundial, Marx amaba sobremanera las obras de Homero y Esquilo, Shakespeare y Filding, Dante y Cervantes, Diderot y Balzac. El mismo leía a sus hijas Las mil y una noches, el Canto de los Nibelungos, las obras de Homero y, particularmente, las de Shakespeare, que eran objeto de culto en la familia de Marx. Recordando a su padre, su hija Eleonora escribía: A quienes hayan dedicado su vida al estudio de la naturaleza humana no les extrañará que un luchador tan inflexible pudiera ser al mismo tiempo el más bondadoso y tierno de los hombres. Ellos comprenderán que si sabía odiar con pasión era precisamente porque era capaz de amar con toda su alma; que si su pluma mordaz podía llevar a alguien al infierno, como sólo había sido capaz de hacerlo Dante, ello se debía, justamente, a su fidelidad y a su ternura; que si su humorismo sarcástico podía corroer como un ácido, este mismo humorismo tranquilizaba a los menesterosos y a los oprimidos.

Los asiduos de Marx recordaban con cariño a Elena Demuth, a cuyo cargo corrían los quehaceres domésticos y que compartía todas las penas y alegrías de la casa como un miembro de la familia. Una gran dicha para Marx y su familia fue la de tener muchos y fieles amigos, el mejor de los cuales fue siempre Engels.

Cuando, en agosto de 1851, el periódico progresista de mayor tirada de Estados Unidos, el New York Daily Tribune, le propuso ser su corresponsal en Europa, Marx aceptó. Pero como estaba ocupado hasta la coronilla con la Economía política, pidió a Engels que escribiera una serie de artículos sobre Alemania. Así apareció en el New York Daily Tribune el magnífico trabajo de Engels Revolución y contrarrevolución en Alemania. Para que Marx pudiese dedicarse a redactar su obra económica, Engels le ayudaba sistemáticamente escribiendo artículos, particularmente sobre temas militares, a lo largo de los diez años que Marx colaboró en el periódico. Marx confiaba plenamente en su ministerio de la guerra en Manchester. Pero, no obstante, el periódico le restaba mucho tiempo, pues los artículos que él escribía eran verdaderamente científicos, investigando a fondo cada uno de los problemas de que trataba. Seguía siendo fiel al principio que había proclamado ya en los albores de su actividad literaria: El escritor, como es natural, debe ganar dinero para tener la posibilidad de existir y escribir, pero lo que no debe hacer en absoluto, es existir y vivir para ganar dinero.

Su colaboración en el New York Daily Tribune, así como en la Nueva Gaceta del Oder en 1854-1855, daba a Marx la posibilidad de influir, en cierta medida, en la opinión pública. El único afán que inspiraba los numerosos artículos de Marx sobre la India, China, la revolución en España y la guerra de secesión, que aparecían en el New York Daily Tribune, era respaldar toda lucha progresista, revolucionaria, contra la reacción y la opresión nacional, prestar apoyo a todo movimiento democrático y popular, que acrecentaba las fuerzas de la revolución y creaba condiciones más favorables para los futuros combates del proletariado contra la esclavitud capitalista.

En una serie de artículos, Marx analizó el desarrollo económico de Inglaterra y su régimen político. Marx denunciaba coléricamente la hipocresía y el engaño que saturaban toda la vida política de Inglaterra, el sistema de sobornos y coacciones con que la burguesía se aseguraba una mayoría parlamentaria dócil y sumisa.

Marx prestaba gran atención al movimiento obrero inglés. Con Engels, se esforzaba por ayudar a G. Harney y E. Jones, dirigentes del ala izquierda de los cartistas, a que el movimiento resurgiese sobre una base nueva socialista. Escribí a artículos para los periódicos de Jones Notas para el pueblo y la Gaceta popular y le ayudaba también a redactar los periódicos. Pero la situación no era propicia al resurgimiento del cartismo. Además de las causas generales, relacionadas con el período de la reacción que siguió a la derrota de las revoluciones de 1848-1849, había otras específicas que también contribuían a que el movimiento obrero revolucionario inglés decayese. Como señalaban Marx y Engels, los capitalistas ingleses recibían enormes superganancias, fruto de su monopolio industrial y colonial, y dedicaban parte de ellas al soborno de la aristocracia obrera. Esa política hizo que las capas formadas por el proletariado inglés de mayor calificación profesional tomasen la vereda de una lucha mezquina por pequeñas concesiones dentro del marco del capitalismo.

Marx denunció indignado la política colonial que Inglaterra aplicaba en la India y que causaba la depauperización y la muerte de ingentes masas humanas. En 1857, cuando estalló en la India un levantamiento por la liberación nacional, contra los colonialistas británicos, Marx alzó su voz en defensa del pueblo oprimido. Analizando la política colonial inglesa, Marx llegó a la conclusión de que el pueblo de la India no podría liberarse de las calamidades y humillaciones que sufría, mientras el proletariado no subiese al poder en Inglaterra o mientras el pueblo de la India no se hiciera lo bastante fuerte para poder sacudirse el yugo de los colonialistas.

De la misma simpatía a las masas populares en lucha por la independencia de su país están saturados los artículos de Marx acerca de China, escritos con motivo de las guerras anglochinas y de la insurrección de Taiping.

En 1854-1856, con motivo de los acontecimientos revolucionarios en España, Marx escribió una serie de artículos en los que hizo una concisa reseña de la historia de nuestro país y analizó las causas y el carácter de la lucha que se desarrollaba en él.

La crisis económica mundial que empezó en 1857 y la inminencia de grandes acontecimientos políticos en Europa obligaron a Marx a acelerar sus investigaciones sobre economía política. El fruto de su intenso trabajo de muchos años fueron los gruesos manuscritos económicos de 1857-1858 publicados por primera vez en 1939-1941 por el Instituto de Marxismo-leninismo anexo al Comité Central del PCUS, en alemán, con el título de Grundrisse der Kritik der politischen Okonomie (Fundamentos de la crítica de la Economía política). En estos manuscritos se refleja una etapa muy importante de la formación de la teoría económica de Marx, en la crítica de la economía política burguesa. Contienen varias tesis teóricas que, posteriormente, fueron formuladas de una manera clásica en El Capital. Lo principal en estos manuscritos es que, en ellos, Marx expone en rasgos generales los fundamentos de su teoría de la plusvalía. Refiriéndose a este gran descubrimiento, Engels dijo: Marx elaboró él solo la teoría de la plusvalía en los años 50, negándose con tenacidad a publicar datos sobre ella hasta que se aclarasen completamente todas sus conclusiones. Los manuscritos contienen también ideas teóricas de Marx sobre la futura sociedad comunista, sobre el desarrollo, jamás visto, que las fuerzas materiales y espirituales alcanzarán en ella. En el esbozo inconcluso del Exordio a estos manuscritos, Marx dilucida cuestiones decisivas referentes a la economía política, su método, y otros muchos problemas.

Al preparar sus manuscritos económicos para darlos a la imprenta, Marx revisó todo lo que tenía escrito. En junio de 1859 vio la luz el primer cuaderno de la obra de Marx Contribución a la crítica de la economía política, con la primera exposición sistematizada de su teoría del valor, incluyendo la teoría del dinero.

El Prefacio de esta obra tiene enorme valor científico; contiene la siguiente formulación, genial por su precisión y laconismo, de la esencia de la comprensión materialista de la historia, descubierta por Marx: En la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones, necesarias e independientes de su voluntad, que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona los procesos de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su existencia, sino, al contrario, su existencia social la que determina su conciencia. Al llegar a determinada fase de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad chocan con las relaciones de producción existentes, o, lo que no es más que la expresión jurídica de éstas, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, esas relaciones se convierten para ellas en trabas. Y entonces comienza una época de revolución social. El capitalismo es el último régimen social antagónico, de clases. Con él, según palabras de Marx, termina la prehistoria de la humanidad.


Después de haber sido publicado el primer opúsculo de la Contribución a la crítica de la economía política, Marx consideraba necesario efectuar un trabajo complementario para poner en claro para sí mismo ciertas conclusiones y dar a su obra un carácter acabado, pero se lo impidieron los grandes acontecimientos internacionales del año 1859.

miércoles, 30 de enero de 2013

Biografía de Marx (Parte 11)


Las enseñanzas de la revolución

La derrota de la revolución no hizo vacilar ni un instante la convicción profunda de Marx, científicamente fundamentada, de que la causa a la que había consagrado su vida era grande y justa. El jefe del proletariado revolucionario no adolecía del desconcierto, abatimiento y falta de fe tan peculiares en aquel entonces en los dirigentes de la democracia pequeño-burguesa. Aguantó igualmente con gran firmeza los duros sufrimientos y privaciones que hubo de soportar cuando él y su familia se vieron en el extranjero sin un céntimo en el bolsillo.

En cuanto llegó a Londres, Marx se puso a preparar la edición de la revista Nueva Gaceta del Rin. Revista política y económica. En los seis números de la revista editados en Hamburgo en 1850 se publicaron algunos trabajos de Marx y Engels que trataban de los resultados de la revolución de 1848 en Francia y en Alemania.

A fines de 1849, el Comité Central de la Liga de los Comunistas reanudó su actividad. En marzo de 1850, Marx y Engels escribieron y enviaron a las comunas de la Liga el Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas. En este documento, de importancia extraordinaria, se analizaban las enseñanzas de la revolución de 1848-1849 en Alemania y las perspectivas de una futura revolución, y se esbozaba la táctica del partido proletario en ella. La conclusión principal a que se llega en el Mensaje es la de que, en la futura revolución, a diferencia de la de 1848, el partido obrero deberá actuar de la manera más organizada, más unánime y lo más independiente posible. En contraposición a los pequeño-burgueses, que, al llegar al poder, procurarán dar por terminada la revolución lo antes posible, la tarea del partido obrero consistirá en hacer la revolución permanente... Para nosotros no se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de crear otra nueva.

La idea de la revolución permanente, cuyos fundamentos estaban ya en la Nueva Gaceta del Rin, fue formulada en el Mensaje con mucha más amplitud. Esta idea fue desarrollada en la teoría de Lenin acerca de la transformación de la revolución democrático-burguesa en revolución socialista, confirmada en los combates revolucionarios de 1917 y en el triunfo de la Revolución Socialista de Octubre.

En otoño de 1850, Marx y Engels llegaron a la conclusión de que la nueva situación histórica de auge económico y de fortalecimiento de la reacción en Europa excluía el estallido de la revolución en un futuro inmediato. Sopesando serenamente las particularidades de aquella nueva situación histórica, los fundadores del comunismo científico exigieron que se revisara la táctica del partido y se modificaran las formas de lucha. La nueva situación imponía la necesidad de llevar a cabo una tenaz y escrupulosa labor de agrupación de fuerzas, de preparación sistemática de estas fuerzas para una futura revolución. No obstante, algunos miembros de la Liga de los Comunistas, con Willich y Schapper a la cabeza, propusieron, sin tener en cuenta las condiciones históricas objetivas, planes aventureros de preparación de un levantamiento armado en Alemania. En la reunión del Comité Central de la Liga, celebrada el 15 de septiembre de 1850, Marx hizo una profunda crítica de la línea conspiradora, sectaria y voluntarista de Willich y Schapper y demostró lo peligroso que era el aventurero juego a la revolución. Marx, aunque le apoyaba la mayoría de los miembros del Comité Central, hizo todo lo posible por mantener la unidad de la Liga de los Comunistas. Pero el grupo de Willich-Schapper provocó la escisión. El Comité Central se trasladó de Londres a Colonia para contrarrestar la labor de desorganización de los elementos ultraizquierdistas y sectarios.

Al mismo tiempo que trabajaba en la Liga de los Comunistas, Marx dedicaba muchas energías a la síntesis teórica de la experiencia de las revoluciones de 1848 a 1849. Fruto de esta labor fueron sus obras: Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850, escrito en 1850, y El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, escrito en 1852.

En las obras mencionadas, Marx dio un ejemplo de aplicación del materialismo histórico al estudio de los acontecimientos históricos concretos. En ambos trabajos, la profundidad del análisis va unida a la maestría de un brillante literato, y la objetividad científica del sabio, a la pasión revolucionaria del luchador político. Sintetizando la experiencia de la lucha del proletariado y de las masas trabajadoras en la época borrascosa de la revolución, cuando la actividad, la iniciativa de las masas populares y su papel creador en el proceso histórico se manifiestan con la mayor fuerza, Marx enriqueció su teoría con nuevas conclusiones de suma importancia. Éstas se refieren, principalmente, a dos problemas: a las relaciones entre el proletariado y los campesinos y a la actitud del proletariado hacia el Estado.

La experiencia de la revolución francesa y de la insurrección proletaria de junio (1848), en particular, convencieron a Marx de que la clase obrera no podría destruir el régimen burgués si las masas campesinas no se levantaban contra la dominación del capital, si no se adherían al proletariado, aceptándolo como su dirigente. Al poner de manifiesto la naturaleza doble y contradictoria del campesino, como trabajador y como propietario, Marx demostró que, comprendidos acertadamente, sus propios intereses debían impulsar a los campesinos a la alianza con el proletariado urbano. Los campesinos... encuentran su aliado y jefe natural en el proletariado urbano, que tiene por misión derrocar el orden burgués. En su carta a Engels del 16 de abril de 1856, Marx formuló como sigue esta conclusión política, sumamente importante: Todo el problema, en Alemania, dependerá de la posibilidad de respaldar la revolución proletaria con una especie de segunda edición de la guerra campesina. Esta idea de Marx fue desarrollada en la teoría leninista de la revolución socialista realizada no por el proletariado aislado contra toda la burguesía, sino por el proletariado erigido en la fuerza hegemónica y que tiene como aliados a los elementos semiproletarios de la población, es decir, a los millones de seres de las masas trabajadoras y explotadas.

La rica experiencia política de las revoluciones de 1848 y 1849 permitió a Marx desarrollar y concretar su teoría del Estado. Marx empleó por primera vez la fórmula clásica de dictadura del proletariado en su obra Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850. Como demostró Marx, el socialismo científico, contrariamente a las distintas variedades del socialismo burgués, pequeño-burgués y utópico, es la declaración de la revolución permanente, de la dictadura de clase del proletariado como punto necesario de transición para la supresión de las diferencias de clase en general, para la supresión de todas las relaciones de producción en que éstas descansan, para la supresión de todas las relaciones sociales que corresponden a esas relaciones de producción, para la subversión de todas las ideas que brotan de estas relaciones sociales. Al definir la actitud del proletariado hacia el Estado, Marx decía en su obra El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte que todas las revoluciones anteriores habían reforzado y perfeccionado la vieja máquina estatal, convirtiendo este aparato administrativo y militar en un arma, cada vez más potente, de represión contra las masas oprimidas. La tarea de la revolución proletaria consiste en destruir, demoler la vieja máquina estatal. Todas las revoluciones perfeccionaban esta máquina, en vez de destrozarla. Lenin señalaba que esta conclusión es lo principal, lo fundamental, en doctrina del marxismo sobre el Estado.

La importancia que Marx concedía a su teoría sobre el Estado, sobre la dictadura del proletariado, se aprecia en su carta a Weydemeyer del 5 de marzo de 1852, en la que dice: Por lo que a mí se refiere, no me cabe el mérito de haber descubierto la existencia de las clases en la sociedad moderna ni la lucha entre ellas. Mucho antes que yo, algunos historiadores burgueses habían expuesto ya el desarrollo histórico de esta lucha de clases y algunos economistas burgueses la anatomía de éstas. Lo que yo he aportado de nuevo ha sido la demostración de:

— que la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases históricas del desarrollo de la producción:
— que la lucha de clases conduce, necesariamente, a la dictadura del proletariado;
— que esta misma dictadura no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de las clases sociales
.

Así, pues, la lucha del proletariado y de las masas trabajadoras en los años de la revolución proporcionó una rica experiencia que permitió seguir impulsando la teoría revolucionaria del proletariado y los fundamentos de la estrategia y táctica del partido proletario. Marx y Engels formularon su teoría de que la insurrección es un arte, partiendo, concretamente, de las enseñanzas de la insurrección de junio en París y de la insurrección de mayo de 1848 en el suroeste de Alemania.

Al mismo tiempo que sintetizaban la experiencia de las revoluciones de 1848 y 1849, los fundadores del comunismo científico seguían desplegando una intensa actividad para agrupar a los obreros de vanguardia, para consolidar la Liga de los Comunistas. Esta organización dirigida por Marx inquietaba cada vez más al Gobierno de Prusia. Para poner término a las actividades de la Liga, la policía prusiana, en mayo de 1851 llevó a cabo detenciones entre los obreros en algunas ciudades de Alemania y, basándose en denuncias falsas y documentos torpemente fabricados, amañó un proceso contra los comunistas en Colonia.

Marx dejó de lado todo su trabajo para dedicarse a desenmascarar la falsificación de esos documentos y ayudar en todo a sus camaradas acusados. Pero estos hombres habían sido ya condenados de antemano, pues ellos representaban al indefenso proletariado revolucionario ante un tribunal que defendía los intereses de las clases dominantes. En el folleto Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia, Marx, puso al desnudo las sucias maquinaciones del Gobierno de Prusia, de su policía y sus tribunales. Debido a la detención de varios miembros del Comité Central de la Liga de los Comunistas, residentes en Colonia, quedaron rotos los lazos que unían a Marx y a Engels con el continente, y, de hecho, la Liga misma dejó de existir en Alemania. A propuesta de Marx, la Liga de los Comunistas se declaró disuelta en noviembre de 1852.

Sin embargo, los mejores militantes de la Liga de los Comunistas, formados por Marx y Engels, continuaron propagando la teoría revolucionaria, educando a las masas obreras y preparándolas para futuros combates revolucionarios.

Corrupción y capitalismo

(Antorcha.org)

Se ha abierto la tapa de la alcantarilla y no deja de salir mierda. Las corruptelas surgen por doquier. Alcaldes y concejales de todas las latitudes del Estado se muestran muy aficionados a recibir comisiones por hacer la vista gorda para que las constructoras sigan especulando y construyendo a mansalva en terrenos urbanizables o no. Es una auténtica epidemia. Como se suele decir, no se salva ni el tato. Aquí el que no pilla es porque no quiere. Hasta la Pantoja está metida en el ajo.

¿Pero a alguien le podía extrañar todo esto que está ocurriendo? El capitalismo es corrupción. Ni más ni menos. La corrupción no es una anomalía ni una disfunción del sistema. Es su misma esencia. El capitalismo se erige sobre la corrupción. Su máxima es todo se compra y todo se vende. Y en un sistema donde todo gira en torno a esta lógica, la podredumbre no puede sino extenderse y abarcarlo todo.

Y, efectivamente, lo abarca todo. Las corruptelas de los alcaldes y concejales son sólo la punta de un enorme iceberg. Éstos, parafraseando el título de una película de Woody Allen, son sólo unos granujas de medio pelo. Lo más bajo dentro de la escala social de los delincuentes. Son, además, la coartada tras la que se están ocultando las grandes, gigantescas corrupciones en las que se mueven, no unos pocos millones de euros, sino cientos y cientos de millones de euros.

En todos estos escándalos que están saliendo a la luz sólo se habla de pequeñas o medianas inmobiliarias o constructoras, de alcalduchos y concejalillos del tres al cuarto, de nuevos ricos horteras y casposos como Roca y otros. Pero de las corrupciones de las grandes empresas y los grandes bancos, de los multimillonarios como Botín y compañía, de los políticos de postín no se oye ni una palabra.

Los grandes trapicheos quedan en la sombra. Este tipo de basura se esconde bajo la alfombra. No pueden salir a la luz. De otro modo, se vería hasta qué punto el capitalismo español, al igual que el resto de capitalismos, es un enorme montón de mierda, una fosa séptica a rebosar.

No se habla de cómo los consejos de delegados del BSCH o el BBVA roban a sus propios accionistas, ocultándoles beneficios que se embolsan en sus nunca suficientemente repletos bolsillos; de cómo evaden impuestos por medio de eso que llaman ingeniería financiera, en la que son unos auténticos expertos; de cómo blanquean dinero procedente del narcotráfico... El mismo narcotráfico es otro negocio capitalista, como las finanzas, la construcción, el turismo, etc. Se diferencia en que está declarado ilegal. Pero, en el capitalismo, lo legal y lo ilegal se confunden, sus fronteras no son nítidas. Lo importante es hacer negocio, ganar dinero. El modo en que eso se haga es una cuestión accesoria. Si para obtener beneficios hay que envenenar a la gente, sobornar, delinquir, dar golpes de Estado, asesinar, provocar guerras, bombardear civiles... se hace. El negocio lo es todo. Todo empieza y termina en el negocio. Fuera de él no hay nada. Esto, y no otra cosa, es el capitalismo.

No se habla tampoco de los enormes pelotazos urbanísticos y especulativos de constructoras e inmobiliarias como Dragados, ACS, Sacyr, Metrovacesa... De esto nada se oye. ¿Acaso alguien piensa que estas empresas han llegado a convertirse en lo que son sin robar, sin hacer todo tipo de trampas, sin sobornar? Eso no sucede en el mundo capitalista. El mundo capitalista es el mundo del hampa. Entre un gran banco o una gran constructora y la mafia napolitana existen muchas menos diferencias de las que se piensan; sus diferencias, de hecho, son apenas de matiz.

También permanece en las tinieblas cómo el señor Polanco, es decir, el grupo PRISA ha llegado a levantar un monopolio mediático tan inmenso como el que tiene hoy, que abarca periódicos, varias televisiones, radios, editoriales... El grupo PRISA se ha convertido en lo que es gracias a su sucursal política, que no es otra que el PSOE, el cual, con González y ahora con Zapatero, no ha hecho más que abrirle camino para su expansión, suavizando o reinterpretando determinadas leyes, otorgándole licencias de todo tipo, etc.

Podríamos hablar igualmente de los trapicheos de Repsol en Latinoamérica, que se ha dejado un buen dinero en sobornos de funcionarios para seguir robando a manos llenas los recursos naturales de los empobrecidos países de la zona, para no pagar impuestos...

En fin, que no se salva ni dios. Todos están metidos hasta las cejas en la misma charca de lodo.

Y si hay que hablar de corrupción, por qué no hablar de cómo el Estado no es sino el servidor fiel, la prostituta de la oligarquía financiera, el instrumento del que se vale para mantener en pie su chiringuito, que tan formidables beneficios le reporta.

Todo el Estado está a su servicio. Ni una sola de sus instituciones se salva. El parlamento es una farsa, una gran mentira. Allí no reside ni ha residido nunca la llamada voluntad popular, que, entre otras cosas, no puede expresarse en un país donde los únicos partidos y proyectos políticos que están permitidos son aquellos que comulgan con el sistema. Los partidos parlamentarios, de izquierda o de derecha, representan siempre a uno u otro sector oligárquico o burgués; no al pueblo. El parlamento no tiene otra función que gestionar los intereses capitalistas. Promueve reformas laborales cada vez más restrictivas para con los derechos de los trabajadores, sus planes económicos no tienen otro objetivo que mantener o aumentar los márgenes de beneficio de la patronal; aprueba leyes para la represión del movimiento obrero y popular, como la Ley de Partidos, con la que se proscribe y criminaliza, aún más de lo que ya estaba proscrita y criminalizada, toda ideología, toda organización política que se salga de los estrechos márgenes del pensamiento único, del fascismo constitucional que heredamos directamente del Caudillo... La Justicia, con la inquisitorial Audiencia Nacional a la cabeza, y la policía no son otra cosa que el brazo armado del capitalismo, sus perros de presa, dispuestos a lanzarse sobre cualquiera que se oponga a este régimen de explotación y opresión. No están para proteger al ciudadano, como pretenden hacernos creer constantemente.
Sí, todo está corrompido, podrido, viciado. Todo hiede. Hay que acabar con la corrupción. Hay que acabar con el capitalismo.


sábado, 26 de enero de 2013

Biografía de Marx (Parte 10)


En las luchas revolucionarias

El marxismo se formó y desarrolló como ciencia indisolublemente ligado a la práctica revolucionaria. Marx y Engels no sólo enseñaban a las masas, sino que también aprendían de ellas. Contribuyeron singularmente al auge del marxismo los períodos revolucionarios, los períodos de desbordante y fecunda actividad histórica de las masas, los momentos cruciales, los más importantes y decisivos en la historia de la sociedad.

La publicación del Manifiesto del Partido Comunista coincidió con la revolución democrático-burguesa de febrero en Francia, que tuvo repercusiones en otros países de Europa. Asustado por el incremento del movimiento revolucionario, el Gobierno belga detuvo a Marx y lo expulsó del país. Marx se trasladó entonces a París para participar allí en la lucha revolucionaria. A su llegada a París, Marx facultado por los comités de Londres y Bruselas, procedió a reorganizar el Comité Central de la Liga de los Comunistas, siendo elegido su presidente. Formaron parte de éste, además de Marx y de Engels, K. Schapper, G. Bauer, J. Moll y W. Wolff.

Marx y sus partidarios se manifestaron resueltamente contra el poeta alemán Herwegh, que había formado en París una legión armada alemana para invadir Alemania y llevar a este país, desde Francia, las llamas de la revolución. Oponiéndose a esta aventura, a esta exportación de la revolución, Marx exhortaba a los obreros, comprendidos los militantes de la Liga de los Comunistas, a regresar individualmente a Alemania con el fin de organizar allí a las masas para la lucha revolucionaria.

Al comenzar la revolución en Alemania, Marx y Engels redactaron marzo de 1848 un documento de gran importancia: Reivindicaciones del Partido Comunista en Alemania, aprobadas por el nuevo Comité Central de la Liga y difundidas luego en todo el país. Este documento resumía las principales tareas de la revolución en Alemania: la instauración de una república democrática única; el establecimiento del sufragio universal; el armamento general del pueblo; la abolición de todas las cargas feudales; la nacionalización de las fincas de los príncipes y demás posesiones señoriales; la nacionalización de las minas, ferrocarriles y demás medios de transporte; la implantación del impuesto de utilidades progresivo; la separación de la Iglesia del Estado, etc. La realización de la plataforma política de la Liga de los Comunistas debía llevar a la eliminación del fraccionamiento político y económico de Alemania, dividida en 38 Estados, grandes, pequeños y minúsculos, a la supresión radical de todos los vestigios feudales, al triunfo de la revolución democrático-burguesa y a la creación de condiciones más favorables para la lucha del proletariado por el socialismo.

A principios de abril de 1848, Marx, Engels y sus correligionarios más cercanos abandonaron París y se trasladaron a Alemania, donde había estallado la revolución. Se quedaron en Colonia, centro de la provincia del Rin, una de las regiones avanzadas de Alemania, donde había bastantes obreros y cuya legislación vigente ofrecía mayores posibilidades para la prensa, para realizar el plan de Marx: la edición de un gran diario revolucionario.

A la par que preparaba la publicación del periódico, Marx realizaba una enérgica labor política de partido. Ya estando en París, él, por mediación de los militantes de la Liga de los Comunistas residentes en Maguncia, había dado los primeros pasos para centralizar las sociedades obreras y agrupar al proletariado alemán en una organización política de masas. Después de su llegada a Colonia, varios militantes de la Liga fueron enviados en calidad de emisarios para que organizasen comunas de la Liga y sociedades obreras legales. Sin embargo, la organización de comunas tropezó con enormes dificultades. En Alemania, fraccionada políticamente y atrasada desde el punto de vista económico, donde la gran industria estaba aún en embrión y predominaba la artesanía, la clase obrera era todavía demasiado débil, no estaba organizada y carecía del desarrollo político necesario. Debido a la falta de condiciones favorables para formar en aquel período el partido obrero, los representantes de vanguardia del proletariado, encabezados por Marx y Engels, para no verse convertidos en una secta, únicamente podían actuar en política como ala izquierda, proletaria, del partido democrático. Por eso, Marx y Engels consideraban que en aquel período era admisible la colaboración de los comunistas con los demócratas pequeño-burgueses en el seno de una sola organización, criticando, no obstante, su inconsecuencia y sus constantes vacilaciones. Marx y Engels exigían que los comunistas, como combatientes de vanguardia del campo democrático, no olvidasen, ni por un instante, las tareas particulares del proletariado, para el que la revolución democrático-burguesa no era sino una etapa imprescindible de la lucha, y no la meta final. La bandera de la Nueva Gaceta Renana, fundada por Marx y Engels, era la bandera de la democracia, pero de una democracia que destacaba siempre, en cada caso concreto, su carácter específicamente proletario. Ateniéndose a esta táctica, Marx recomendó a los miembros de la Liga de los Comunistas y a las organizaciones obreras por ellos dirigidas que ingresaran en las sociedades democráticas que iban surgiendo en Alemania. El mismo Marx ingresó en la Sociedad Democrática de Colonia y fue elegido miembro del Comité Provincial Provisional de las sociedades democráticas de Renania y Westfalia. Simultáneamente, Marx orientaba a sus partidarios a organizar sociedades obreras y educar políticamente al proletariado, a crear las condiciones para la formación de un partido proletario.

El 1 de junio de 1848 empezó a publicarse la Nueva Gaceta Renana, con el subtítulo de órgano de la democracia. Componían la redacción Carlos Marx (redactor-jefe), Federico Engels, H. Bürgers, E. Dronke, G. Weerth, F. Wolff y W. Wolff. Mediante el periódico, Marx y los demás miembros de la redacción dirigían políticamente las actividades de los militantes de la Liga de los Comunistas, diseminados por toda Alemania. Después de los sucesos de marzo en Alemania la pervivencia de la Liga como organización secreta había perdido todo sentido. La Nueva Gaceta Renana no tardó en hacerse muy popular no sólo en Alemania, sino también en el extranjero. En sus páginas, Marx y Engels analizaban los acontecimientos más importantes de los borrascosos años de 1848 y 1849 y daban consignas de lucha, orientando a las masas al logro de los principales objetivos de la revolución. El periódico defendía, con gran energía y valor sin precedente, los intereses de las masas populares, que luchaban en las calles de París y de Viena, en las ciudades y aldeas de Alemania y Francia, de Italia y Hungría, de Bohemia y Polonia. La Nueva Gaceta Renana no sólo se titulaba con perfecto derecho órgano de la democracia alemana, sino también de la europea.

Marx y Engels consideraban que la tarea primordial de la Nueva Gaceta Renana en Alemania consistía en luchar infatigablemente para disipar las ilusiones muy difundirlas entre el pueblo, de que la revolución había culminado con las batallas de marzo y lo único que quedaba por hacer era gozar de sus frutos. El periódico explicaba cada día a las masas que las luchas decisivas estaban por venir y fustigaba colérica y apasionadamente la política traidora de la burguesía alemana, que después de las jornadas de marzo había empuñado el timón del gobierno orientándose hacia un entendimiento con la reacción feudal y absolutista de Prusia. Marx y Engels desenmascararon la traición de la burguesía a los campesinos, al renunciar ésta a abolir sin indemnización las cargas feudales, y su política de opresión de otros pueblos. Todos los pueblos que se alzaban en defensa de una causa progresista, democrática, encontraban en la Nueva Gaceta Renana su fiel más ardiente defensora.

La Nueva Gaceta Renana denunciaba con mordaz ironía el cretinismo parlamentario de los diputados de las asambleas nacionales de Berlín y de Francfort, que, en vez de pasar a acciones revolucionarias, audaces y decisivas, se entregaban a discusiones vacías.

Marx estimaba que la premisa esencial para el triunfo efectivo y completo de la revolución era la implantación de la dictadura revolucionaria del proletariado: Toda estructura provisional del Estado después de la revolución exige una dictadura, una dictadura enérgica. Marx exhortaba al pueblo a que ajustase las cuentas con severidad a los enemigos de la revolución, que reagrupaban sus fuerzas con el fin de hacer girar hacia atrás la rueda de la historia. Asignaba al proletariado un papel especialmente importante en la lucha revolucionaria y laboraba para que la clase obrera de Alemania se convirtiese en el destacamento más consecuente y decidido de todo el campo democrático. Marx censuraba la posición sectaria, ultraizquierdista por su forma y oportunista por su contenido, del socialista auténtico Andreas Gottschalk, presidente de la Sociedad Obrera de Colonia, y la política reformista, mezquina, de Stephan Born, dirigente de la Sociedad Obrera de Berlín, y más tarde de la Fraternidad Obrera, porque, con su táctica errónea, apartaban a los obreros de la lucha por el logro de los principales objetivos de la revolución democrático-burguesa.

El carácter proletario de la Nueva Gaceta Renana, se manifestó con singular brillantez con motivo de la insurrección de junio de 1848 los obreros parisienses. Marx concedió una gran importancia histórica a esta insurrección, viendo en ella la primera guerra civil entre el proletariado y la burguesía. Glorificó el valor sin precedente de los insurrectos y estigmatizó, lleno de indignación, la crueldad de la contrarrevolución burguesa.

Después de la derrota del proletariado francés, cuando la contrarrevolución levantó cabeza también en otros países de Europa, Marx y Engels trabajaron enérgicamente para movilizar a las masas. Marx tomó parte activa en el Congreso provincial de las sociedades democráticas del Rin, celebrado en Colonia en agosto de 1848. El Congreso confirmó unánimemente en sus funciones al Comité provincial anteriormente elegido, uno de cuyos dirigentes era Marx.

A finales de agosto, Marx hizo un viaje a Berlín y a Viena para establecer contacto con obreros avanzados y demócratas de izquierda, a fin de impulsarlos a luchar contra las monarquías prusiana y austríaca. Marx se proponía asimismo colectar dinero para la Nueva Gaceta Renana, a la que, por haber salido en defensa de los insurrectos de junio, habían abandonado los últimos accionistas. En Viena, Marx conferenció con los dirigentes de las organizaciones democráticas y obreras de Austria. Además, participó en una reunión de la Sociedad Democrática de Viena e hizo en la Sociedad Obrera dos informes: uno sobre las relaciones sociales en la Europa Occidental y otro sobre el trabajo asalariado y el capital.

A su regreso a Colonia, Marx, así como los demás miembros de la redacción, puso todo su empeño en organizar a las masas populares para que pudieran rechazar las embestidas de la contrarrevolución. Ya antes de su llegada, el 13 de septiembre de 1848, la Nueva Gaceta Renana convocó en la Frankenplatz de Colonia una asamblea popular, en la que se eligió un Comité de Seguridad, en el que entraron Marx y Engels. Entre los asistentes a la asamblea se distribuyeron las Reivindicaciones del Partido Comunista en Alemania. El 17 de septiembre se celebró en Woringen, cerca de Colonia, otra asamblea de muchos miles de obreros y campesinos, convocada por la Nueva Gaceta Renana y la Sociedad Obrera de Colonia. El 20 de septiembre, el Comité de Seguridad de Colonia convocó una asamblea popular más con motivo del levantamiento en Franckfort. El gobierno, preocupado por el impetuoso ascenso del movimiento de las masas en Renania y por la enorme influencia que adquiría la Nueva Gaceta Renana, concentró de antemano sus tropas en espera de un pretexto para efectuar una sangrienta matanza. El 25 de septiembre fueron detenidos, con fines de provocación, los más destacados dirigentes de los obreros de Colonia. Apreciando con serenidad el momento, Marx y sus partidarios lograron que la indignación de las masas no desembocara en una insurrección prematura y aislada en la excelente fortaleza prusiana. Fracasada la provocación, el Gobierno de Prusia declaró el 26 de septiembre el estado de guerra en Colonia, desarmó y disolvió las milicias populares y suspendió varios periódicos, empezando por la Nueva Gaceta Renana. Algunos miembros de la redacción, y entre ellos Engels, tuvieron que abandonar la ciudad para burlar a la policía, que tenía orden de detenerlos. Una amplia campaña de protesta obligó al gobierno a levantar el 3 de octubre el estado de guerra. El 12 de octubre, la Nueva Gaceta Renana volvió a venderse en las calles de Colonia. Marx tuvo que hacer grandes sacrificios materiales para reanudar la publicación del periódico, invirtiendo en éste la herencia paterna que acababa de recibir.

La ausencia de Engels hizo que Marx tuviera que dedicar más tiempo a sus obligaciones de redactor. Consagraba también muchas energías a la Sociedad Democrática y a la Sociedad Obrera. El Comité de la Sociedad de Colonia, pidió a Marx que fuese su presidente, pues Moll, dirigente de ésta, se había visto obligado a emigrar a Londres para evitar que le detuviesen, y Schapper estaba en la cárcel. Al aceptar provisionalmente este cargo, Marx, el 16 de octubre, pronunció un discurso en una reunión del Comité de la Sociedad e informó a los obreros del desarrollo de la insurrección de Viena.

En su artículo La caída de Viena, escrito el 6 de noviembre de 1848, demostró que la causa fundamental de la derrota de los insurrectos había sido la traición de la burguesía. Denunciando los planes de la contrarrevolución, Marx declaró que en Prusia se preparaba un golpe de Estado y exhortó a las masas a emplear en la lucha contra la ofensiva de la contrarrevolución los métodos más eficaces y decisivos.

Como Marx había previsto, la reacción prusiana, animada por el triunfo de la contrarrevolución en Viena, decidió dar un golpe de Estado. El 9 de noviembre, el rey de Prusia firmó un decreto en virtud del cual la Asamblea Nacional trasladaba su sede de Berlín a la pequeña ciudad provinciana de Brandenburgo. Se veía claramente que preparaba la disolución de la Asamblea. Debido a ello, Marx hizo un llamamiento a los diputados de la Asamblea para que detuvieran a los ministros y pidieran ayuda al pueblo y a los soldados.

A fin de poner en movimiento a las masas populares, Marx lanzó el 11 de noviembre la consigna de negarse a pagar los impuestos. Esto hubiera minado la base financiera de la contrarrevolución y movilizado a las masas populares para una activa resistencia a las autoridades. El 14 de noviembre, el Comité Democrático Provincial, dirigido por Marx, exhortó a todas sus organizaciones de la provincia del Rin a incitar a la población a negarse a pagar los impuestos. Bajo la presión de las masas, la Asamblea Nacional votó el 15 de noviembre un decreto, sancionando la negativa al pago de los impuestos, que debía entrar en vigor a partir del 17 de noviembre. Con este motivo, el Comité Regional hizo el 18 de noviembre un segundo llamamiento, en el que se lanzaban nuevas consignas: resistir en todas partes y por todos los medios a la recaudación de los impuestos, organizar milicias populares para rechazar al enemigo, y formar comités de seguridad. Marx, que era el alma del movimiento en la provincia del Rin, desarrolló una gran actividad a fin de movilizar a las masas para la lucha contra la ofensiva de la contrarrevolución. Pero la Asamblea Nacional, que era la única que podía centralizar los focos diseminados del movimiento, decidió limitarse a una resistencia pasiva, legal. Valiéndose de ello, la contrarrevolución consumó el golpe de Estado, dando el 5 de diciembre, el decreto de disolución de la Asamblea Nacional.

En su artículo La burguesía y la contrarrevolución de diciembre de 1848, Marx hizo un análisis de las enseñanzas de la revolución de marzo en Alemania y denunció la cobardía y la traición de la burguesía alemana. Marx cifraba sus mayores esperanzas en el proletariado francés, que con su revolución triunfante impulsaría de nuevo a la revolución en Europa. Marx veía un peligro para la revolución europea no sólo en la Rusia zarista -entonces principal baluarte de la reacción europea-, sino también en la Inglaterra aristocrático-burguesa. Marx se equivocaba al pensar que en Francia se avecinaba la revolución proletaria y exagerar la decrepitud del capitalismo. Pero semejantes errores de los gigantes del pensamiento revolucionario -escribió Lenin, refiriéndose a Marx y Engels- que trataban de elevar y supieron elevar al proletariado del mundo entero por encima de las tareas pequeñas, habituales, mezquinas, son mil veces más nobles, más sublimes e históricamente más valiosos y veraces que la vil sabiduría del liberalismo oficial.

A medida que iba fortaleciéndose, la contrarrevolución prusiana redoblaba las persecuciones contra Marx y la Nueva Gaceta Renana. Marx y Engels, que acababan de regresar de Suiza, tuvieron que comparecer el 7 de febrero de 1849 ante un tribunal, acusados de injurias a las autoridades. Al día siguiente, Marx volvió a comparecer ante el tribunal. Esta vez se le acusaba, al igual que a otros dirigentes del Comité Democrático de la provincia del Rin, de haber exhortado al pueblo a que no pagase los impuestos y de incitar a la rebelión. Lo mismo que el día anterior, Marx no apareció ante el tribunal como acusado, sino como acusador. El tribunal se vio obligado a emitir fallos absolutorios en los dos procesos.

Al movilizar a las masas a combatir la ofensiva de la contrarrevolución, la Nueva Gaceta Renana ponía cada vez más de manifiesto su carácter verdaderamente proletario. A principios de abril, Marx empezó a publicar en ella su obra Trabajo asalariado y capital. En esta obra, uno de sus primeros trabajos de economía, investigó Marx las relaciones económicas que constituyen la base material de la lucha de clase del proletariado y de las masas trabajadoras en la sociedad capitalista y mostró con gran nitidez la explotación capitalista y la depauperación absoluta y relativa de la clase obrera bajo el capitalismo, conjugando magistralmente el riguroso análisis científico de los complejos problemas de la Economía política con una sencilla exposición, perfectamente comprensible para los obreros.

En relación con los cambios en la situación política y con el aumento de la conciencia política de las masas obreras, en la primavera de 1849 cambió también la táctica de Marx y Engels. La experiencia política adquirida por las masas obreras en las luchas revolucionarias y el hecho de que los obreros avanzados se hubiesen apartado de la democracia pequeño-burguesa, que se había desenmascarado a sí misma, y sus anhelos de unirse en escala nacional, puestos de relieve en muchos congresos de las sociedades obreras de distintas regiones de Alemania, permitían ya plantear prácticamente la tarea de constituir una organización independiente del proletariado. A mediados de abril de 1849, Marx y Engels, lo mismo que la Sociedad Obrera de Colonia, dirigida por ellos, se salieron de la Sociedad Democrática, rompiendo orgánicamente con la democracia pequeño-burguesa, para adherirse a la organización nacional de los obreros, que se estaba formando, y convertirla en un partido político, cuyo núcleo debían ser los comunistas. En la preparación ideológica para crear ese partido desempeñó un gran papel la obra Trabajo asalariado y capital, publicada en la Nueva Gaceta Renana. Carlos Marx y sus partidarios procedieron a reforzar los vínculos que les unían con los miembros de la Liga de los Comunistas dispersos por toda Alemania. A este fin, Marx hizo un viaje por las ciudades de Westfalia y del Noroeste de Alemania, enviando emisarios al Centro y al Este del país.

Sin embargo, a la sazón se libraban en Alemania las últimas batallas entre las fuerzas de la revolución y las de la contrarrevolución. La insurrección, en cuyas banderas estaba inscrita la consigna de defensa de la constitución del Imperio aprobada por la Asamblea de Fráncfort, había estallado a principios de mayo en Dresden, en varias ciudades de Renania y Westfalia, así como en el Palatinado y Baden. Para ayudar a las masas populares alzadas en armas, Marx y Engels trazaron un plan orientado a extender todavía más la insurrección, a centralizar la dirección de la misma y a desplegar las acciones revolucionarias con audacia y rapidez. Este plan tomaba en consideración la perspectiva general de la lucha revolucionaria en Europa, el nuevo ascenso de la revolución en Francia e Italia y la guerra revolucionaria en Hungría. Sin embargo, los demócratas pequeño-burgueses que encabezaban la insurrección demostraron una vez más que eran incapaces de acciones revolucionarias decididas. Su cobardía y constantes vacilaciones permitieron a las tropas prusianas aplastar, uno por uno, todos los focos de la insurrección.

Después de reprimir los dispersos focos de la insurrección en Renania, la contrarrevolución, envalentonada, se ensañó con la Nueva Gaceta Renana. Pretextando que Marx había renunciado a la ciudadanía prusiana en 1845, y, a su regreso a Alemania, en 1848 le había sido denegada la petición de que se le reintegrara ésta, el Gobierno prusiano ordenó que fuese deportado del país como extranjero, por haber infringido el derecho de hospitalidad. Contra los demás miembros de la redacción fueron incoados inicuos procesos. De hecho, eso era el fin de la Nueva Gaceta Renana. El último número del periódico, correspondiente al 19 de mayo de 1849, apareció impreso en tinta roja. En él se publicó un mensaje de despedida de la redacción A los obreros de Colonia. El mensaje terminaba así: Los redactores de la Nueva Gaceta Renana se despiden de vosotros dándoos las gracias por la simpatía que les habéis demostrado. Su última palabra será siempre y en todas partes ésta: ¡Emancipación de la clase obrera!

Después de una breve estancia en Frankfort, Baden y el Palatinado, Carlos Marx, que esperaba un nuevo ascenso de la revolución en Francia, se trasladó a París. En el Palatinado, Engels se alistó en el destacamento voluntario de Willich y tomó parte en cuatro batallas contra las fuerzas de la contrarrevolución.

En París, Marx restableció y amplió sus relaciones con los demócratas franceses y las asociaciones obreras. Cuando fracasó el levantamiento de los demócratas pequeño-burgueses el 13 de junio de 1849, el Gobierno francés expulsó de París a Marx, quien, el 24 de agosto, se trasladó a Londres, adonde poco después llegaban Engels y otros miembros del Comité Central de la Liga. Así empezó el período londinense de la emigración de Marx que duró hasta el fin de sus días.

La derrota de la revolución de 1848 se explica por las particularidades de una época histórica, en que el carácter revolucionario de la burguesía moría ya en Europa, mientras que el proletariado no estaba aún maduro para tomar las riendas de la lucha.

Fue durante la revolución cuando se mostró con fuerza singular el genio de Marx, su gran energía, su indomable voluntad, su abnegación y apasionamiento de luchador revolucionario por la causa del proletariado, por los intereses de todos los trabajadores y todos los oprimidos. Era la primera vez en la historia que un dirigente revolucionario asentaba su política sobre una base científica. Las revoluciones de 1848-1849 no sólo fueron la primera prueba histórica del marxismo, sino también un potente manantial para su desarrollo y enriquecimiento ulteriores.

Biografía de Engels


Federico Engels 

(1820-1895)

Sumario:

— El niño que quería aprender
— Comienzo de la actividad revolucionaria
— Voluntario en el ejército prusiano
— El paso al materialismo y el comunismo
— Una ciencia para transformar el mundo
— La Liga de los Comunistas
— En las batallas revolucionarias
— La hora de la reacción
— La práctica teórica
— La Primera Internacional
— La Comuna de París
— Últimos años junto a Marx
— Maestro del proletariado europeo
— La lucha contra el revisionismo

Biografía de Marx (Parte 9)



La organización del partido obrero


En París Marx y Engels mantuvieron inicialmente un estrecho contacto con Proudhon pero pronto tuvo que pasar a la crítica porque éste se mantuvo siempre en el terreno de la teoría y la utopía, incapaz de avanzar más allá y adoptar posturas realmente revolucionarias. Algunas de las ideas originarias de Proudhon eran innovadoras e influyeron al comienzo sobre Marx y Engels, que en La sagrada familia hicieron una valoración positiva de ellas: Proudhon somete la base de la economía nacional, la propiedad privada al primer examen serio, absoluto, al mismo tiempo que científico. He aquí el gran progreso científico que ha realizado, un progreso que revoluciona la economía nacional y plantea, por primera vez, la posibilidad de una verdadera ciencia de la economía nacional. La obra de Proudhon ‘¿Qué es la propiedad?’, tiene para la economía nacional la misma importancia que la obra de Siéyès ‘¿Qué es el tercer estado?’, para la política moderna.

Pero Proudhon era por completo ajeno al proletariado. Sus tesis expresaban la ruina del artesanado y la pequeña burguesía. Sostuvieron también una lucha implacable contra las nebulosas concepciones idealistas, reformistas y pequeño-burguesas de Proudhon. En diciembre de 1846, Marx ya criticó a Proudhon en una larga carta a Paul Annenkov exponiendo concisamente su propia concepción materialista de la historia. El libro de Marx Miseria de la Filosofía responde a la Filosofía de la miseria de Proudhon, escrito en 1847, con una crítica detallada de sus concepciones.

Miseria de la Filosofía fue otro importante paso de Marx en la elaboración de los fundamentos teóricos del comunismo científico -el materialismo dialéctico y el materialismo histórico-, la primera exposición en letras de imprenta de sus tesis principales. En esta obra hizo Marx el balance de los primeros resultados de la revisión crítica de la economía política burguesa, revisión iniciada ya por él durante su estancia en París. Puso al descubierto el principal defecto de la economía política burguesa, que estimaba inmutables y eternas la sociedad capitalista y las leyes económicas a ella inherentes. Contrariamente a los economistas burgueses y a su acólito Proudhon, Marx consideraba las categorías de la economía política como una expresión teórica de las relaciones sociales, como categorías históricamente transitorias, llamadas a desaparecer con las condiciones que las habían engendrado. Al denunciar la inconsistencia de las recetas proudhonianas de mejoramiento del capitalismo. Marx demostró que la explotación, la miseria y las crisis acompañan necesariamente al capitalismo y sólo pueden ser suprimidas si se suprime el modo de producción capitalista. Concretando su idea de la misión histórica del proletariado, Marx destacó la enorme importancia de la lucha económica de los obreros y su ligazón indestructible con la lucha política, esbozando por vez primera la táctica de la lucha de clase del proletariado.

Tanto en la Miseria de la Filosofía como en las conferencias que dio para los obreros de Bruselas en diciembre de 1847 y que fueron publicadas por la Nueva Gaceta Renana en 1849, con el título Trabajo asalariado y capital, Marx formuló importantes tesis de su economía política. Fueron necesarios muchos años de investigación para desentrañar las claves de la economía de la sociedad capitalista, sintetizar la rica experiencia de la lucha de la clase obrera y dar a su doctrina económica un carácter acabado, rigurosamente científico.

La lucha de Marx y Engels contra el socialismo auténtico, contra la doctrina de Weitling, la de Proudhon y otras tendencias pequeño-burguesas contribuyó a que los obreros avanzados empezaran a comprender el comunismo científico.

Marx se encontraba inmerso en un proyecto de organización de nuevo tipo que agrupara a los comunistas y a los obreros de vanguardia de distintos países sobre la base de un programa revolucionario y una teoría científica. Contando con Engels, aspiraba a hacer su nueva teoría revolucionaria patrimonio de las masas obreras, a pertrechar al proletariado con la comprensión de los objetivos y los medios de la lucha. Entonces Bruselas ofrecía grandes comodidades a este respecto. Bélgica era como una estación intermedia entre Francia y Alemania. Los obreros e intelectuales alemanes que se dirigían a París pasaban habitualmente algunos días en Bruselas. Desde allí la literatura ilegal se repartía clandestinamente por toda Alemania. Entre los obreros residentes temporalmente en Bruselas algunos eran personas extraordinariamente inteligentes.

Desde que Marx comprendió que para transformar radicalmente el régimen social existente había que apoyarse en la clase obrera, en el proletariado, el cual, en su propia existencia, encuentra toda clase de estímulos para su lucha contra este régimen, se dirigió a los círculos obreros, esforzándose con Engels por penetrar en todos sus lugares de reunión, en todas las organizaciones donde se agrupaban. Porque ya entonces existían tales organizaciones, si bien dispersas y sometidas a la influencia de la burguesía.

Muchos historiadores no han reparado en el trabajo de organización de Marx, al cual presentan como un pensador de gabinete. No han captado el papel de Marx en cuanto organizador y, por tanto, no han examinado una de las facetas más interesantes de su fisonomía. Si no se conoce el papel que Marx desempeñó como inspirador del trabajo de organización de 1846 y 1847, es imposible comprender el que tuvo luego como organizador en 1848 y durante la época de la I Internacional.

Desde el fracaso de mayo de 1839, la Liga de los Justos había dejado de existir como organización central. Únicamente quedaron círculos aislados, organizados por antiguos miembros de la Liga de los Justos, uno de ellos en Londres.

Marx y Engels tuvieron que empezar desde cero. En Bruselas crearon la Sociedad de educación obrera, donde Marx dio unas conferencias sobre economía política a los obreros. Además de cierto número de intelectuales entre los cuales destacaban Guillermo Wolf (a quien Marx dedicó más tarde el primer tomo de El Capital) y Weidemeyer, se encontraban igualmente en Bruselas obreros como Stephan Born, Vallau, Seiler y otros.

Apoyándose en esta organización, Marx y Engels lograron estrechar sus relaciones con los círculos de Alemania, Londres, París, Suiza. Poco a poco, el número de militantes partidarios de las tesis de Marx y Engels aumentaba. Con el fin de agrupar a todos los elementos comunistas Marx concibió entonces un plan: transformar esta organización nacional puramente alemana en una organización internacional. Al principio era necesario crear en Bruselas, en París y en Londres un grupo, un núcleo de comunistas, que estuvieran completamente de acuerdo entre sí. Estos grupos tenían que designar comités encargados de mantener relaciones con otras organizaciones comunistas. De este modo se estrecharía la unión con otros países, y se prepararía el terreno para la unión internacional de estos comités. A propuesta de Marx, estos últimos se llamaron comités de correspondencia comunista. Algunos historiadores se han figurado que estos comités eran simples oficinas de corresponsales desde las que enviaban correspondencias litografiadas. O bien, como escribió Mehring en su último trabajo sobre Marx:

Al no tener su propio órgano, Marx y sus amigos, se esforzaban en llenar como les fuera posible esta laguna por medio de circulares impresas y litografiadas. Al mismo tiempo, intentaron asegurarse corresponsales regulares en los grandes centros donde vivían los comunistas. Existían oficinas de este tipo en Bruselas y Londres, y se proponían establecer una en París. Marx escribió a Proudhon pidiéndole su colaboración.

Sin embargo, basta leer la respuesta de Proudhon para ver que se trataba de una institución que no tenía nada que ver con una corresponsalía normal. Y, si recordamos que este intercambio de cartas tuvo lugar en 1846, tenemos que deducir que, mucho tiempo antes de que desde Londres propusieran a Marx que entrara en la Liga de los Justos ya desaparecida, en Londres, en Bruselas y en París, existían ya organizaciones cuya iniciativa emanaba, sin ningún género de dudas, de Marx.

Los comités de correspondencia tenían una larga tradición en el movimiento revolucionario europeo, habiendo surgido de las filas de la propia burguesía revolucionaria. En 1792 por Thomas Hardy había fundado la sociedad londinense de correspondencia; cuando al Club de los jacobinos le prohibieron organizar secciones en las provincias, también organizaron comités de correspondencia. Es el mismo proyecto que luego Lenin puso en funcionamiento en Rusia con el periódico Iskra como método de organización. Al fundar sus sociedades, Marx también tenía intención de convertirlos en comités de corresponsales.

En el segundo semestre de 1846 existía en Bruselas un comité de corresponsales perfectamente organizado, que cumplía las funciones de órgano central y al cual se le rendían cuentas. Comprende un número bastante grande de miembros y, entre ellos, muchos obreros. Formaban parte de él Marx, Engels, Guillermo Wolff, Edgar Westfalen, José Weydemeyer, Fernando Wolff, el comunista belga Felipe Gigot y otros. A mediados de 1846, el Comité Comunista logró entablar relaciones con los cartistas ingleses, con los dirigentes de la Liga de los Justos de Londres, con las comunas parisinas de la Liga y con diferentes grupos comunistas de Alemania. En París existía otro comité organizado por Engels que realizaba una propaganda intensiva entre los artesanos alemanes; en Londres existía otro dirigido por Schapper, Bauer y Moll. Seis meses más tarde éste fue a Bruselas para invitar a Marx a entrar en la Liga de los Justos y, como demuestra una carta de 20 de enero de 1847, acudió a Bruselas no como delegado de la Liga de los Justos, sino como delegado del comité de corresponsales comunistas de Londres, para presentar un informe sobre la situación de la sociedad londinense. Después de este viaje fue cuando Marx se convenció de que la mayoría de los londinenses se habían liberado de la influencia de Weitling. Probablemente, por iniciativa del Comité de Bruselas, resolvieron convocar un congreso en Verviers, ciudad situada cerca de la frontera alemana, de manera que a los comunistas alemanes les resultaría fácil la asistencia. Finalmente se desplazó a Londres, ciudad que presentaba mejores condiciones.

Entonces, dio comienzo una lucha de distintas tendencias. Principalmente en París, donde trabajaba Engels, esta lucha fue muy viva. Una corriente está representada por Grün, quien defiende el comunismo alemán, o verdadero comunismo, del cual encontramos una mordaz caracterización en el Manifiesto Comunista. Engels sostiene otra plataforma. Naturalmente, cada uno de los adversarios se esforzaba por reunir la mayoría de votos posibles. Y Engels cree a menudo hacerse con la victoria no sólo porque ha triunfado, tal como lo comunica al comité de Bruselas, al convencer a los que dudaban.

Durante el verano de 1847, el congreso se reunió en Londres. Marx no asistió. El representante por Bruselas fue Guillermo Wolf y Engels representó a los comunistas parisienses. Los delegados eran poco numerosos, pero nadie se inmutó por ello. El congreso acordó reorganizar la Liga, que pasó a llamarse Liga de los Comunistas. La vieja consigna ¡Todos los hombres son hermanos! fue sustituida, a propuesta de Marx y Engels, por la de ¡Proletarios de todos los países, uníos! A partir de entonces, esta consigna, expresión del principio del internacionalismo proletario, es un llamamiento de combate de los proletarios en su lucha contra la esclavitud capitalista. Adoptaron unos estatutos, redactados por Engels, cuyo primer punto formulaba clara y netamente la idea esencial del comunismo: El objetivo de la Liga es el derrocamiento de la burguesía, el dominio del proletariado, la supresión de la antigua sociedad burguesa, basada en el antagonismo de clase, y la fundación de una nueva sociedad sin clases ni propiedad individual.

Los estatutos de la organización fueron adoptados con la condición de que serían sometidos al examen de los distintos comités, y que serían adoptados de un modo definitivo en el próximo congreso, con las modificaciones que fuera necesario aportar a los mismos.

El principio del centralismo democrático aparecía como fundamento organizativo. Cada uno de sus miembros debía profesar el comunismo y llevar una vida conforme con los objetivos de la Liga. El núcleo fundamental de la organización estaba constituido por un grupo determinado de miembros. Recibía el nombre de comunidad. Había comités regionales. Las distintas regiones del país se unían bajo la dirección de un centro cuyos poderes se extendían a todo el país. Estos centros tenían que rendir cuentas al comité central.

Esta organización se convirtió en el modelo para todos los partidos comunistas de la clase obrera al principio de su desarrollo. Pero tenía una particularidad que luego desapareció, aunque la encontremos nuevamente entre los alemanes hacia 1860. El comité central de la Liga de los Comunistas no se elegía personalmente en el Congreso. Sus plenos poderes como centro dirigente eran transmitidos al comité regional de la ciudad designada por el congreso como lugar de residencia del comité central. De este modo, si el congreso designaba Londres, la organización de esta región elegía un comité central de por lo menos cinco miembros. Ello aseguraba su estrecha relación con la gran organización nacional. Este es el tipo de organización que más tarde encontramos entre los alemanes, tanto en la propia Alemania como en Suiza. Su comité central siempre estaba ligado a una ciudad determinada designada por el congreso, y que llevaba el nombre de ciudad de vanguardia.

El congreso aprobó igualmente elaborar el proyecto de una profesión de fe comunista, que sería el programa de la Liga. Las diferentes regiones tenían que presentar su proyecto al congreso siguiente. Además, se decidió proceder a la edición de una revista popular. Este fue el primer órgano obrero que se declaró abiertamente comunista. En la primera página de este órgano, aparecido un año antes de la publicación del Manifiesto comunista, figura la consigna: ¡Proletarios de todos los países, uníos!

La revista no apareció más que una vez. Los artículos del primer y único número fueron escritos principalmente por los representantes de la Liga Comunista de Londres, y ellos mismos realizaron la composición tipográfica del mismo. El editorial está escrito de una forma muy popular, con un lenguaje simple. Expone las particularidades que distinguen la nueva organización comunista de las de Weitling y de las organizaciones francesas. Ni una sola vez se menciona la Federación de los Justos. Se consagra un artículo especial al comunista francés Cabet, autor de la famosa utopía Viaje en Icaria. En 1847, Cabet había realizado intensa propaganda con el fin de reunir a la gente que se establecía en América, y así crear en suelo virgen una colonia comunista, según el modelo de la que había descrito en su novela Icaria. Incluso fue especialmente a Londres para convencer a los comunistas de esta ciudad. El artículo somete su plan a una crítica detallada, y recomienda a los obreros que no abandonen el continente europeo, porque únicamente en Europa se instaurará el comunismo. Hay, también, un artículo que, según Riazanov, fue escrito por Engels. La revista finaliza con un resumen político y social, cuyo autor indudablemente es el delegado del comité de Bruselas en el Congreso, Guillermo Wolf.

A finales de noviembre de 1847, se reunió en Londres el segundo congreso. Esta vez asistió Marx. Antes de la reunión de este congreso, Engels le había escrito desde París que había esbozado un proyecto de catecismo o profesión de fe, pero que creía más racional titularlo Manifiesto Comunista. Marx probablemente aportó al congreso las tesis que había elaborado. En el congreso no todo discurrió plácidamente. Los debates duraron varios días y Marx tuvo muchas dificultades para convencer a la mayoría de la justeza del nuevo programa. Este fue adoptado en sus rasgos fundamentales y el congreso encargó especialmente a Marx que escribiera en nombre de la Liga de los Comunistas no una profesión de fe, sino un manifiesto, como había propuesto Engels.

Al mismo tiempo que actuaban en la Liga de los Comunistas, Marx y Engels contribuían activamente a que se formara en Bruselas la Asociación Democrática, cuya finalidad era la unificación de las fuerzas democráticas de todos los países. Los fundadores del marxismo estimaban que el proletariado debía apoyar todo movimiento progresista, democrático. En la Gaceta Alemana de Bruselas, que gracias a ellos llegó a ser órgano de la propaganda democrática y comunista, Marx y Engels publicaron una serie de artículos en los que preparaban a los obreros alemanes para la revolución democrático-burguesa que iba madurando en Alemania, explicándoles que no debían ver en ella su objetivo final, sino una condición indispensable para iniciar la revolución proletaria. Los artículos que escribieron en este período encierran ya, en germen, la idea, que posteriormente formularon, de la revolución permanente.

Marx y Engels concedían gran importancia a los preparativos del II Congreso de la Liga de los Comunistas, en cuyo orden del día figuraba la cuestión del programa de la organización. En el Congreso, celebrado en Londres a fines de noviembre y comienzos de diciembre de 1847, quedaron aprobados definitivamente los Estatutos de la Liga y se debatió el programa, siendo aceptados por unanimidad los principios que Marx y Engels defendían, y se encomendó a ambos que redactaran el manifiesto.

Aprovecharon su estancia en Londres para fortalecer las relaciones que Engels había establecido ya con los cartistas en 1842-1843 y Marx en 1845, cuando ambos hicieron un viaje a Inglaterra. Marx y Engels ampliaron también sus vínculos con los demócratas y los comunistas de otros países. Asistieron a un mitin internacional consagrado al aniversario de la insurrección polaca de 1830. En el discurso que en este mitin pronunció Marx, abogando por el internacionalismo proletario, desarrolló la idea de que únicamente la victoria del proletariado llevaría a la liberación de todas las nacionalidades oprimidas, a la eliminación de todos los conflictos y guerras internacionales y cimentaría sólidamente la auténtica fraternidad de los pueblos. Engels formuló en este mismo mitin la tesis que después ha sido el principio rector del proletariado en la cuestión nacional, diciendo: Ninguna nación puede ser libre si continúa oprimiendo a otras.

En febrero de 1848 apareció en Londres el Manifiesto Comunista, obra inmortal de Marx y Engels. En este documento programático del comunismo científico, se hizo por vez primera una exposición concisa de la teoría revolucionaria del proletariado: En esta obra -decía Lenin- está trazada, con claridad y brillantez geniales, la nueva concepción del mundo: el materialismo consecuente, aplicado también al campo de la vida social; la dialéctica, como la doctrina más completa y profunda del desarrollo; la teoría de la lucha de clases y de la histórica misión revolucionaria del proletariado, creador de una sociedad nueva, de la sociedad comunista.

El Manifiesto está todo él consagrado a fundamentar científicamente la inevitabilidad histórica de la destrucción del capitalismo y su sustitución a consecuencia de la revolución proletaria y del establecimiento del dominio político del proletariado, por una nueva sociedad, por la sociedad sin clases.

Marx y Engels demostraron que, a medida que las relaciones de producción de la sociedad capitalista fueran convirtiéndose en trabas más y más insoportables para el desarrollo de las fuerzas de producción, la burguesía, que defendía la propiedad privada sobre los medios de producción, iría dejando de ser la clase progresiva que había sido en el pasado y se haría una clase más y más reaccionaria, un freno para el avance de la humanidad hacia un régimen superior, hacia el comunismo.

Desarrollando la idea de la misión histórica del proletariado, Marx y Engels demostraron que la clase obrera cumpliría su misión de sepulturera del capitalismo y de creadora de una nueva sociedad, de la sociedad sin clases, mediante la lucha de clases, la revolución proletaria y el derrocamiento de la dominación de la burguesía.

En el Manifiesto está formulada la idea del papel dirigente del Partido Comunista como condición indispensable para el éxito de la lucha, para la victoria del proletariado, y se muestra que el partido constituye el destacamento más resuelto de la clase obrera, su destacamento de vanguardia, que los comunistas tienen sobre el resto de los obreros la ventaja de estar pertrechados con la teoría revolucionaria que les da una clara visión de las condiciones, la marcha y los resultados generales del movimiento proletario. Al desenmascarar las calumnias y mentiras difundidas por la burguesía acerca de las ideas y los propósitos de los comunistas, los fundadores del marxismo definen en el Manifiesto los verdaderos objetivos del partido del proletariado, que son el derrocamiento de la dominación burguesa y la conquista del poder político por el proletariado.

El Manifiesto expresa una de las más notables ideas del marxismo en la cuestión del Estado: El Estado, es decir, el proletariado organizado como clase dominante: eso es, precisamente, la dictadura del proletariado, afirmaba Lenin. La tesis sobre la dictadura del proletariado es núcleo principal del marxismo.

El Manifiesto Comunista analiza el internacionalismo proletario, proclamado por Marx y Engels. Los fundadores del comunismo científico decían: el dominio del proletariado hará desaparecer el yugo nacional, liberará a la humanidad de las guerras de conquista y de rapiña. Marx y Engels subrayan que la nueva sociedad que remplazará al capitalismo será incomparablemente superior a éste. Mientras que en esta última rige el principio: los que trabajan no adquieren nada y los que adquieren no trabajan, en la sociedad comunista, como predecían Marx y Engels, el trabajo será un medio de hacer más holgada y fácil la vida de los trabajadores.

El cese de toda explotación será en ella la base material de la unidad armónica del individuo y la sociedad, de la verdadera libertad de la persona y del desarrollo multifacético del ser humano, de su capacidad y de su talento. En lugar de la vieja sociedad burguesa, con sus clases y sus contradicciones de clase, vendrá una asociación en la que el libre desarrollo de cada uno será la condición del libre desarrollo de todos.

Al formular el programa de los comunistas, el Manifiesto critica las distintas doctrinas socialistas de aquella época, que eran un obstáculo para la difusión de las ideas del comunismo científico y la organización del partido proletario.

El Manifiesto no sólo ofrece un programa científicamente argumentado, sino que, además, esboza los fundamentos teóricos de la táctica del partido proletario. El principio fundamental de esta táctica lo define diciendo que los comunistas luchan por alcanzar los objetivos e intereses inmediatos de la clase obrera; pero, al mismo tiempo, defienden también, dentro del movimiento actual, el porvenir de este movimiento. Los fundadores del marxismo enseñan a los comunistas a apoyar todo movimiento progresista, revolucionario, dirigido contra los regímenes sociales y políticos reaccionarios. Termina el Manifiesto del Partido Comunista con un valiente llamamiento a la revolución proletaria: Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar. ¡Proletarios de todos los países, uníos!

El Manifiesto del Partido Comunista, obra memorable de Marx y Engels, está penetrado de una noble inspiración creadora, de una arrolladora pasión revolucionaria. No sólo es la síntesis de toda la fecunda obra anterior de los fundadores del marxismo, sino también un gigantesco paso adelante en el desarrollo de la teoría revolucionaria del proletariado. Esta obra clásica remata el proceso de formación del marxismo iniciado en 1844 con los artículos de los Anales franco-alemanes, y pone sólidos cimiento para su ulterior desarrollo.

La doctrina de Marx no hubiera podido aparecer si no hubiera estado ya formada la nueva clase revolucionaria, el proletariado, si no se hubiera manifestado las contradicciones internas irreconciliables propias de la sociedad capitalista. El marxismo nació de la profunda síntesis de 1a experiencia del movimiento obrero. Sus fuentes teóricas fueron la filosofía clásica alemana de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, la economía política clásica inglesa y el socialismo utópico francés. Lenin decía de la gran proeza científica de Marx: Todo lo que había creado el pensamiento humano, lo analizó, lo sometió a crítica, comprobándola en el movimiento obrero, y sacó de ello conclusiones que las gentes encerradas en el marco burgués o atenazadas por los prejuicios burgueses no podían sacar.

La doctrina de Marx, heredera de todo lo mejor que había creado el pensamiento científico, constituyó una verdadera revolución en la filosofía y la economía política, en el desarrollo del pensamiento socialista. Gracias al nacimiento del marxismo, se crearon, por vez primera, condiciones para unir el socialismo con el movimiento obrero. La doctrina de Marx es el arma espiritual del proletariado en su lucha por liberarse de la esclavitud capitalista.

Engels subrayaba constantemente que era a Marx a quien pertenecía el mérito principal en la elaboración de esta doctrina revolucionaria: Marx -decía Engels- era un genio; los demás, a lo sumo, somos hombres de talento. Sin él nuestra teoría no sería hoy, ni con mucho, lo que es. Por eso es muy justo que lleve su nombre.

Es un documento de agitación modélico, como no se ha escrito otro. Como retórica política, dice Hobsbawn, el Manifiesto Comunista tiene una fuerza casi bíblica, un irresistible poder como literatura. Poco común en la literatura alemana decimonónica, está escrito en párrafos cortos, apodícticos. Sus frases lapidarias se transformaron casi naturalmente en aforismos memorables, que se conocen mucho más allá del mundo del debate político, desde el inicial un fantasma recorre Europa, hasta el final los proletarios no tienen nada que perder salvo sus cadenas. Tienen un mundo que ganar. El queda absorbido por su fuerza de convicción, su brevedad concentrada y su atracción intelectual y estilística. Pero sobre todo, el texto atrapa al lector porque entiende fácilmente que el capitalismo que Marx describía en 1848 en esos pasajes de sombría elocuencia, es el mundo en que vivimos 150 años después.

La primera edición del Manifiesto fue reimpresa tres veces en pocos meses, apareció seriada en el Deutsche Londoner Zeitung y corregida y aumentada a 30 páginas en abril o mayo de 1848. Pero desapareció tras la revolución de 1848. Nadie hubiera predicho ningún futuro extraordinario para el Manifiesto en el decenio de 1850 y a principios del de 1860. Un impresor alemán, emigrado a Londres, preparó una pequeña edición privada, probablemente en 1864, y la primera edición alemana, también pequeña, apareció en Berlín en 1866. No parece haber traducciones entre 1848 y 1868, salvo una sueca, de finales de 1848, aparentemente, y una inglesa de 1850. Ambas se esfumaron sin rastro.

La influencia de Marx en la I Internacional, el surgimiento de dos partidos de la clase trabajadora en Alemania, fundados ambos por antiguos miembros de la Liga Comunista, que tenían a Marx en alta estima, condujeron a que resurgiera el interés en el Manifiesto y en sus otros escritos. Por otra parte, en marzo de 1872 el juicio por traición contra los dirigentes de la socialdemocracia alemana Guillermo Liebknecht, August Bebel y Adolf Hepner, le dio al Manifiesto una publicidad inesperada. Entre 1871 y 1873, aparecieron por lo menos nueve ediciones del Manifiesto en seis idiomas y en los siguientes 40 años, ha escrito Eric Hobsbawn, conquistó el mundo, impulsado por el ascenso de los nuevos partidos socialistas, en los cuales la influencia marxista creció rápidamente a partir de 1880. Se convirtió en el documento político más importante de toda la historia. Se lanzaron 55 ediciones en alemán, 34 en inglés (22 traducciones a los idiomas del imperio Habsburgo) y 70 ediciones rusas antes de la revolución de 1917. Incluso antes de la revolución rusa el Manifiesto conoció varios cientos de ediciones en más o menos una treintena de idiomas.