martes, 30 de octubre de 2012

Las cosas interesantes que escriben los que son ‘casi’ marxistas


En los foros de internet de las organizaciones que se consideran comunistas es frecuente observar que a pesar de plantearse interesantes discusiones, finalmente todo acabe en el mismo punto, a saber, en Stalin, sus errores, la burocracia, etc. Es consecuencia de la manera burguesa de debatir. En uno de esos foros alguien apunta que no se puede criticar a Trotski sin haberle leído y que entre todos los documentos del sitio no se puede consultar La revolución permanente. El moderador tercia para decir que, efectivamente, tiene razón y que (aunque no está de acuerdo con Trotski) para poder debatir antes hay que estar bien informado y, por tanto, propone incluir los textos de Trotski para luego poder criticarlos. Siguiendo ese criterio, junto a la Revolución proletaria y el renegado Kautsky de Lenin tendrán que incluir también los textos de Kautsky para poder debatir con conocimiento de causa; y junto al Anti-Dühring de Engels, los del propio Dühring, y junto a la Miseria de la filosofía de Marx, la Filosofía de la miseria de Proudhon, y así sucesivamente pueden ir llenando el servidor.

La consecuencia es que por esa vía, lejos de aclarar nada, incrementan la confusión. Algunos marxistas cuando adoptan la pose estúpida de la burguesía multiplican su ridículo exponencialmente. La manera de debatir impuesta por la burguesía les conduce a decir: no nos hacemos responsables de los contenidos de nuestro foro, o bien: sólo asumimos los artículos firmados, o finalmente: que publiquemos ésto no quiere decir que estemos de acuerdo con ello. Es como si su medio fuera neutral respecto a los contenidos que difunden. Por esa vía los que se llaman marxistas están llenando su propaganda de contenidos antimarxistas con los que -según aseguran- no están de acuerdo. No los suscriben pero tampoco los combaten; es más, los promocionan. Para demostrar que no son dogmáticos están abriendo las puertas a la ideología burguesa, a verdaderos mequetrefes abiertamente contrarrevolucionarios. No son, efectivamente, dogmáticos pero tampoco son marxistas y difunden contenidos antimarxistas porque ni siquiera saben lo que es el marxismo y, por tanto, carecen de criterio propio, incluso sobre aspectos cruciales de la lucha de clases. Ellos, como la burguesía, presentan las ideas como si fueran inofensivas y, por tanto, que no hace ningún daño, sino todo lo contrario, el promoverlas de manera indiscriminada. Los marxistas, por el contrario, creemos que las ideas son ofensivas, creemos en su su fuerza cuando arraigan en las masas y nos vemos en la obligación de difundir las nuestras y combatir de manera implacable las contrarrevolucionarias.

En esos foros aparece un absurdo: se pelean con la burguesía en la calle pero conviven con ella en internet. En la calle hacen barricadas y tiran piedras, pero al sentarse delante del ordenador se vuelven burgueses educados y tragan con todo lo que les echen sin pestañear. Su lema es: no comparto lo que dices pero respeto tus ideas. No entienden que la lucha de clases es política, pero también económica e ideológica. Las luchas ideológicas son luchas de clases que en lugar de en las calles se desenvuelven en los tinteros, en los papeles y en los medios de propaganda.

Lo peor de todo esto es que algunos despistados se consuelan a sí mismos: quizá no sean marxistas pero son progresistas en cualquier caso, dicen.También esa gente aporta cosas interesantes, viene a ser su excusa. Es bueno difundir sus ideas como una mera de difundir las de Marx. Hablan así de gentuza del estilo de Antonio Negri, un personajillo vendido desde siempre a la reacción imperialista, como si por un momento fuera imaginable pensar que sus tonterías tuvieran el parecido más remoto con las ideas revolucionarias de Marx. Los embaucadores más sutiles parecen moverse dentro de nuestro propio terreno. Son refinados; casi parecen marxistas: utilizan nuestras expresiones y critican al capitalismo. Por ejemplo, Trotski dijo de sí mismo en su autobiografía:
Para Lenin, cuando pasaba revista a la evolución del partido en su conjunto, el trotskismo no era ninguna cosa extraña u hostil; por el contrario, era la corriente de pensamiento socialista más próxima al bolchevismo (1).
Se trata de eso justamente, de los que no son pero están próximos. Algunos de ellos incluso pretenden mejorar a Marx, a quien ven un poco apolillado por el implacable paso del tiempo, como si quisieran recuperarle para la rabiosa actualidad. Otros dicen que Marx tiene cosas positivas pero que hay otras equivocadas...

Como bien ha escrito Patrick Rossineri, y es lo único que ha escrito bien (2), hoy las obras de MarxEngels y Lenin no se editan ni se distribuyen ni, en consecuencia, se pueden obtener en las librerías. Ni en la sección de economía, ni en la de filosofía, ni en la de sociología. Ha vuelto la censura. Si preguntas en una librería por la obra La ideología alemana, por ejemplo, te dirán que tras la caída de la URSS eso está anticuado; Marx murió hace 130 años. Pero seguro que el librero tiene a la venta las obras de Platón, que murió hace 2.300 años. ¿No está anticuado Platón? ¿Por qué se venden unas obras tan antiguas? ¿Por qué Platón sí interesa y Marx no?

No podemos comprar las obras de Marx pero podemos (¿afortunadamente?) leer a los que casi se parecen (y a veces se parecen mucho) a él. Alguno puede incurrir en la ingenuidad de tratar de saber algo acerca del pensamiento de Marx a través de Negri, quien se presenta como marxista, o casi. El problema es que desde ese casi hasta Marx casi hay un abismo.

Cuando no podemos leer a Marx directamente es cuando llegan los casi marxistas para explicarnos el verdadero pensamiento de Marx, ya pulido de impurezas. No necesitamos a Marx. Por ejemplo, para superar los errores de El Capital y aprender economía política, lo mejor es leer La producción de mercancías por medio de mercancías de Piero Sraffa, que es casi marxista. Conclusión: mejor que marxista es ser casi marxista porque si lo eres al cien por cien entonces eres un dogmático, no piensas por tí mismo, no aportas nada nuevo, no haces más que repetir de memoria lo que Marx ya dijo.

Lo que es y lo que no es marxismo

Nosotros entendemos que existe una frontera entre lo que es y lo que no es -ni podrá ser nunca- marxismo, si bien no es fácil trazarla en un determinado momento y de una manera definitiva. Estamos convencidos también de que cualquier texto no vale como marxismo y que hay tesis que se exponen en su nombre, e incluso del auténtico, que no tienen nada que ver con él.

No se trata de ningún intento por nuestra parte de preservar la pureza del marxismo porque resultaría inútil. Tampoco se trata de exponer el marxismo como una teoría única y fijada de una vez y para siempre, que también resultaría no sólo absurda sino antimarxista, una forma de dogmatismo. A nuestra ideología también se le puede aplicar la dialéctica de la verdad absoluta y la verdad relativa. Lo que defendemos es que muchas de las teorías que circulan por ahí como marxismo no sólo no lo son sino que constituyen otros tantos ataques dirigidos contra él, de manera que si no se reconocen como tales ataques, permaneceremos pasivos e indefensos frente a ellos, a merced de la ofensiva ideológica del enemigo de clase. Como todo lo que está vivo, el marxismo avanza -pese a lo que burguesía diga- en una lucha implacable contra la ideología burguesa y también en una lucha interna. Aparece entremezclado y en oposición constante con toda clase de influencias. Por eso importa intentar esa separación y reiterar que no vale todo lo que se afirma en nombre del marxismo.

Pero no existen fórmulas mágicas para separar el marxismo del antimarxismo, ni existe ninguna autoridad que pueda indicar lo que es y lo que no es marxismo. No obstante, sí creemos poder apuntar algunos criterios mínimos que posiblemente encontrarían un amplio acuerdo entre los marxistas: la dialéctica, el materialismo y la práctica. Añadimos que esos tres criterios se deben dar simultáneamente, lo que resulta más que suficiente para tirar por la borda del marxismo a buena parte de lo que la burguesía nos quiere colar como tal.

La letra muerta

Entre los tres criterios que hemos expuesto, la práctica es la que delimita lo válido de lo falso, pero no sólo en el sentido habitual con el que se utiliza la noción de práctica, sino también en el sentido de que los interrogantes teóricos son los que la práctica plantea. Lo que los intelectuales no podrán entender nunca es que los problemas no los plantea la teoría sino la práctica y que, finalmente, también los resuelve la práctica. Ellos podrán seguir discutiendo durante siglos acerca del importante problema del sexo de los ángeles, así como del dios uno y trino, pero los interrogantes teológicos -teóricos- nunca se resolverán porque no existen fuera de las sacristías.

La teoría y la práctica forman una unidad indisoluble y contradictoria; sólo se les puede separar de una manera relativa y condicionada. Además, como cualquier contradicción, están en movimiento, en un cambio constante, como ya hemos expuesto en otro artículo. Por tanto, esa obsesiva preocupación de algunos teóricos por el marxismo dogmático carece de todo fundamento: si es marxismo no es dogmático y si es dogmático no es marxismo. El marxismo sólo degenera en un dogma cuando se convierte en una teoría, en lo que se califica como una corriente de pensamiento. Por eso la preocupación de los antidogmáticos por la esclerosis es una preocupación por sí mismos. No han entendido nada. Dominados por sus concepciones burguesas, ellos leen a Marx y Engels como quien lee a Aristóteles o a cualquier otro pensador de la historia de la humanidad, cuando Marx y Engels repitieron hasta hartarse que ellos pretendían otra cosa. Pero los antidogmáticos no son tales: a lo que aspiran es a sustituir un dogma por otro, a demostrar que el antidogmatismo consiste no en que no haya dogmas sino en que no haya sólo uno, y de esa manera se ven encerrados en el mismo círculo vicioso de siempre: las tendencias, las corrientes, las facciones... toda la amalgama de versiones diferentes de la misma partitura.

La importancia de la práctica es tal que sin la Revolución de Octubre Lenin no sería lo que es hoy, sus libros no se habrían traducido y, a lo máximo, su nombre aparecería perdido entre los de muchas otras corrientes: Martov, Plejanov,... Lenin no suscita interés sólo por sus escritos sino por el gigantesco impacto práctico que tuvieron sobre la historia de la humanidad.
Contra el dogmatismo se alega a veces que el marxismo es una guía para la acción, cuando quizá sería mejor decir que el marxismo está en la acción misma. No está sólo en El Capital ni en el Anti-Dühring sino en la I Internacional, la Comuna de París, la Revolución de Octubre, nuestra guerra civil, la revolución china, cubana, vietnamita, la transición,... para acabar en la lucha de los obreros de la naval de Vigo. Eso es lo que hay que leer porque si alguien se conforma sólo con una parte, sólo con la teoría, tendrá motivos para sospechar sobre el dogmatismo, en especial sobre su propio dogmatismo.

Los anglosajones tienen la suerte de utilizar los tiempos verbales en gerundio que resultan muy apropiados para dar una noción cabal de lo que es la práctica. Donde nosotros decimos trabajo o producción ellos dicen working que es exactamente la práctica y que podríamos traducir como manos a la obra: una actividad actual, que se está haciendo en ese preciso instante. Pues bien, el marxismo es como la masa de harina que se está haciendo pan en el horno de la práctica, y hay que entenderlo justamente así; en el momento en el que alguien hable del marxismo como pan ya tostado, empieza el dogmatismo porque estaremos hablando del pasado y no del presente ni del futuro. Letra muerta.

Al decir esto corremos el riesgo de caernos por el otro costado, el del empirismo y la tabla rasa, como si cada día pusiéramos los ojos en blanco ante cada nuevo acontecimiento. El marxismo, por el contrario, hila el pasado con el presente, explica cómo éste se gesta a partir de aquel, la transición de uno hacia otro, acumulando en su seno todas las experiencias del movimiento obrero mundial. El marxismo actualiza el pasado, confronta el presente a partir del cúmulo de conocimientos ya adquiridos previamente, como un alumno que se examinara cada día en una evaluación continua de sus conocimientos.

Una de las tareas del partido comunista es justamente ésa: ligar el pasado al presente, transmitir a los revolucionarios de hoy la experiencia de los revolucionarios de ayer de manera que no tengan que partir desde cero. Esa crónica de la actualidad candente en la que los acontecimientos se suceden vertiginosamente uno tras otro, tiene poco que ver con el marxismo si con ella no se explican de dónde provienen y hacia dónde van, sus causas y sus desarrollos futuros.

Marxianos y marcianos

A los antidogmáticos les gusta suavizar un poco las expresiones ideológicas y prefieren hablar de marxianos antes que de marxistas. Es una manera de ensanchar el salón para que todos quepamos dentro del mismo recinto. Quizá no sean del todo marxistas, pero al menos son marxianos, casi alcanzan. Desde antiguo entre éstos casi siempre está la dialéctica como comodín prescindible. Contra el virus dogmático los marxistas tenemos la dialéctica como otro remedio infalible, si bien son muchos marxianos los que precisamente plantean una batalla frontal contra ella, que les resulta tan incomprensible como un sortilegio medieval. Los intelectuales antidogmáticos, como los pacientes cascarrabias, no quieren la enfermedad (el dogmatismo) ni tampoco el remedio (la dialéctica). Por ejemplo, en su obra La ley de la acumulación y del derrumbe del sistema capitalista el economista polaco Henryk Grossman, que pasa por marxiano, repudia la dialéctica expresamente desde sus primeras líneas. Lo mismo cabe decir de Althusser, cuya batalla contra el hegelianismo está en realidad enfilada contra la dialéctica.

El repudio de la dialéctica tiene profundas raíces históricas dentro del movimiento revolucionario como consecuencia -precisamente- de la influencia del dogmatismo: como Marx no nos dejó un manual de ese sortilegio, podemos prescindir de ella sin que nos acusen de heterodoxos. Como, además, al morir él había pasado hacía mucho tiempo el sarampión hegeliano, sus cabalísticos escritos juveniles parecían contaminados por una jerga tan extraña como innecesaria. Como quien seguía insistiendo en ella era Engels y éste no era Marx sino alguien inferior, sujeto a sospecha, se podía prescindir incluso del propio Engels.

Esas y otras varias razones hicieron que a finales del siglo XIX, cuando el marxismo se impuso como ideología dominante dentro del movimiento obrero revolucionario, la dialéctica quedara fuera de juego y la socialdemocracia alemana pudo presentarse perfecta y pulida en el programa, en la letra y en los documentos, mientras sostenía un reformismo ramplón en lo cotidiano, demostrando que el dogmatismo teórico, furibundo en sus grandes expresiones, es ideal para encubrir una política acomodaticia en la práctica. Los dogmáticos siempre recitan de memoria una frase de Marx y Engels con la que excusar sus desvaríos políticos; incluso tienen frases contra el mismo dogmatismo.

Pero el marxismo no es ninguna frase. Como cualquier teoría científica, como cualquier pensamiento vivo, se enriquece conforme evoluciona la realidad y nuestro conocimiento acerca de ella. Esto hace que progrese y avance, pero no lo hace según el capricho retórico de los intelectuales sino conforme a determinadas leyes, que son las de la dialéctica. Por eso con la entrada del capitalismo en su etapa imperialista aparece el leninismo, que no es algo diferente del marxismo sino un desarrollo suyo. Sin embargo, muy pocos de los antidogmáticos aluden a las novedades introducidas por Lenin en el marxismo sino, por el contrario, huyen de ellas, tratando de separar a ambos y retrotraer a Marx a los primeros esbozos de su pensamiento.

Cuando los intelectuales denuncian el dogmatismo es porque no les gusta repetir lo que otros ya han dicho antes que ellos; tienen que decir cosas nuevas para publicar sus artículos y vender sus libros. En su afán novedoso, destacan la importancia de las pequeñas variantes que el capitalismo ha ido introduciendo, olvidando las cuestiones más generales y, por tanto, el encuadre de lo nuevo en lo viejo. De esa manera promueven una visión distorsionada de los fenómenos, de su importancia relativa dentro del modo de producción capitalista, de los motivos de su aparición, del papel que desempeñan, etc. En fin, para hablar de lo nuevo siempre hay que hablar también de lo viejo y, por tanto, repetir lo que otros ya han dicho antes al respecto. Cuando algo cambia es porque otra parte permanece y la dialéctica exige explicar por qué cambia una cosa mientras la otra no lo hace.

El surgimiento de lo nuevo en el desarrollo de todas las cosas es un concepto fundamental de la dialéctica al que los marxistas prestamos enorme atención. Lo nuevo es el futuro que en el momento actual aparece de manera embrionaria en medio de lo antiguo; a todos los recién nacidos les lavan las comadronas, porque lo nuevo no aparece puro y limpio sino en medio de lo viejo. Es lo que se va a desarrollar y por eso atrae nuestro interés. No es la moda, lo que la burguesía lanza como transitorio y efímero, aquello a lo que se aferran los intelectuales como a un clavo ardiendo. La moda es todo lo contrario de lo nuevo: es lo superficial. Lo único que nos permite separar lo nuevo que va a desarrollarse de lo efímero que va a perecer, es la dialéctica y el conocimiento que el marxismo proporciona de las leyes que rigen la evolución de la sociedad. Esta preocupación por lo nuevo es lo que convierte al marxismo en el elixir de la eterna juventud.

No obstante, para impugnar el dogmatismo algunos se aferran a la dialéctica de una manera equivocada. Siguiendo a Lukacs hablan de la dialéctica como un método para diferenciarlo del sistema de Marx. A veces se les escapa que la dialéctica se aplica a la economía, a la historia o a cualquier otro terreno. Otros dicen que Marx se quedó con el método de Hegel y que con él hay que hacer lo mismo: el método de Marx es válido pero no el sistema. Todo eso es un galimatías grotesco. La dialéctica no es un método ni admite tampoco aplicaciones ni distinciones como la de ciencia pura y ciencia aplicada de Bernstein, ni la de ortodoxia y heterodoxia de Lukacs, quien se consideró a sí mismo como el verdadero marxista ortodoxo pero ha pasado a la historia como el verdadero marxista heterodoxo. El mismo Lukacs avisó de que con los defectos idealistas de su libro Historia y conciencia de clase se habían fabricado consignas de moda (3). Pero el libro ha tenido más éxito que las advertencias que en su contra lanzó el mismo que lo escribió. Ésa es la esencia del trabajo disolvente que la burguesía realiza con los autores que son casi marxistas: convirte sus desviaciones en auténticas modas ideológicas.

Predicción y planificación

La importancia que los marxistas concedemos a lo nuevo es lo que nos permite predecir los acontecimientos, asunto respecto del cual se pueden leer habitualmente las mayores estupideces que uno pueda imaginar, hasta el punto de que refutarlas exigiría dedicarle un espacio propio, sobre todo para explicar el concepto de determinismo que en esta discusión subyace inevitablemente. En este punto no hay diferencia entre lo que llaman ciencias naturales y ciencias sociales. La capacidad de realizar predicciones es inherente a cualquier teoría, dentro de los límites que toda teoría tiene. Las teorías se crean precisamente para poder realizar predicciones sobre el futuro, intervenir sobre él, cambiarlo y modificarlo, lo cual no significa poder lograrlo de una manera arbitraria sino siguiendo las propias leyes de la teoría.

Si los marxistas no fuéramos capaces de predecir los acontecimientos tampoco podríamos planificar nuestro trabajo político; no habría programa ni línea política, ni táctica, ni podríamos alertar a las masas, por lo que estaríamos a merced de los acontecimientos, que es lo que le sucede a la burguesía y a todos los oportunistas de su misma naturaleza. Naturalmente que quien predice los acontecimientos (lo cual sólo se puede hacer de una manera general) se equivoca y eso le tiene que enseñar a predecirlo de una manera mejor y más rigurosa, no a dejar de hacer predicciones. Eso es el marxismo y esos son los errores que cometemos los marxistas cuando planificamos nuestra actividad revolucionaria. Los que de ninguna forma son marxistas son los que sellan los boletos de las quinielas los lunes: cuando los acontecimientos han pasado, todos acertamos siempre y entonces es muy fácil criticar a quienes han errado en el diagnóstico. Pero éste que se ha equivocado sí es marxista; no lo es quien carece de diagnóstico. Éste es el que se aferra a la letra muerta, al dogma, un vulgar cronista de la realidad pretérita no alguien que se esfuerza por cambiarla.

¿Qué es, pues, el marxismo? No es otra cosa que esa fusión del pasado y el futuro en el presente mismo sobre el que estamos batallando en la medida de nuestras fuerzas y de nuestras posibilidades. En otras palabras, es el trabajo político de transmitir conciencia (y por tanto organización) al movimiento espontáneo de las masas explotadas, de dirigirlas en sus luchas. Que no pueda existir movimiento revolucionario sin teoría revolucionaria no significa otra cosa que la íntima unidad de ambos. La importancia de la práctica no puede confundirse con el practicismo vulgar, con el viejo lema revisionista de que los principios no son nada y que lo importante es el movimiento. Pocas semanas antes de morir, Engels le escribía a Labriola: ahora estamos a punto de empezar (4). Eso es lo que los marxistas nos repetimos cada día: estamos a punto de empezar... pero no empezamos de cero. Por eso cuando los antidogmáticos dicen que el marxismo tiene que cambiar para adaptarse a los cambios sociales y políticos de la actualidad, nosotros decimos que el marxismo cambia y no cambia a la vez; lo que hace es profundizar en el conocimiento de la realidad. Pero eso no tiene nada que ver con los intentos de sustituir con esa excusa el marxismo por otra cosa diferente que nada tiene que ver con él.

La táctica del caballo de Troya

Nosotros siempre partimos del reconocimiento de que cualquiera puede inventar las teorías que estime convenientes, y esas teorías pueden estar plenamente fundadas y sensatamente argumentadas, no pudiendo por nuestra parte oponer ninguna objeción... excepto cuando las mismas se exponen como parte integrante del marxismo. Éste es el punto en cual nosotros nos vemos, no en el derecho sino en la obligación, de ofrecer también, nuestra opinión al respecto como marxistas. Nada tendríamos que objetar si muchas teorías que pretenden ser marxistas cambiaran su etiqueta y se llamaran fenomenología, estructuralismo, kantismo, sicoanálisis, positivismo, o de cualquier otra forma, pero no es así y todas ellas pugnan por ganar la patente de marxismo cuando, la mayor parte de las veces son su misma negación.

También partimos de la constatación de dos hechos que nos parecen básicos. El primero es que con el transcurso del tiempo, a pesar de lo que la burguesía afirme, el marxismo ha ido ganando en fuerza e influencia más allá del proletariado para el que fue creado, por lo que la burguesía y sus funcionarios ideológicos, a su manera, también han creído asimilar una cierta forma de marxismo y utilizan buena parte de sus categorías, especialmente en las ciencias sociales y en la historia. El segundo es que la táctica del caballo de Troya, tan vieja como la humanidad, determina que la mejor manera de acabar con el enemigo consiste en infiltrarse dentro de su propia fortaleza y que, por tanto, la mejor manera de disolver el marxismo consiste en ponerse sus ropajes para convertirlo en algo inofensivo, en una de las varias corrientes de pensamiento del siglo XIX de las muchas que surgieron, una más.

Nuestra conclusión respecto a estos dos puntos es la siguiente: ni esa influencia del marxismo en la ideología burguesa es marxismo, ni tampoco lo es el entrismo burgués en su seno. Nada podemos oponer a la influencia que el marxismo pueda tener en la ideología burguesa; esta cuestión no nos corresponde abordarla a nosotros; sencillamente nada tenemos que decir al respecto, salvo alertar de que eso nunca puede ser marxismo, algo que nos parece tan obvio que ni siquiera entraremos a razonarlo. Pero no admitimos la influencia de la burguesía y los intelectuales a su servicio en el seno del marxismo. Este segundo aspecto sí es importante porque una de las formas de dominación ideológica de la burguesía consiste en introducirnos su propia versión del marxismo como si fuera la nuestra.

En efecto, la burguesía no podría imponerse políticamente si no lograra establecer su ideología como dominante, lo cual exige que esa ideología burguesa esté lo suficientemente diversificada como para lograr penetrar en ámbitos sociales muy diferentes, como son los de la burguesía y los del proletariado. La burguesía preserva una ideología para sí misma y elabora otra para el proletariado que, lógicamente, tiene que revestir formas distintas de la anterior, sin que por ello deje de ser una ideología burguesa.

La dominación burguesa que, como decimos, es también una dominación ideológica, fuerza a que los marxistas tengamos que desenvolver nuestra lucha -que incluye la lucha ideológica- en condiciones externas de hostilidad. Las cosas que nosotros decimos y la manera en que las decimos resultan totalmente inusuales no sólo para la burguesía sino para la gran mayoría de la sociedad; choca con eso que llaman opinión pública. Por eso la imagen que la burguesía tiene de nosotros es la de iluminados y visionarios; además, como no logran doblegarnos mediante sus medios de propaganda, también nos llaman dogmáticos y fanáticos. Si nuestra propaganda no surtiera ese efecto sorprendente entre muy amplios sectores sociales, es cuando tendríamos motivos para preocuparnos porque estaríamos navegando a favor de la corriente, que necesariamente es burguesa.

Por tanto, es claro que nadie puede sustraerse a la influencia ideológica de la burguesía como a ninguna otra influencia, salvo que se introduzca en una campana de vacío y no salga de ahí, lo que resultaría totalmente antimarxista; lo único que cabe es tomar conciencia de ese influjo y saber utilizarlo. Por ejemplo, tendremos que tomar conciencia de que la presión ideológica de la burguesía está mucho más desarrollada entre los intelectuales que entre los obreros y, por tanto, que tenemos razones para desconfiar mucho más de todo aquello que nos llega de los libros y las academias, así se disfrace con los ropajes más radicales que tenga por conveniente.

El marxismo abierto

No se trata, como afirma Nestor Kohan en su pésimo Diccionario básico de categorías marxistas, de que el marxismo sea abierto porque si pretendiera ser cerrado el resultado sería exactamente el mismo. Cuando no se cuidan las expresiones se producen extrañas asociaciones: la expresión marxismo abierto procede, nada menos, que de un artículo del filósofo vichysta (fascista y católico a la vez) francés Emmanuel Mounier en los prolegómenos de la guerra fría (5) y no podemos considerar que un autor así resulte fiable precisamente.
Pero todo esto tiene poco que ver también con el dogmatismo y el pluralismo, que es la manera en que la burguesía entiende estos fenómenos. No se puede decir que el marxismo es único y uniforme porque no es cierto. Ahora bien, aunque moleste a tanto antidogmático que circula por el mundo, esto también hay que reconocerlo del marxismo soviético, respecto del cual la visión que se ha lanzado en el mundo libre, entre ellos el mencionado Kohan, es ridícula. Bajo el denostado diamat (materialismo dialéctico) monolítico también se escondía una enconada lucha ideológica. El famoso diamat soviético ni formó nunca una única corriente, ni tampoco era plenamente coherente, ni tampoco era siquiera marxista en algunos casos.

Veamos cómo manipulan los hechos los filósofos burgueses. En su libro La filosofía actual, Ferrater Mora divide el marxismo en dos corrientes: por un lado nos presenta el diamat, que califica de ortodoxo (en singular) y, por el otro, a todos los demás marxismos (en plural). El primero, que proviene de un equívoco cometido por Engels, se impuso en la URSS y la mejor manera de que aparezca como algo macizo es no citar absolutamente a ningún autor representativo de esa sopa que Ferrater Mora saca de su propia cabeza o de curas católicos que le sirven de referencia, como el jesuita austriaco Gustav Wetter. Por el contrario, cuando menciona a la otra corriente, los marxistas heterodoxos, aparece una pléyade de nombres: Lukacs, Gramsci, Kolakowski, Althusser, entre otros. La primera corriente es impersonal y gris; la otra está bien definida con nombres y apellidos.

En esa línea de tergiversación, Kohan presenta las cosas de la misma forma:
El marxismo integra diversas tradiciones ideológicas, filosóficas y políticas. No existen en su seno definiciones únicas y taxativas, como erróneamente planteaban los antiguos manuales soviéticos de divulgación (u otros similares inspirados en ellos).
Cada tradición marxista reinterpreta el legado de Marx y sus categorías de diverso modo.
Todo esto que dice Kohan es otra manipulación descarada. Como bien dice, el dogmatismo le ha hecho un daño enorme al marxismo, pero se le olvida decir que el liberalismo le ha hecho otro tanto y, desde luego, las tesis de Kohan tienen más que ver con su liberalismo burgués que con ninguna forma de marxismo. No es ninguna casualidad que Kohan vuelva a plantear el problema de la misma forma que los filósofos burgueses. Esas coincidencias nunca son casualidad. Para él no sólo los manuales soviéticos ofrecían erróneamente (al parecer todos ellos, sin excepción) definiciones taxativas sino que eso no es marxismo porque éste es una amalgama que agrupa diversas tradiciones en su seno, sin que parezca importar que se trate de tradiciones burguesas. Naturalmente que a partir de ese pluralismo se derivan muchos más pluralismos, cada uno de los cuales reinterpreta el legado de Marx de diverso modo, es decir, como le da la gana, remedio infalible contra el maldito dogmatismo. Este puré, cabe concluir, sí es marxismo. Sin embargo, paradógicamente, cuando define la concepción materialista de la historia afirma que es la base de la (re)unificación de todas las ciencias sociales, nada menos: no entendemos cómo se pueden (re)unificar todas las ciencias sociales si ni siquiera el marxismo es único. Con toda su verborrea lo que Kohan pretende es sustituir las definiciones únicas de los manuales soviéticos por las definiciones igualmente únicas de su propio manual, cuyo parecido con el original es pura casualidad.

El final obligado es una paella mixta porque el punto de partida también lo es: el marxismo no integra diversas tradiciones o, por mejor decirlo: el marxismo integra diversas tradiciones en la misma medida en que rompe con ellas. La chapuza ideológica de Kohan se dispara cuando sostiene que, a su vez, cada tradición marxista reinterpreta el legado de Marx porque los marxistas no estamos para interpretar (y menos para reinterpretar) nada sino para cambiarlo todo.

Esto es clave porque es lo que diferencia a los marxistas de todas las tradiciones anteriores, y lo que ha ocurrido con las versiones burguesas de Marxha sido justamente que ya no solamente siguen pretendiendo reinterpretar el mundo sino reinterpretar al propio Marx, lo cual es totalmente absurdo. Lo que diferencia a un sicoanalista de un marxista es que el primero, a 50 euros la hora, sienta a su paciente en el diván para que le cuente sus sueños de manera que pueda interpretarlos, mientras que lo que hacemos los marxistas es organizarle para hacerlos realidad.

Que los antidisturbios desalojen las aulas

Nunca hemos considerado que el marxismo tenga algo que ver con el sicoanálisis, como tampoco con ningún tipo de marxismo salido de las universidades de París, Padua, Berkeley o Buenos Aires. Como decía el viejo Engels de los teóricos puros:
En nuestra agitada época ocurre como en el siglo XVI: en las materias relacionadas con los intereses públicos sólo existen teóricos puros en el campo de la reacción, y eso es lo que explica que estos señores no sean tampoco verdaderos teóricos, sino simples apologistas de esta reacción (6).
Los escritos de Marx y Engels responden a las necesidades revolucionarias (prácticas) de la lucha de clases; la de los marxistas heterodoxos salen de la tiza de una pizarra. El marxismo es una cosa y las reinterpretaciones de Marx son otra bien distinta de la anterior.

La consecuencia de ese marxismo de pega es la repulsión sentida en amplios sectores populares hacia esas abstracciones teóricas. Marx y Engels fueron los primeros en exigir que las masas se adueñaran de la ciencia, mientras que los teóricos se esfuerzan por alejarlas de ella. El marxismo ni nace de la cabeza de unos teóricos ni es tampoco una teoría separada de las masas y de la práctica. En sus Tesis sobre Feuerbach hablaba Marx de laterrenalidad del pensamiento y hoy muchos se siguen quedando estupefactos cuando se esfuerzan por leer algo de todas esas elucubraciones, más cerca del cielo que del suelo.

Puestos a hacer comparaciones, nosotros encontramos mucho más marxismo en el diamat monolítico que en todas las papillas que en el mundo libre nos han querido vender como tal. Lo cual no quiere decir -insistimos- que se pueda suscribir como válido todo lo que provenía de la URSS, y nosotros ya hemos tenido oportunidad de lanzar algunas críticas a determinadas tesis allí vigentes. Pero tampoco vamos a seguir la corriente de renegar de ello, ni mucho menos de suscribir las estupideces que la burguesía ha vertido contra el marxismo soviético.

Tampoco hay que ocultar que muchos de los ataques más serios contra el marxismo realizado en nombre del propio marxismo, han provenido del antiguo bloque de países socialistas. Es el caso del polaco Leszek Kolakowski, a quien Ferrater coloca entre esos marxistas no ortodoxos que tratan de enfrentar a Engels con Marx, criticando al primero para ofrecer así otra versión del segundo, realizada su guisa.

Divide y vencerás, dice el refrán, de manera que Kolakowski, se ponga el disfraz que se ponga, venga de Polonia o de Porriño, es un intelectual burgués cuyas tesis los marxistas debemos combatir sin tregua porque sus afirmaciones, por más académicas que parezcan, no son inocentes o inofensivas reinterpretaciones sino que quieren llevarnos de cabeza al pantano revisionista. Cuando las teorías de Kolakowski descienden del cielo a la tierra, eso es lo único que queda: un reformismo vulgar. Así podríamos seguir con muchos otros cuando después de leer sus teorías tenemos que preguntar por sus prácticas, si es que existen tales prácticas. Por ejemplo, otro que pasa muy frecuentemente por marxista es Adorno, un profesor universitario alemán que cuando los estudiantes ocuparon sus aulas en 1967 llamó a la policía para que los desalojara de allí. Con estas prácticas excusamos perder ni un minuto de nuestro tiempo en exponer las teorías marxistas de Adorno y tantos otros como él...

La lucha de clases es así: mientras Adorno llama a la policía para que desaloje las aulas de estudiantes, nosotros llamamos a los estudiantes para que desalojen a Adorno de las aulas. No sólo no tenemos nada que ver sino que estamos enfrente unos (marxistas) de otros (marxistas).

Ferrater Mora sólo menciona una vez a Lenin como un adaptador del marxismo a los manuales soviéticos; por supuesto en su elenco de autores marxistas tampoco aparecen otros, como el Che Guevara, por ejemplo, porque él otorga más importancia a los teóricos de la especulación pura, a los profesores universitarios que escriben más libros o libros que los mortales como nosotros no somos capaces de entender y, por tanto, pensamos que deben ser gente muy profunda, mucho más que nosotros (que somos unos superficiales).
Si el marxismo estuviera en los libros sería, efectivamente, un dogma acabado y agotado. Pero el marxismo está en las reuniones de los obreros de Turín que preparan la próxima huelga, en los fusiles de los guerrilleros filipinos y en las manifestaciones por las calles de Caracas. El marxismo vive porque en todo el mundo existen partidos comunistas preparando sus próximas ofensivas contra la explotación.

Un cielo poblado por fantasmas

Si el marxismo es una teoría ligada a una práctica, no entendemos que se hable de marxismo allá donde la práctica no existe. Pero lo contrario de la práctica no es la teoría sino la especulación. Por eso los que la burguesía nos promociona como marxistas se han especializado en la estética y la pura contemplación artística (Lukacs, Della Volpe, Marcuse, Benjamin, Lefebre, Adorno) que, como máximo, han llegado hasta comprometerse políticamente pero sin salir jamás del círculo cerrado de las aulas y de los libros.

Una teoría es una respuesta a una pregunta previa cuyo origen es el que se trata de indagar: se trata de saber si esta pregunta es una pura especulación o es una duda que surge de la práctica, de la realidad terrenal. Las dudas y las preocupaciones de los explotados no son las mismas que las de los intelectuales. Como decía Marx, mientras la ideología alemana desciende el cielo sobre la tierra, aquí se asciende de la tierra al cielo. Los lectores atentos de Marx se habrán dado cuenta muchas veces de la reiteración con que en sus escritos aparecen palabras como fantasma, espectro, quimera, ilusión, misterio y otros parecidos. Toda su lucha fue por algo tan simple como encender la luz para demostrar que esos fantasmas no tenían vida propia, que no son más que palabras vacías: pura contemplación. Que hoy a la especulación tradicional, como la religiosa, le haya sucedido otra especulación sobre el propio Marx, no cambia nada las cosas, pero nos parece muy extraño que precisamente a nosotros, que somos los que luchamos contra esto, se nos acuse de dogmatismo y de convertir al marxismo en una religión. No podemos aceptar de ningún modo que ellos, los especuladores, traten de dar un vuelco completo a la cuestión: son ellos, los que presumen de antidogmáticos, los que convierten al marxismo en letra muerta separándolo de la práctica.

El divorcio entre la teoría y la práctica es una forma más de alienación. Pero con la alienación sucede que siempre nos presentan como alienados a los obreros, mientras que los intelectuales puros alardean de una perfecta conciencia de la realidad. Es otro de esos vuelcos espectaculares en los que las cosas aparecen al revés de como son en realidad. Como bien sabemos desde el viejo Feuerbach, la alienación es el imperio de la abstracción, un dominio en el que los especuladores se mueven como pez en el agua. Por el contrario, el marxismo es el análisis concreto de la situación concreta que hace imposible el dogmatismo. Cuando los académicos se mueven y no salen del terreno de las generalidades, es imposible reconocer ahí ninguna forma de marxismo por más que tengan a Marx en la punta de la lengua a cada paso. Pero su tarea es así de quijotesca: tienen que inventar fantasmas para poder enfrentarse a ellos, en lugar de enfrentarse con la realidad y cambiarla.

Es relativamente fácil comprobar no solamente que todas esas teorías son erróneas o que no son marxistas, sino que son antimarxistas y que la misma historia del marxismo es una lucha incansable contra todo ese tipo de concepciones que se reproducen a cada paso. También es fácil deducir que, frente a las ideologías abiertamente burguesas y reaccionarias, aquellas otras que parecen casi marxistas son mucho peores y que contra ellas hay que concentrar el fuego de la crítica porque los ataques más graves que hemos recibido provienen de nuestro mismo entorno. Hay que huir como de la peste del compadreo de que todo vale. Una larga experiencia demuestra que eso tiene poco recorrido y que ni siquiera es posible hablar de debate sino más bien de combate: contra ese tipo de concepciones también hay que levantar barricadas y tirar piedras. En todos los foros hay que mantener la coherencia con lo que hacemos en la calle; hay que dejar de ser tan educados.

Notas:

(1) Trotski: Ma vie, Gallimard, Paris, 1978, pg.396.
(2) «Dialéctica, materialismo y cientificismo», en ¡Libertad!, Buenos Aires, marzo de 2006; el artículo es un burdo ataque contra el marxismo y ha sido difundido en internet por Kaos en la Red.
(3) G.Lukacs: «¿Qué es el marxismo ortodoxo?», en Historia y conciencia de clase, Grijalbo, Barcelona, 1975.
(4) Antonio Labriola: Socialismo y filosofía, Alianza Editorial, Madrid, 1969, pg.45.
(5) «Marxisme ouvert contre marxisme scolastique», en Esprit, mayo-junio de 1948.
(6) Prólogo al tomo III de El Capital.

lunes, 29 de octubre de 2012

Las formas de dominación del Estado burgués (I)

Juan Manuel Olarieta


I. Un problema de banquete

Poco después de 1848 Marx escribió que toda revolución recurre a un pretexto, como esas familias que para reunirse necesitan celebrar algo, cualquier cosa; entonces convocan un banquete y se aturden a sí mismas imaginando que han quedado para comer: "Toda revolución necesita un problema de banquete. El sufragio universal es el problema de banquete de la nueva revolución". La confusión entre una revolución y su correspondiente pretexto, decía Marx, es propia de "semirrevolucionarios", los cuales se engañan "a sí mismos acerca del carácter concreto de la futura revolución" (1).

Cuando invites a un semirrevolucionario a un banquete ten cuidado porque puede creer que tratas de exhibir tus habilidades culinarias. Como cualquier espíritu puro, ellos no necesitan pretextos para la reunión, para la manifestación, ni para la revolución. Lo suyo es la lucha por la lucha, como lo de otros es el arte por el arte, o la guerra por la guerra. Cada día el capitalismo les está suministrando pretextos para la revolución, que ellos rechazan con elegancia porque no los necesitan; no necesitan de nada que no sea la revolución misma.

Mao utilizó un proverbio chino para concluir que "una sola chispa puede incendiar la pradera". Un incendio también necesita un pretexto, la chispa, y tampoco es sorprendente que si en 1848 Marx hablaba del sufragio universal como pretexto, un siglo después Mao siguiera exigiendo un "poder democrático obrero-campesino" (2). En contextos históricos, económicos, culturales, políticos y sociales tan diferentes como Francia en 1848 y China un siglo después, los comunistas han estado unidos por ese hilo conductor: han puesto a la democracia en el orden del día.

Parecería, pues, que el asunto del banquete debería estar algo más claro, pero no es así porque las discusiones en torno a la "revolución democrático burguesa" y asuntos conexos ("revolución permanente") son los más confusos y peor entendidos del materialismo histórico, dando lugar a corrientes aberrantes del movimiento obrero, como el trotskismo. Hoy los comunistas se siguen debatiendo en medio de frases tales como "todo Estado es la dictadura de una clase" y, por consiguiente, "en todo Estado existe democracia para una clase pero no para su contraria". No es que esas frases sean erróneas sino que son redundantes, tautologías que parecen decirlo todo pero no dicen nada porque olvidan, como decía Marx, "el carácter concreto de la futura revolución", es decir, olvidan la historia y sin ella, sin pasado, tampoco puede haber futuro. Sin historia ni siquiera puede haber materialismo histórico. Un programa revolucionario debe ser concreto, no una colección de frases válidas para cualquier país en cualquier tiempo porque las masas lo tienen que asumir como si fuera propio: "La teoría se convierte en poder material tan pronto como se apodera de las masas", decía Marx en uno de sus primeros escritos (3).

Las formas de dominación del Estado burgués están lejos de haber sido esclarecidas, a pesar de que conciernen a varios aspectos claves de la estrategia revolucionaria del proletariado. Por un lado, se trata del empleo de conceptos tales como "democracia burguesa" y "fascismo" y, por el otro, de los propios programas de las organizaciones comunistas. No es casualidad que este debate se reproduzca continuamente en España; algún significado tendrá. Tampoco es casualidad que eso se centre en un momento histórico, como la "transición", que según el discurso dominante, que es el discurso de la clase dominante, debería estar resuelto porque reafirma una y otra vez la existencia de un cambio de régimen político durante la década de los setenta del siglo pasado que condujo del fascismo a la democracia burguesa. Si eso está claro, no habría que darle tantas vueltas, y a la inversa: si se le da tantas vueltas es porque no está tan claro como parece.

No es sólo un debate teórico. Es un hecho que, a diferencia de otros países próximos, en España el movimiento antifascista nunca ha desaparecido, por más que la claudicación de los reformistas (incluidos algunos comunistas) durante la transición haya tratado de aislarlo. Las movilizaciones periódicas del 20-N son una prueba de ello; la recuperación de la memoria histórica es otro. Entonces una pregunta surge espontáneamente: si no hay fascismo, ¿por qué hay antifascistas? ¿Se trata de nostálgicos a quienes sólo les gusta recordar el pasado? ¿La república de 1931? ¿Acaso su lucha no tiene nada que ver con la actualidad?

La consideración de España como un Estado democrático burgués o fascista no es más que una manera de abordar la época de la transición política. La reacción sostiene que la memoria histórica se agota en 1975, momento en el que, sin necesidad de ningún tipo de revolución, se produce un punto de inflexión cualitativo: una clase en el poder "desde arriba" modifica la naturaleza del Estado y el fascismo se transforma en democracia burguesa. Por sí mismo eso ya sería bastante sorprendente, toda una novedad histórica sin duda, y mucho más si tenemos en cuenta de qué clase social estamos hablando cuando nos referimos a la España de 1975: banqueros, terratenientes, especuladores, militares, obispos y burócratas salidos de las cloacas más negras del franquismo como Arias Navarro, Suárez, Rodríguez Mellado, Martín Villa y otros parecidos.

En las condiciones concretas de 1975 la insólita transición del fascismo a la democracia exige una nueva evaluación de los conceptos fundamentales del materialismo histórico. Si algo de eso existió es muy posible que Marx, Engels, Lenin o Dimitrov estuvieran equivocados.

Notas:

(1) Marx, Las luchas de clases en Francia, Obras Escogidas, tomo I, pg.230.
(2) Mao, Una sola chispa puede incendiar la pradera, Obras Escogidas, tomo I, pgs.125 y stes.
(3) Marx, Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, Los Anales Franco-Alemanes, Barcelona, 1970, pg.109.

martes, 23 de octubre de 2012

Amén, amén y requeteamén

A raíz del asalto al supermercado de Écija, el sacerdote y teólogo José Ignacio González Faus escribe esta carta abierta al Ministro de Interior.

Mi querido señor ministro:

Acabo de oír por radio sus declaraciones a propósito de los sucesos en el supermercado de Écija. Reconoce Ud. que hay mucha gente que lo está pasando mal, pero arguye con el clásico axioma moral: el fin no justifica los medios.

Como el ideario de su partido apela a “los principios del humanismo cristiano”, me permito recordarle que según esos principios no hubo en aquella acción ningún uso de medios moralmente ilegítimos (en su legalidad no entro ahora).
Los principios del humanismo cristiano proclaman que “en casos de extrema necesidad todas las cosas son comunes” (in extrema necessitate omnia sunt communia). Porque “la distribución y apropiación de las cosas que procede del derecho humano no puede impedir que estas cosas remedien las necesidades de los hombres. Por eso todo lo que uno tiene de más lo debe a los pobres para su sustento. Y si la necesidad de alguien es tan grave y tan urgente que hay que remediarla con lo primero que se tenga a mano…, entonces cualquiera puede remediar su necesidad con los bienes de los demás, tanto si los quita de modo público como secreto; y esta acción no reviste carácter de robo ni de hurto”.
Estas palabras no son del alcalde de Marinaleda ni del innombrable Carlos Marx. Son de Santo Tomás de Aquino, uno de los pilares de ese humanismo cristiano al que Uds. dicen seguir. Y puede verlas en la Summa Theologica (2ª 2ªe, cuestión 76).
A ellas añadirá el cardenal Cayetano, gran comentador de Tomás, que un juez puede distribuir entre los necesitados el dinero sobrante de los ricos. Me pregunto, pues, si no están Uds. en el atolladero de aplicar la ley contra unos principios que dicen regular el ideario de su partido, quedando como embusteros ante la ciudadanía.
Entiendo además que si Ud. esgrime ese principio de que el fin no justifica los medios, se volverá inmediatamente contra toda la política de este gobierno: para un fin de suyo legítimo y necesario como es rebajar nuestra deuda, ha recurrido el gobierno a medios inmorales (temo que quizás también anticonstitucionales) como son privar a mucha gente de derechos constitucionales, de los ingresos mínimos indispensables, abocarlos al hambre, a la desesperación, a la falta de asistencia médica indispensable, a tener que recurrir a unas Caritas ya desbordadas y a quedarse sin vivienda después de un enorme esfuerzo y encima con una deuda impagable para la que ni siquiera vale el principio lógico de la dación por pago.
La mayoría de los medios que han aplicado Uds. para saldar la deuda española son inmorales y no se justifican por ese fin tan legítimo.
Hace poco habló el presidente del Gobierno de posibles nuevos recortes en esa misma dirección, para reunir 65.000 millones de euros imprescindibles. Su gobierno debe saber que, en España, hay 16 personas que poseen ellas solitas unas fortunas cercanas a los 60.000 millones. Sólo 16 personas entre más de cuarenta millones de españoles. No creo pues que, a la luz del humanismo cristiano, pueda caber duda de cuáles hubieran sido los medios legítimos.
Porque, por otro lado, se repite ahora que todo el dinero que nos va a prestar draconianamente la UE es “para tapar los agujeros de los Bancos”. Ya habíamos oído mil veces que el problema de nuestra deuda era sobre todo de carácter privado y no público; y ahora lo vemos confirmado al saber dónde van a ir esos primeros 30.000 millones que esperamos recibir el mes que viene. Los Bancos y sus agujeros han sido efectivamente los primeros causantes de nuestro desastre actual (sin negar ahora otros factores exteriores a España).
Y lo fueron porque, para un fin de legitimidad muy discutible (como era el enriquecerse más y más) pusieron en juego medios absolutamente ilegítimos, otorgando préstamos que sabían que no podían ser devueltos pero de los que esperaban resarcirse con expropiaciones forzosas mucho más pingües de lo que se expropió en el supermercado de Écija.
¿Sabe Ud. cuántas viviendas inútiles son hoy propiedad de los Bancos? Un ministro del interior debe conocer ese detalle. Como sabrá también que a bastantes gentes ancianas y no muy letradas que tenían en Bankia unos ahorros de seis mil o diez mil euros que constituían toda su fortuna, se las engañó haciéndoles firmar un papel que “iba a ser su solución”, y se les convirtieron los depósitos en acciones, robusteciendo al Banco y debilitándolas a ellas al impedirles disponer de su dinero ahora que lo necesitan.
Si Ud. está decidido a no permitir que para fines en sí legítimos se usen medios ilegítimos, no dudo de que, antes que al alcalde de Marinaleda y su grupo, llevará Ud. a los tribunales a una serie de banqueros de cuyo nombre prefiero no acordarme para esperar a que los investigue la justicia.
O mejor: déjeme decirle que dudo mucho de que Ud. se atreva a hacer eso que sería tan justo: porque son esos Bancos quienes financian buena parte de sus campañas electorales que, tal como están, son otro medio ilegítimo que no queda justificado por el fin de ganar unas elecciones. Y, por supuesto, esto último no vale sólo para su partido sino también para otros del Estado.
Puedo equivocarme como todo ser humano. Pero siempre he tenido la impresión de que, en su partido, suelen argumentar apelando a grandes principios universales indiscutibles, pero que no se aplican al caso concreto que se discute. Y que además suelen exigir a los demás lo que no se exigen a Uds. mismos. Debo confesar que las declaraciones suyas que acabo de oír por radio, me confirman una vez más en esa impresión.
Gracias por haberme leído. Quedo de Ud. atentísimo
José Ignacio González Faus

viernes, 19 de octubre de 2012

Manifiesto de solidaridad con los procesados del #8F

Tomado de http://8f-45anos.org/17/10/2012/manifesto/

CUENTA SOLIDARIA
0072 0121 31 0000207496

En castellano:

Nuestra lengua nacional se encuentra en un estado límite. La gravedad de su situación llega a tal punto que, según confirman los estudios socio-lingüísticos más solventes, la trasmisión intergeneracional ya no está asegurada y en cuestión de décadas, de no suceder profundos cambios en políticas y actitudes por parte de la sociedad gallega y las instituciones, nos podemos enfrentar al suceso final del proceso de exterminio lingüístico iniciado en 1492. Esta es la cruda realidad para quien amamos este país y su idioma como nuestra máxima expresión.

En 2009, las medidas favorables al gallego que adoptaba la administración bipartita tuvieron una contestación feroz y extremista de los sectores políticos y mediáticos partidarios de su exterminio definitivo o de su trasformación en un habla reducido a la comunicación doméstica e informal: hacer del gallego un idioma constreñido a determinadas esferas de la comunicación, más indigno de la enseñanza, de la administración, de los medios públicos, etc., fue y es, la tarjeta de visita de los que ayer ordenaban a nuestros abuelos y abuelas a punta de fusil: Sea patriota. No sea bárbaro. Hable usted nuestro idioma cervantino. Y ahora se envuelven en el argumento hipócrita de la libertad de idioma o de la libertad de elegir. Distintas estrategias para el mismo fin.

Aquel 8 de febrero de 2009, cuando grupos tan significativos como Falange Española de la JONS, Unión Progreso y Democracia y los dirigentes más radicalizados del Partido Popular salieron a las calles de Compostela para bloquear el avance del gallego con la convocatoria de Galicia Bilingüe, decidimos, como hicieron centenares de gallegas y gallegos, salir también a la calle para denunciar aquella farsa ridícula que pretendía convertir las víctimas en verdugos y a los históricos valedores de la imposición del español en “mártires” de una lengua sin derechos. Con esta respuesta colectiva pusimos encima de la mesa la dignidad nacional de las gallegas y los gallegos y denunciamos que la lengua de Galicia es la víctima de la imposición, de la minorización social y del peligro real de extinción. Fuimos, por este motivo, identificad@s por hablar en gallego, golpead@s brutalmente, detenid@s y criminalizad@s, en cuanto a minoría extremista de este país que es partidaria de aniquilar su lengua se manifestaba con protección policial y la compañía de centenares de personas traídas en autobuses traídos de fuera da Galicia.

Ahora, una vez más, el echo extravagante sucede en la realidad: los procesados e procesadas somos los agredidos. Se nos acusa de un amplísimo abanico de delitos que van desde “resistencia a la autoridad” que golpeaba ciudadanas y ciudadanos caídos en el suelo hasta “desordenes públicas”, por huir de quien se ensañaba con personas indefensas.

La guinda del pastel es una petición fiscal de 45 años de prisión por levantar la voz contra los enemigos del gallego, que puede suponer el ingreso en prisión de muchos de nosotros, y la imposición de sanciones económicas imposibles de afrontar que superan los 30.000 euros.

Los doce hombres y mujeres que nos sentaremos en el banquillo de los acusados a partir del 23 de Octubre en Compostela demandamos de la ciudadanía gallega, de vuestras organizaciones políticas, sindicales y sociales y de todos aquellos y aquellas que, día tras día, defendéis la lengua de esta vieja nación, un ejercicio de solidaridad activa con los y las procesadas, denunciando el juicio político de que seremos objeto, posicionándoos públicamente y movilizándoos en reivindicación de nuestra libertad el día del inicio de la vista. Vuestra solidaridad es, ahora, imprescindible.

Colectivo de procesad@s @8F_45 anos
Defender el gallego no es delito

En gallego:

A nossa língua nacional encontra-se num estado limite. A gravidade da sua situaçom chega a tal ponto que, segundo confirmam os estudos sócio-lingüísticos mais solventes, a transmisom intergeracional já nom está garantida e em questom de décadas, de nom mediar profundas mudanças em políticas e atitudes por parte da sociedade galega e as instituiçons, podemo-nos enfrontar ao sucesso final do processo de extermínio lingüístico iniciado em 1492. Esta é a crua realidade para quem amamos este país e o seu idioma como máxima expressom de nós.
Em 2009, as medidas favoráveis ao Galego que adoptava a administraçom bipartida tivérom umha contestaçom feroz e extremista dos sectores políticos e mediáticos partidários do seu extermínio definitivo ou da sua conversom numha síria reduzida à comunicaçom doméstica e informal: fazer do Galego um idioma constrangido a determinadas esferas da comunicaçom, mas indigno do ensino, das administraçons, dos meios públicos, etc., foi, e é, o cartom de visita dos que onte ordenavam aos nossos avós e avoas a ponta de fusil Sea patriota. No sea bárbaro. Hable usted nuestro idioma cervantino e agora se envolvem no argumento hipócrita da Libertad de idioma ou da Libertad para elegir. Distintas estratégias para o mesmo fim.
Aquel 8 de Fevereiro de 2009, quando grupos tam significativos como Falange Española de la JONSUnión Progreso y Democracia e os dirigentes mais radicalizados do Partido Popular saírom às ruas de Compostela para bloquear o avanço do Galego com a convocatória de Galicia Bilingüe, decidimos, como figérom centenas de galegas e galegos, saír também à rua para denunciar aquela farsa ridícula que pretendia converter as vítimas em verdugos e aos históricos valedores da imposiçom do espanhol em “mártires” dumha língua sem direitos.
Com esta resposta colectiva pugemos acima da mesa a dignidade nacional das galegas e os galegos e denunciamos que é a língua da Galiza a vítima da imposiçom, da minorizaçom social e do perigo real de extinçom. Fumos, por este motivo, identificad@s por falar em Galego, golpead@s brutalmente, detid@s e criminalizad@s, enquanto a minoria extremista deste país que é partidária de aniquilar a sua língua se manifestava com protecçom policial e a companhia de centenas de pessoas traidas em autocarros vindos de fora da Galiza.
Agora, mais umha vez, a inversom extravagante acontece na realidade: os processados e processadas somos os agredidos. Acusa-se-nos de um amplíssimo abano de delitos que vam da “resistência à autoridade” que golpeava cidadás e cidadaos caidos no chao até “desordens públicas”, por fugir de quem se assanhavam com pessoas indefensas.
A guinda do pastel é umha petiçom fiscal de 45 anos de prisom por levantar a voz contra os inimigos do Galego, que pode supor o ingresso em prisom de muit@s de nós, e a imposiçom de sançons económicas impossíveis de afrontar que superam os 30.000 euros.
Os doce homes e mulheres que nos sentaremos na bancada dos acusados a partir de 23 de Outubro em Compostela demandamos da cidadania galega, das vossas organizaçons políticas, sindicais e sociais e de todos aqueles e aquelas que, dia após dia, defendedes a lingua desta velha naçom, um exercício de solidariedade activa com os e as processadas, denunciando o juízo político de que seremos objecto, posicionando-vos publicamente e mobilizando-vos em reivindicaçom da nossa liberdade o dia do início da vista. A vossa solidariedade é, agora, imprescindível.
Colectivo de processad@ @8F_45 anos
Defender o Galego nom é delito

sábado, 13 de octubre de 2012

La Unión Europea: un sueño nazi hecho realidad


Con motivo de que la Unión Europea ha ganado el Premio Nobel a la paz...


Nos han vuelto a tratar de engañar. Después de 50 años de la firma del Tratado de Roma –por fin- nos hubieran debido contar la verdad. Pero no ha sido así. Siguen con la cantinela de que la unidad europea se ideó después de la II Guerra Mundial y no antes. Dicen que la unidad europea se edificó para superar el nacionalismo y evitar guerras intestinas; que el nazismo había sido una experiencia funesta para Europa y que Europa debía ser lo contrario del nazismo. Siguen tratando de hacernos creer que las naciones conducen al nacionalismo, el cual es perverso por sí mismo porque, a su vez, conduce a la guerra. Quieren hacernos creer que el proyecto de integración europea nació después de la II Guerra Mundial como antídoto contra las rivalidades nacionalistas internas. Aseguran que durante ese conflicto el chovinismo había alcanzado sus mayores cotas y los europeos comprendieron repentinamente que sus pequeños estados respectivos debían quedar unidos por instituciones supranacionales para que la guerra no volviera a causar estragos en el viejo continente.

Sin embargo, es falso que la idea original de la unificación europea sea posterior a la II Guerra Mundial; es falso que esa idea fuera concebida en oposición a la rivalidad imperialista anterior. Por el contrario, no solo los nazis, sino los fascistas y los colaboracionistas de muchos países europeos utilizaron el europeísmo para justificar la agresión. Los nazis, los vichystas, los fascistas italianos y muchos otros pasaron muchos años antes y durante la guerra elaborando sofisticados programas de integración política y económica de Europa.

El modelo alemán

A mediados del siglo XIX Alemania no existía como Estado unificado. Por tanto, cuando estalla la I Guerra Mundial apenas hacía 50 años que Alemania había entrado en el concierto de los Estados europeos con una sola voz. Fue una loca carrera en la que pasaron velozmente de un situación casi feudal al capitalismo monopolista más salvaje, y de los problemas de construcción interna de un Estado federal al trampolín del control de su propia zona de influencia en el exterior. De vértigo. Una vez edificado su propio país, los imperialistas alemanes creyeron que su modelo federal era válido también para su entorno económico. Se convencieron ellos a sí mismos y se esforzaron en con—vencer a los demás. Su federalismo nacional lo convirtieron en un federalismo internacional, o por lo menos europeo. Surgió el pangermanismo porque fuera de las fronteras aún quedaban alemanes por unificar, desde el Báltico hasta el Mar Negro. Esos países que aún quedaban fuera, las reliquias del Imperio austro-húngaro o del zarista, diezmado por la Revolución bolchevique de 1917, estaban muy atrasados con respecto a la locomotora alemana. Incorporarse a Alemania era como incoporarse al siglo XXI partiendo del siglo XVII. Es bien sabido que los imperialistas alemanes, siempre generosos, se declararon dispuestos a compartir con los demás sus conquistas y sus progresos, antes y después de 1933.

Incluso sus planes de integración europea aseguraban que mantendrían intacta la soberanía nacional de los estados miembros de Europa. No se trataba de una incorporación sino de una integración. No podían presentar sus planes al exterior como una expansión imperialista sino como una integración europea. En la futura Europa nazi no habría amos ni siervos sino socios. Eso es lo que dijo su propaganda durante toda la II Guerra Mundial, consagrando enormes esfuerzos a convencer al resto de Europa de que los progresos económicos alemanes, la infraestructura de transporte y la economía en general eran mucho mejores que en el resto de Europa y que, en consecuencia, Europa debía integrarse según el modelo alemán. Más que los alemanes eran los propios europeos los que debían estar interesados en esa integración. El plan de Hitler de establecer una sola entidad política en toda Europa, su necesidad de buscar respaldo en los propios países ocupados, y muchos elementos centrales de la filosofía nazi, todo ello formaba parte de su pensamiento europeísta.

Los proyectos elaborados por los nazis proclamaban que los estados miembros de la futura Confederación Europea tenían que asegurar que en su territorio no se cometieran actos incompatibles con la solidaridad europea y las obligaciones europeas. En 1943 en una Nota sobre la fundación de una Confederación Europea, Cecile von Renthe-Fink, que ocupaba el rango diplomático de ministro con Hitler, sostenía que las naciones europeas tenían un desarrollo común; decía que Alemania deseaba unir a Europa sobre una base federal; proclamaba que no había intención de inmiscuirse en los asuntos internos de otros países: Lo único que se requiere de los estados europeos es que sean miembros leales y proeuropeos de la comunidad y colaboren voluntariamente en sus tareas [...] El objeto de la cooperación europea será promover la paz, la seguridad y el bienestar de todos los estados europeos y su población. No se trataba de que un estado o grupo de estados dominara a otros sino de que se establecería una relación de alianza y lealtad mutua en vez de los métodos imperiales de la era anterior. En un tono similar, Werner Daitz declaraba que Europa no se puede administrar de forma centralizada: se debe conducir de modo descentralizado.

Una versión avanzada del plan nazi sobre la futura Confederación Europea volvían sobre el tema del federalismo con la esperanza de encontrar así una solución a la rivalidad entre las potencias imperialistas europeas. Argumentaban que el problema europeo era que una multiplicidad de pueblos tenía que vivir en una superficie relativamente reducida en una combinación de unidad e independencia:
Su unidad debe ser tan firme como para que nunca más pueda haber guerra entre ellos y los intereses externos de Europa se puedan salvaguardar en su conjunto. Al mismo tiempo, los estados europeos deben conservar su libertad e independencia, para actuar de acuerdo con sus diferentes situaciones y misiones nacionales y cumplir su función particular dentro del marco más amplio, en un espíritu alegre y creativo. La fuerza y la seguridad de Europa no dependen de la subordinación impuesta o exigida por una potencia europea a la otra, sino de la unión de todos. El problema europeo solo se puede resolver sobre una base federal por la cual los estados europeos resuelvan por libre voluntad, basados en un reconocimiento de esta necesidad, unirse en una comunidad de estados soberanos. Esta comunidad se puede designar confederación europea.
Hasta la hoy famosa y fracasada Constitución Europea es una iniciativa de los nazis. El borrador nazi de Constitución para la Nueva Europa proclamaba el derecho de cada país a organizar su vida nacional como considere adecuado, siempre que respete sus obligaciones hacia la comunidad europea. Otros documentos repetían la misma idea. La actual guerra es también una guerra por la unidad y libertad de Europa, escribió Renthe-Fink:
Sus objetivos son crear y garantizar una paz duradera para los países europeos [...] eliminar las causas de las guerras europeas, sobre todo el sistema deequilibrio de poder [...] superar el particularismo europeo mediante la cooperación libre y pacífica entre los pueblos europeos. La lealtad a Europa no significa sujeción sino cooperación franca basada en igualdad de derechos. Cada pueblo europeo debe participar a su manera en la nueva Europa. El único requerimiento es que los estados europeos sean francamente leales a Europa, de la cual son miembros.
Finalmente, Renthe-Fink añadía: Cada estado continental debe permanecer consciente de su responsabilidad hacia la Comunidad Económica Europea. El autor de los proyectos hitlerianos sostenía que no deseaba una burocracia supranacional, ni siquiera un sistema de conferencias intergubernamentales. Cualquier pretensión supranacional podía generar sospechas hacia las ambiciones imperialistas alemanas.

El europeísmo nazi

El europeísmo es, pues, un invento nazi; ellos fueron los primeros en elaborar planes (económicos y políticos) de integración europea. Si extractáramos algunos discursos de la época de Hitler, Goebbels, Ribbentrop y otros dirigentes nazis sin mencionar la fuente, muchos pensarían que son actuales y que se trata de parlamentarios de la eurocámara.

Mucho antes de llegar al poder, en 1932, el dirigente nazi Alfred Rosenberg ya asistió a un congreso de Europa en Roma. Luego Hitler y todos sus portavoces hicieron frecuentes referencias a Europa durante su época de dominación terrorista, incluso antes de la guerra. Hay varias compilaciones, entre ellas un libro profusamente ilustrado, titulado simplemente Europa, cuya introducción escribió Ribbentrop. En 1937, por ejemplo, declaró en el mitin del partido nazi en Nuremberg que quizá estemos más interesados en Europa de lo que otros países necesitan estarlo. Nuestro país, nuestro pueblo, nuestra cultura y nuestra economía han surgido de condiciones europeas generales. En consecuencia, debemos ser enemigos de cualquier intento de introducir elementos de discordia y destrucción en esta familia europea de pueblos.

Poco después, en 1938, Rudolf Hess organizó una presentación en el Congreso del partido Nazi, llamada La lucha por el destino de Europa en el Este, que explicaba por qué la colonización alemana de Rusia llevaría la civilización europea a los bárbaros eslavos.

En 1940 Joseph Goebbels dijo: Estoy convencido de que dentro de cincuenta años la gente ya no pensará en términos de países. El jefe nazi de propaganda creía que el federalismo alemán podía ser un modelo para Europa porque la absorción de los estados alemanes por parte del imperio alemán había funcionado. Así los estados europeos se podían integrar armónicamente sin atentar contra su identidad: Si nosotros, con nuestra perspectiva de la Gran Alemania, no tenemos interés en atentar contra las peculiaridades económicas, culturales o sociales de, por ejemplo, los bávaros y los sajones, tampoco tenemos interés en atentar contra la individualidad económica, social o cultural de, por ejemplo, el pueblo checo.

Los lacayos europeos de los nazis también aceptaban que Alemania era un modelo: Vidkun Quisling declaró que la Confederación Alemana podía servir como modelo para la cooperación con otros estados europeos. Goebbels aseguraba que nunca hemos tenido la intención de imponer por la fuerza este nuevo orden o reorganización de Europa. De ningún modo debéis pensar que cuando los alemanes traemos un nuevo orden a Europa lo hacemos con el propósito de sofocar a otros pueblos. Se explayaba sobre el carácter realista de la integración europea: A mi juicio la concepción que una nación tiene respecto de su propia libertad se debe armonizar con los hechos actuales y las simples cuestiones de eficiencia y propósito. Así como ningún miembro de una familia tiene derecho a turbar la paz por motivos egoístas, no se puede permitir que ninguna nación europea se interponga en el camino de un proceso general de organización. En el mismo tono, un funcionario del ministerio nazi de Empleo declaró que Alemania podía afirmar que no estaba luchando por sí misma, sino por Europa. Una versión del proyecto nazi de Confederación Europea sostenía que el papel de Alemania en Europa consistía en reconciliar los intereses particulares de los estados europeos con los intereses de Europa en su conjunto. A esta aspiración se sumaba la opinión de que los intereses y necesidades de Alemania están esencial e inseparablemente ligados con los de Europa.

Con frecuencia los nazis enfatizaban que los estados debían unirse voluntariamente a la nueva Europa. Liderazgo no significa dominación sino protección externa y responsabilidad interna, era su consigna. Hitler y Mussolini no querían sometimiento sino cooperación sincera: Todos los pueblos europeos que se han probado históricamente son bienvenidos como miembros de la nueva Europa. Su desarrollo nacional y cultural en libertad e independencia está garantizado. Cínicamente alegaban que los ejemplos de Finlandia, Hungría, Bulgaria, Rumanía, Croacia y Eslovaquia, países militarmente ocupados todos ellos, demostraban que no había intención de intervenir en los asuntos internos de otros estados: Nuestro único requerimiento es que los estados europeos sean miembros sinceros y entusiastas de Europa. Los imperialistas alemanes creyeron encontrar, por fin, un nuevo modo de dirigir Europa sin dominarlaLa idea del liderazgo, que será el concepto dominante de la nueva vida internacional de Europa, es la negación de los métodos imperialistas de una época pasada: significa reconocimiento de la confiada cooperación de estados menores e independientes para abordar las nuevas tareas comunales.

De la misma manera, Arthur Seyss-Inquart escribió que nadie deseaba ver una Europa dominada por Alemania: Nuestro único deseo es que surja una Europa que sea realmente europea y consciente de su misión europea. Después de la invasión de la Unión Soviética, Signal, un periódico de circulación masiva en los tiempos gloriosos del III Reich, señaló también que no habría una Europa alemana: En realidad los soldados del Reich no solo defienden la causa de su patria sino que protegen cada nación europea digna de ese nombre. El problema estaba en quienes no eran dignos de ese nombre...

Una constante en la estrategia imperialista nazi consistía en hablar de sus socios y vecinos y pregonar la idea de que la búsqueda común de intereses compartidos había reemplazado a la rivalidad y la competencia capitalistas. Los hitlerianos también fueron pioneros de la globalización y dedicaron mucha atención a asuntos como el sentido europeo de comunidad. Anton Reithinger, gerente del monopolio I. G. Farben, en la conferencia de la Comunidad Económica Europea de 1942, habló del equilibrio entre los diversos intereses de los socios del espacio económico europeo, por una parte, y los intereses comunes de todos los pueblos europeos, por la otra: Para poner estos intereses en práctica se requiere [...] una creencia en la idea europea y en la misión europea de Alemania.

Los arquitectos de la Nueva Europa

Pero las múltiples declaraciones nazis que se puedan aportar son muy poco comparadas con los planes concretos que dibujaron para la integración económica y política de Europa. No hablamos de que se parezcan a las que luego se pusieron en práctica tras la guerra; lo que estamos diciendo exactamente es que son las mismas, es decir, que la Unión Europea fue diseñada por los nazis.

Los planes nazis de integración europea eran tanto políticos como económicos. Como dijo Heinrich Hunke, se reconoce la necesidad de un orden político para la cooperación económica de los pueblos. Desde mediados de 1941 Goebbels comenzó a intervenir más en la cuestión europea y le dedicó numerosos discursos, mitines y artículos periodísticos. Llenó las páginas de su semanario Das Reich con consignas europeístas: La nueva EuropaEl nuevo orden europeoel Lebensraum de Europa o La visión de una nueva Europa. Entretanto, Ribbentrop señalaba que la lucha contra el bolchevismo, que unía a muchos pueblos del este de Europa, evidenciaba una creciente unidad moral de Europa dentro del Nuevo Orden que nuestros grandes líderes han proclamado y preparado para el futuro de las naciones civilizadas. Aquí se encuentra el sentido profundo de la guerra contra el bolchevismo. Es signo de la regeneración espiritual de Europa.

Dentro del Ministerio del Exterior, ese interés culminó con la creación de un comité de Europa en el otoño de 1942. Integraban el comité funcionarios del Ministerio del Exterior y expertos del Instituto para el Estudio de Países Extranjeros. Las luminarias eran Alfred Six, director del Instituto de Asuntos Exteriores -que organizó en 1941 una conferencia llamada La nueva Europa, para 303 estudiantes de 38 países- y Werner Daitz.

En marzo de 1943, se habían trazado planes muy avanzados para una confederación europea. Esos planes adoptaron la forma de constituciones y tratados que delineaban las competencias y la estructura de la futura confederación. El 21 de marzo de 1943 Ribbentrop escribió una nota que comienza así: Soy de la opinión de que, como ya le he propuesto al Führer en mis actas anteriores, deberíamos proclamar cuanto antes, en cuanto hayamos alcanzado un éxito militar significativo, la Confederación Europea en forma muy específica. Lo único que paralizó a los nazis en la proclamación oficial de su Confederación Europea fue que el éxito militar significativo que Ribbentrop esperaba no se produjo y las hordas hitlerianas fueron aplastadas en Stalingrado.

El plan de Ribbentrop proponía invitar a los jefes de los estados en cuestión (Alemania, Italia, Francia, Dinamarca, Noruega, Finlandia, Eslovaquia, Hungría, Rumanía, Bulgaria, Croacia, Serbia, Grecia y España) para firmar el instrumento que daría existencia a la Confederación. Junto al memorándum había un borrador que hablaba del destino común de los pueblos europeos y del objetivo de garantizar que nunca estallen guerras entre ellos. También preveía la abolición de barreras aduaneras entre los estados participantes.

En junio de 1943, un funcionario presentó los elementos básicos de un plan para la nueva Europa a un miembro del Comité de Europa. En medio de los habituales mentiras merca del anhelo de paz de las naciones, la sección titulada La organización económica de Europa anticipaba un comercio basado en el principio de la preferencia europea frente a los países no europeos, con el objetivo de llegar a una unión aduanera europea, un centro de clearingeuropeo y tipos de cambio estables en Europa, con miras a una unión monetaria europea; y la armonización de las condiciones laborales, lo que parece querer decir que todos los trabajadores europeos deberían ingresar en campos de concentración. El proyecto también anticipaba conferencias en cada especialidad (trabajo, agricultura y demás) para decidir las políticas aplicables a toda la Confederación.

Este documento fue seguido en agosto de 1943 por una Nota sobre la fundación de una Confederación Europea en la que Renthe-Fink escribió:
En la tremenda lucha por el futuro de Europa, los alemanes somos campeones de un nuevo y mejor orden donde todos los pueblos europeos hallarán un lugar legítimo y digno. Hasta ahora hemos evitado hacer una propuesta concreta en lo concerniente a la cuestión europea [...] Si ahora presentáramos la idea de una solución confederada, basada en la libre cooperación entre naciones independientes, ella consolidaría la confianza de los pueblos europeos en nuestra política y aumentaría su voluntad de seguir nuestra guía y trabajar por nuestra victoria.
Aunque los principios encarnados en el acto constitutivo de la Confederación Europea anexos al memorándum especificaban que la Confederación era una comunidad de estados soberanos que se garantizaban mutuamente la libertad y la independencia, está claro que, bajo la batuta hitleriana, laconfederación ejercería un control casi total sobre los asuntos internos de sus estados miembros: La economía europea será planificada conjuntamente por los estados miembros según sus intereses comunes y nacionales, decía el documento. El objetivo era incrementar la prosperidad material, la justicia social y la seguridad social en los estados individuales, y desarrollar los recursos materiales y laborales de Europa [...] para proteger la economía europea de las crisis y las amenazas económicas externas. Sugería que las barreras aduaneras que impiden aumentar el comercio entre los miembros de la Confederación se eliminarán gradualmente y que el sistema intraeuropeo de comunicaciones por ferrocarril, autopistas y vías fluviales y aéreas se desarrollará de acuerdo con un plan unificado.

El plan europeo de integración de Renthe-Fink preveía la necesidad de un Consejo Económico compuesto por representantes de los estados miembros, el cual se dividiría en comités destinados al comercio, la industria y la navegación, los asuntos de economía y moneda, las cuestiones laborales y sociales, la alimentación, la agricultura y los bosques. El documento repetía los objetivos definitivos de la Confederación:
La solución de los problemas económicos, con miras a la inmunidad frente a un bloqueo; la regulación del comercio sobre la base de la preferencia por Europa frente al resto del mundo, con miras a una unión aduanera europea y un mercado libre europeo; un sistema central de clearing europeo y tasas de cambio estables en Europa, con miras a una unión monetaria europea. Los objetivos incluirían la estandarización y mejoramiento de las condiciones de empleo y seguridad social, así como la planificación de largo plazo de la producción industrial, agropecuaria y forestal.
Como vemos, la producción agropecuaria ocupaba un ligar prominente en los documentos nazis sobre Europa. Era preciso que la agricultura europea fuera autosuficiente.

Los documentos nazis también manifestaban que la integración de Europa era inevitable a causa del desarrollo tecnológico. Solían sostener que la fragmentación de los recursos económicos de Europa era un grave obstáculo para la prosperidad y el progreso social de los diversos países. Se requería coordinación y planificación económica: Con el objeto de alentar el comercio mutuo y crear un gran mercado europeo, se eliminarán progresivamente las aduanas y otras barreras entre los países.

Otro proyecto nazi es lo que cincuenta años después los europeístas llamaron redes transeuropeas, una avanzadilla de la modernidad actual. Según Renthe-Fink, la experiencia ha mostrado que el actual sistema de comunicaciones de Europa es inadecuado para el aumento de la demanda. La red interna de ferrocarriles, carreteras y líneas aéreas se desarrollará de acuerdo con un plan común. También el ministro vichysta Jacques Benoist-Méchin, lamentaba la centralización del sistema de transporte francés, como si París fuera el único centro del mundo, y exigía nuevas arterias que se conectaran con las carreteras alemanas e italianas para dar a la infraestructura de transporte de Francia un carácter genuinamente europeo. Un orador de la conferencia sobre la Comunidad Económica Europea proclamó que el futuro pertenece al transporte motorizado.

Las sorpresas de los adelantos nazis no tienen fin. Otro ejemplo es el Tratado Europeo contra el terrorismo de 1977, que está literalmente extraído del Pacto entre Hitler y Mussolini, el llamado Pacto Antikomintern, el acuerdo contra los comunistas. Por eso cuando Rumanía se incorporó en enero de este año a la Unión Europea, emitió una declaración contra el comunismo y, al mismo tiempo, rehabilitó con todos los honores la figura de Antonescu, la versión local de Hitler, Mussolini y Franco.

Europa es justamente eso y nada más que eso. Pero por si alguien tiene dudas, seguiremos informando...