domingo, 17 de noviembre de 2019

Carpetazo a los crímenes de guerra cometidos por las tropas británicas en Irak y Afganistán

Los responsables de investigar los crímenes de guerra cometidos por las tropas británicas en Irak y Afganistán acusan al ejército de encubrir los asesinatos y torturas de civiles, han informado hoy el Times y la BBC. El Ministerio de Defensa británico niega estas acusaciones.

Ambos medios de comunicación recogieron testimonios de una decena de ex miembros de los organismos que investigan posibles violaciones de los derechos humanos por parte del ejército británico, que el gobierno canceló en 2017. Uno de ellos, citado por el Sunday Times, dijo que hay “presiones crecientes del Ministerio de Defensa para cerrar los casos lo antes posible”.

Uno de los investigadores del Equipo de Acusaciones Históricas de Irak (IHAT) dijo a Panorama en un reportaje que se emitirá el lunes por la noche en la BBC, que “el Ministerio de Defensa no tiene intención de procesar a ningún soldado de ningún rango a menos que sea absolutamente necesario”.

Entre los crímenes denunciados el Sunday Times informa de los asesinatos de tres niños y un joven en Afganistán en 2012 a manos de un soldado de las SAS, las fuerzas especiales, sin ser procesados, así como de la violencia de 2003 en Basora, en Irak, contra los prisioneros, lo cual supuestamente causó la muerte de al menos uno de ellos o del tiroteo contra un policía irakí ese mismo año.

El Ministerio de Defensa argumenta que, después de una investigación exhaustiva, un fiscal independiente decidió no procesar ninguno de los casos que se le habían remitido.

En febrero de 2017 el gobierno británico decidió detener cientos de investigaciones, muchas de ellas sin resolver, una decisión que fue fuertemente criticada por los defensores de los derechos humanos.

“La reputación del ejército británico está en juego: cualquier acusación creíble de violaciones de los derechos humanos cometidas por las fuerzas británicas en Irak y Afganistán debe ser investigada por un organismo independiente del ejército”, ha afirmado Amnistía Internacional.

Terrorismo mediático: la construcción social del miedo al cambio

En 2013 Carlos Fazio, profesor de la UNAM, escribió un libro fascinante, “Terrorismo mediático. La construcción social del miedo en México” (*), sobre algo tan simple como el poder político y sus mecanismos de influencia que, como bien dice Fazio, no son otra cosa que terrorismo, del cual el terrorismo mediático es una variante.

El Estado y los grupos dominantes mantienen el poder a través -entre otras cosas- del control mediático sobre la sociedad. El terrorismo mediático busca crear realidades ficticias, miedos colectivos y convertir mentiras en verdades que permitan manipular a la sociedad de acuerdo al conflicto y al enemigo. Si partimos de la idea de que para el poder todo sujeto que considere una amenaza a sus intereses, se concibe como una guerra, entonces el terrorismo mediático es parte de esa premisa.

La guerra psicológica utiliza una caracterización simplista y maniquea (bueno/malo, negro/blanco) para describir al enemigo. El propagandista debe utilizar las palabras claves capaces de estigmatizar al contrario y activar reacciones masivas. Se trata de utilizar el mito de la guerra, satanizar al adversario, arrancarle todo viso de humanidad y cosificarlo, de tal modo que eliminarlo no equivalga a cometer un asesinato.

Informar es proponerle al espectador asistir al acontecimiento mediático como a un espectáculo. No hay causas. No hay actores. No hay contexto. No hay memoria. No existe la historia. La realidad se muestra como un espectáculo. Las leyes del espectáculo mandan sobre las exigencias de la información.

El origen de todo este tipo de técnicas es siempre el mismo: las estrategias contrainsurgentes de los militares estadounidenses, particularmente después de los atentados del 11 de septiembre. Uno de los elementos claves de estas estrategias es el papel asignado a los grandes medios de comunicación, y a la tergiversación de la realidad como arma de guerra.

Fazio dibuja una lúcida descripción de los acontecimientos más polémicos que se han dado en los últimos 15 años, esto es, aquellos que descubren y revelan los mecanismos del poder, y colocan en entredicho la ética de la política, explicando por qué cada vez más la ciudadanía no confía ni en los políticos, ni en las instituciones políticas.

El autor explica lo que significa la guerra psicológica, los distintos tipos de propaganda (blanca, gris o negra) y su puesta en práctica por Estados Unidos en las guerras de Irak y Afganistán

La propaganda blanca es aquella que se difunde y se reconoce por la fuente o por sus representantes oficiales; es una actividad abierta, franca, en la que el emisor no oculta su identidad; la propaganda gris es anónima, es decir, no es identificable por su fuente (no lleva firma alguna) y queda librada a la imaginación del público. La propaganda negra es aquella que aduce otra fuente y no la verdadera; esconde su origen detrás de nombres ficticios, o bien, material falso se atribuye a fuentes reales. Esta última es la utilizada en las operaciones clandestinas de los servicios de inteligencia para desinformar al enemigo y se utiliza generalmente a través de filtraciones.

Fazio llama la atención sobre las estrategias propagandísticas que Estados Unidos ha utilizado en la historia reciente, para justificar su intervención en los casos de Irak, Afganistán y Libia, entre otros, y subraya que el gobierno estadounidense es la principal matriz del terrorismo mediático.

Un ejemplo de ello es que se haya aceptado públicamente lo que llamaron “errores de inteligencia” que llevaron erróneamente a la agresión e invasión de Irak. El caudal de información relativo a las estrategias puestas en práctica para conservar intactas las estructuras del poder político y económico, nacional y transnacional, pretenden generar miedo al cambio, a las alternativas, a las variadas formas de lucha de la sociedad, introyectando en la conciencia colectiva la incapacidad del sujeto para organizarse.

El poder es el poder de mentir, de manipular, que hoy dispone de una tecnología sofisticada.

(*) http://ciid.politicas.unam.mx/cgeografia/index.html

El imperialismo alemán vuelve por los derroteros del rearme

Carmela Negrete

La semana pasada hubo en la capital alemana una parada militar. Soldados en fila, con fusil al hombro, respondiendo con sus movimientos orquestados a las órdenes de una voz ruda. Música marcial, silencio, orden y disciplina. En Berlín no es común manifestar poderío militar por buenas razones históricas. La última ceremonia de estas características en este lugar, delante del Reichstag, se celebró en 2013 en medio de protestas.

Es por ello que fue un día con el que el gobierno alemán quería marcar un antes y un después: 400 reclutas realizaron su juramento frente al parlamento en un acto con toda la plana mayor del gobierno, del ejército, de la economía y de la Iglesia. Este 12 de noviembre se celebraba así el cumpleaños de un ejército refundado hace 64 años en la Alemania occidental con buena parte de los antiguos miembros de la Wehrmacht hitleriana.

El alabar las bondades del ejército en público y con una marcha seguida del himno alemán se enmarca en la línea de la nueva Ministra de Defensa Annegret Kramp-Karrenbauer, sucesora de la canciller Angela Merkel y presidenta de la Unión Demócrata Cristiana (CDU). AKK, como se la conoce en Alemania por lo complicado de su nombre, declaraba esta semana que el país debía normalizar su ejército y atreverse a liderar misiones en el extranjero. Asimismo pedía un aumento del gasto militar. El viernes se anunciaba que se comprarán 80 tanques nuevos del tipo “Leopard”, lo que costará unos mil millones de euros al estado.  Sin embargo, dicha normalización del militarismo está lejos de ser lo que la Ministra desea: el desfile no fue público, sino reservado solo a las autoridades invitadas. Ya el día anterior se habían construido vallas frente al edificio ocupando toda la Plaza de la República y las protestas se prohibieron en los alrededores.

El presidente del parlamento y ex-Ministro de Finanzas Wolfgang Schäuble, famoso por su mano dura durante los peores años de la crisis en España, recordaba a los reclutas no solo su tarea al servicio del parlamento alemán, sino que su juramento también implica el tener que defender lo allí acordado arriesgando su vida en combate en caso necesario. Algo obvio, pero que quiso subrayar. Fue un acto sobrio y al final de la ceremonia la orquesta del ejército tocó el himno de la Unión Europea. En otras seis ciudades alemanas tuvieron lugar juramentos similares, que por lo general se realizan a puerta cerrada dentro de los cuarteles.

El impulso militarista de la Ministra AKK va más allá: quiere crear un Consejo de Seguridad Nacional que coordine la diplomacia, el ejército, la economía, el comercio, la seguridad interior y el trabajo de la cooperación al desarrollo. Asimismo pide que se cree un mecanismo abreviado que permita aprobar intervenciones militares en el parlamento más rápido. Algo a lo que se opone el partido Die Linke (La Izquierda). Ya en junio, cuando la ministra asumió su puesto y anunció su intención de celebrar la parada militar, el co-presidente de Die Linke, Bernd Riexinger, aseguraba que eso es “lo último que necesitamos” y animaba a la población a manifestarse en contra del militarismo y por la paz.

La protesta del martes fue convocada por la iniciativa “Desarmar a Rheinmetal” (Rheinmetall entwaffnen). En la convocatoria se podía leer que las misiones del ejército alemán hasta ahora han tenido poco que ver con la defensa. “Desde 1999, con la guerra de agresión a Yugoslavia, el Bundeswehr hace la guerra para defender los intereses del capital alemán”. Sus intervenciones buscan “asegurar los mercados, las materias primas y las vías de comercio”. Critican que el ejército se encuentra en Afganistán desde 2001 con la excusa de defender la democracia y la seguridad y que “en realidad decenas de miles de personas han fallecido víctimas de la guerra”. La Sociedad de la Paz Alemana (Deutsche Friedensgesellschaft) recordaba también que “ante la catástrofe climática resulta perverso que la guerra y el militarismo sean glorificados, ya que éstos son los mayores asesinos del clima”, además de ser “financiados con millones de euros del Estado”.

A pesar de las medidas de seguridad, la protesta no fue numerosa, algo que por otro lado habla de la normalización de este tipo de eventos. En los 80 aún eran objeto de repulsa social encarnizada. El 6 de mayo de 1980 el gobierno de Helmut Schmidt, del partido socialdemócrata, quiso celebrar un juramento público para conmemorar el 25 aniversario de la entrada en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en el estadio de Bremen. Los manifestantes quemaron coches militares y se fundieron en una batalla callejera que hizo que el entonces presidente Karl Carstens, de la Unión Demócrata Cristiana, tuviera que entrar en helicóptero. Carstens, del partido de la canciller Merkel, había pertenecido tanto a la organización paramilitar SA o secciones de asalto, así como al partido hitleriano NSDAP.

Un ejército de nazis

En la actualidad el ejército alemán está abierto a ciudadanos de los llamados “con trasfondo migratorio”, es decir, que tengan el pasaporte alemán es suficiente aunque sus orígenes estén en otra nación. Las fuerzas armadas del país se preocupan de transmitir una imagen de modernidad y pluralidad, aunque en especial sus campañas de publicidad en las escuelas han desatado en más de una ocasión la indignación ciudadana. El servicio militar ha sido en Alemania obligatorio hasta 2011, si bien se podía sustituir por tareas sociales. En la actualidad hay unos 3.200 soldados de Alemania en diferentes misiones en Afganistán, donde aún están más de 1.200 oficiales, seguido de Mali con más de 800, Iraq con 430 y el Mar Mediterráneo con 200. Otras unidades están en Líbano, Kosovo, Sudán o Sahara. Todo ello según la propia web del ejército alemán.

La mala imagen del ejército se debe en parte a sus orígenes, ya que cuando se fundó en 1955 lo hizo con 44 generales y almirantes que habían pertenecido todos a la Wehrmacht de Hitler, a diferencia del “ejército del pueblo” (Volksarmee) de la República Democrática Alemana del este. De los 14.900 soldados profesionales que había en 1959, alrededor de 12.300 habían sido soldados del mismo ejército que arrasó Europa y 300 incluso fueron jefes de las temidas SS. Un verdadero ejército de nazis en un país democrático. Desde entonces ha llovido mucho, sin embargo, una y otra vez se han dado casos de neonazis en las filas del ejército. Es por ello que en 2017 se creó una oficina dentro del mismo para tratar cuestiones de la “tradición militar” alemana y que éstas no entren en conflicto con la democracia actual. Las pruebas de acceso además incluirían ahora un examen ideológico mas detallado que en el pasado.

Uno de los pasos en pos de la normalización del ejército ha sido la reintroducción de las condecoraciones con la Cruz de Hierro. Estas se otorgaban hasta ahora solo en caso de guerra y no se habían concedido desde la Segunda Guerra Mundial. Estar orgulloso de luchar en el ejército alemán pasó a ser una anomalía después de que el país invadiese media Europa y llevase a cabo el genocidio contra los judíos, provocando millones de víctimas. En 2007 una asociación de veteranos pidió su reintroducción y desde 2009 se concede una “medalla al honor por el valor” y desde 2010 otra con el título de “Batalla”, que han concedido sobre todo a soldados que han participado en combates en Afganistán.

La nueva mirada del ejército libre de complejos del pasado coincide en estos momentos con un auge de la extrema derecha en la sociedad. Con el partido Alternativa para Alemania como tercera fuerza reclamando que los alemanes “dejen de sentirse culpables” por su historia. Europa deberá observar con lupa el desarrollo de las nuevas aspiraciones alemanas.

https://www.elsaltodiario.com/militarismo/vuelve-el-ejercito-aleman

Misión imposible: salvar el planeta

Durante la colonización las sectas protestantes llevaron a Estados Unidos su ideología fatalista, típicamente protestante, que tiene en el “destino” sus señas de identidad. No sólo el futuro de los creyentes está en manos de dios, sino también a los pueblos y las naciones dios les ha reservado un papel que desempeñar. Es la creencia en el “pueblo elegido”.

Estados Unidos tiene una misión que cumplir en el mundo, un “destino”, de tal manera que todos los pueblos tienen que parecerse a ellos, imitarles. Estados Unidos es el modelo. Lo que es bueno para Estados Unidos es bueno para el mundo.

En Estados Unidos hay un día de la independencia, otro de acción de gracias y otro para el planeta, que es el más reciente. Lo instauró Nixon el 22 de abril de 1970 se considera el comienzo del ecologismo.

A finales de la década de los ochenta la revista Time publicó lo siguiente:

“Los estadounidenses creen que Estados Unidos debe asumir un papel de liderazgo [en cuestiones ambientales]. Estados Unidos no sólo es una nación rica y tecnológicamente avanzada que está en condiciones de ayudar a otros a lograr el desarrollo sostenible, sino que tiene la responsabilidad moral de hacerlo. Después de todo, consumen una cantidad desproporcionada de los recursos del mundo [...] Pero parece que el principal argumento para el liderazgo ambiental estadounidense se basa en un cierto ideal. A Ronald Reagan le encantaba elogiar el papel único de Estados Unidos como ‘ciudad en la montaña’ como modelo de democracia y libre empresa.

Ahora que gran parte del mundo parece estar avanzando hacia la democracia, Estados Unidos debería centrarse en otra misión, más urgente y aún más noble: la de salvar el planeta”.

El Día de la Tierra, lo mismo que el de la independencia, es una fiesta nacional promovida por el senador Gaylord Nelson para para concienciarnos, entre otros, sobre los graves problemas de la sobrepoblación, es decir, para imponer el malthusianismo.

Tal festividad no se puede cuestionar sin dejar de ser un buen patriota y un ciudadano ejemplar, aunque sólo dos años después Estados Unidos patrocinó la Cumbre de la Tierra de Estocolmo, la primera conferencia internacional sobre medio ambiente.

De ahí pasó a la ONU no como algo típico de Estados Unidos sino como si fuera internacional y, desde entonces, todos celebramos la lucha contra la explosión demográfica con el mismo entusiasmo que un oriundo de Oklahoma.

Aquel mismo año Nixon también aprobó la Ley de Política Ambiental, creó la Agencia de Protección Ambiental (EPA) y el Consejo de Calidad Ambiental (CEQ) que asesora al presidente en la materia.

Como los demás organismos burocráticos de Estados Unidos, la EPA es un laberinto compuesto por 63 instituciones que antes se encontraban dispersas en 12 ministerios y departamentos especializados.

Desde su nacimiento Estados Unidos es un país forjado por la “wilderness”, una naturaleza agreste, que desde los años sesenta ha llenado la legislación de ese mismo salvajismo: Wilderness Act de 1964, Clean Air Act de 1970, Clean Water Act de 1972...

Además de leyes y burocracia, el ecologismo ha creado poderosos grupos de presión y fundaciones que participan de las corruptelas características de los pasillos de Washington.

El día de fiesta se le ocurrió a un publicista de Nueva York, Julian Koenig, amigo de Gaylord Nelson, porque el 22 de abril es su cumpleaños. Desde entonces la naturaleza se ha convertido en uno de los temas recurrentes de la publicidad porque a nadie se le ocurre poner en tela de juicio la necesidad de mimarla y protegerla. Un mensaje ecologista siempre es bien recibido por todos.

En Estados Unidos los ecologistas nunca han sido son pequeños colectivos contestatarios que organizan charangas por la calle. La institucionalización del ecologismo estuvo acompañado de su profesionalización desde el primer instante, lo cual exige mucho dinero. El ecologismo es la profesión de la que viven en Washington legiones de políticos, cabilderos, abogados y científicos.

En Washington el grupo de presión más importante no es el del armamento sino el ecologista. Cuando en 1983 el gobierno de Reagan cuestionó torpemente la protección de las áreas silvestres, se desataron tales presiones que obligaron a dimitir al Secretario del Interior James Watt.

No hay partidos verdes porque todos se declaran ambientalistas, como Bush, sin ir más lejos.

Los rusos tienen miedo al capitalismo

Centro comercial en Moscú
Esta semana la prensa rusa ha publicado los datos de una encuesta de VTsIOM que explora los principales temores de los rusos. ¿A qué le tienen miedo?

Para una población que se ha sacudido de encima recientemente un gulag terrorífico, las respuestas deberían conducir hacia el pasado: “tenemos miedo de que vuelva la represión política”, debería ser la respuesta correcta.

Pero no es así. Según la encuesta los mayores temores de los rusos son los siguientes:

- el crecimiento de la injusticia social, las desigualdades entre las personas: 68 por ciento
- la disminución de los ingresos: 63 por ciento;
- la pérdida de la atención médica gratuita o la mala calidad de la atención: 58 por ciento
- el aumento del precio de los bienes y la imposibilidad de comprarlos: 58 por ciento.

El temor a los “disturbios en el país causados por manifestaciones contra las autoridades” ocupa el siguiente lugar y con un retraso significativo respecto a los anteriores: el 39 por ciento. Este miedo ha sido fabricado por una gigantesca maquinaria propagandística que intenta presentar cualquier manifestación como el producto de intrigas externas. Incluso cuando los residentes de una aldea o pueblo remoto protestan contra el cierre de una escuela u hospital, la propaganda habla de agentes del Departamento de Estado. Sin embargo, ese 39 por ciento es todo lo que las autoridades pudieron lograr con la ayuda de la propaganda a gran escala.

Los demás temores son consecuencia del capitalismo, como el miedo a perder un trabajo, que temen un 35 por ciento de los encuestados.

La evocación de Stalin lo que suscita es esperanza. En las conversaciones corrientes, los rusos recurren a las referencias a Stalin como contraste con lo que ven ahora, especialmente para denunciar la corrupción.

https://kprf.ru/party-live/cknews/189388.html

sábado, 16 de noviembre de 2019

Trump indulta a los soldados condenados por cometer crímenes de guerra en Irak y Afganistán

Los matarifes se van de rositas
Ayer Trump indultó a un ex soldado estadounidense condenado por asesinato y a otro acusado de apuñalar a un talibán.

Los indultados son el teniente primero Clint Lorance, condenado por ordenar en 2012 disparar a un grupo de tres civiles afganos, dos de los cuales murieron. Este oficial ya ha cumplido seis años de prisión de los 19 años de su condena.

“Muchos estadounidenses han pedido clemencia para Lorance, entre ellos 124.000 personas que firmaron una petición a la Casa Blanca, así como varios miembros del Congreso de Estados Unidos”, dijo Trump ayer en una declaración.

Trump también indultó a un miembro de los Boinas Verdes, una unidad de élite del ejército estadounidense, por el asesinato premeditado en 2010 de un talibán sospechoso de fabricar bombas.

Por último, el Presidente revocó la decisión de degradar a Edward Gallagher, un soldado de otra unidad de élite, los Navy Seals, acusado de apuñalar hasta la muerte a un joven detenido del Califato Islámico en Irak, y de asesinar a otros civiles.

Gallagher fue absuelto de la mayoría de los cargos en julio, pero fue condenado por haber posado con otros mercenarios de los Seals para una foto que le mostraba con el cuerpo del joven detenido y asesinado.

“¡Felicitaciones al Navy Seal Eddie Gallagher, a su maravillosa esposa Andrea y a toda su familia. Han soportado todo esto juntos. Me alegro de haber podido ayudar!”, dijo Trump en un mensaje publicado en Twiter en julio.

“No hay suficientes palabras para expresar mi gratitud y la de mi familia a nuestro Presidente, Donald J. Trump, por su decisión e intervención”, reaccionó Gallagher en Instagram.

El almirante estadounidense retirado James Stavridis, que fue un alto dirigente de la OTAN, se ha opuesto firmemente a estos indultos. “Dirigí a varios de los soldados a quienes [Trump] podía indultar”, dijo en un artículo de la revista Time. “Perdonarlos debilitará al ejército”, añadió.

Los indultos son “una afrenta a la idea de orden y disciplina y al estado de derecho”, dijo Pete Buttigieg, un veterano de la Armada de Estados Unidos y candidato a las elecciones presidenciales primarias demócratas del año que viene.

‘Si la tortura funciona, ¿hace falta practicarla 183 veces en un mismo prisionero?’

Durante siete años, un investigador del Senado estadounidense, Daniel J. Jones, trabajó en un informe acerca de los métodos para interrogar prisioneros que la CIA implementó tras el 11 de septiembre de 2001. El resultado fueron 6.700 páginas que demostraron que los espías torturaban, ocultaban esas prácticas y, además, no obtenían ninguno de los resultados que buscaban con esas prácticas aberrantes.

“Si la tortura funciona, ¿hace falta practicarla 183 veces en un mismo prisionero?”, pregunta un verdugo de la CIA en la película “The Report”, dirigida por Scott Z. Burns, un especialista en escribir guiones basados total o parcialmente en investigaciones, como El desinformante o La lavandería. Ahora, a cargo tanto del guion como de la dirección, se enfrentaba al desafío de convertir un mamotreto árido y farragoso en una ficción atractiva. Lo logra sólo a medias: “The Report” no es tanto una película de suspense como una lección sobre el funcionamiento de la burocracia estadounidense.

Burns muestra todo el proceso de realización del informe de Jones y se las ingenia para sacar agua de las piedras, explotando al máximo el escaso material dramático que puede proveer una tarea burocrática. Porque la mayor parte de esos siete años, Jones se los pasó encerrado en un sótano sin luz natural revisando correos electrónicos, memorandos y otros documentos internos de la CIA. Era todo lo que el acuerdo entre la agencia y el Senado le permitía: no podía entrevistar agentes.

Aun así, su obsesión por el trabajo le permitió llegar a conclusiones lapidarias y sólidamente fundadas. Para amenizar la lectura de esos papeles, tan apasionantes como una escritura inmobiliaria, hay “flashbacks” que recrean las prácticas de los torturadores de la CIA que aplicaron “técnicas de interrogatorio mejoradas”, un eufemismo para evitar la palabra “tortura”. Las famosas fotos de la cárcel de Abu Ghraib parecen un juego en comparación a lo que se muestra la película.

En paralelo están las intrigas palaciegas, las presiones políticas por las consecuencias que traería la publicación del informe. Con constantes diálogos explicativos, la película mantiene el tono didáctico para evitar que nos perdamos lo menos posible en los pasillos de la burocracia estadounidense y poder transmitir un mensaje propagandístico de n¡buena esperanza: a pesar de todo la democracia estadounidense goza de buena salud.

Democracia significa que haya al menos dos partidos y circos electorales cada cierto tiempo. Lo demás no importa, no tiene que ver con la democracia. No importa la salud, ni la vivienda, ni la educación, ni el paro, ni la guerra... Nada de nada.

Teoría y práctica de la traición

Juan Manuel Olarieta

En el mundo lo más extendido es el pensamiento metafísico, que se atiene a lo que las cosas “son” y a veces a lo que “deben ser”.

Las cosas “son” de una determinada manera y no pueden “ser” de otra, de manera que cuando las cosas cambian nos quedamos estupefactos, sobre todo si se convierten en lo contrario de lo que “son” o “deben ser”.

En la medida en que los trabajadores forman una clase social enfrentada a su contraria, la burguesía, suponemos que deben actuar como tales, al unísono, por ejemplo durante una huelga que defiende los intereses de todos ellos.

Sin embargo, en las huelgas hay trabajadores que se posicionan en favor del contrario. Se llaman esquiroles, son traidores a sus compañeros y, desde luego, a su clase social. Toman partido por el bando opuesto y siempre ha habido y hay trabajadores que actúan de esa forma.

El traidor y el esquirol siempre se justifican con alguna explicación, más o menos elaborada. En ocasiones esas explicaciones llegan a formar un cuerpo de doctrina de la traición, como por ejemplo la libertad de elección individual. “Vive y deja vivir”. El capitalismo es un sistema de libertad que permite optar a cada cual por la huelga o por el derecho a trabajar, incluso en medio de una huelga de los demás. “Trabaja y deja trabajar”, “Para y deja parar”...

Un esquirol no es otra cosa que una contradicción, pero los metafísicos sólo tienen en cuenta que “es” un trabajador tan trabajador que quiere trabajar incluso aunque haya huelga. En la realidad las cosas no “son” ni dejan de “ser”. En una huelga, que es una lucha, un esquirol está en la trichera opuesta, es un instrumento de la patronal y como tal, a lo largo de la historia, siempre ha sido objeto de los ataques del movimiento obrero, incluso físicos y violentos.

Lo mismo ocurre en las batallas políticas, así que no cabe extrañarse de que haya quien se ponga al servicio del bando contrario sin quitarse las insignias por una muy buena razón: la mayor parte sólo se fija en las insignias, en las apariencias, en las siglas. Para “ser” comunista basta con autodefinirse uno mismo: levantando el puño, o la hoz y el martillo, o la bandera roja...

El capitalismo es un gran supermercado político en el que es posible elegir libremente, “a diferencia de las dictaduras”. Por eso hay quien se autodefine como comunista, como anarquista, como independentista y así sucesivamente. Lo realmente importante es que quienes se autodefinen quieren que los demás los aceptemos tal y como ellos mismos se presentan, o sea, que “son” así.

A partir de ahí los posicionamientos políticos no son importantes. Da lo mismo. Siempre hay una doctrina que “explica” los motivos por los que “son” una cosa y “hacen” la contraria. Lo importante no son las prácticas sino las doctrinas que las “explican” o las “justifican”.

De ahí que las bibliotecas, las redes sociales y los blogs estén repletos de teorías, doctrinas y justificaciones, la mayor parte de las cuales tienen en común la superficialidad porque sólo se trata de eso: de cubrir las apariencias.

En el circo político el mayor problema es siempre el más sencillo: llamar a las cosas por su nombre. Un ejemplo son los que apoyan al fascismo con las insignias de la “izquierda”. No están en el bando de la lucha antifascista sino en el contrario.

Es el caso de los trotskistas franceses que durante la ocupación de 1940 a 1945 no se unieron a la resistencia antinazi con pretextos pintorescos, a cada cual más estrafalario. Incluso un trotskista notorio, como Paul Cognet, formó parte del gobierno de Petain, para el que redactó el Estatuto del Trabajo. ¿Como definir a Cognet?, ¿era trotskista?, ¿era fascista?, ¿o era ambas cosas?

A ese tipo de elementos políticos la Internacional Comunista los llamó por su nombre, socialfascistas, o sea, socialistas de palabra y fascistas de hecho. Los comunistas franceses siempre los llamaron hitlero-trotskistas. Si hay alguien interesado por los laberintos doctrinales, puede leer artículos de la época, como “¡Confraternicemos!, ¡Mano tendida a los soldados alemanes!” publicado en el periódico trotskista “La Vérité”, el 22 de junio de 1944. Tres meses después de publicarse el anterior apareció otro con un titular no menos definitorio: “Por qué no nos hemos unido a la resistencia”.

Lo mismo ocurre con los “socialimperialistas”, es decir, toda esa mugre de colectivos y medios de “izquierda” que se posicionan siempre con los imperialistas con algún pretexto, alguna doctrina o alguna teoría. No les sirve de nada que acontecimientos tan definitorios, como una guerra o la invasión de un país soberano, definan dos bandos de manera inequívoca. Lo importante es la doctrina, el pretexto o la teoría.

Recientemente una radio “alternativa” de Euskadi llevaba a dos invitados a un debate sobre la Guerra de Siria, pero cada uno de ellos no representaba a uno de los dos bandos combatientes porque alguien ha inventado un tercer género en discordia: Rojava. Si los organizadores querían mostrar el abanico de opiniones que hay sobre dicha guerra, podrían haber invitado también a un miembro de Al-Qaeda o a un portavoz del Pentágono. ¿Por qué no?

En las guerras revolucionarias no hay más que dos bandos. En la Guerra Civil no hubo más que dos bandos. En la Segunda Guerra Mundial también. Cuando en plena guerra algunos medios como “Viento Sur” fabrican una entelequia doctrinal intermedia, que no es carne pero tampoco pescado, es para camuflar que están con el más fuerte, es decir, con el imperialismo. No es un error, no es una equivocación, ni tampoco un desliz sino que han tomado partido, lo mismo que los trotskistas franceses lo hicieron en 1940: están con los imperialistas y en el futuro lo seguirán estando.

“¿Por qué no nos unimos a la resistencia antifascista?” Porque estamos con el fascismo. “¿Por qué no nos unimos a la lucha antimperialista?” Porque estamos en la trinchera opuesta. No es tan difícil de entender; no hacen falta doctrinas muy librescas. No obstante, donde hay una traición al lado siempre hay una doctrina y hay a quien le gusta perder el tiempo en leerse la doctrina para olvidarse de la traición, que es lo realmente importante, lo realmente definitorio.

A la mugre le encanta debatir sobre los papeles impresos, los artículos, las reflexiones...


¿Están zumbados los ‘conspiranoicos’?

Bianchi

El 12 de enero de 2010 un brutal terremoto golpeó la capital de Haití, Puerto Príncipe, causando la muerte de casi 200.000 personas dejando sin casa a cerca de un millón. A pocas horas de la tragedia, el gobierno de los EE.UU., con la excusa de la ayuda humanitaria, anuncia un despliegue militar propio de una invasión con alrededor de 30.000 marines y alta tecnología militar.

Al margen de la posición geoestratégica de la isla (entre una socialista Cuba y una bolivariana Venezuela), se ha sostenido por parte de expertos que Haití alberga reservas de petróleo y gas en grandes cantidades, hummmmm (ya empieza nuestro instinto conspiranoico a activarse), investigadores no de pacotilla sospecharon -por las extrañas características del terremoto de Haití- del uso de técnicas de modificación ambiental por parte de los USA para provocar dicho terremoto. Unas técnicas, a todo esto, que no son nuevas desde, al menos, el fin de la II Guerra Mundial.

Se sabe -por documentos desclasificados- que a partir de 1944, el gobierno neozelandés inició un proyecto secreto (habrá quien no sepa ni situar en el mapa a Nueva Zelanda) destinado a provocar maremotos mediante explosiones nucleares submarinas. Según los mismos documentos -dados a conocer por el ministerio de asuntos exteriores neozelandés en 1999-, tanto ingleses como usamericanos se interesaron vivamente por el proyecto para desarrollarlo en secreto visto el éxito de las primeras pruebas.

Años más tarde, las autoridades francesas se vieron obligadas a reconocer que el tsunami que en 1979 costó innumerables vidas en el archipiélago Tuamotu en la Polinesia francesa, tuvo su origen en las pruebas nucleares que Francia venía desarrollando en los atolones de Mururoa.

En 1974, el 19 de mayo exactamente, el senador estadounidense Claiborne Pell consiguió que se hiciera pública la "Operación Popeye" desarrollada por el Ejército de los EE.UU. en Vietnam entre 1967 y 1972. El objetivo de la operación fue prolongar, de forma artificial, la estación de lluvias del monzón sobre el territorio por el cual discurría la ruta Ho Chi Minh con el fin de hacerla intransitable. Esta ruta era utilizada por los movimientos de liberación nacional de Vietnam como ruta de aprovisionamiento. La 54ª Escuadrilla de Reconocimiento del Ejército gringo sembró el cielo con yoduro de plata con lo que consiguieron que el período de lluvias aumentara un promedio de 30 a 45 días.

El 18 de mayo de 1977, la ONU, ante la preocupación generada por el uso y desarrollo de técnicas de modificación ambiental, se vio obligada a celebrar, en Ginebra, la primera "Convención sobre la prohibición de técnicas de modificación ambiental con fines militares o con cualquier otro fin hostil". A pesar de que tanto la URSS como los USA firmaron el documento  que salió de la Convención, ambas súperpotencias continuaron desarrollando, en secreto, proyectos de guerra climática.

Por un lado, la Unión Soviética construyó la Pamir, una máquina con la que pretendía provocar pequeños sismos con el fin de evitar otros mayores. Cuando la URSS se derrumba, los responsables de este programa se pasan al servicio de los yankis. En 1995, estando Rusia gobernada por el dipsómano Yeltsin, la US Air Force recluta a los investigadores rusos quienes en su laboratorio de la ciudad de Nizhi Nóvgorod construyen una máquina mucho más poderosa, la Pamir 3, que es probada con éxito.

El Pentágono entonces decide trasladar a estos científicos y su nuevo descubrimiento a los Estados Unidos con el fin de integrarlos en el programa HAARP (del inglés High Frequency Active Auroral Research Program, dicho en argenta: Programa de Investigación de Aurora Activa de Alta Frecuencia), investigación militar financiada por la Air Force (Fuerza Aérea) de los EE.UU., la Marina y la Universisad de Alaska (donde están innstaladas las antenas) dirigida a, oficialmente, "entender, simular y controlar los procesos ionosféricos". Se la considera capaz de intensificar tormentas o prolongar sequías sobre un determinado territorio. Pero esta es otra historia (que la cuente Iker Jiménez, si quiere).

En los años de auge de la guerra fría, en los sesenta, se creó un llamado Congreso para la Libertad de la Cultura que reclutara a la "intelligentsia" occidental del "mundo libre" para contrarrestar la cada vez mayor influencia de los soviéticos en las ciencias, artes, etc. Fue, años después, el propio "New York Times" quien revelara (aunque ya se sospechaba) fehacientemente que dicho Congreso estaba financiado por la CIA. No diremos que tres cuartos de lo mismo sucede -o sucederá- con el cacareado "cambio climático" con el que se aterroriza al personal, que vive en un místico desvivir santateresiano y no gana para sustos, como los terrores del milenio en la época feudal medieval, no somos tan osados, pero sí pelín "conspiranoicos", que es la única manera de acertar con estos criminales.

Buona sera.

Parecía imposible. Pero pasó

Darío Herchhoren

En este "corsi y recorsi" de que hablaba Gramsci la realidad de Latinoamérica hay que mirarla como un todo para poder entender por qué ocurren las cosas que ocurren. Parecía que Evo Morales era o iba a ser eterno, pero cayó ante la coyunda fascista que recorre el continente con los Bolsonaro, los Iván Duque y los Piñera. Como en un contrapunto; a cada triunfo popular se corresponde con una respuesta del fascismo. Ante el triunfo popular en Argentina, un golpe contra el pueblo boliviano, ante la liberación de Lula, el aumento de la represión en Chile.

Parece que la consigna es ahogar al futuro gobierno popular en Argentina y ello surge fácilmente de mirar un mapa. En efecto, Argentina tiene a su lado a un gobierno fascista en Chile, al noreste a Brasil, en manos de otro fascista como Bolsonaro, y ahora tendrá al noroeste, a otro gobierno fascista en Bolivia. Solo falta que en Uruguay gane las elecciones la derecha en la segunda vuelta.

Todos estos datos indican que Evo Morales, no calculó bien sus fuerzas, y pensó que las urnas le iban a dar no solo el gobierno sino el poder. Y resultó que las urnas se le están convirtiendo en urnas funerarias, que serán llenadas con los cadáveres de todos aquellos que se opongan en Bolivia a lo que se viene ahora. Seguramente se desatará una gran represión a cargo del ejército, habrá un baño de sangre, y el pueblo humilde de Bolivia que fue favorecido por los gobiernos de Evo Morales perderá todo lo conquistado. Será un calco de lo ocurrido en Chile luego del golpe de Pinochet.

Quiero recordar que la historia reciente de Bolivia pasó por un episodio similar pero al revés. En efecto, en 1952, el Movimiento Nacionalista Revolucionario a cuyo frente estaban Victor Paz Estenssoro, un abogado que se acercó a los mineros y Juan Lechín, líder sindical de  la Central Obrera Boliviana (COB), consiguieron con la ayuda de Perón acabar con el gobierno de la "rosca del estaño", y una de las primeras medidas que tomaron fue la creación de milicias populares encuadradas militarmente y bien armadas, y la disolución del ejército, que siempre había sido el sostén de los gobiernos de la rosca.

El poder de la oligarquía fue minimizado por el gobierno de Evo, que confió en que las elecciones eran el camino para lograr cambiar la historia de Bolivia, y en un principio, y durante todos estos años los hechos parecían darle la razón. Pero hay algo perverso en la oligarquía y es que se llena la boca de democracia en cuanto le sirva a ella, y es enormemente cruel y despiadada cuando se trata de cuidar y conservar sus intereses. ¿Cómo es posible que un líder experimentado como Evo confíe en una misión de la OEA, cuando sabe que la OEA es solo el brazo del imperio? La ingenuidad en política se paga a un precio muy alto y este error le costará al pueblo boliviano luto y sangre. Ahora es cuestión de salvarle la vida a Evo, cuya casa, por cierto muy humilde ha sido saqueda esta madrugada, y la casa de su hermana ha sido incendiada.

El odio al indio de la oligarquía cruceña y su negativa absoluta a acatar los resultados de las elecciones, salvo cuando les favorecen, han hecho su labor. Ahora toca organizar la resistencia. Costará mucho y muchos militantes serán salvajemente torturados y muertos. Una larga noche espera a los bolivianos.