miércoles, 20 de febrero de 2019

Haití: detenidos varios mercenarios contratados para aplastar el levantamiento popular

El domingo, un grupo de 8 personas, entre ellas 5 ciudadanos estadounidenses, fueron detenidos en Haití, según confirmó el ministro de Asuntos Exteriores, Bocchit Edmond.

El jefe de la policía haitiana, Michel-Ange Gédéon, dijo a la CNN que los detenidos estaban en posesión de armas automáticas, pistolas, teléfonos satelitales y drones. Fueron detenidos dentro de vehículos sospechosos que no llevaban matrícula.

Según la CNN, el grupo había sido detenido por conspiración, aunque el ministro de Asuntos Exteriores no quiso confirmarlo.

El 14 de febrero el Departamento de Estado de Estados Unidos recomendó a sus ciudadanos que no viajaran a Haití. También ordenó a todo el personal estadounidense, así como a sus familias, que abandonaran el país.

El Proyecto Haiti Info informa que los detenidos forman parte de un equipo de mercenarios reclutados por el presidente haitiano Moise Jovenel para trabajar con la USGPN (Unidad de Seguridad General del Palacio Nacional) para poner fin a las protestas.

El 12 de febrero se fugaron 78 presos de la prisión de Aquin, al sur de Haití, mientras la policía estaba ocupada en reprimir una manifestación cercana.

Haití vive una revuelta popular. El ejército y la policía están desbordados, hay fugas masivas de las prisiones, motines y disturbios, mientras las fuerzas represivas han empezado ya a asesinar manifestantes, superando ya la quincena de muertes.

El pueblo en Haití fue el primero en liberarse del colonialismo y ha resistido a todas las formas de subyugación: a los franceses, a los estadounidenses y a la dictadura de Duvalier. Es un país en revuelta permanente desde los tiempos de la esclavitud.


Bolsonaro: en las elecciones todo es de mentira

El presidente brasileño, Jair Bolsonaro, ha destituido a su ministro de la Secretaría General de la Presidencia, Gustavo Bebianno Rocha, salpicado por un escándalo de financiación irregular de campaña electoral de su partido.

El general Floriano Peixoto asumirá la cartera vacante. El número de militares en el gobierno asciende ya a ocho.

Bebianno era el presidente del Partido Social Liberal durante la campaña electoral, cuando cometieron un fraude en la utilización del Fondo Especial de Financiación de Campaña para sus candidatos.

El antiguo ministro ha negado en todo momento cualquier irregularidad porque en una campaña electoral todo es mentira, todo es falso y todo es fraude. Pero como los engaños se han normalizado, a nadie le sorprende.

El fraude lo reveló el diario Folha de São Paulo en octubre del pasado año. Una retahíla de multimillonarios ligados a Bolsonaro financió la campaña, en contra de una ley que se acababa de aprobar expresamente para impedir ese tipo de conductas.

Los fascistas contrataron a empresas informáticas para difundir mensajes falsos por las redes sociales, calumnias y fotos trucadas, hasta el punto de crear un auténtico “matrix”, un mundo paralelo que sacudió a millones de votantes un día tras otro.

Los operadores de telefonía y otras grandes empresas vendieron ilegalmente la bases de datos de sus clientes para poder enviarles mensajes falsos en masa.

Tras conocer el fraude, WhatsApp bloqueó cientos de miles de números de Brasil usados para divulgar masivamente noticias falsas a favor de Bolsonaro, además de una serie de números de Estados Unidos que formaban parte del fraude.

La nueva ley brasileña establece la posibilidad de anular las elecciones y, por lo tanto, destituir a Bolsonaro de su cargo, algo que no va a ocurrir, a pesar de que dos de los contendientes del fascista lo han solicitado a los tribunales.

Antes del inicio de la campaña de intoxicación, Bolsonaro aparecía como perdedor en todos los sondeos por una diferencia muy grande de votos respecto a los demás candidatos. Fue subiendo a medida que el fraude empezaba a llegar a las redes sociales, hasta que la última semana la campaña se hizo aún mucho más agresiva.

¿Por qué millones de brasileños se creyeron las mentiras de Bolsonaro? Por la Ley de Goebbels: la confianza en un mensaje no depende de su contenido sino del número de veces que se repite.

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- Elecciones virtuales, candidatos virtuales, partidos virtuales, democracias virtuales

Lucha obrera: la cara oculta de Mayo del 68

Asamblea de fábrica en mayo de 1968
El movimiento de los “chalecos amarillos” ha resucitado -medio siglo después- el de Mayo del 68, al que le ha ocurrido como a las 13 Rosas, que han dejado de ser rojas, o al 8M, que ha dejado de ser el Día de la Mujer Trabajadora. La burguesía ha secuestrado la historia y el papel en ella de las clases sociales, para hacer de Mayo del 68 una lucha estudiantil, escondiendo que -por encima de todo- fue una lucha obrera con características propias.

En los países de Europa occidental, los años sesenta no sólo se caracterizaron por el crecimiento económico sino por una explotación extensiva e intensiva de la fuerza de trabajo. El mundo rural se industrializó, llevando a la clase obrera a legiones de campesinos arruinados y a sus hijos. Se crearon nuevas fábricas que incorporaron a las mujeres a las cadenas de montaje. Una riada de emigrantes llegó del sur: italianos, españoles, portugueses, argelinos...

Las viejas organizaciones políticas y sindicales que habían participado en la liberación de Francia estaban en vías de degeneración, pero los nuevos trabajadores estaban al margen de ellas.

Tanto las nuevas como las viejas fábricas introducen nuevos mecanismos de explotación intensiva de la fuerza de trabajo, expresados por el cronómetro y el control del rendimiento de cada uno de los trabajadores. En enero de 1968, en Caen, en la fábrica de Jaeger, los huelguistas protestan: “Los contadores funcionan pero los trabajadores se paralizan”. La mano de obra más veterana no puede el seguir el ritmo extenuante y repetitivo de la producción en masa.

Los trabajadores reivindican un aumento del descanso semanal, un descenso del ritmo y una menor carga de trabajo, como en la Rhodiaceta de Besançon en febrero-marzo de 1967.

Los salarios cada vez se parecen más al destajo; ya no dependen tanto de la cualificación o de la formación sino del puesto ocupado y del rendimiento en el mismo.

A principios de 1968 aparecen también una serie de movilizaciones obreras contra la desaparición de las viejas industrias y las viejas comarcas industriales, como las zonas mineras de Nord-Pas-de-Calais o Saône-et-Loire, los valles de los Vosgos, etc. Cunde un temor generalizado al paro.

El 13 de mayo de 1968 los sindicatos convocan una huega contra la política económica del gobierno y la represión, es decir, que sus protagonistas son los obreros que se manifiestan por las calles de las principales ciudades francesas.

Al día siguiente, en Bouguenais, un barrio de Nantes, los trabajadores de Sud-Aviation se reúnen en asamblea, votan a favor de la huelga, cierran las puertas de la fábrica, la ocupan y secuestraron al director de la fábricas y a varios directivos.

El movimiento de huelgas se extiende a apartir de ahí y va de las grandes fábricas a las pequeñas. El 20 de mayo el paro alcanza a unos dos millones de trabajadores. La ocupación de las fábricas abre las puertas a otros sectores sociales, como los estudiantes, que participan en las reuniones de los obreros y se familiariazan con sus reivindicaciones. A partir de ahí, los estudiantes llevan a los obreros a las asambleas universitarias y acaban paralizando los centros académicos.

Las huelgas se escapan al control de los sindicatos. La ocupación prolongada de los locales acaba formando centros paralelos a los partidos y sindicatos, lo que da al movimiento un carácter espontáneo y conduce a que algunas fábricas como Perrier en Montigny-le-Bretonneux o MCA en Brest, por ejemplo, sean autogestionadas por los propios trabajadores. En Sochaux los huelguistas de Peugeot crean lo que llaman “un foro” para discutir sus aspiraciones.

Para reconducir la protesta, el gobierno eleva el salario mínimo un 35 por ciento y reúne a los empresarios y los sindicatos en Grenelle a fin de iniciar una negociación. El 27 de mayo los trabajadores de Renault rechazan la propuesta, un acuerdo que siguen muchas otras fábricas.

El gobierno trata de tomar la iniciativa también en el terreno político con lo único que sabe hacer la burguesía: convocar nuevas elecciones. El 30 de mayo De Gaulle disuelve la Asamblea Nacional y los reformistas cumplen con su papel aferrándose a las elecciones.

Los sindicatos empiezan a negociar en algunas empresas y luego en sectores productivos siguiendo las pautas marcadas en Grenelle.

El gobierno saca a la policía a la calle, pero las batallas más importantes no se producen ahí sino en el desalojo de las fábricas ocupadas. El 6 de junio asaltan la fábrica de Renault en Flins y el 11 de junio la de Sochaux. La represión ocasiona cuatro muertos, entre ellos los obreros Pierre Beylot y Henri Blanchet, que mueren en Sochaux. El estudiante de secundaria Gilles Tautin muere cerca de Les Mureaux. Además hay ochenta heridos, algunos muy graves. El gobierno expulsa a unos 250 trabajadores emigrantes, incluidos españoles y portugueses.

A partir de entonces el aliento decae, aunque se mantiene hasta bien entrado el mes de junio en un sector estratégico, como el metal.

Luego le tocó el turno a los falsificadores de la historia, que debían encumbrar a una costra de intelectuales de pacotilla, parásitos de la Sorbona e izquierdistas de salón como Daniel Cohn-Bendit, Serge July, Bernard-Henri Lévy y tantos otros (lo peor de lo peor).


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martes, 19 de febrero de 2019

Los capitalistas de las maquilas recurren al Presidente de México para frenar la ola de huelgas

La patronal Index, que representa a los capitalistas de las maquiladoras, pide al Presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, que intervenga para frenar la ola de huelgas que sacude a México.

Index ha publicado anuncios publicitarios en periódicos a página completa y ha lanzado una campaña a través de Twitter después de que los trabajadores de 45 maquiladoras de Tamaulipas hayan conquistado un aumento salarial del 20 por ciento y un bono de 32.000 pesos.

La campaña es un medio de presión de la patronal en el que culpan de la ola de huelgas a López Obrador por haber duplicado el salario mínimo. Durante su campaña, López Obrador se comprometió, además a mejorar las condiciones de los trabajadores y su representación en los sindicatos.

López Obrador tomó posesión de su cargo el 1 de diciembre, y lo que no dicen los capitalistas es que se están beneficiando de las deducciones fiscales que el nuevo Presidente ha decretado en favor de las empresas fronterizas.

Los trabajadores mexicanos han tomado la iniciativa. En Matamoros más de 20 fábricas siguen en huelga, aunque ahora los paros se han extendido por varios estados y ya no alcanzan sólo a las maquiladoras. Los maestros de Michoacán han bloqueado las vías ferroviarias durante una huelga.

La semana pasada la multinacional Fisher Dynamics envió “porros” (matones rompehuelgas del sindicato) para disolver los piquetes de huelga por la mañana, pero por la tarde ya había cedido a las reivindicaciones.

El 12 de febrero los obreros de Tridonex, en Matamoros, cerraron por completo los portones de acceso a la fábrica y no pudo entrar nadie (*). Dos días después realizaron una marcha junto con sus compañeros de Schumex y Adient en la que visitaron cada maquiladora en huelga en Matamoros para protestar por la represión y mostrarles su apoyo de clase.

Arca Continental, la segunda embotelladora de Coca-Cola más grande del mundo, con unos 500 trabajadores, también está en huelga.

Ayer la policía tuvo que intervenir en Matamoros para desalojar a los trabajadores de la fábrica Bright Finishing que mantenían bloqueados los accesos de entrada.

El Wall Street Journal advirtió la semana pasada de que las huelgas de Matamoros son las mayores que ha visto México en casi 30 años, lo que calificó como “un indicador temprano del resurgimiento de las reivindicaciones laborales en México”.

El portavoz de los monopolios estadounidenses certifica que las huelgas han acabado con los viejos sindicatos oficiales. Por ello el gobierno mexicano está promoviendo una nueva legislación laboral para fabricar sindicatos “independientes”, capaces de representar a “una mayoría de los trabajadores” a fin de prevenir levantamientos obreros espontáneos o “salvajes” como los de Matamoros.

El diario añade que es una exigencia del gobierno de Trump para que México pueda formar parte del nuevo acuerdo comercial con Estados Unidos y Canadá.

Algunos sindicatos “independientes”, como el Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) y la Unión Nacional de Trabajadores (UNT), forman parte de ese plan, que recuerda mucho a la transición española, cuando los imperialistas se volcaron en financiar sindicatos domesticados como UGT, USO o ELA-STV.

(*) https://www.elmanana.com/escala-el-conflicto-obrero-en-maquila-impiden-manifestantes-acceso-a-empresa-maquiladora-paro-laboral-salario-minimo-bloqueo/4750688



Después de desalojar a los trabajadores de la fábrica Bright Finishing,
la policia mexicana ocupó ayer los accesos de entrada

La ideología dominante es como los zombis: nos persigue por más que se demuestre su falsedad

‘El oscurantismo mata la democracia’
El pliego de cargos contra el “candidato manchú” se ha muerto de muerte natural porque lo más natural es que así ocurriera, más temprano que tarde. Dos viejos espías de la NSA y la CIA, William Binney y Larry Johnson publican un artículo técnico cuyo título resume muy bien sus conclusiones: “Por qué los rusos no piratearon al Partido Demócrata”(1). Es interesante, sobre todo para los aficionados a la informática.

Ahora comparen ese titular con este otro, publicado un poco antes por el “Washington Post”, adalid de lucha contra el oscurantismo: “Cómo los rusos piratearon al Partido Demócrata y entregaron sus correos a WikiLeaks”(2).

Evidentemente uno de los dos miente y ese no es otro que el periódico “antioscurantista”, aunque los cazarrecompensas nunca tendrán la osadía de incluirlo entre los fabricantes de bulos, mentiras, fraudes, e incluso teorías de la conspiración.

Las mentiras no viajan solas sino en compañía. Foman parte de una campaña que, en el caso, del “candidato manchú” ha durado dos años durante los cuales el Comité de Inteligencia del Senado ha tomado declaración a 200 testigos, nada menos.

El filón propagandístico se ha agotado; no da más de sí. Los demócratas y los “progres” al estilo estadounidense creyeron que el jefe de los maderos, Robert Mueller, y los diputados del Congreso encontrarían un lago en medio del desierto, pero no podían. Con los micronos apagados en Washington todos los políticos confiesan el fracaso.

Si antes de 2016 alguien hubiera afirmado que Trump era un espía ruso, o que se iba a poner al servicio de los rusos, o que favorecería sus intereses, le hubieran internado en un siquiátrico con una camisa de fuerza. Para hacer que lo inverosímil sea creíble no basta con una noticia; es necesaria toda una campaña, es decir, resucitar a Goebbels: una mentira repetida mil veces se transforma en una verdad.

Lo que resta es analizar dos cosas: primero, la campaña en sí misma y, segundo, la secuela de censura en las redes sociales, que los cazarrecompensas se han tomado a pecho con el fin de desviar la atención de las grandes cadenas hacia los pequeños medios independientes de información.

Con los medios técnicos actuales es sencillo comprobar el aluvión de “noticias” publicadas sobre este asunto, frente a quienes han difundido el artículo de Binney y Johnson, que tendrán dificultades para localizarlo.

Donde hay un aluvión de “noticias” está la ideología dominante. A través de ellas el imperialismo nos dicta nuestra opinión y los intentos que se llevan a cabo para desmontar el fraude no son suficientes. “El medio es el mensaje”, decía hace años el canadiense Marshall McLuhan, hoy olvidado. Podemos luchar contra un mensaje, criticarlo y denunciar su falsedad en los medios a nuestro alcance, pero son insignificantes frente a los medios que el imperialismo pone en funcionamiento.

Los que durante dos años han estado publicando basura no van a rectificar jamás y su mensaje quedará adherido a las cabezas de millones de lectores de todo el mundo para siempre, incluso a través de generaciones, porque la ideología dominante es como el Cid Campeador: sigue ganando batallas después de muerta. Es una ideología zombi. Por eso nos tropezamos tan a menudo con personas que siguen defendiendo falsedades con la mayor naturalidad.

La verdad no resplandece por sí misma, como creían algunos clásicos, sino que se defiende de la misma manera que cualquier otra causa justa: mediante la organización de sus partidarios.

(1) https://turcopolier.typepad.com/sic_semper_tyrannis/2019/02/why-the-dnc-was-not-hacked-by-the-russians.html
(2) https://www.washingtonpost.com/world/national-security/how-the-russians-hacked-the-dnc-and-passed-its-emails-to-wikileaks/2018/07/13/af19a828-86c3-11e8-8553-a3ce89036c78_story.html


Más información:

- Trump, el candidato manchú, y cómo los rojos se han apoderado de la Casa Blanca
- Los hilos que van del Kremlin a Trump pasan por WikiLeaks pero no conducen a ninguna parte
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- Espías y periodistas: se le atrapa antes al mentiroso que al cojo  

Se cumplen 100 años de la histórica huelga general de Seattle

Del 6 al 11 de febrero de 1919 más de 60.000 trabajadores en Seattle, Washington, se sumaron a una de las huelgas generales más importantes en la historia de Estados Unidos. Durante seis días, alentada por los llamamientos de los trabajadores de los astilleros locales, unida en todas las industrias, la clase obrera tomó el control de la vida económica de la ciudad principal del noroeste del Pacífico.

La élite financiera y política de Seattle fue sacudida profundamente por la huelga, viendo en ella el latido de la reciente Revolución de Octubre y el toque de alarma de la revolución en Estados Unidos. Los titulares de los periódicos capitalistas pusieron el grito en el cielo por el peligro de los actos “antiestadounidenses” y “bolcheviques” de los obreros. Se movilizó a miles de tropas federales, policías e incluso estudiantes universitarios de clase alta para reprimir la lucha.

Efectivamente, los trabajadores de Seattle se inspiraron en la revolución rusa. En los meses anteriores a la huelga, los estibadores se negaron a cargar barcos destinados al contrarrevolucionario Ejército Blanco de Rusia. Luego se negaron a cargar a los barcos que abastecían a la guerra no declarada del imperialismo en la Unión Soviética. Y en los años previos a 1919 muchos miles de obreros en Seattle y las regiones circundantes se sintieron atraídos por el socialismo y el sindicalismo revolucionario de Trabajadores Industriales del Mundo (IWW), a pesar de la intensa represión del gobierno de Wilson.

La huelga estalló como una épica expresión de conflicto de clases impulsada por las bases, pero en gran medida quedó bajo el control de los dirigentes sindicales de Seattle, que se aseguraron de que no se moviera más allá de su forma espontánea. Esto fue decisivo. La huelga finalizó sin que se cumplieran las demandas y fue seguida por detenciones, redadas y censura de grupos radicales y comunistas.

En menos de una semana los trabajadores de base de Seattle ofrecieron una muestra del inmenso poder de la clase obrera en lucha unificada, y en una sola ciudad de Estados Unidos. Pero también demostraron que hasta la acción más militante será desactivada y derrotada si no cuenta con una dirección políticamente consciente.

El inicio de la Primera Guerra Mundial en agosto de 1914 fue un punto de inflexión en la historia de la humanidad, llevando al capitalismo mundial a una crisis sin precedentes. En la época del imperialismo, las contradicciones internas del capitalismo obligaron a la clase dominante a sumir al mundo en una guerra en la que murieron millones de trabajadores.

Ganando la reelección en 1916 con el lema “Él nos mantuvo fuera de la guerra”, en 1917 Wilson lanzó a Estados Unidos a la vorágine mundial. Dependientes de la paz laboral para que la producción fuera constante en tiempo de guerra, las grandes empresas y el gobierno de Estados Unidos permitieron la libre sindicación de la Federación Estadounidense del Trabajo (AFL), pero con la condición de que los burócratas sindicales ayudaran a reprimir las huelgas durante la guerra. El gobierno también promulgó la Ley de Espionaje de 1917, que otorgó al Estado el derecho a detener y procesar a cualquier persona que participara en actividades antibelicistas. Se usó la ley para hacer una redada en la oficina de IWW y detener a sus dirigentes. También detuvieron a los dirigentes antibelicistas del Partido Socialista (PS), prominente entre ellos Eugene Debs.

Eugene Debs
Sin embargo, los trabajadores se unieron en masa al Partido Socialista y a IWW, que se opusieron abiertamente a la guerra y al “sindicalismo empresarial” patriótico de la AFL y su presidente, Samuel Gompers. Los miembros de IWW llegaron a su pico en 1917 con unos 150.000 afiliados y Seattle fue el centro de la actividad en gran parte de la costa oeste. El Partido Socialista de Washington también tuvo una presencia concentrada en Seattle, con cerca de 4.000 miembros que pagaban cuota en el partido, situado en el ala izquierda de la organización.

Pese a los esfuerzos de la AFL para bloquear las huelgas, entre 1916 y 1918 el número promedio de trabajadores en huelga por año fue 2,4 veces mayor que en 1915. Más de un millón de obreros estadounidenses paralizaron la producción en 1917 y 1918, y más de 4 millones lo hicieron en 1919, en la mayor ola de huelgas en la historia de Estados Unidos hasta ese momento. El profundo sentimiento antibelicista en la clase obrera se entrelazó cada vez más con los cambios económicos causados por la guerra, especialmente la inflación, para impulsar la ola de huelgas. El costo de vida en Seattle se duplicó entre 1913 y 1919.

Muchas de estas huelgas mostraron una creciente solidaridad y coordinación entre los diferentes sectores de la clase obrera. En la costa oeste los trabajadores de los astilleros desaceleraron el proceso de distribución al negarse a procesar madera “de 10 horas” durante varios meses, en solidaridad con los madereros que estaban en huelga por una jornada de ocho horas. En 1919 los obreros en Winnipeg, Canadá, hicieron otra huelga general, y 500.000 obreros del acero y mineros del carbón en Estados Unidos realizaron huelgas superpuestas. El espíritu del socialismo y la Revolución rusa inspiró todas estas luchas.

Las condiciones que provocaron la huelga general de Seattle no fueron para nada locales. La Primera Guerra Mundial y sus consecuencias inmediatas galvanizaron a los obreros en los centros imperialistas y a las masas oprimidas en las colonias. Las huelgas, protestas, revueltas y luchas revolucionarias se extendieron por todo el mundo, especialmente después de que la clase trabajadora tomó el poder en Rusia en octubre de 1917.

Las noticias sobre la Revolución de Octubre fueron leídas ampliamente por los obreros en Estados Unidos, sobre todo tras los informes de John Reed, oriundo de Oregón, en “Diez días que estremecieron al mundo”. A menudo los barcos rusos llegaban a los puertos de San Francisco y Seattle. El 3 de enero de 1918 el Consejo Central del Trabajo de Seattle envió una carta a los obreros rusos tras los intercambios con la tripulación del barco Shilka :

“Extendemos a todas las facciones de obreros por igual nuestra buena voluntad y firme creencia de que, al final, el gobierno de los trabajadores será absoluto y que los asuntos de vuestro gran país, el primero en la historia moderna, permanecerán en las manos de la única clase necesaria y responsable de la sociedad: la clase obrera. Expresándoles nuevamente nuestra profunda simpatía por vuestros esfuerzos por establecer una verdadera democracia y prometiendo nuestro sincero apoyo para acelerar ese fin, les saludamos fraternalmente”.

Muchos más se sintieron profundamente inspirados por el triunfo de la clase obrera rusa y se opusieron a los esfuerzos de los capitalistas estadounidenses para derrotarla. En el otoño de 1919 los obreros portuarios de Seattle se negaron a cargar y enviar un barco de Estados Unidos que transportaba municiones para el Ejército Blanco contrarrevolucionario.

John Reed
Preparativos para la huelga
La clase obrera en Seattle estaba organizada en 110 sindicatos de oficio afiliados a la AFL, que representaba a más de 65.000 miembros. Además, había un puñado de locales de IWW con 3.500 miembros, sobre todo en trabajos de madera, agrícolas y marítimos, y algunos sindicatos artesanales y segregados de trabajadores negros y japoneses. Los sindicatos dirigidos por la AFL separaron deliberadamente a la clase obrera por oficio y ocupación, nacionalidad, raza y género. Desde la década de 1880 muchos sindicatos de la AFL prohibieron a los obreros blancos organizarse con sus compañeros negros, hispanos y asiáticos.

Sin embargo, también existía un marco sindical general en Seattle. Todos los sindicatos de la AFL elegían delegados para una organización mayor, el Consejo Central del Trabajo. En respuesta a los abrumadores sentimientos políticos de los obreros de base, muchos dirigentes llevaron concepciones radicales a sus asientos en el Consejo, al menos en comparación con la dirección nacional de la AFL. Harry Ault y Hulet Wells, entre otros, eran militantes activos del Partido Socialista de Washington. Incluso James Duncan, elegido secretario del Consejo en 1915, era un “respetado progresista” y autodenominado socialista, más orientado al sindicalismo industrial que al artesanal, promovido por la AFL.

En 1919 los obreros de Seattle pudieron recurrir al Consejo Central del Trabajo para iniciar la huelga general. Pero la chispa que la encendió provino de los 35.000 trabajadores de los astilleros de la ciudad —la sección más grande de la clase obrera— que se declararon en huelga desde el martes 21 de enero para exigir los aumentos salariales prometidos como compensación por sus sacrificios durante la guerra. Se dieron cuenta de su importancia industrial tras construir suministros navales y operar los puertos del área de Seattle, tarea que servía directamente a los intereses de las empresas y el gobierno de Estados Unidos.

Al día siguiente de comenzada la huelga, los trabajadores de los astilleros enviaron representantes de su Consejo de Comercio del Metal a una reunión del Consejo Central del Trabajo para exigir una huelga en toda la ciudad en muestra de apoyo a su lucha.

El día de la apelación, casualmente o no, los principales dirigentes del Consejo estaban en Chicago para una reunión de la Liga Internacional de Defensa de los Trabajadores en relación a la condena de Tom Mooney, dirigente de la AFL en San Francisco. Con sustitutos de los 25 delegados desaparecidos, el Consejo aprobó el llamamiento para la huelga general y se envió un voto a los 110 sindicatos de la ciudad.

Al cabo de una semana los trabajadores de base votaron abrumadoramente a favor de la huelga general. Los obreros exigieron unirse a la huelga general incluso en sindicatos que parecían conservadores —Sindicato de Carpinteros, Unión de Músicos, Unión Tipográfica y algunos locales de camioneros—, a menudo arriesgando sus propias negociaciones y luchando contra las intenciones de sus dirigentes locales. Solo un puñado de sindicatos no se declararon en huelga, sobre todo en sectores gubernamentales como el Servicio Postal, donde el riesgo de ser despedido era especialmente alto.

Incapaces de parar el apoyo que había crecido, los miembros del Consejo Central del Trabajo votaron el 29 de enero para establecer la primera reunión del Comité de Huelga General para el 2 de febrero. El Comité de Huelga General funcionaría como el órgano más importante de la lucha, compuesto en gran parte por delegados de base de todos los sindicatos participantes, incluyendo al Consejo Central del Trabajo.

Simultáneamente, surgió un grupo ejecutivo de los principales funcionarios laborales llamado el “Comité de los Quince”, que se convirtió en el representante más agresivo de la aristocracia laboral, que constantemente buscó formas de acabar la huelga. La tensión entre los intereses de las bases, representadas por el Comité de Huelga General, y los de la aristocracia laboral —y de los capitalistas de Seattle detrás de ella— representada por los “Quince”, fue un componente clave de la conducta y derrota de la huelga.

En los cuatro días siguientes al 2 de febrero, el Comité de Huelga General coordinó todos los aspectos de la preparación logística. Varias personas —representantes sindicales, miembros del Comité de Huelga, Wobblies (miembros del IWW), funcionarios de la ciudad—entraron y salieron del Templo del Trabajo para hacer solicitudes a los tres subcomités de construcción, transporte y provisiones. En estas discusiones los dirigentes organizaron cocinas, el cuidado de niños, periódicos y comunicados de prensa. Se aseguraron de que las tiendas de comida no perecieran, que la basura no se amontonara y que se atendieran las necesidades básicas de la clase trabajadora.

Revelando el carácter conservador de la dirección superior, el “Comité de los Quince” efectuó exenciones para ciertos trabajos, planteadas sobre todo por desesperados ejecutivos de sindicatos locales y funcionarios públicos. Se obligó a algunos lavanderos, trabajadores de servicios públicos y operadores telefónicos a realizar su tarea durante la huelga para no obstaculizar las operaciones económicas y financieras esenciales. Pero algunas de las exenciones aprobadas fueron pedidas por las bases, como que los trabajadores de hospital pudieran procesar recetas de farmacia y que se autorizara a los trabajadores de hostelería a producir comida para los huelguistas, siempre y cuando tuvieran la tarjeta firmada que decía “Exento por el Comité de Huelga”.

Entre los trabajadores hubo intensas discusiones ideológicas sobre el socialismo y el significado más amplio de la huelga. El término “bolchevismo”, usado por los enemigos de los obreros como epíteto, fue asumido por muchos. Pero la dirección sindical sofocó estas discusiones para mantener a raya la influencia del socialismo. Por ejemplo, los Quince votaron contra el eslogan de huelga, “No tenemos nada que perder, salvo las cadenas, y un mundo que ganar”, eligiendo en cambio, “Juntos Ganamos”.

Con miedo de que la lucha se escapara de su control, la dirección sindical argumentó que la huelga general debía anunciar su fecha de finalización. Esto fue derrotado. Como escribió Anne Louise Strong para el Comité de Historia un mes más tarde: “Francamente, muchos de los miembros más antiguos del movimiento obrero le temían a la huelga general. Veían en ella posibilidades como la interrupción total del movimiento obrero de Seattle. Instaron a que se fijara a la huelga un límite de tiempo definido”.

Mientras los comités de trabajo efectuaban los preparativos, el miedo creció entre la burguesía, ilustrado por los titulares: “Paren antes de que sea muy tarde”, “Seattle será destruida en dos días” y “Fuerzas federales listas para cualquier crisis en la ciudad”.

Los burgueses local almacenaron comida, equipos de iluminación y otras provisiones. Algunas familias ricas se fueron a Portland para quedarse en hoteles durante la huelga. El alcalde de Seattle, Ole Hanson, pidió que miles de tropas estatales y federales se unieran a la policía local, veteranos y estudiantes universitarios voluntarios, cuyas amenazas de detención e incluso disparo a cualquier trabajador revoltoso debían tomarse en serio debido a hechos recientes como el asesinato en Montana de Frank Little, organizador de IWW, y la redada policial y deportación de mineros del cobre en Bisbee, Arizona.

Mientras los principales funcionarios sindicales trabajaban para atenuar las implicaciones revolucionarias de una huelga tan masiva, los capitalistas y sus armas representativas vieron correctamente en ella las reverberaciones de la Revolución rusa. Un día antes de la huelga, el periódico el Seattle “Star” publicó un editorial de portada que hacía un llamamiento desesperado al nacionalismo y el anticomunismo:

“Denominamos a esto que está ante nosotros una huelga general, pero es más que eso. Será una prueba de fuego para la ciudadanía estadounidense, una prueba de fuego de todos los principios por los cuales lucharon y murieron nuestros soldados. Es para determinar si este es un país en el cual vale la pena vivir y un país por el cual vale la pena morir. El desafío depende de ustedes, hombres y mujeres de Seattle. ¿Bajo qué bandera se ponen ustedes?”

https://www.wsws.org/es/articles/2019/02/19/hist-f19.html

lunes, 18 de febrero de 2019

Herrera de la Mancha lleva tres meses reteniendo los informes de salud del preso político comunista Manuel Arango

El juez titular del Juzgado Central de Vigilancia Penitenciaria de la Audiencia Nacional, Jose Luís Castro, ha dictado una providencia notificada hoy a la defensa del preso del PCE(r) Manuel Arango, por la cual se afea a la dirección de la prisión de Herrera de la Mancha la falta de remisión de varios informes sanitarios imprescindibles para ventilar la solicitud de tercer grado por motivos de enfermedad grave.

Según Castro, que contesta así a una solicitud de la defensa por la que se exigía impulso a las actuaciones por las dilaciones que estaba sufriendo, "ha sido incesante la comunicación entre el Centro Penitenciario y este Juzgado". 

El 12 de diciembre fue requerida a la prisión diversa documentación "recibiendo informes del Centro Penitenciario el 9 de enero de 2019, los cuales, al resultar incompletos para la pronunciación en relación al recurso, se reitera requerimiento al día siguiente, 10 de enero de 2019, recibiendo despacho del CP el 15 de enero, haciendo una nueva reiteración el día 24 de enero y posteriormente otra con fecha 6 de febrero de 2019."

Las pruebas médicas realizadas, que no han sido trasladadas a la defensa, se han podido conocer por las comunicaciones de Arango, han evidenciado que padece de hepatología crónica, úlcera duodenal, escoliosis y artrosis, entre otras dolencias.

Manuel Arango, además de preso político, es viudo de Isabel Aparicio, otra presa política comunista que falleció en 2014 víctima de la desatención sanitaria y que Arango lleva denunciando desde entonces. Parece evidente que el Estado quiere obtener un resultado parecido.

El levantamiento popular en Haití es consecuencia de la agresión imperialista contra Venzuela

Kim Ives

Por séptimo día consecutivo, reina el caos en Haití, mientras que las masas continúan levantándose por todo el país para derrocar al presidente Jovenel Moise por su corrupción, arrogancia, falsas promesas y mentiras descaradas.

Pero la crisis no se resolverá sólo con la marcha de Moises, que parece inminente. La revolución actual muestra todos los signos de un movimiento tan profundo e irresistible como el de hace 33 años, contra el dictador playboy Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier, cuyo vuelo el 7 de febrero de 1986 a un exilio dorado en Francia a bordo de un avión de carga C-130 de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos, después de dos meses de rebelión, marcó el comienzo de cinco años de disturbios populares.

A pesar de la represión salvaje, las masacres, las elecciones amañadas y los tres golpes de Estado, el levantamiento condujo a la notable revolución política del 16 de diciembre de 1990, cuando el teólogo de la liberación y antiimperialista Jean-Bertrand Aristide fue elegido presidente masivamente y luego declaró la “segunda independencia” de Haití en su juramento del 7 de febrero de 1991.

En un momento en que los sandinistas nicaragüenses y la Unión Soviética acababan de ser derrotados, el pueblo haitiano derrotó las maniobras electorales de Washington por primera vez en América Latina desde la victoria de Salvador Allende en Chile dos décadas antes. El ejemplo de Haití inspiró a un joven oficial del ejército venezolano, Hugo Chávez, a adoptar la misma táctica, inaugurando una “marea roja” de revoluciones políticas a través de elecciones en toda Sudamérica.

De la misma manera que Washington había fomentado un golpe de Estado contra Aristide el 30 de septiembre de 1991, se organizó otro golpe de Estado similar contra Chávez el 11 de abril de 2002, pero este último fue frustrado dos días después por el pueblo venezolano y las tropas del ejército.

A pesar de esta victoria, Chávez comprendió que la revolución política de 1998 en Venezuela que lo llevó al poder no podía sobrevivir por sí sola, que Washington usaría sus vastos mecanismos de subversión y poder económico para agotar su plan. Comprendió que su revolución tenía que tender puentes y dar ejemplo a sus vecinos latinoamericanos, que también estaban bajo el yugo del Tío Sam.

Así, al utilizar la inmensa riqueza petrolera de Venezuela, Chávez inició un experimento de solidaridad sin precedentes al traer capital a otros países. Se trata de la Alianza Petrocaribe, que fue lanzada en 2005 y que finalmente se expandió a 17 países del Caribe y América Central. Esta alianza proporcionó productos petroleros a bajo costo y fabulosas condiciones de crédito a sus países miembros, lanzándoles una cuerda de salvamento económico, ya que el petróleo se vendía a 100 dólares el barril.

Entre 1990 y 2006 Washington castigó al pueblo haitiano con dos golpes de Estado (1991, 2004) y dos ocupaciones militares extranjeras -gestionadas por la ONU- por haber elegido a Aristide dos veces (en 1990 y 2000). En 2006 el pueblo haitiano había logrado alcanzar una especie de empate, al elegir como presidente a René Préval (un aliado de Aristide en sus inicios).

En su primer día en el cargo, el 14 de mayo de 2006, Préval firmó el acuerdo de Petrocaribe, lo que molestó mucho a Washington. Después de dos años de lucha, Préval finalmente logró acceder al petróleo y al crédito venezolano, pero Washington hizo lo necesario para castigarlo también. Después del terremoto del 12 de enero de 2010, el Pentágono, el Departamento de Estado y Bill Clinton, junto con algunos subalternos de la élite haitiana, prácticamente tomaron el control del gobierno haitiano, y durante el proceso electoral que tuvo lugar entre noviembre de 2010 y marzo de 2011, destituyeron al candidato presidencial de Préval, Jude Célestin, y presentaron al suyo, Michel Martelly.

Entre 2011 y 2016, el grupo Martelly siguió desviando, despilfarrando y perdiendo la mayor parte del capital, conocida como el “Fondo del Petróleo”, que había mantenido a Haití a flote desde su creación en 2008.

Martelly también utilizó el dinero para ayudar a su protegido, Jovenel Moise, a hacerse con el poder el 7 de febrero de 2017. Desafortunadamente para Moise (que llegó al poder justo después de Trump), pronto se convertiría en uno de los daños colaterales de la escalada de la guerra de Washington contra Venezuela.

Trump intensificó inmediatamente las hostilidades contra la República Bolivariana, imponiendo severas sanciones económicas contra el gobierno de Nicolás Maduro. Haití ya estaba atrasado en sus pagos a Venezuela, pero las sanciones de Estados Unidos hicieron imposible (o les dieron una excusa de oro para no hacerlo) cumplir con sus facturas de petróleo en Patrocaribe, y el acuerdo de Petrocaribe con Haití realmente terminó en octubre de 2017.

La vida en Haití, que ya era extremadamente difícil, se volvió insostenible. Ahora que se cerró el grifo del crudo venezolano, el Fondo Monetario Internacional (FMI) -agente del trabajo sucio de Washington- le dijo a Jovenel que tenía que subir el precio del gas, lo que intentó hacer el 6 de julio de 2018. El resultado fue una explosión popular que duró 3 días y anunció la revuelta de hoy.

Más o menos al mismo tiempo, un movimiento de masas comenzó a plantear la pregunta de qué había pasado con los 4.000 millones de dólares en ingresos petroleros venezolanos que Haití había recibido en la década anterior. Una multitud cada vez mayor de manifestantes preguntó: “¿Dónde está el dinero de PetroCaribe?” El Fondo PetroCaribe debía financiar hospitales, escuelas, carreteras y otros proyectos sociales, pero la población no ha visto casi nada. Dos investigaciones del Senado en 2017 confirmaron que la mayoría de los fondos habían sido despilfarrados.

La gota que colmó el vaso fue la traición de Jovenel Moise contra los venezolanos cuando su solidaridad había sido ejemplar. El 10 de enero de 2019, durante una votación de la Organización de los Estados Americanos (OEA), Haití votó a favor de una moción apoyada por Washington para declarar a Nicolás Maduro “ilegítimo”, a pesar de haber obtenido más de dos tercios de los votos en las elecciones de mayo de 2018.

Los haitianos ya estaban furiosos por la corrupción generalizada, hambrientos a causa del aumento de la inflación y el desempleo, y frustrados por años de falsas promesas, violencia y humillación militar extranjera. Pero esta traición espectacularmente cínica de Jovenel y sus amigos, que intentaban obtener la ayuda de Washington para salvarlos de una situación que los ponía cada vez más en peligro, fue la gota que colmó el vaso.

Sorprendido y aturdido por la falta de perspectivas (y sus propias disputas internas), Washington está ahora horrorizado por el previsible colapso del pútrido edificio político y económico que ha construido en Haití en los últimos 28 años, desde el primer Golpe de Estado contra Aristide en 1991 hasta el último “golpe electoral” que llevó a Jovenel al poder en 2017.

La embajada de Estados Unidos está tratando febrilmente de desarrollar una solución de último recurso, con la ayuda de la ONU, la OEA, Brasil, Colombia y la élite haitiana. Pero los resultados no serán más sostenibles que a finales de los años ochenta.

Es irónico que quizás sea la solidaridad de Venezuela la que ha pospuesto el huracán político que ahora sacude a Haití durante diez años. También es justo que la agresión norteamericana contra la revolución bolivariana en Venezuela haya creado una avalancha de consecuencias imprevistas y una reacción violenta, alimentada por la profunda gratitud del pueblo haitiano por la ayuda prestada por Venezuela; cabe recordar que Hugo Chávez y Nicolás Maduro han repetido a menudo que Petrocaribe se creó “para pagar la deuda histórica de Venezuela con el pueblo haitiano”.

https://haitiliberte.com/haitis-unfolding-revolution-is-directly-linked-to-venezuelas/


Tres días de disturbios en 21 ciudades de Brasil contra el gobierno fascista de Bolsonaro

Jair Bolsonaro tuvo su primer desafío como Presidente a comienzos de enero y nada menos que en una de las cuestiones que enarboló como bandera electoral: la seguridad en las ciudades. Ceará, con nueve millones de habitantes, puso tempranamente a prueba su pericia para manejar una crisis durante tres días de ataques en distintas zonas de este estado del norte de Brasil.

Los episodios de violencia se desencadenaron  después de que el gobernador anunciara una reforma de la administración de las prisiones de ese estado.

Los medios informaron de ataques a edificios públicos y privados, comisarías, agencias bancarias y autobuses. Unos 300 miembros de la Fuerza Nacional aterrizaron en Ceará por orden del ministro de Justicia, Sergio Moro, para aplastar el levantamiento en un lapso de 30 días.

Los incidentes se concentraron primero en Fortaleza y la periferia pero luego se extendieron hacia el interior. Al menos 21 ciudades fueron escenario de hechos violentos. Según la Secretaría de Seguridad Pública y Defensa Social, los disturbios ocasionaron un muerto y tres heridos. Cincuenta personas fueron detenidas.

La crisis de Ceará representó un doble dilema para Bolsonaro. De un lado, puso a prueba su programa de gobierno. El presidente pidió más atribuciones y protección judicial para la policía. Por otra parte, el estado está gobernado por Camilo Sobreira de Santana, que pertenece al Partido de los Trabajadores, la fuerza demonizada por los fascistras en el Gobierno. En estas circunstancias, el capitán retirado aseguró que “jamás haremos oposición al pueblo de cualquier estado. El pueblo de Ceará nos necesita en este momento”.

La peor masacre desde la Comuna de París de 1871 (en tiempos ‘de paz’)


Francia se reunió para la decimocuarta semana de protestas de los “chalecos amarillos” y el número de heridos de los peores disturbios civiles en décadas se asemeja al de una pequeña guerra. Sin embargo, a pesar de las peticiones de las víctimas, Emmanuel Macron sigue apretando los tornillos.

“Esto no es normal. Estamos en Francia, una de las democracias más antiguas y mejores del mundo”, dice Fiorina Jacob Lignier, quien perdió la vista en una manifestación en París el 8 de diciembre. “Por lo general, condenamos a los otros países donde ocurre esto. Que esto pase aquí es increíble“.

Lignier, una estudiante de filosofía de 20 años, viajó desde la ciudad norteña de Amiens para marchar hacia los Campos Elíseos para protestar contra los impuestos al combustible con su novio, Jacob Maxime.

Estaban marchando con una columna de manifestantes pacíficos, cuando un grupo de enmascarados comenzó a destrozar una tienda a más de 50 metros de distancia.

La policía “comenzó a disparar ‘flashballs’ y lanzó granadas en todas direcciones” y durante dos horas la pareja permaneció “encerrada entre una línea de gendarmes y una pared, sin posibilidad de huir”.

Lignier dice que lo último que recuerda fueron los gritos de los policías que despejaban el camino para los bomberos. Luego, una granada de gas la golpeó en la cabeza y cayó el suelo.

Cuando se despertó, tenía la nariz rota, la cara hinchada por las fracturas y no podía ver a través del ojo izquierdo. Durante los siguientes 16 días, Lignier se sometió a dos cirugías y aún está esperando otras dos.

“Todavía me duele el ojo. Durante la próxima cirugía, lo removerán. “Es difícil levantarse para sentir todo esto, no puedo ir a conferencias, no puedo leer y mover el globo ocular es insoportable”, dijo Fiorina.

“No reconozco a mi país. Estos no son los valores que me enseñaron en la escuela”.

Para la mayoría de las manifestaciones en cualquier lugar de occidente, la historia de Lignier la habría convertido en una chica del cartel de los excesos de la ley. Entre los “chalecos amarillos” su caso es solo uno de muchos.

La magnitud de la violencia concentrada en tiempos de paz desde noviembre es difícil de comprender.

Tras las manifestaciones de la semana pasada, el Ministerio de Interior informó que 1.300 policías y más de 2.000 manifestantes habían sufrido lesiones. Teniendo en cuenta la diferencia en el equipo y la organización entre la policía antidisturbios y la mayoría de la gente desarmada, la mayoría de los medios de comunicación franceses ha especulado que el número real de civiles heridos es varias veces mayor, especialmente porque muchos no han registrado oficialmente sus lesiones.

“Desarmons-les” (“Desarmarlos”), un grupo que protesta contra la violencia estatal, ha acumulado un registro de los casos más graves.

El último, con fecha del mes pasado, enumera 140 nombres. Entre ellos, Zineb Redouane, un transeúnte de Marsella de 80 años que murió de un ataque al corazón cuando los médicos trataron de ayudarla después de que la policía disparó una granada de gas lacrimógeno en su cara a través de la ventana de su apartamento.

También se encuentra Sebastien Maillet, cuya mano fue arrancada cuando otra granada cayó cerca de él durante una protesta frente a la Asamblea Nacional el fin de semana pasado.

En resumen, 20 han perdido los ojos, cinco manos han sido arrancadas parcial o totalmente, una persona perdió la audición como resultado de una granada de aturdimiento GLI F4 rellena de TNT.

“He visto repetidamente lesiones consistentes con las que sufrieron en accidentes de tráfico graves, o después de caídas desde una gran altura”, dijo el neurocirujano Laurent Thines esta semana.

Son verdaderas heridas de guerra. Y están sucediendo en Francia, en las calles.

Mientras que las protestas de estudiantes y trabajadores de mayo de 1968 que mejoraron la historia de Francia, cobraron cuatro vidas directamente, Thines cree que el alcance general, la duración y la intensidad de la violencia fueron mucho más contenidas que el caos actual. Si es así, es probable que Francia sea testigo del peor derramamiento de sangre no bélico desde la masacre de la Comuna de París en 1871.

A Maxime le viene a la cabeza una comparación diferente: el conflicto más doloroso y humillante para la república moderna posterior a la Segunda Guerra Mundial. “No hemos visto tales lesiones en Francia desde la guerra en Argelia”, dice. “Las instrucciones dadas a la policía por el ministro del interior y el presidente Macron representan una represión sistemática y violenta”.

Ninguno de los heridos en los últimos tres meses niega que exista un elemento beligerante entre los manifestantes. Pero tampoco nadie cree que la policía esté intentando minimizar la violencia.

Si bien la discusión más amplia se ha centrado en si el gobierno ha prolongado el enfrentamiento con sus concesiones miserables, o incluso lo ha estimulado como un punto de principio, ha habido críticas muy específicas a las tácticas policiales.

Funcionarios de derechos humanos, militantes y sindicatos han instado a la policía francesa a revisar el uso de las llamadas “armas subletales”, particularmente las LBD, los cañones de mano de aspecto extraño que se han convertido en un símbolo de los enfrentamientos. Prohibidos en todos menos en tres estados de la Unión Europea, estos dispositivos patentados por los franceses disparan bolas de espuma comprimida relativamente lentas y grandes, o “flash”, y han sido responsables de la mayoría de las lesiones, junto con los proyectiles de gas lacrimógeno.

En teoría, existen limitaciones estrictas en su uso, pero están abiertas a interpretación (como lo que constituye defensa propia) y los vídeos muestran a policías armados disparando las armas a voluntad, apuntándolos a los manifestantes e incluso a los periodistas cuando no están bajo ninguna amenaza inmediata. Su supuesta no letalidad significa que, en realidad, se usan más libremente que las armas reales, y junto con los cócteles Molotov y las rocas lanzadas por los manifestantes, alientan el teatro callejero mortal de las protestas francesas.

La policía no se ha movido, y ha ganado un caso judicial que les permite persistir con su actual despliegue.

“Nunca he visto a un policía o gendarme atacar a un manifestante”, dijo el ministro de Interior Christophe Castaner, quien recientemente realizó un pedido de 1.280 cañones LBD más a principios de este mes.

De hecho, ningún policía ha sido reprendido por una sola de las lesiones sufridas en las calles, y solo se están investigando 100 casos de “chalecos amarillos”, que incluyen incidentes no violentos y relativamente triviales.

A principios de este mes, a pesar de una división dentro del propio partido de Emmanuel Macron, la Asamblea Nacional aprobó una ley que imponía arrestos de seis meses y multas cuantiosas a “presuntos vándalos” que participaban en las manifestaciones, un eco de una legislación similar aprobada después de mayo de 1968.

Los grupos de derechos humanos dicen que la ley es una negación de la libertad democrática básica de reunión.

“Mi mensaje es claro: cualquier destrucción y agresión será castigada”, insiste Castaner. Ante la obcecación del gobierno, algunas de las víctimas ahora esperan lograr justicia a través de los tribunales.

“Presentamos una queja, sin embargo, debemos esperar 10 años de procedimiento, mucho tiempo. Solo queremos que se censure al Estado francés y que se reconozca la brutalidad policial”, dice Maxime, socio de Lignier.

El abogado Philippe de Veulle, que representa a varios destacados “chalecos amarillos”, espera una decisión positiva del Tribunal Europeo de Derechos Humanos y dice que su palabra tendrá “ramificaciones no legales, sino políticas”, avergonzando al gobierno eurófilo de Macron para detener su acciones “sin precedentes”.

Para su cliente, Jerome Rodrigues, quien perdió un ojo después de convertirse en uno de los dirigentes del movimiento, la justicia es más simple: “Perdí mi ojo Macron, y usted pagará por ello”, publicó recientemente en Facebook.

Sin embargo, sufra o no en las urnas el gobierno actual en las próximas elecciones europeas o en las futuras elecciones presidenciales y parlamentarias, una cosa se está volviendo más clara. Con cada semana que pasa, cada multitud enojada y cada nueva lesión, Emmanuel Macron no puede desestimar a los “chalecos amarillos” como un movimiento transitorio y marginal, y mucho menos después de que salga del Palacio del Elíseo. El testimonio histórico de su gobierno permanecerá en las manos mutiladas, los huesos rotos y las caras desfiguradas.

https://www.rt.com/news/451632-france-yellow-vests-eye-hand-injuries/